EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL - Capítulo 64
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64: Capítulo 34 – El Eco de las Llamas y el Espejo del Alma 64: Capítulo 34 – El Eco de las Llamas y el Espejo del Alma La guerra no da tiempo para el duelo.
Los informes llegaban uno tras otro, como un río de malas noticias que amenazaba con desbordarse.
Aldeas consumidas por el fuego, templos profanados, soldados heridos que hablaban de una fuerza desconocida que avanzaba con rabia y una fe inquebrantable.
Cada palabra, cada pergamino traía consigo el olor a humo y sangre que se extendía por todo el imperio, como si la tragedia quisiera entrar por los ojos y la piel de quienes la leían.
El símbolo del Loto Carmesí aparecía en escudos ennegrecidos por el hollín, grabado en espadas con trazos violentos… y tatuado en la piel de los caídos, un recordatorio de que la amenaza no era un rumor: era real, inminente y despiadada.
Jin Long convocó una sesión extraordinaria.
La sala estaba cargada de nerviosismo; cada consejero se sentó con el cuerpo rígido, los pergaminos temblando bajo sus manos.
Los generales murmuraban entre sí, midiendo palabras, calculando riesgos.
Suwei entró con el sello de consorte colgado al cuello, la mirada firme, pero el peso de la responsabilidad era evidente en sus hombros, en el apretón de sus manos y en el leve temblor de su respiración.
—Quieren quebrar el alma del Imperio —dijo Suwei, la voz resonando clara y firme—.
Por eso atacan los templos.
Por eso marchan contra los símbolos.
Un murmullo nervioso recorrió la sala; algunos bajaron la mirada, otros fruncieron el ceño, incapaces de procesar que lo que parecía leyenda ahora caminaba entre ellos con paso decidido.
—¿Qué propones?
—preguntó Jin Long, con un tono que buscaba equilibrio entre confianza y urgencia, mientras su mirada buscaba entender la decisión de Suwei.
—Permítanme ir al Templo del Loto Blanco —respondió Suwei—.
Allí podré entrar en meditación profunda y buscar respuestas.
—¡Es una locura!
—interrumpió un consejero, golpeando la mesa con fuerza—.
Si lo encuentran, lo matarán antes de que siquiera comprenda lo que buscan.
Suwei lo miró, sin vacilar.
Su voz salió clara, cortante como un filo de espada: —Si no voy, morirán otros… sin siquiera entender por qué.
Un silencio pesado cayó sobre la sala, tan denso que parecía que cada pensamiento se hacía visible.
Los ojos de los presentes se movían entre Suwei y Jin Long, buscando aprobación, miedo, consejo… o quizá solo valentía para afrontar lo inevitable.
Esa noche, acompañado únicamente por dos monjes silenciosos, Suwei cruzó el umbral del Templo del Loto Blanco, entre la neblina que abrazaba las montañas.
Cada paso resonaba en los pasillos de piedra como un latido que marcaba el tiempo de su destino.
Entre incienso y cánticos, el aire estaba cargado de calma inquietante, cada sombra parecía observarlo, cada susurro del viento era un recordatorio de lo que estaba en juego.
Se arrodilló frente al Espejo del Alma, una lámina de obsidiana que reflejaba la esencia y no el cuerpo.
Suwei contuvo la respiración.
Cada fibra de su ser parecía consciente de la magnitud del momento.
El silencio lo envolvía como un manto pesado, y solo el crujir del incienso y los ecos lejanos de los cánticos rompían la quietud, recordándole que estaba solo ante su destino.
Vio dos versiones de sí mismo: Suwei, el Emperador de la Soledad Sentado en un trono vacío, sin Jin Long a su lado.
Los lotos a sus pies estaban marchitos, como reflejo de un corazón que había perdido la esperanza.
La corona sobre su cabeza parecía pesar toneladas, fría y distante.
Sus ojos reflejaban el vacío de un poder que respiraba, pero no vivía, y cada sombra de la sala parecía murmurarle lo que perdería si eligiera ese camino: la soledad de quien gobierna sin amor, la carga de un imperio que existiría, pero sin alma.
Suwei, el Mártir del Fuego Blanco Caía en batalla junto a Jin Long, la sonrisa serena en los labios iluminada por el fuego del conflicto.
A su alrededor, la guerra devoraba la tierra, pero detrás de ellos, el imperio renacía de sus cenizas.
Cada gesto, cada mirada de los soldados y del pueblo transmitía fuerza, lealtad y esperanza.
El cielo abierto parecía bendecirlos, como si el propio destino aprobara su decisión, y Suwei podía sentir el peso y la grandeza de luchar por algo más grande que uno mismo: por el vínculo, por la vida, por la justicia.
Dos caminos.
Dos futuros.
Suwei cerró los ojos.
Cada latido de su corazón resonaba en su pecho como un tambor de guerra y una plegaria a la vez.
La elección no era solo de estrategia o poder: era la vida de miles, el destino del imperio y la certeza de que algún día, la historia recordaría quién había tenido el valor de decidir.
—¿Cuál debo elegir?
—susurró, como un lamento que pedía respuesta al viento, a los dioses y a su propia alma.
El espejo permaneció imperturbable.
Pero Suwei sintió que su corazón ya había hablado.
Cada decisión, cada sacrificio, cada amor que llevaba dentro delineaba su camino.
— A la madrugada, Jin Long recibió un mensaje secreto de Suwei.
Sus manos temblaron ligeramente al abrir el pergamino.
Cada palabra estaba impregnada de urgencia, de decisión, de amor y de coraje; cada frase era un eco del alma de Suwei, de su determinación de enfrentar lo imposible: “El enemigo no busca solo la caída del trono.
Busca quebrar el vínculo que lo sostiene.
Estoy más decidido que nunca, Jin Long.
No moriré en soledad.
Si caemos… caeremos juntos.
Pero si vencemos… venceremos para siempre.
¿Me quieres matar con tu coraje o salvar el imperio con tu amor?
Que los cielos te protejan, porque sin ti… no puedo vivir.” Jin Long apretó el pergamino contra su pecho, sintiendo que el peso de esas palabras era más fuerte que cualquier espada o ejército.
Sus ojos se humedecieron.
Por un instante, todo el mundo se redujo a ese vínculo: a la certeza de que la vida de Suwei y la del imperio estaban entrelazadas, que sin él, nada tendría sentido, y que el amor podía ser la fuerza más grande de todas.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack Las guerras no solo se libran con espadas.
También con símbolos.
Por eso los Lotos Carmesí atacan templos: saben que destruir la fe es más eficaz que derribar murallas.
En este capítulo, Suwei enfrenta su reflejo más profundo en el Espejo del Alma.
Ve dos futuros: uno de soledad y poder, otro de sacrificio y unión.
Ambos caminos tienen un precio, pero solo uno está iluminado por la promesa del amor compartido.
La carta que envía a Jin Long es más que un juramento: es un manifiesto.
No habrá gloria en sobrevivir sin el otro, ni honor en vencer dividido.
Si caen, caerán juntos.
Y si vencen, será una victoria que trascienda el miedo, la tradición y la historia misma.
Su regalo es mi motivación de creación.
Deme más motivación
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