EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL - Capítulo 65
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65: Capítulo 35 – El Beso de la Traición 65: Capítulo 35 – El Beso de la Traición El palacio de las llamas eternas se alzaba como un faro de luz en la noche.
Las linternas de fuego azul lanzaban reflejos sobre los muros y el suelo pulido, haciendo que cada gesto, cada movimiento, pareciera formar parte de un ritual sagrado.
Aquella noche, el palacio estaba lleno de embajadores y nobles de reinos lejanos, quienes se presentaban con pasos calculados, reverencias precisas y sonrisas estudiadas.
Sus ojos recorrían el salón con respeto y curiosidad, buscando signos de poder y debilidad.
Jin Long permanecía inmóvil, su armadura ceremonial brillando bajo la luz, y su semblante era un muro de hielo y autoridad.
Cada respiración era medida; cada movimiento, contenido.
Sus ojos, dorados y profundos, no perdían detalle, y su presencia imponía una tensión silenciosa sobre todos los presentes.
Nadie osaba distraerlo.
Nadie osaba cuestionarlo.
Suwei, en cambio, era un contraste perfecto: ataviado con un hanfu de seda perlada, bordado con lirios y filigranas de oro líquido, parecía un ser fuera del tiempo y del espacio.
Su porte era sereno, elegante, pero cada gesto estaba cargado de un control sutil y absoluto.
Cuando caminaba por el salón, los nobles no podían evitar girar la cabeza, y los embajadores susurraban entre sí: —El más hermoso… —La Grulla Blanca que danza entre las nubes… —La Luz que doblega a la sombra… —La Flor que despierta al amanecer sin tocar la tierra… —El Sol que decide posarse entre los mortales… —La Perla que refleja mil cielos… —El Susurro de los vientos que inclina montañas… Pero había uno que no susurraba.
Lo observaba con una intensidad que atravesaba el aire: un noble extranjero del oeste, alto, moreno, con ojos como brasas cubiertas de seda.
Su sonrisa era afilada y melosa, y cada palabra que pronunciaba parecía medida para provocar, pero siempre con un velo de cortesía.
—Majestad —dijo, inclinándose profundamente ante Suwei—.
En mi tierra decimos que el cielo solo baja a la tierra dos veces… —¿Y la primera?
—preguntó Suwei, esbozando una sonrisa ligera, como quien juega con fuego sin quemarse.
—Cuando nací yo.
Los cortesanos rieron suavemente, pero Jin Long permaneció petrificado, sus ojos fijos en el consorte.
Un temblor sutil recorrió la mesa, apenas perceptible, pero suficiente para que Suwei lo notara.
La tensión entre ellos era una cuerda tensada al límite, y cualquier paso en falso podría romperla.
Durante el banquete, el extranjero no se separó de Suwei.
Cada vez que ofrecía una copa, Suwei respondía con elegancia, pero mantenía la distancia exacta, un juego de proximidad y respeto.
Cada gesto era estudiado: cómo inclinaba la cabeza, cómo sostenía la copa, cómo sus dedos rozaban apenas los de él.
Jin Long permanecía en silencio, un volcán contenido, mientras sus manos apenas temblaban bajo la mesa.
Las conversaciones continuaban, llenas de proverbios ambiguos y risas medidas, pero el ambiente estaba cargado de electricidad.
Todos lo sentían: la calma superficial era solo una máscara que cubría la tormenta que se avecinaba.
Y entonces ocurrió.
En la danza final, mientras Suwei cruzaba el salón, los músicos tocaban la melodía de las grullas del amanecer.
Cada paso suyo parecía flotar, ligero y elegante, pero cada mirada estaba cargada de firmeza y decisión.
El noble extranjero se acercó con la suavidad de quien se mueve entre sombras.
—Majestad… en mi reino, despedirse sin un beso es considerado falta de respeto.
Antes de que nadie pudiera reaccionar, sus labios rozaron la mejilla de Suwei.
Un contacto mínimo, casi imperceptible para los demás, pero suficiente para detonar un incendio silencioso.
Suwei se apartó con dignidad, sin alterar la compostura.
Su mirada, calmada pero cortante, se fijó en el noble como un filo invisible que podía atravesar piedra: —En este imperio, besar al consorte imperial sin permiso… es traición.
—Y la traición, en la tradición antigua, se paga con silencio eterno.
El salón quedó suspendido en un instante atemporal.
Cada noble contuvo el aliento.
Los músicos, aún con los arcos levantados, parecían detenidos.
Incluso las linternas de fuego azul parecían parpadear en reverencia ante la gravedad de la situación.
Jin Long no se movió.
Ni un músculo de su rostro se alteró.
Sus ojos, dorados y profundos, ardían con una furia contenida, como si el aire mismo temiera inflamarse ante la fuerza que emanaba de él.
Sus manos, apretadas sobre la mesa, temblaban apenas, controlando un impulso que podría destruir la sala entera.
La tensión era palpable, y cada respiración era medida.
El noble extranjero retrocedió, confundido por la calma letal que emanaba de Suwei y la mirada de Jin Long.
Intentó desaparecer entre los sirvientes como sombra, pero su destino estaba sellado.
Al amanecer, su barco fue interceptado y jamás se le volvió a ver.
Esa noche, en la cámara imperial, Suwei se desvistió en silencio.
Cada movimiento era medido, como si la serenidad de su exterior debiera equilibrar la tormenta que había ocurrido.
Jin Long entró sin palabras.
Sus pasos resonaban suavemente en el suelo de mármol, pero cada paso era un temblor que anunciaba la intensidad de sus emociones: ardor contenido, celos, orgullo, amor.
—¿Por qué no lo detuviste antes?
—susurró, la voz apenas un hilo de fuego.
—Porque necesitabas ver con tus propios ojos… —respondió Suwei, acercándose lentamente—.
Que soy deseado… pero elegido solo por ti.
Jin Long lo abrazó por la espalda.
Su cuerpo temblaba, no de miedo, sino de una mezcla de amor, rabia y alivio.
—Perdóname —murmuró, por primera vez desde la boda.
—Solo si me prometes… que la próxima vez que alguien me toque sin permiso… no mirarás.
Vas a actuar.
—Hecho.
Los dragones y grullas pintados en las paredes brillaron suavemente, como si sellaran un pacto invisible entre amor, respeto y fuego, entre la fragilidad y la fuerza, entre la pasión y la autoridad.
Suwei se volvió ligeramente, tocando el rostro del emperador con delicadeza, y su mirada transmitió una calma que solo podía surgir de alguien que conoce la fuerza de su propio corazón.
Jin Long, todavía temblando por dentro, sostuvo la mirada de Suwei, y por un instante, el mundo desapareció.
Solo ellos dos existían, entre linternas, murmullos y ecos de poder.
El silencio que siguió estaba cargado de significado.
No era solo la calma después de la tormenta; era la certeza de que el amor y la lealtad podían sostener un imperio, y que cada gesto, cada decisión, pesaba más que cualquier ejército.
Y en ese instante, Suwei supo que, aunque el mundo intentara quebrarlo, nada podría separar la fuerza de su unión con Jin Long.
Ni traiciones, ni guerras, ni secretos.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack La traición y el amor caminan sobre la misma línea: uno puede incendiar el corazón y el otro protegerlo.
En estos capítulos, Suwei demuestra que no es un adorno del imperio, sino la voluntad misma que sostiene su pulso.
El beso robado por la arrogancia de un extranjero no solo despierta la furia del emperador, sino que revela la verdad de un vínculo irrompible.
La pasión y la posesión no se miden con gestos públicos, sino con la certeza de que los lazos más profundos se eligen Su regalo es mi motivación de creación.
Deme más motivación
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