EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL - Capítulo 66
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- Capítulo 66 - 66 Capítulo 36 – Hilos Invisibles
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66: Capítulo 36 – Hilos Invisibles 66: Capítulo 36 – Hilos Invisibles El Salón de las Mareas estaba silencioso, pero cargado de una tensión casi palpable.
Las paredes de madera pulida reflejaban la luz de las lámparas de aceite, haciendo que el mapa imperial desplegado sobre la mesa central pareciera un tablero de destino.
Puntos rojos marcaban las ciudades del sur que ya habían caído en la rebelión, y cada uno de esos puntos parecía pulsar, como si el fuego mismo latiera bajo la superficie del pergamino.
Las Casas Sagradas discutían entre sí, sus voces bajas y llenas de preocupación.
Algunos nobles agitaban pergaminos, otros se inclinaban sobre mapas más pequeños, trazando rutas y posibles estrategias.
Cada gesto reflejaba la incertidumbre y el miedo: manos que temblaban apenas, ceños fruncidos, respiraciones entrecortadas.
Jin Long permanecía en silencio, sentado en su trono, observando cada movimiento como un depredador que mide el terreno antes de atacar.
Su rostro no mostraba emoción, pero sus ojos negros, profundos, eran como pozos de fuego contenido.
Suwei estaba de pie, detrás del trono vacío del emperador.
Sus manos cruzadas en la espalda, su postura firme, y sus ojos recorriendo el salón.
Esperaba que los miembros del consejo hablaran, pero ninguno se atrevía a mirar directamente a su rostro.
Cada palabra que pensaban pronunciar parecía atrapada en la garganta, como si temieran despertar la tormenta que Suwei contenía bajo su calma.
—El Loto Carmesí arde en nuestras tierras —dijo finalmente Suwei, con voz clara, resonante y cargada de determinación—.
¿Y ustedes creen que el silencio es suficiente para sofocar una guerra?
El murmullo recorrió el salón, pero esta vez no hubo risas ni comentarios diplomáticos.
Algunos bajaron la cabeza, avergonzados de su inacción.
Otros miraron a Jin Long, buscando su aprobación o una señal de dirección.
—Suwei… aún no tenemos confirmación de quién los lidera —dijo el emperador, su voz grave y pausada, midiendo cada palabra.
—¿Y cuántas aldeas más deben arder para que confirmes lo que ya sabes?
—replicó Suwei, sus ojos fijos en Jin Long, con la fuerza de quien desafía la pasividad con amor y urgencia.
El aire se volvió denso.
Las velas parecían parpadear al ritmo de los latidos del corazón de cada noble presente.
La tensión no estaba solo en las palabras, sino en el silencio que las rodeaba.
Cada respiración era un hilo invisible que sostenía la calma tensa, y cada mirada podía romperla en mil fragmentos.
Un representante de la Casa Baihuan, el Tigre Blanco, se atrevió a interrumpir, con voz temblorosa pero cargada de autoridad: —Tal vez si Su Majestad el Consorte se moderara… Suwei lo fulminó con la mirada.
No hubo gritos, no hubo insultos; solo un peso absoluto en la quietud de su mirada, que hablaba más que cualquier espada.
—¿Moderarme?
¿Cuando el fuego alcanza los campos que alimentan a tu pueblo?
El silencio cayó de golpe.
Los presentes sentían como si un golpe invisible los hubiera derribado.
Cada noble comprendió que aquella conversación ya no era un juego de cortesanos, sino un enfrentamiento entre el deber y la moral, entre la acción y la inacción.
Suwei avanzó paso a paso hacia el trono vacío de Jin Long.
Cada movimiento era medido, elegante, pero cargado de fuerza.
Sus pasos resonaban sobre el piso de mármol, cada eco un recordatorio de que el tiempo se estaba agotando y de que cada segundo contaba.
Se detuvo frente a Jin Long, con una calma que ocultaba la intensidad de su decisión.
Sus ojos se encontraron, y en ese instante, el mundo se redujo a la tensión entre dos seres que compartían poder y destino.
—Te amo —dijo Suwei, en voz baja, casi un susurro que parecía atravesar la sala—.
Pero si tú no actúas… lo haré yo.
Extendió la mano hacia el anillo imperial que descansaba en el dedo del emperador.
Sus movimientos eran suaves, pero cada gesto tenía la firmeza de quien sabe que la historia puede cambiar con un simple toque.
El emperador permaneció inmóvil, su respiración controlada, el rostro imperturbable.
Sus ojos, sin embargo, reflejaban un fuego que nadie podía contener.
La tensión entre ellos era casi física, un hilo de energía que vibraba entre sus cuerpos.
Suwei tomó el anillo de su dedo con delicadeza y lo sostuvo un momento, sintiendo el peso de la responsabilidad y del amor que contenía.
Caminó hacia la mesa de los decretos, desplegó el documento de despliegue militar y presionó el sello con fuerza.
Un halo dorado rodeó el pergamino, sutil pero real, como si el poder mismo del imperio reconociera la decisión de Suwei.
—Por autoridad delegada en mí de Su Majestad Imperial, Emperador Jin Long… —yo, Suwei Long, decreto: “Las tropas imperiales del norte y del este marcharán hacia el sur.
Defenderán cada pueblo, cada río, cada raíz… Porque el imperio no se dobla ante las sombras.” El silencio volvió a apoderarse de la sala, pesado como la piedra.
Cada noble contenía el aliento, sintiendo que aquel acto no era solo un decreto militar, sino un manifesto de voluntad, coraje y amor.
Jin Long se levantó lentamente, caminó hacia Suwei y lo miró de frente.
Sus ojos dorados se encontraban con los del consorte, profundos y densos, midiendo cada latido, cada pensamiento, cada emoción que había detrás de ese acto audaz.
—Acabas de declararle la guerra a un clan que no entendemos completamente —dijo, con la voz cargada de una mezcla de respeto, preocupación y orgullo.
—Y tú —respondió Suwei, con firmeza— le acabas de demostrar a todos… Que tu consorte no es una flor de adorno.
Un segundo de tensión flotó entre ellos, suficiente para que todo el salón contuviera la respiración, suficiente para que cada noble comprendiera que lo que había sucedido no era solo política, sino el nacimiento de un poder que trascendía rangos y títulos.
Jin Long asintió finalmente.
—Que así sea.
Que el dragón vuele… junto a la grulla.
La determinación en sus ojos no necesitaba palabras.
El pacto estaba sellado: la guerra se avecinaba, pero con ella, el poder, la pasión y la voluntad del imperio serían un solo hilo entrelazado, un vínculo que nadie podría romper.
Esa noche, fuera del salón, los estandartes imperiales ondeaban al viento con fuerza.
Las tropas se preparaban, los tambores retumbaban en la distancia, y el aire estaba cargado del olor de la tierra, la pólvora y la promesa de batalla.
En la sala privada, Suwei sostenía el anillo imperial aún cálido de su decisión.
La luz de las lámparas danzaba sobre su rostro, revelando la calma y la intensidad contenida en cada línea de su expresión.
Un susurro en la oscuridad se deslizó como viento entre las velas: —Sangre antigua… voluntad indomable… Tú no eres el final de una historia.
Eres su inicio.
Suwei cerró los ojos, sintiendo el peso de cada decisión, el eco de cada vida que dependía de él.
La noche avanzaba, y con ella, el imperio se preparaba para enfrentar lo desconocido, guiado por la fuerza de la grulla y la determinación de un dragón.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack Mientras tanto, la guerra se acerca como sombra viva.
Los Lotos Carmesí no son solo enemigos; son un espejo que refleja la debilidad de quienes dudan, y un recordatorio de que la autoridad sin acción es solo ilusión.
Suwei no espera: actúa.
Porque amar un imperio, como amar un hombre, exige decisión, riesgo y un compromiso que no puede ser quebrantado.
Así, entre la fragancia del incienso, los estandartes ondeando y el fuego silencioso de la sala privada, se revela una verdad universal: la historia no la escriben los que observan, sino los que se atreven a sellarla con sangre, con amor, y con la voluntad de ser mucho más que una sombra en el trono.
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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com