EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL - Capítulo 67
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67: Capítulo 37 – El rugido en las colinas del sur 67: Capítulo 37 – El rugido en las colinas del sur El cielo del sur El cielo del sur estaba cubierto por nubes densas, grises como la ceniza que flota después de un incendio.
Cada rayo de luz que se filtraba parecía temblar sobre las colinas distantes, como si el mundo contuviera la respiración ante lo que estaba por venir.
Las tropas imperiales estaban dispersas, desorganizadas y fatigadas, y los líderes miraban con dudas y recelos al carruaje que descendía por el camino de tierra.
Cuando Suwei bajó, su presencia cortó el murmullo como una espada que parte la seda.
Sus pasos eran firmes, seguros, como si cada centímetro del terreno lo reconociera.
El viento agitaba la capa azul profundo, bordada con hilos de plata, y el broche del sello del emperador centelleaba bajo la luz apagada del amanecer.
El símbolo de la Grulla Blanca parecía brillar con una autoridad silenciosa, recordando a todos quién realmente estaba frente a ellos.
El general Quian, veterano de mil campañas, se adelantó, frunciendo el ceño.
—Su majestad imperial… con todo respeto, aquí no hay bailes ni ceremonias.
Esta es la línea de sangre.
Esta es la guerra.
Y jamás un consorte ha liderado un ejército.
Suwei lo miró.
Sus ojos no mostraban arrogancia, sino la calma afilada de alguien que sabe exactamente lo que debe hacer.
—Y quizá por eso —dijo, con voz firme y clara— el imperio sigue sangrando.
Los murmullos crecieron como un incendio.
Algunos soldados sonrieron burlones, otros fruncieron el ceño con incomodidad.
Pero Suwei no habló más.
Dio un paso hacia la mesa de estrategia, levantando el mapa que había sido preparado con semanas de planificación.
Sin aviso, lo arrojó al fuego que crepitaba en la chimenea de campaña.
—No dirigiré esta batalla con los errores del pasado —declaró—.
—No quiero caminos marcados por sangre estancada.
Quiero líneas nuevas… con sangre viva.
El joven teniente a su lado murmuró con voz temblorosa: —¿Qué derecho tiene…?
Suwei desenvainó entonces la espada ceremonial del emperador.
La sostuvo al cielo, y la hoja brilló con la luz de la mañana, reflejando cada gota de sudor, cada mirada escéptica, cada temor oculto.
—¡Soy Suwei Long!
—gritó, y su voz atravesó el aire denso de la tarde, haciendo vibrar la campiña, sacudiendo el polvo de los caminos y el murmullo de las tropas—.
No soy solo consorte.
No soy un título vacío.
Soy esposo del emperador y protector del pueblo.
El silencio fue inmediato.
No un silencio de miedo, sino un silencio que parecía contener la respiración de la tierra misma.
El crujido de las tiendas, el susurro del viento entre los estandartes, incluso el leve tintineo de las armaduras de los soldados, todo se detuvo.
Cada corazón latía fuerte, golpeando contra el pecho de los hombres y mujeres que lo miraban, como si ellos también sintieran que el aire mismo había cambiado de dueño.
Suwei avanzó, cada paso firme sobre la tierra húmeda del sur.
Sus botas levantaban polvo, pero no era un paso cualquiera: era el paso de quien lleva el peso del imperio en los hombros y lo asume con decisión.
La capa azul profundo ondeaba detrás de él, bordada con hilos de plata que reflejaban cada sombra de la tarde.
El broche del sello imperial centelleaba como un corazón de fuego, recordándole a todos que el consorte no estaba allí para dar órdenes vacías: su palabra tenía fuerza de ley y la intención de un dragón despierto.
El general Quian, curtido en mil campañas, avanzó con la arrogancia del veterano.
Sus manos se aferraban al mango de su espada como un acto reflejo.
—Su alteza imperial… con todo respeto, aquí no hay bailes ni ceremonias.
Esta es la línea de sangre.
Esta es la guerra.
Y jamás un consorte ha liderado un ejército.
Suwei lo miró directamente a los ojos.
No hubo duda, no hubo temor, solo un fuego profundo que brillaba desde lo más adentro de su ser.
—Y quizá por eso —dijo, con voz que cortaba como acero templado— el imperio sigue sangrando.
Los murmullos comenzaron a crecer, pero no pudieron apagar el peso de la presencia de Suwei.
Algunos soldados soltaron risas nerviosas, que se extinguieron al instante al sentir la intensidad de su mirada.
Otros comenzaron a erguirse, conscientes de que había algo más que un título en el hombre que tenían delante.
Se sentía la energía en el aire: un fuego invisible que recorría las filas, encendiendo coraje, temor y respeto en cada corazón.
Suwei se acercó a la mesa de estrategia.
Tomó el mapa de batalla, lo levantó y lo arrojó al fuego que chisporroteaba en la chimenea improvisada del campamento.
Las llamas lamieron el papel, y su silbido llenó el aire como un aviso, como un rugido contenido de poder.
—No dirigiré esta batalla con los errores del pasado —declaró con claridad—.
No quiero líneas marcadas por sangre estancada.
Quiero rutas trazadas por sangre viva, por esperanza, por coraje.
El joven teniente a su lado murmuró, intentando desafiarlo: —¿Qué derecho tiene…?
Suwei desenvainó la espada ceremonial del emperador.
La sostuvo al cielo, y el filo brilló con la luz de la tarde, reflejando cada gota de sudor, cada mirada de duda y cada latido de los presentes.
—¡Soy Suwei Long!
—gritó de nuevo, con voz que parecía tronar sobre las colinas—.
No solo consorte, sino esposo del emperador y protector de este pueblo.
Estoy casado con esta tierra.
Casado con este imperio.
Y quien ose tocar lo que amo… lo veré caer bajo mi espada.
El impacto fue inmediato.
El general Quian se quedó sin palabras.
Su rostro curtido, marcado por el sol, la guerra y los años, mostraba ahora algo que no había visto en mucho tiempo: respeto genuino y reconocimiento silencioso.
Los soldados, al principio escépticos, comenzaron a inclinar la cabeza y a estrechar sus manos en torno a sus armas.
Las dudas y la arrogancia inicial fueron sustituidas por un miedo reverente mezclado con admiración.
El estandarte del Dragón Dorado ondeó desde la colina, impulsado por el viento, reflejando que la autoridad no dependía de la presencia del emperador… sino del coraje de Suwei y su voluntad de reclamar lo que era suyo por derecho y devoción.
Por primera vez, un consorte lideraba una guerra.
Y nadie se atrevió a negarlo.
El campamento entero pareció contener la respiración mientras el sol descendía, bañando el campo en tonos dorados y rojos.
El fuego del estandarte, el aroma del humo de los fogones y la sensación de poder en el aire hicieron que todo el mundo comprendiera: Suwei Long era más que un título, era un símbolo viviente del imperio y de la autoridad que emanaba del amor y la lealtad.
Esa noche, entre el humo que se elevaba de los fuegos apagados y los cánticos apagados de los soldados que mantenían la vigilancia, Suwei se sentó en su tienda.
El calor del fuego iluminaba su rostro, proyectando sombras danzantes que parecían cobrar vida, haciendo que el campamento entero vibrara con cada pensamiento que cruzaba su mente.
Tomó una hoja de papel y entintó la pluma con cuidado, sintiendo cómo la tinta húmeda parecía absorber un pedazo de su alma.
Cada trazo era un eco de la batalla del día, de la responsabilidad que pesaba sobre sus hombros, pero también del amor silencioso que lo unía a Jin Long, su emperador, su esposo, su refugio.
> A quien comparto el trono y el peso del imperio: Hoy, tu voz no estuvo presente.
Pero tu sello sí.
Y donde flamea tu estandarte, también arde mi alma.
Suwei dejó que la pluma descansara un instante sobre el papel.
Cerró los ojos y dejó que los recuerdos de la capital y de Jin Long llenaran su mente: el sonido de su voz, la firmeza de su mirada, el calor de sus manos cuando lo había tomado de la suya, la certeza de que ambos compartían un destino que ahora se extendía más allá del palacio.
El viento agitó la tienda, haciendo que el fuego proyectara sombras danzantes que parecían contar historias de sacrificio y victoria.
Suwei sintió cómo su corazón se aceleraba, no por la guerra que había enfrentado, sino por el amor que lo impulsaba a proteger todo lo que pertenecía a Jin Long y al imperio.
Sus dedos rozaron el sello de cera, tibio por el calor del fuego, y lo presionaron con cuidado sobre la carta, sellando no solo palabras, sino un pedazo de su corazón.
Cada latido resonaba como un juramento silencioso, un compromiso que trascendía títulos y batallas: no estaba solo en esta lucha, y jamás permitiría que su amado emperador sufriera sin que él estuviera allí para protegerlo.
Suwei apoyó la cabeza contra la mesa de madera, respiró hondo y levantó la mirada hacia el cielo estrellado.
Las luces distantes brillaban como un recordatorio de todo lo que estaba en juego, pero también como la promesa de que el imperio y el hombre que amaba eran su razón para seguir adelante.
El sonido lejano del río, el silbido del viento entre los estandartes, el crujido de las botas de los centinelas… todo componía una sinfonía que solo él parecía escuchar.
Cada nota parecía decirle que la noche era su confidente, y que el amor y el deber podían coexistir en perfecta armonía.
Allí, solo con el fuego y la noche como testigos, Suwei Long comprendió que el liderazgo verdadero no se impone solo con fuerza, sino con convicción, con cuidado y con amor.
Que proteger un imperio no significaba renunciar al corazón, sino unir ambos mundos: el del poder y el de la pasión silenciosa que lo mantenía firme en la tormenta.
Con un suspiro, rozó la carta con sus dedos una última vez antes de guardarla, como si acariciara la mano de Jin Long en la distancia.
La tinta todavía húmeda brillaba bajo la luz del fuego, y Suwei sintió cómo un calor familiar le recorría el pecho: el mismo fuego que sentía cada vez que pensaba en su esposo, en su hogar, en su propósito.
En ese instante, no era solo el consorte escribiendo a un emperador.
Era Suwei Long, esposo, amante y protector, depositando en cada palabra todo lo que era y todo lo que estaba dispuesto a ser, mientras la noche los envolvía con su manto silencioso, testigo de la fuerza y del corazón que se habían unido por el imperio y por su amor.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack Liderar no es solo dar órdenes; es asumir el peso de cada vida bajo tu cuidado, incluso cuando el mundo duda de tu derecho.
En estos capítulos, Suwei demuestra que un consorte puede ser más que compañía de un trono: puede ser fuerza, decisión y justicia encarnadas.
El amor y la autoridad no se miden por la presencia de un emperador, sino por la valentía de quien toma acción cuando todos callan.
“Estoy casado con este imperio” no es solo una frase: es un juramento, un fuego que enciende la lealtad, rompe dudas y hace temblar a los que osan desafiar lo sagrado.
Su regalo es mi motivación de creación.
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