EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL - Capítulo 68
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68: Capítulo 38 – El Manto del Dragón Dormido 68: Capítulo 38 – El Manto del Dragón Dormido La capital aún dormía cuando las primeras alarmas comenzaron a sonar.
Un estruendo lejano rompió la calma del amanecer, seguido por otro y otro más.
No eran explosiones poderosas, pero su frecuencia y ubicación eran suficientes para hacer que los vigilantes de la muralla se pusieran rígidos, con la mano firme sobre sus lanzas y ojos que recorrían el horizonte.
El humo negro se levantaba desde el sur del valle imperial.
Los templos antiguos, esos lugares sagrados donde las plegarias se entrelazaban con la historia de generaciones, ardían como antorchas gigantes.
Los jardines de oración, llenos de flores cultivadas por los monjes durante décadas, se consumían bajo el fuego que avanzaba rápido, impulsado por el viento.
Incluso los viejos molinos en las afueras de Xiyun, que habían visto pasar cientos de amaneceres, ardían sin resistencia, como si alguien quisiera marcar cada punto vulnerable de la ciudad con un signo de advertencia.
En el Salón de las Mil Columnas, la actividad era febril.
Las columnas de jade y mármol, altas y brillantes, reflejaban la luz pálida del fuego que avanzaba, proyectando sombras largas que parecían moverse con vida propia.
Consejeros, algunos todavía con las túnicas de dormir arrugadas y el cabello despeinado, se agrupaban alrededor de las mesas de mármol, murmurando entre ellos con gestos nerviosos.
Sus ojos recorrían los mapas, los informes y las ventanas abiertas hacia la ciudad, midiendo cada señal de peligro.
Cada murmullo se sentía como un tambor que marcaba el pulso de la guerra.
—Están probando nuestras defensas —dijo el Gran Canciller, su voz grave resonando entre las columnas como un martillo sobre piedra—.
Quieren medir cuánto tardamos en reaccionar.
Jin Long permaneció sentado unos segundos más, observando a los consejeros, los mapas, las puertas y el horizonte más allá de los muros.
Su expresión era serena, casi fría, pero sus ojos eran un filo brillante que parecía atravesar la incertidumbre.
Como un león que escucha el crujido de las hojas antes de lanzarse sobre su presa, evaluaba todo: cada amenaza, cada reacción, cada decisión que tendría que tomar.
Finalmente, se levantó.
No esperó protocolo ni reverencias; su presencia era suficiente para imponer orden.
Su armadura dorada aún no cubría todo su cuerpo, pero la mirada era ya una espada envainada, lista para cortar la duda y la indecisión.
—Sellad las puertas de la capital —ordenó, firme y sin titubeos—.
Mandad tropas al anillo intermedio.
El Ministro de Guerra, un hombre veterano de mil campañas, frunció el ceño, con arrugas marcadas en la frente y los labios apretados.
—¿Y la frontera?
—preguntó, midiendo cada palabra, como quien habla con un dragón en la misma sala.
Jin Long lo miró con calma absoluta.
No era solo un hombre que respondía a un protocolo; era alguien que llevaba siglos de historia del imperio en sus ojos.
—El Consorte ya está allí.
Y lleva el sello imperial.
Lo que él firme… es mi voluntad.
El silencio que siguió fue denso, casi palpable.
Nadie osó hablar ni cuestionar la frase.
Cada palabra de Jin Long se sintió como un tambor que golpeaba los muros de la ciudad, dejando un eco que recorrió cada corredor, cada sala y cada sombra.
“Lo que él firme… es mi voluntad.” Ese simple anuncio era un rugido que resonaba con la fuerza de mil trompetas de guerra, recordándole a todos que el poder del imperio no era solo del trono, sino del corazón y la voluntad de su emperador.
Mientras tanto, fuera del salón, la ciudad no permanecía quieta.
Centinelas corrían de un muro a otro, ajustando catapultas y arqueros en las almenas.
El humo ascendía, mezclándose con la niebla del amanecer, y los ciudadanos despertaban con el corazón acelerado.
Algunos se asomaban desde ventanas y tejados, temerosos, preguntándose si huir o quedarse para defender su hogar.
Jin Long descendió al Salón del Dragón de Hierro, donde la Guardia Real preparaba sus monturas.
Los caballos relinchaban y pateaban el suelo, nerviosos, sintiendo la tensión del momento y la presencia de su maestro.
El acero de la espada imperial, envainado durante más de cinco años, fue finalmente descolgado.
Su empuñadura brillaba débilmente con la luz del sol, recordando su propósito: proteger al imperio y a su gente, imponerse sobre la oscuridad que se acercaba, y ser la extensión del corazón de su pueblo.
Mientras montaba, un mensajero jadeante irrumpió en la sala.
—¡Su majestad!
¡Noticias del sur!
—¡El Consorte ha tomado el campamento enemigo en la región de Xihuan!
—¡Y ha pronunciado un decreto en medio del campo de batalla!
Jin Long bajó lentamente la mirada, entrecerró los ojos y dibujó una sonrisa silenciosa.
No era arrogancia, sino orgullo profundo, amor contenido y desafío silencioso.
Cada fibra de su cuerpo estaba lista para la acción, pero sabía que Suwei ya estaba cumpliendo su deber, mostrando que nadie podía desafiar la autoridad del emperador desde el sur.
—Entonces ya no hay vuelta atrás —dijo, en un murmullo que se escuchó entre los más cercanos—.
Que tiemble el sur.
Que escuche el rugido de su Emperador.
La Guardia Real avanzó, relinchando y golpeando el suelo con fuerza.
Jin Long montó por las calles de Xiyun, observando el humo en el horizonte.
Los ciudadanos lo miraban desde ventanas y callejones, algunos con miedo, otros con reverencia.
Su presencia, combinada con la certeza de que Suwei lideraba en el sur, inspiraba esperanza incluso en los corazones más temerosos.
Las primeras tropas imperiales llegaron a las colinas del sur, coordinándose con las señales de humo que marcaban la posición del Consorte.
El mensaje era claro: el imperio estaba unido, con Jin Long como corazón y Suwei como brazo firme que extendía la voluntad del trono sobre la tierra y la guerra.
Jin Long cerró los ojos un instante, respiró hondo y sintió el peso de la responsabilidad.
Pero no había miedo, solo certeza.
Sabía que la fuerza del imperio no residía solo en sus muros ni en sus soldados, sino en el vínculo que compartía con Suwei, y en cómo ese vínculo se convertía en un fuego que ningún enemigo podría apagar.
El rugido aún no se había oído plenamente, pero ya estaba despertando.
Como un león que se despereza en su cueva, el imperio comenzaba a moverse.
Y su emperador estaba listo para protegerlo, reclamarlo y mostrar que cualquier sombra que osara acercarse pagaría con su derrota.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack La verdadera fuerza de un imperio no reside solo en muros, espadas o ejércitos; reside en la certeza y el vínculo que une a quienes lo defienden.
Cuando la guerra toca las puertas de la capital, no es el ruido de los tambores ni el humo de las llamas lo que define su destino, sino la convicción de aquellos que están dispuestos a actuar con justicia y amor.
Jin Long y Suwei enseñan que liderazgo y compromiso no son palabras vacías: son actos que resuenan más allá de los mapas y los informes, que laten en los corazones de soldados y ciudadanos, que despiertan al león dormido del imperio y lo preparan para rugir con fuerza.
El rugido aún no se ha oído plenamente, pero ya ha comenzado.
Y mientras exista la voluntad de proteger lo que se ama, ninguna sombra podrá desafiar su luz.
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