Leer Novelas
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL - Capítulo 69

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL
  4. Capítulo 69 - 69 Capítulo 39 – El Tribunal del Alma Imperial
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

69: Capítulo 39 – El Tribunal del Alma Imperial 69: Capítulo 39 – El Tribunal del Alma Imperial Aun los emperadores deben responder ante las voces del tiempo.

El amanecer sobre Xiyun no fue como los demás.

El cielo entero parecía un espejo empañado de plata: nubes bajas, densas, pesadas, que aplastaban la ciudad como si quisieran silenciarla.

No llovía, pero el aire cargado hacía arder los pulmones.

Hasta los pájaros habían callado.

Cuando las campanas del Templo de las Cuatro Llamas comenzaron a sonar, el pueblo entero se estremeció.

No eran campanas comunes; su bronce estaba mezclado con piedra lunar y latón celeste, forjado en una era donde los dragones aún caminaban entre hombres.

Esos bronces solo vibraban en dos casos: para anunciar el fin de un emperador… o para convocar un juicio divino.

Ese día, el llamado era para Jin Long, Emperador del Dragón Dorado.

Los consejeros palidecieron, los generales se miraron entre sí, incapaces de decidir si aquello era un presagio o una condena.

Pero Jin Long no dudó.

Vestido con su túnica ceremonial negra y dorada, avanzó hacia el templo con pasos firmes, sin escoltas, sin ejército, sin escudo alguno.

Sabía que aquel juicio no podía enfrentarse con espadas ni muros.

Sin embargo, no estaba solo.

A su lado caminaba Suwei, el Consorte Imperial.

Su figura, envuelta en ropajes de jade pálido, contrastaba como un amanecer en medio de la tormenta.

Sobre su pecho brillaba el Sello del Vínculo, esa marca luminosa que lo unía al Emperador más allá de la carne, más allá de la vida.

En la entrada del templo, el Guardián del Umbral extendió su lanza.

—El consejo no lo ha convocado, Consorte.

Solo el Emperador debe cruzar estas puertas.

Suwei se detuvo, pero no retrocedió.

Su voz, serena y afilada, rompió el aire pesado: —Si juzgan a mi esposo, me juzgan también a mí.

—La ley no reconoce la fusión de almas —replicó el guardián con dureza.

El jade en el pecho de Suwei brilló como un sol herido.

—Entonces escriban una nueva ley —respondió—.

Yo me encargaré de firmarla.

El guardián tembló, incapaz de sostener su mirada, y bajó la lanza.

El Consorte cruzó junto a Jin Long, y juntos entraron al corazón del templo.

El Santuario del Alba era vasto, sostenido por columnas tan antiguas que parecían troncos petrificados de un bosque desaparecido.

El suelo de mármol negro reflejaba cada llama como si ardiera bajo los pies.

Allí los esperaban los Siete Sabios del Alba, cubiertos con capas grises y con los ojos vendados por vendas blancas.

No miraban con pupilas, sino con la memoria de los siglos.

Uno de ellos golpeó el suelo con su bastón.

—Jin Long, heredero del trono de los dragones.

¿Has ocultado al pueblo las profecías del Loto Carmesí?

El eco de la pregunta se extendió como una ola.

El emperador no respondió.

Su silencio era un muro.

Un segundo sabio habló, con voz como cascada helada: —¿Sabías que el nacimiento del Loto de la Tormenta traería guerra, muerte y caos… y aun así lo aceptaste?

De nuevo, silencio.

El aire se tensó como una cuerda a punto de romperse.

Un tercero, más joven, dejó caer una acusación como un veneno: —¿Amas al Consorte porque lo eliges… o porque temes que, siendo una amenaza, debas controlarlo?

Las palabras fueron cuchillos.

Algunos de los ancianos que observaban desde las sombras contuvieron el aliento.

Era la pregunta más cruel.

Jin Long levantó la cabeza.

Sus ojos, oscuros como tormenta, se clavaron en la figura del sabio.

Y su voz, grave, resonó con una sinceridad que quebraba: —Lo amo porque cuando me mira, soy mejor.

Porque cuando duerme, el mundo respira más lento.

Porque cuando lucha, el sol parece más valiente.

— Entonces, Suwei avanzó un paso.

Su silueta parecía diminuta frente al salón inmenso del Templo de las Cuatro Llamas, donde las columnas de mármol negro y jade se elevaban como guardianes de siglos olvidados.

Sin embargo, la pequeña figura irradiaba una presencia que hacía que incluso los candelabros temblaran, como si el fuego reconociera la autoridad de su espíritu.

El aire a su alrededor comenzó a iluminarse con un resplandor blanco, un brillo suave que se propagaba lentamente, tocando las paredes de piedra y haciendo retroceder las sombras en silencio.

Era el eco visible de su vínculo con Jin Long, un lazo que no necesitaba palabras, porque resonaba más allá de cualquier juicio o decreto.

Cada paso de Suwei sobre el suelo de mármol parecía calcularse con precisión, pero al mismo tiempo llevaba un ritmo que hacía que todo el templo contuviera el aliento.

Su caminar no era rápido, ni apresurado; era deliberado, firme, con la certeza de quien conoce su verdad y no teme a nada.

Cada centímetro que recorría parecía presionar invisible sobre los hombros de quienes estaban presentes, y aun así, no había arrogancia, solo poder silencioso.

Cuando Suwei se detuvo frente a los Sabios, todos los presentes sintieron un cambio en el aire.

Su postura era erguida, pero relajada, como un árbol que ha soportado tormentas y aún se mantiene enraizado.

Su pecho, adornado con el Sello del Vínculo, brillaba con intensidad creciente, proyectando una luz blanca que parecía empujar hacia atrás cualquier sombra de duda o temor.

Los Sabios, por un instante, se sintieron desafiados, no con violencia, sino con una autoridad que emanaba de la verdad misma.

—No hay profecía más poderosa que la elección libre —dijo Suwei con firmeza—.

—No hay Imperio sin verdad.

Y la verdad es esta: jamás ocultamos nada.

Luchamos con el corazón abierto.

Y si eso es un crimen… márquenme también.

La voz de Suwei no era un grito que hiciera temblar las columnas; era una declaración sólida, templada, que calaba hasta los rincones más recónditos del templo.

Cada palabra se sentía como un martillo que golpeaba el suelo invisible de la duda y el miedo, golpeando fuerte pero limpio, dejando tras de sí la certeza de que aquel hombre no hablaba por vanidad ni por desafío: hablaba con la fuerza del alma.

Los Sabios permanecieron en silencio.

El eco de la voz de Suwei rebotaba entre las paredes, y por un momento, parecía que los siglos se habían detenido para escuchar.

El viento que entraba por las altas ventanas tembló como si quisiera inclinarse ante esa autoridad silenciosa.

El corazón de Jin Long latía con fuerza, no por miedo, sino por orgullo y reconocimiento.

Cada músculo de Suwei irradiaba control absoluto: no era solo un consorte, era el brazo y la conciencia de un imperio entero.

El sabio del centro inclinó la cabeza, su bastón tocando el mármol con un sonido seco, como si el eco fuera un suspiro de aceptación.

Otro sabio, más joven, dejó caer su bastón con un golpe que retumbó como un trueno apagado, y el sonido hizo vibrar los cimientos del templo.

Todo parecía esperar una respuesta que nunca llegaría en forma de palabras: el juicio se había suspendido frente a la verdad viva que Suwei encarnaba.

El silencio se volvió absoluto.

Solo se escuchaba el eco de los pasos de Suwei al dar media vuelta, lento, medido, como un río que fluye imperturbable, dejando tras de sí una estela de luz que iluminaba cada rincón oscuro del templo.

Su presencia había llenado el lugar, haciendo que incluso los Sabios más antiguos sintieran el peso de su palabra y de su mirada.

Los ojos vendados de los Sabios parecían seguirlo de manera invisible, reconociendo sin ver que el consorte no era un invitado: era la voz del Imperio en carne y hueso.

Cuando finalmente Jin Long tomó la mano de Suwei frente al consejo, la tensión que había pesado en el aire durante horas se disolvió lentamente, dejando solo respeto, reverencia y asombro.

Sus dedos entrelazados brillaban como un juramento antiguo, uniendo corazón y voluntad más allá de leyes, decretos o profecías.

El emperador, con la voz apenas un susurro cargado de emoción, dijo: —Hoy me salvaste sin espadas.

Suwei lo miró, y en sus ojos brilló la certeza de quien sabe que cada sacrificio, cada desafío y cada riesgo vale la pena cuando se lucha por la verdad y el amor.

—Y mañana, si hace falta, lo haré de nuevo.

El murmullo de esas palabras se sintió como un latido que recorría todos los corredores del palacio.

Los ministros presentes temblaban entre respeto, temor y admiración, conscientes de que lo que acababan de presenciar no era solo un acto de defensa, sino la manifestación viva del poder de un vínculo que podía sostener todo un imperio.

Afueras del templo, las campanas ya no sonaban.

Pero en lo más profundo de la ciudad, donde las brasas de los fuegos ancestrales jamás se apagaban, los ecos del juicio resonaban todavía.

Nadie en el mundo, ni los dioses ni los hombres, podría quebrar aquello que se había demostrado verdadero y puro: el amor entre el emperador y su consorte no solo salvaba a un hombre… salvaba un Imperio.

Y mientras caminaban de regreso al palacio, la noche descendía lentamente, envolviendo Xiyun en un manto silencioso, lleno de promesas y de certeza.

Cada sombra parecía más ligera, cada columna más fuerte, como si todo el templo reconociera que Suwei Long no era simplemente un acompañante: era el corazón, el juicio y la luz del Imperio en un solo ser.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack El verdadero poder no reside únicamente en coronas, ejércitos ni decretos.

Reside en la convicción, en la verdad que se defiende con el corazón y en la elección libre que guía cada acto.

Jin Long y Suwei muestran que un imperio no se sostiene solo por fuerza o estrategia, sino por la confianza que une a quienes lo aman y lo protegen.

Cuando el corazón gobierna junto con la espada, la autoridad se convierte en justicia y la victoria no es solo militar, sino moral y espiritual.

Su regalo es mi motivación de creación.

Deme más motivación

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo