EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL - Capítulo 70
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- Capítulo 70 - 70 Capítulo 40 La Noche del Loto Carmesí
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70: Capítulo 40: La Noche del Loto Carmesí 70: Capítulo 40: La Noche del Loto Carmesí “Algunos reyes conquistan con espadas.
Otros… con la fe del pueblo.” El cielo del sur ardía, pero no por llamas; el sol poniente teñía los estandartes imperiales de un rojo profundo, como si el propio horizonte celebrara la victoria que se avecinaba.
La brisa cálida del atardecer agitaba las banderas, llevando consigo el eco de tambores y cornetas que anunciaban un final inminente.
La guerra había durado semanas.
Tropas leales, soldados de provincias, milicias recién armadas… todos respondían ahora a una sola voz: la de Suwei.
Su nombre corría entre las filas como un canto, un mantra que daba fuerza y calma al mismo tiempo.
La moral de los soldados no dependía solo de órdenes o recompensas, sino de la certeza de que su consorte estaba allí, en la vanguardia, guiándolos con decisión y corazón.
A lo lejos, el Paso de Zhanmei, un desfiladero estrecho y traicionero, se alzaba como una garganta lista para devorar al enemigo.
Los ejércitos invasores avanzaban con la arrogancia de quienes creen que la fuerza bruta puede doblegar cualquier voluntad.
Pero no conocían la precisión ni la estrategia que Suwei había preparado.
Cada curva, cada roca, cada árbol… todo el terreno había sido calculado para que la victoria fuera inevitable.
Suwei, con la armadura blanca plateada manchada de polvo y sudor, subió al risco que dominaba la llanura.
Desde allí, podía ver las filas enemigas, los caballos relinchando, las lanzas que reflejaban la última luz del día.
Su postura era firme, pero no rígida; cada músculo estaba tenso, preparado, pero su respiración calmada.
Su presencia era un faro para sus tropas, y su mirada, limpia como la luz de la luna nueva, atravesaba el miedo y la incertidumbre de cada soldado.
Y entonces, en un gesto cargado de simbolismo, Suwei levantó la espada imperial.
No era su espada, sino la de Jin Long, enviada horas antes con un simple mensaje: “A quien comparto el trono y el peso del imperio… Te doy también el derecho de alzar la victoria.” El silencio descendió sobre el campo como una cortina pesada.
Cada soldado contuvo la respiración.
El viento, que momentos antes agitaba los estandartes y levantaba polvo de la tierra seca, pareció detenerse.
Incluso el cielo, teñido de naranja y carmesí por el sol poniente, parecía observar con atención.
Cada corazón presente latía al mismo ritmo: un pulso colectivo que reconocía que aquel instante no era solo una batalla, sino la coronación de un liderazgo nacido del corazón y del vínculo indestructible entre dos almas.
Suwei permaneció erguido, pero no rígido.
Sus hombros transmitían autoridad, pero también humanidad; su pecho subía y bajaba lentamente, respirando con calma entre el rugido contenido de los ejércitos.
Su mirada, firme y segura, se convirtió en guía y esperanza para miles.
Cada gesto suyo parecía diseñado para infundir confianza y certeza.
Los soldados podían sentirlo: mientras Suwei estuviera allí, ningún enemigo podría doblegarlos, y cada movimiento suyo era un ejemplo de disciplina y precisión.
El enemigo avanzó confiado, con arrogancia y desprecio.
Sus caballos relinchaban, sus estandartes ondeaban como advertencias de su poder.
Pero Suwei ya había previsto cada paso, cada ángulo, cada roca y cada curva del terreno.
Las emboscadas estaban listas, los arqueros alineados, las catapultas y trampas colocadas con una sincronización perfecta.
Cada detalle había sido pensado para que la victoria no dependiera de la fuerza bruta, sino de la inteligencia y la estrategia.
Cuando el primer choque ocurrió, los soldados enemigos cayeron en la trampa.
Las filas se desordenaron, los caballos se entrelazaron y los oficiales que dirigían sus tropas fueron sorprendidos uno a uno.
No fue violencia sin sentido; fue maestría controlada, cada ataque, cada maniobra, cada movimiento estaba medido para someter al adversario sin derramar sangre más de lo necesario.
Los soldados imperiales, inspirados por la presencia de Suwei, avanzaban con confianza, con cada paso sincronizado y seguro, como si sus cuerpos supieran que la victoria estaba escrita en la luz de su consorte.
Y cuando el último estandarte enemigo fue alzado, lo hizo Suwei.
Él mismo.
La espada imperial brillaba con un reflejo rojizo del sol, mezclándose con el polvo de la batalla y la luz de la armadura manchada.
Subió al risco frente a miles de ojos admirados.
La multitud contenida rugió con una fuerza que pareció sacudir la tierra misma.
Los capitanes arrodillaron sus espadas, los soldados se inclinaron con respeto y reverencia.
Cada gesto de Suwei era una lección de liderazgo y valentía, cada respiración un recordatorio de que la fuerza de un líder no reside solo en sus manos, sino en su corazón y en la fe que inspira en los demás.
Y entonces… sucedió algo imposible y hermoso.
Un loto carmesí flotó suavemente desde el cielo y se posó sobre el pecho de Suwei.
La luz del loto parecía fundirse con los últimos rayos del sol y el brillo de la armadura, iluminando el rostro del consorte con una intensidad que parecía bendecir la victoria.
Nadie supo de dónde vino, pero todos lo vieron.
Los soldados contuvieron el aliento, y por un instante, incluso los caballos parecieron detenerse.
Fue un signo, un símbolo, una confirmación de que el cielo reconocía la verdad del liderazgo de Suwei y la pureza de su corazón.
Cada hombre y mujer presente comprendió que aquella victoria no era solo militar: era moral, espiritual y simbólica.
Horas después, bajo la luz temblorosa de las antorchas que iluminaban el campamento, Suwei regresó a su cuartel general.
Cada movimiento era lento y medido; sus manos retiraban la armadura con firmeza y dignidad.
Sus soldados lo miraban pasar y sentían la paz y la seguridad que solo un líder con alma podía transmitir.
La batalla había terminado no solo con estrategia, sino con honor, con respeto, con corazón.
Cuando entró a su carpa, el silencio lo recibió.
No era vacío; era un silencio lleno de expectación, de paz, de alivio.
Y allí, frente a él, lo esperaba Jin Long.
—Viniste —dijo Suwei, con la voz teñida de cansancio, orgullo y alivio.
—Claro que sí —respondió Jin Long, con los ojos brillando de emoción—.
—No pensabas que iba a dejar que mi consorte ganara una guerra sin que yo estuviera para besarlo, ¿verdad?
Suwei sonrió, y por un instante, todas las tensiones, los miedos y la fatiga de semanas desaparecieron.
Cayó en los brazos de Jin Long, y allí permanecieron, abrazados mientras la noche cubría el campamento victorioso con un manto de estrellas.
En la colina cercana, la flor de loto carmesí seguía flotando, como un testigo silencioso que se negaba a abandonar el campo de batalla.
La guerra había terminado, pero el eco del coraje, del amor y de la verdad que ambos habían defendido resonaría por generaciones.
El Imperio dormía bajo un cielo salpicado de constelaciones, pero la historia apenas comenzaba.
Porque lo que Suwei y Jin Long habían forjado no era solo un vínculo entre dos hombres, sino el corazón de un Imperio que sabía que mientras ellos lucharan juntos, nada podría quebrarlo.
Cada soldado que miraba al horizonte entendía que habían sido parte de algo más grande que la victoria militar: habían sido testigos de un amor que guiaba ejércitos, un vínculo que inspiraba pueblos, una fuerza que no podía medirse en espadas ni en armaduras, sino en la fe que nace del corazón humano.
En la llanura, mientras el viento susurraba entre los árboles y las antorchas aún parpadeaban en la distancia, Suwei y Jin Long permanecieron abrazados.
No eran solo dos figuras rodeadas de victoria y soldados, sino dos almas que habían compartido miedo, dolor, amor y responsabilidad.
Cada latido de sus corazones resonaba con el eco de la guerra que acababan de atravesar, pero también con la certeza de que, juntos, nada podría quebrarlos.
Los sobrevivientes los miraban en silencio, sin atreverse a interrumpir aquel momento.
Lo que veían no era solo a sus líderes, sino la manifestación viva de la esperanza.
La fuerza de un Imperio no solo estaba en sus ejércitos ni en sus murallas, sino en el vínculo que unía a aquellos que gobernaban con el corazón y la verdad como armas más poderosas.
Suwei descansó la frente sobre el pecho de Jin Long, inhalando el aroma de su túnica y sintiendo la seguridad que solo su presencia podía otorgarle.
Jin Long, a su vez, rodeó con suavidad su espalda, apretando ligeramente, transmitiendo sin palabras que la paz, aunque efímera, era real.
Sus manos se entrelazaron de manera natural, como si cada dedo buscara reafirmar que aquello que habían logrado juntos no se desharía jamás.
La Noche del Loto Carmesí no era solo el final de una guerra; era un instante suspendido entre el pasado que habían superado y el futuro que ahora podían construir.
Cada sombra de miedo que antes los había acompañado se disipó, reemplazada por un calor profundo, un fuego que no ardía en las armas ni en la sangre, sino en la certeza de estar juntos.
En ese silencio compartido, el mundo alrededor parecía haberse detenido.
Los soldados sentían el peso de la intimidad de aquel momento, y en sus ojos se reflejaba una mezcla de respeto, reverencia y esperanza.
Cada luz que brillaba en la distancia parecía rendir homenaje a la unión de Suwei y Jin Long, a la fuerza de sus corazones, y a la promesa silenciosa de que la justicia, la verdad y el amor podían coexistir en el trono del Imperio.
El loto carmesí, flotando aún sobre la colina cercana, parecía inclinarse levemente hacia ellos, como si reconociera que aquella victoria no pertenecía solo a un ejército, sino a la conexión invencible de dos almas que habían elegido luchar juntas, no por poder, sino por todo lo que realmente importaba.
La Noche del Loto Carmesí no fue solo un final, sino una promesa eterna: el fuego que ardía en sus corazones, en el corazón de su unión y en el corazón del Imperio, jamás se apagaría.
Mientras Suwei y Jin Long permanecieran juntos, el Imperio sabía que había encontrado no solo a sus líderes, sino a sus guardianes, su luz y su esperanza.
Y así, bajo un cielo cubierto de estrellas, con el eco lejano de la batalla ya apagado, un suspiro colectivo recorrió la llanura: un suspiro de paz, de fe y de un amor que trascendía todo.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack Gracias por.
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