EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL - Capítulo 71
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71: Capítulo 1: El Regreso de la Victoria 71: Capítulo 1: El Regreso de la Victoria El campo de batalla había quedado atrás, pero el silencio aún lo perseguía.
Suwei avanzaba entre filas de soldados que lo miraban como si contemplaran algo más que un hombre.
El brillo del loto carmesí todavía parecía flotar en el aire, invisible a los ojos comunes, pero imposible de olvidar para quienes lo habían presenciado.
Cada paso que daba con la espada imperial en la mano era seguido por miradas reverentes, por corazones que latían con una fe nueva.
Nadie gritaba.
Nadie celebraba.
La victoria había sido tan contundente y tan limpia que el júbilo parecía inapropiado.
Era como si los dioses hubiesen bajado al campo de batalla y todo lo que quedaba a los mortales era inclinar la cabeza.
El viento arrastraba el olor metálico de las armas y el polvo de la tierra removida.
Los estandartes caídos ondeaban con pesadez, como si fueran testigos cansados de una guerra demasiado breve para ser creída.
Los caballos, aún inquietos, golpeaban el suelo con cascos nerviosos, pero incluso ellos parecían reconocer la sacralidad de lo ocurrido.
Suwei no habló.
No necesitaba hacerlo.
Caminó con el porte de alguien que había recibido no un triunfo, sino una carga.
Su mirada era clara, pero sus hombros parecían sostener el peso de todo un imperio.
Los soldados lo siguieron en silencio, y pronto, el murmullo de cientos de pasos se volvió como una plegaria sin palabras.
— Cuando regresaron a la ciudad, el pueblo aguardaba.
Las calles estaban llenas, pero nadie gritó.
No hubo vítores ni tambores.
Al verlo, las familias se inclinaron con respeto, los ancianos juntaron las manos en señal de plegaria, y hasta los niños quedaron callados, como si comprendieran que algo sagrado había tocado a su tierra.
Los balcones colgaban lámparas encendidas que proyectaban destellos cálidos sobre el rostro de Suwei.
Y allí, en la penumbra de las antorchas, la multitud vio algo que nunca olvidaría: al Consorte del Dragón marchando con la espada imperial alzada, los pasos firmes, el rostro sereno, la mirada encendida de un fuego que no era humano.
Ese día no hubo celebración.
Hubo silencio, reverencia… y la certeza de que el Imperio había cambiado para siempre.
— En el palacio, la calma era aún más densa.
Los ministros se arrodillaban a su paso, evitando mirarlo directamente.
Sabían que estaban frente a alguien que ya no pertenecía del todo a este mundo.
Suwei se detuvo en la entrada del salón imperial.
Allí, el eco de los pasos de Jin Long retumbó como un alivio esperado.
El emperador caminaba hacia él, con la armadura aún manchada del polvo del viaje, pero con los ojos brillantes como fuego líquido.
Y entonces, frente a todos, sin importar miradas o jerarquías, Jin Long extendió la mano.
Suwei no dudó.
Entrelazó sus dedos con los de él, y el mundo entero pareció detenerse.
Los ministros contuvieron el aliento; el pueblo, al otro lado de los muros, sintió un estremecimiento que recorrió la ciudad.
—Hoy me salvaste sin espadas —murmuró Jin Long, con una voz que era ternura y orgullo al mismo tiempo.
Suwei lo miró, cansado pero firme, y respondió: —Y mañana, si hace falta, lo haré de nuevo.
Las palabras no fueron un juramento, sino un destino grabado en el aire, como si hubiesen quedado escritas en los muros del palacio y en los corazones de quienes las escucharon.
Jin Long asintió en silencio, con una mirada que era ternura y fuego a la vez, y ambos se quedaron unidos unos segundos más, sabiendo que aquel instante sería recordado como una promesa eterna.
— Esa noche, en la intimidad de sus aposentos, Suwei dejó caer la armadura sobre el suelo de mármol.
Cada pieza retumbaba con un eco metálico, como si la guerra aún intentara retenerlo en sus garras.
El peto cayó con un golpe seco; las hombreras resonaron como campanas apagadas; las grebas rodaron hasta detenerse junto a la cama.
Era como despojarse de una segunda piel, pesada y manchada de responsabilidades.
Estaba exhausto, pero el sueño no llegaba.
Sus músculos pedían descanso, pero su espíritu ardía con un fuego extraño, inquietante.
Se acercó a la ventana y se sentó en el alféizar.
El cielo se abría despejado sobre él, cuajado de estrellas que parecían encenderse solo para vigilar su insomnio.
El aire era fresco, impregnado del perfume de los cerezos y del murmullo distante de las fuentes del jardín.
Por un momento, cerró los ojos y dejó que el viento acariciara su piel, como un consuelo invisible.
Y entonces, la vio.
Una mariposa blanca, tan pura y etérea que parecía hecha de luz lunar, cruzó el umbral silenciosamente.
Batía las alas despacio, como flotando en un ritmo secreto, hasta posarse sobre la mano abierta de Suwei.
El contacto era leve, casi imperceptible, pero bastó para que él contuviera la respiración.
El batir delicado de las alas era como un latido diminuto, pero resonó en su pecho con la fuerza de un tambor sagrado.
En ese instante, un calor inexplicable se expandió por todo su cuerpo.
No era fuego que quemaba, sino una llama suave y profunda, como si algo dormido dentro de él despertara al fin.
Sus ojos se nublaron.
Y en la penumbra de su mente apareció una visión: Un jardín cubierto de flores, más vasto y luminoso que cualquier otro; una cuna vacía iluminada por la plata de la luna; y un llanto lejano, dulce y poderoso, que atravesaba el aire como un presagio.
Era un sonido tan frágil y a la vez tan lleno de vida, que las lágrimas comenzaron a arder en los ojos de Suwei sin que pudiera detenerlas.
—No… no puede ser… —susurró, con la voz quebrada.
La mariposa agitó las alas una vez más y se elevó con ligereza, dibujando círculos en el aire antes de perderse en la noche estrellada.
El silencio volvió, pero no era el mismo silencio de antes: ahora estaba cargado de misterio, de señales invisibles que parecían querer hablarle al alma.
Fue entonces cuando Jin Long entró en la habitación.
Se detuvo en el umbral al ver a Suwei inmóvil junto a la ventana, la mirada perdida en el cielo.
Una sombra de preocupación cruzó su rostro.
—¿Qué sucede?
—preguntó con voz baja, caminando hacia él.
Suwei bajó la vista, inseguro de cómo poner en palabras lo que había experimentado.
Su mano seguía temblando ligeramente, como si aún sostuviera el peso ligero de la mariposa.
Se llevó los dedos al pecho, tratando de calmar el calor que seguía latiendo allí.
—Nada… —murmuró al fin, aunque sus ojos traicionaban la verdad, ardiendo con una mezcla de temor y asombro—.
O tal vez… todo.
Jin Long se acercó y, con una delicadeza que contrastaba con la fuerza de un emperador, tomó su rostro entre las manos.
Lo obligó a mirarlo a los ojos, como si en ese contacto pudiera arrancarle el secreto.
Suwei cerró los párpados un segundo, entregándose a esa calidez, sintiendo cómo el mundo entero desaparecía bajo la certeza de aquel toque.
Pero Jin Long no se detuvo allí.
Su mirada descendió, guiada por un instinto que no podía explicar, hasta el pecho y el vientre de Suwei.
Con cautela, como si temiera quebrar algo sagrado, dejó resbalar una mano sobre su piel.
Sus dedos recorrieron la tela hasta posarse en la curva suave de su abdomen.
En el instante en que lo tocó, Suwei contuvo el aliento.
Una oleada de calor se expandió desde ese punto, un estremecimiento tan íntimo que lo hizo temblar.
Fue como si una chispa se encendiera bajo la palma de Jin Long, un destello invisible que ambos sintieron al mismo tiempo.
El consorte cerró los ojos con fuerza, y una lágrima silenciosa resbaló por su mejilla.
—Lo sientes… —susurró apenas, con la voz quebrada, como si confesara un secreto demasiado grande para guardarlo.
Jin Long asintió despacio, sin apartar la mano.
No era imaginación, ni un delirio de cansancio: allí, bajo la piel de Suwei, había un calor distinto, un pulso suave que no le pertenecía solo a él.
En el roce de sus dedos, pequeñas chispas parecían encenderse, como si el propio destino se filtrara a través de ese contacto.
Suwei respiró hondo, incapaz de contener el estremecimiento que lo recorrió entero.
El calor de la palma de Jin Long se mezclaba con el suyo, fundiéndose en una corriente invisible que los unía más allá de la carne.
Sintió como si el universo entero hubiese guardado silencio para presenciar ese instante.
En lo profundo de sí mismo, supo que algo había cambiado para siempre.
No era solo un presagio, ni una ilusión pasajera.
Era el inicio de un nuevo destino, tan vasto como el Imperio y tan íntimo como el amor que compartía con Jin Long.
El Imperio dormía, ajeno aún a lo que estaba por despertar.
Pero en la penumbra de aquella habitación, en el corazón del consorte que había guiado ejércitos y conquistado miedos, la semilla de un destino nuevo acababa de germinar.
Y ningún silencio, ni de hombres ni de dioses, podría detenerlo.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack Cada victoria en el campo de batalla deja cicatrices, pero también abre caminos que nadie imagina.
Suwei regresó no solo como un líder venerado, sino como un hombre marcado por un misterio que ni siquiera las espadas ni los tronos pueden explicar.
A veces, el destino se anuncia en silencio: en el aleteo de una mariposa, en un calor imposible de ignorar, en un presagio que late donde antes solo había vacío.
Este capítulo nos recuerda que la historia de un imperio no siempre se mide por guerras ganadas, sino por los secretos que germinan en la intimidad, aquellos que prometen cambiar no solo un reino, sino también el corazón de quienes lo sostienen.
Su regalo es mi motivación de creación.
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