EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL - Capítulo 72
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- Capítulo 72 - 72 Capítulo 2 Un secreto entre pétalos
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72: Capítulo 2: Un secreto entre pétalos 72: Capítulo 2: Un secreto entre pétalos El sol apenas comenzaba a tocar los tejados dorados del palacio cuando Suwei se despertó.
La primera luz de la mañana se filtraba por las ventanas del pabellón de jade, dibujando líneas de oro sobre el suelo de mármol.
Cada rayo parecía acariciar la habitación, pero Suwei apenas lo notaba; su mente estaba llena de un silencio inquieto, un secreto que aún no comprendía del todo.
Se levantó con cuidado, sin hacer ruido, y se dirigió hacia el altar de la Llama Celeste.
Sus pasos eran suaves, como si temiera que el sonido pudiera romper el delicado equilibrio que sentía en su interior.
La Llama Celeste brillaba con una intensidad serena, y en su reflejo Suwei vio algo más: un pulso sutil, una vibración que no pertenecía a él solo, sino a algo que estaba comenzando a crecer dentro de su ser.
Se arrodilló frente al altar, cerrando los ojos, y respiró hondo.
Cada inhalación parecía llenar su cuerpo de una energía nueva, cálida y desconocida.
No había necesidad de rituales, ni de conjuros, ni de medicinas.
La vida misma había decidido hacer su aparición.
Suwei lo sintió en lo profundo de su pecho, un latido que no era suyo ni de Jin Long, sino de ambos y, a la vez, de un futuro aún no escrito.
Mientras tanto, en la Sala del Trono, Jin Long se encontraba en medio del Consejo Imperial.
Los consejeros discutían con fervor, intentando reforzar las fronteras, reorganizar el ejército y garantizar la paz tras la Noche del Loto Carmesí.
Sus voces eran fuertes, llenas de ambición y de miedo al vacío que había dejado la guerra.
Pero el corazón del emperador estaba en otro lugar.
Cada palabra que pronunciaban los nobles rebotaba como un eco distante; sus ojos estaban fijos en la puerta que conducía a los jardines privados, donde esperaba su amado.
Cuando la reunión finalmente terminó, Jin Long se levantó con premura, dejando atrás las palabras de los consejeros.
Su andar por los pasillos dorados del palacio era firme pero silencioso, como un río que avanza sin ruido pero con fuerza imparable.
Cada paso lo acercaba al pabellón de jade, donde Suwei permanecía envuelto en un secreto que aún no se atrevía a pronunciar en voz alta.
Al entrar, la habitación estaba vacía.
Solo quedaba una nota sobre la mesa, escrita con tinta de loto, delicada y perfumada: > “Ven al Jardín de los Cerezos.” El corazón de Jin Long dio un salto.
Supo, sin necesidad de más señales, que aquello era más que un simple encuentro.
Se dirigió al jardín con pasos rápidos pero respetuosos, sintiendo cómo su respiración se mezclaba con el aire fresco de la mañana.
Entre los pétalos caídos, Suwei esperaba.
La luz del sol recién nacido caía sobre él, iluminando su túnica blanca y su cabello recogido con una simple hebra de jade.
Parecía casi etéreo, como si no perteneciera al mundo terrenal sino a un lugar más profundo, lleno de promesas silenciosas.
Al verlo, Jin Long sonrió, pero la sonrisa se desvió en su rostro al notar algo distinto en la expresión de Suwei.
Había calma, sí, pero también un leve temblor, un misterio que su corazón reconoció de inmediato.
Caminó hacia él y, con delicadeza, tomó su mano.
Cada contacto era un puente entre sus almas, un recordatorio de todo lo que habían superado juntos.
—¿Qué ocurre?
—preguntó Jin Long, su voz baja y cargada de preocupación.
Suwei permaneció un momento en silencio, dejando que el sol acariciara su rostro y que la brisa jugara con los pétalos alrededor de ellos.
Luego, lentamente, llevó la mano de Jin Long hasta su vientre.
No hizo falta decir más.
El gesto fue suficiente.
Las palabras se volvieron innecesarias; todo lo que ambos necesitaban saber estaba en el roce, en el calor que emanaba de la piel, en la promesa de lo que estaba por venir.
Jin Long parpadeó, incapaz de articular palabras al principio.
Sus ojos se llenaron de lágrimas, de un asombro tan profundo que parecía absorber la luz misma de la mañana.
Por primera vez en mucho tiempo, el emperador cayó de rodillas frente al consorte que había guiado ejércitos, que había enfrentado el peligro y la muerte con valentía, y que ahora portaba la semilla de un futuro que los uniría aún más.
Suwei se inclinó ligeramente, tocando suavemente el rostro de Jin Long, asegurándose de que sus lágrimas no fueran solas, de que el corazón del otro compartiera el asombro y la emoción.
—El Imperio… nos ha dado una herencia —murmuró con voz firme, casi temblorosa por la intensidad del momento—.
Pero ahora… seremos nosotros quienes daremos algo al Imperio.
El jardín estaba silencioso, salvo por el murmullo de las hojas y el leve sonido de los pétalos que caían.
La brisa parecía contener la respiración, como si todo el mundo supiera que aquel instante era sagrado, que el tiempo mismo se había detenido para contemplar la unión de dos almas que habían conquistado la guerra y ahora se enfrentaban a la creación de la vida.
En ese instante, una mariposa blanca apareció, atravesando el aire con suavidad.
Se posó primero en la mano de Suwei y luego en su hombro, dejando un rastro de luz que parecía dibujar promesas invisibles en el aire.
Suwei contuvo la respiración, sintiendo cada pequeño movimiento de sus alas como un latido diminuto que se expandía en su pecho.
Una chispa recorrió su piel, un estremecimiento que hablaba de amor, de vida y de futuro.
Jin Long se inclinó hacia él, acercando su frente a la de Suwei, y lo sostuvo con ambas manos con una delicadeza que parecía desafiar la fuerza de un emperador.
Cada contacto era un puente de calor y confianza; la piel de Suwei respondió con un temblor sutil, como si hubiera chispeado algo dentro de él.
La luz del amanecer se colaba entre los árboles, reflejando destellos en sus ojos y dibujando sombras suaves sobre sus rostros, pero ellos no veían nada más que la presencia del otro.
Suwei cerró los ojos un instante, dejando que la calidez de las manos de Jin Long recorriera su rostro, bajara por su cuello y se expandiera en su pecho.
Sintió cómo su corazón se aceleraba, cómo un pulso nuevo, delicado y potente, vibraba bajo su piel.
La chispa era tangible, una electricidad silenciosa que unía su respiración con la de Jin Long, su latido con el suyo, en una armonía que ninguno de los dos había experimentado antes.
El Imperio dormía, ajeno a la semilla que acababa de germinar en aquel jardín oculto.
Solo existían ellos, el viento suave que acariciaba los pétalos caídos y la promesa silenciosa que llenaba el aire.
En lo profundo de sí mismos, ambos sabían que aquel vínculo no era solo un lazo de amor, sino la raíz de un destino nuevo y sagrado.
La historia del Imperio, los caminos de los ejércitos y los secretos de la profecía del Loto Carmesí tenían ahora un epicentro vivo, latente y vulnerable: la vida que Suwei llevaba dentro.
Mientras permanecían abrazados, la proximidad de sus cuerpos creó un pequeño universo propio.
El aroma del jardín, mezclado con el perfume natural de Jin Long, envolvía a Suwei en una sensación de calma y asombro.
Sus manos se entrelazaron, ajustando la presión sin necesidad de palabras; cada gesto era una conversación silenciosa, un pacto íntimo de protección, ternura y aceptación.
Suwei susurró, casi para sí mismo, con la voz quebrada por la emoción: —Pequeño sol mío… aún no has nacido… pero ya cambiaste el cielo.
Jin Long presionó suavemente su frente contra la de Suwei, y el pulso de su corazón parecía coincidir con el de él, marcando un ritmo que solo ellos podían sentir.
Cada latido era un recordatorio de la vida que estaba por venir, un hilo invisible que conectaba pasado, presente y futuro en un instante perfecto.
La chispa entre ellos se intensificó, recorriendo brazos, hombros y pecho, haciendo que Suwei sintiera que cada célula de su cuerpo despertaba a una nueva realidad.
La luz del amanecer bañaba sus rostros, acariciando sus mejillas y dibujando reflejos dorados en sus cabellos.
Por un instante, el mundo entero pareció alinearse con ellos, reverente, detenido, aguardando a que el destino cumpliera su curso.
Ningún sonido del palacio, ningún rumor, ni las voces de los nobles curiosos, podían atravesar la burbuja que los envolvía.
Todo lo demás se había desvanecido; solo existían el amor, la vida naciente y la certeza de un futuro compartido.
Jin Long se inclinó aún más, sus labios rozando suavemente la frente de Suwei, un gesto cargado de ternura y reverencia.
Cada caricia, cada roce, era un voto silencioso: estar presente, cuidar, proteger y amar sin condiciones.
Suwei apoyó la mano en el pecho de Jin Long, sintiendo el latido fuerte y constante del emperador, y comprendió que ese momento era mucho más que emoción: era el inicio de una historia nueva, íntima, poderosa y eterna.
Los rumores comenzarían pronto en los pasillos del palacio; los ojos curiosos notarían los cambios en el consorte y los nobles preguntarían sobre aquel misterio silencioso.
Pero en ese instante, nada importaba más que el calor compartido, el amor que los había guiado hasta allí y la chispa de vida que ya latía con ellos, invisible pero irrefutable.
El futuro, vasto y desconocido, esperaba.
Pero ellos lo recibirían juntos, con la fuerza de un vínculo que ni la guerra, ni la profecía, ni los dioses podrían romper.
Cada suspiro, cada roce, cada latido compartido era la promesa de que mientras se tuvieran el uno al otro, ningún silencio ni sombra podría detenerlos.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack Algunas victorias no se celebran con trompetas ni con estandartes; se celebran en silencio, donde la vida comienza a latir en los corazones de quienes aman.
Suwei y Jin Long descubren que el Imperio más grande no siempre se forja con guerras ganadas, sino con semillas de esperanza, cariño y promesas compartidas.
Lo que germina en la intimidad de un jardín puede cambiar un destino, redefinir un imperio y encender un fuego que ni el tiempo ni los dioses podrán apagar.
Este capítulo nos recuerda que la fuerza más poderosa del mundo no está en las espadas ni en los tronos, sino en el amor que protege, crea y transforma todo lo que toca.
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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com