Leer Novelas
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL - Capítulo 74

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL
  4. Capítulo 74 - 74 Capítulo 4 – La Grulla y el Loto
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

74: Capítulo 4 – La Grulla y el Loto 74: Capítulo 4 – La Grulla y el Loto La capital respiraba tranquila, pero el aire estaba cargado de un cambio imperceptible.

La primavera había llegado antes de tiempo; los cerezos florecían, los jardines se inundaban de aromas dulces y frescos, pero para aquellos que conocían los secretos del Imperio, cada pétalo caído parecía un susurro de alerta.

En los pasillos del Palacio de los Siete Cielos, Suwei entrenaba en silencio.

Ya no era solo consorte; ahora era portador del legado imperial, protector de la vida que crecía dentro de él.

Cada movimiento era medido, preciso, como si cada golpe de espada o giro de su cuerpo tejiera un escudo invisible alrededor de su hija aún por nacer.

El sudor perlaba su frente y mojaba la seda de su túnica blanca, pero Suwei no sentía cansancio.

Solo concentración y una determinación que ardía más fuerte que cualquier fuego de batalla.

Desde el balcón del palacio, Jin Long lo observaba, la mirada profunda y serena.

—El mundo canta —dijo suavemente, sin apartar los ojos de su amado—.

Pero algunas notas… anuncian tormenta.

Las palabras flotaron en el aire, más pesadas de lo que parecía.

La tensión no era solo política; era personal, íntima, como si un hilo invisible conectara cada movimiento del Imperio con la vida que Suwei llevaba consigo.

Mientras tanto, en el Consejo Imperial, la calma se quebró.

Una carta sellada con cera negra llegó desde el Este.

El mensaje era breve, pero suficiente para sembrar inquietud: “El Loto ha florecido.

Y florecerá sobre la sangre.” Las casas sagradas reaccionaron de inmediato.

La Casa Baihuan permaneció en silencio, los ojos entrecerrados, midiendo palabras y gestos, como si cada respiración contara.

La Casa Renxia murmuró entre sí, preocupada por las implicaciones que aquel mensaje podría traer al equilibrio del Imperio.

La Casa Yueji, siempre en contacto con las aguas espirituales, se sumió en plegarias silenciosas, buscando señales de los dioses.

Pero en el corazón de la Casa Jinhai, la reacción fue distinta.

Entre sus muros, los sirvientes y consejeros que conocían el secreto se movían con un brillo especial en los ojos, como si cada rincón del hogar reconociera la noticia.

Un murmullo de esperanza se deslizó por los pasillos: los ancianos recordaban las antiguas profecías, las madres preparaban suaves telas para celebrar la llegada de la nueva vida, y los jóvenes practicaban movimientos que mezclaban danza y respeto, celebrando sin ruido, con reverencia y alegría contenida.

La grulla blanca, el símbolo de Suwei, parecía ya no volar solo: cada miembro de la Casa Jinhai sentía la chispa de ese cambio, un lazo de vida que los unía a todos en un instante silencioso pero poderoso.

Mientras tanto, Suwei, recostado en sus aposentos, escuchaba todo desde detrás del velo de seda que cubría su ventana.

La brisa movía las cortinas, y las canciones de las sacerdotisas del Templo del Alba llegaban suaves y armoniosas, como si el cielo mismo quisiera acompañar aquel momento.

Pero su mente estaba en otro lugar.

En su vientre.

En su hija.

En el mundo que debía defender antes de que ella llegara.

—No puedo esperar que el mundo sea seguro para ella —murmuró con suavidad, casi para sí mismo—.

Debo hacer que lo sea.

Se levantó y caminó hacia el telar ceremonial, donde las tejedoras preparaban nuevas túnicas.

Esta vez no eran para celebración; eran para protección.

Cada hilo de seda brillaba tenuemente, absorbiendo la intención de Suwei: fuerza, cuidado y esperanza.

Sus manos temblaron ligeramente mientras comenzaba a bordar un símbolo secreto, una mezcla de fe, amor y promesa.

Una grulla blanca surgió de sus dedos primero, sus alas abiertas como un gesto de libertad y protección.

Luego, un loto dorado, delicado pero firme, representando la pureza y la vida que había sido confiada a él.

Finalmente, una llama en el centro, pequeña pero intensa, un faro que iluminaba el camino que Suwei prometía guiar.

Cada puntada era un suspiro, un latido, un deseo silencioso de que su hija creciera en un mundo que aún debía ser conquistado para la paz.

Desde el balcón, Jin Long bajó las escaleras, acercándose a Suwei sin hacer ruido.

Cada paso medido, cada mirada llena de afecto y preocupación.

Al llegar, posó suavemente una mano sobre el hombro de Suwei.

—Déjame ayudarte —susurró—.

No estás solo en esto.

Suwei levantó la mirada, encontrando en los ojos de Jin Long la calma que necesitaba.

Se permitió un momento de vulnerabilidad, apoyando la cabeza contra su pecho.

Sintió cómo el calor de su emperador lo envolvía, cómo su pulso se mezclaba con el suyo, y en ese instante, cada temor se convirtió en fuerza, cada duda en determinación.

La semilla que llevaba dentro de él no era solo vida; era un destino compartido, un vínculo que transformaría no solo su futuro, sino el del Imperio entero.

La luz del amanecer comenzó a filtrarse entre los tejados dorados, iluminando la habitación con un resplandor cálido.

Los pétalos de los cerezos volaban suavemente con la brisa, como si celebraran silenciosamente la promesa que se estaba tejiendo entre Suwei y Jin Long.

Cada hoja, cada susurro del viento parecía guardar un secreto sagrado, invisible para los ojos del mundo pero inmensamente poderoso para aquellos que lo conocían.

En la torre más alta del templo de los astrónomos, un sabio despertó sobresaltado.

Sus ojos se abrieron ante un espectáculo inesperado: las estrellas habían cambiado de posición.

Un cometa blanco, en forma de grulla, cruzaba el firmamento.

Su luz era clara, pura, y parecía señalar que la semilla que había germinado en el corazón de Suwei ya estaba siendo reconocida por los cielos.

Mientras el Imperio continuaba su vida cotidiana, los rincones íntimos del palacio, los jardines imperiales y los muros de la Casa Jinhai estaban llenos de un poder silencioso, íntimo y transformador.

Suwei y Jin Long sabían que nada volvería a ser igual.

Su vínculo había alcanzado un nivel nuevo, y con él, la historia del Imperio comenzaba un capítulo que jamás podría escribirse sin ellos.

Los ecos de aquella chispa, de aquella vida que comenzaba, viajarían pronto por los corredores del palacio, tocarían a los sabios y llegarían a los guerreros que habían jurado lealtad.

Cada mirada, cada gesto, cada susurro de los pasillos imperiales se vería alterado por la presencia de la nueva vida.

La celebración silenciosa de la Casa Jinhai se unía a la fuerza íntima que brotaba del consorte y del emperador, haciendo que el cambio fuese imparable.

En aquel jardín, la luz del amanecer pintaba de oro los pétalos húmedos de rocío, y cada hoja de los cerezos parecía inclinarse suavemente como reverencia ante la vida que latía dentro de Suwei.

El aire estaba impregnado del perfume delicado de las flores, mezclado con el aroma húmedo de la tierra recién regada.

Un murmullo de brisa atravesaba los arbustos de jazmín y las enredaderas de glicina, y el canto de los pájaros se entrelazaba con la respiración lenta y acompasada de ambos hombres.

Suwei y Jin Long permanecían abrazados, el contacto de sus cuerpos era un lenguaje silencioso: el calor de sus manos, el roce de sus mejillas, el suave latido que podían sentir en el pecho del otro.

Cada instante era un poema que solo ellos podían leer, cada silencio un pacto que se tejía más fuerte que cualquier decreto imperial.

Las ramas del cerezo, cargadas de flores rosadas, caían suavemente sobre ellos como bendición, y la sombra del tronco se extendía protectora, abrazando la escena con su quietud majestuosa.

Suwei llevó la mano de Jin Long hasta su vientre, y por un instante el mundo pareció contener la respiración.

Sintió un calor que no era solo suyo ni de su hija, sino de toda la promesa de un futuro que empezaba a formarse, delicado y poderoso a la vez.

Los dedos de Jin Long se entrelazaron con los suyos, y una chispa recorrió cada fibra de su cuerpo: un temblor ligero, una electricidad sutil, una certeza que solo el amor y la vida podían otorgar.

Porque en la intimidad absoluta de aquel momento, el tiempo parecía detenerse.

Ninguna guerra, ninguna intriga, ningún decreto, ni siquiera los dioses, podrían apagar la luz que ahora brillaba entre ellos.

La grulla, el loto y la llama bordados en la tela frente a Suwei no eran solo símbolos: eran la canción aún no cantada del Imperio, el himno de un destino nuevo que estaba por comenzar.

Y mientras los pétalos se arremolinaban en el aire, la Casa Jinhai, silenciosa pero consciente, parecía compartir con ellos aquel instante.

Los ancianos inclinaban la cabeza en respeto, los jóvenes se sentían envueltos por una fuerza que no podían ver pero que reconocían en el latido de su sangre, y los sirvientes, aunque discretos, sonreían con un brillo secreto en los ojos.

La grulla blanca ya no volaba sola: sus alas invisibles se extendían por cada sala, cada corredor, cada rincón, marcando un cambio profundo en el corazón de todos.

El viento llevó consigo un susurro, como si el jardín mismo hablara en lengua antigua, y Suwei cerró los ojos, dejando que ese murmullo lo atravesara.

Jin Long apoyó la frente contra la suya, y juntos sintieron la misma certeza: que todo lo que viniera, todo lo que desafiaría su amor y su Imperio, sería enfrentado con fuerza y ternura, porque ahora no estaban solos.

Llevaban en su interior la semilla de un nuevo mundo, la chispa de una historia que no se rompería.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack Hay momentos en los que el amor y la vida son más poderosos que cualquier guerra o decreto.

Suwei nos recuerda que proteger lo que está por nacer, con cuidado y devoción, es el primer acto de valentía.

A veces, los hilos más delicados —una grulla, un loto, una llama— sostienen el destino de todo un imperio.

Su regalo es mi motivación de creación.

Deme más motivación¿Le gusta leerlo?

Agréguelo en favoritos

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo