EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL - Capítulo 75
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75: Capítulo 5 – Susurros de cuna y acero 75: Capítulo 5 – Susurros de cuna y acero El amanecer apenas rozaba con luz dorada las cúpulas del Palacio de Jade cuando un silencio extraño se apoderó del Ala de la Grulla Blanca.
Era un silencio denso, contenido, como si hasta los muros del palacio hubieran dejado de respirar.
Solo los pasos apresurados de los sanadores imperiales quebraban la calma, resonando como martillos contra el mármol.
Suwei yacía en su lecho ceremonial.
Su rostro, normalmente sereno, estaba pálido como el nácar, sus labios temblaban con el esfuerzo de cada respiración.
Una mano se aferraba débilmente al edredón de seda, mientras la otra buscaba instintivamente algo que pudiera anclarlo a la realidad.
El dolor no era como las dolencias comunes: era interno, profundo, como si algo dentro de su vientre quisiera desgarrar la esencia misma de su cuerpo.
Los médicos imperiales se inclinaban sobre él, murmurando entre sí en voces tan bajas que parecían rezos.
Sus cejas fruncidas y sus manos temblorosas delataban lo que trataban de ocultar: miedo.
El embarazo había avanzado con calma, incluso con gracia, pero esa mañana, un vendaval invisible lo había cambiado todo.
—¡Silencio absoluto en los pasillos del ala este!
—tronó la voz de un eunuco mayor, su rostro tenso como un tambor de guerra—.
¡Nadie entra sin permiso del Emperador!
El eco de la orden viajó por los corredores, apagando los murmullos de doncellas y sirvientes.
El palacio entero contuvo el aliento.
En la Sala del Trono, consejeros y ministros discutían sobre asuntos de estado, pero todo se detuvo cuando el Emperador Jin Long se levantó abruptamente.
Su mirada fue un filo que cortó el aire.
Nadie osó interponerse cuando cruzó los pasillos a grandes pasos, la capa imperial ondeando tras de él como una tormenta negra.
Cuando llegó al Ala de la Grulla Blanca, encontró a Suwei tendido, los ojos cerrados, el pecho agitado.
Jin Long cayó de rodillas junto a él, sin importar la dignidad de su rango, y tomó su mano con fuerza.
Su voz, áspera, se quebró en un susurro que apenas logró contener la desesperación.
—No me asustes así… No me dejes solo.
Suwei abrió los ojos, apenas un destello de luz en medio de la fatiga.
Sus labios se movieron con un esfuerzo inmenso, y las palabras salieron frágiles, pero cargadas de amor: —No… no te dejaría… nunca.
La sala entera pareció detenerse.
Ni los médicos, ni los eunucos, ni los guardias se atrevieron a interrumpir aquel instante.
Era como si todo el Imperio estuviera sostenido por esa mano entrelazada, por la promesa silenciosa entre un emperador y su consorte.
Las horas pasaron como una agonía.
Afuera no hubo campanas, ni decretos, ni ruidos de mercado.
Hasta los gorriones guardaron silencio en los tejados.
El Imperio entero parecía esperar.
Entonces, cuando la noche cayó sobre la ciudad, ocurrió algo que hizo temblar hasta a los monjes más antiguos.
En la Sala del Espíritu del Dragón, donde reposaba el Sello Imperial, una luz suave comenzó a emanar por sí sola.
Nadie lo había tocado, nadie lo había invocado.
Y sin embargo, el sello brillaba, enviando un resplandor hacia el Ala de la Grulla Blanca, como un río de esperanza.
—No es presagio de muerte —murmuró un monje con los ojos abiertos de par en par—.
Es vida… vida que despierta.
En la habitación, el tiempo parecía suspendido.
El incienso se había consumido en los braseros, dejando tras de sí apenas un hilo de humo pálido que se deslizaba hacia el techo como un alma errante.
Las cortinas de seda, teñidas por la luna que se filtraba entre ellas, oscilaban suavemente con la brisa nocturna.
Parecía como si hasta el aire, respetuoso, se negara a perturbar aquel silencio absoluto.
Suwei dormía, agotado.
Sus párpados temblaban como si lucharan entre abrirse y cerrarse, y su respiración, aunque débil, se mantenía estable, como un fuego frágil que se niega a extinguirse.
Cada ascenso y descenso de su pecho era un recordatorio de la delgada línea que separaba la vida de la pérdida.
Jin Long permanecía sentado a su lado.
Su espalda, acostumbrada al peso de la armadura y al trono de jade, se mantenía rígida, como si con solo erguirse pudiera sostener el destino de su consorte.
Sus ojos, rojos por el desvelo, estaban clavados en el rostro pálido de Suwei, como si temiera que cerrara los ojos para no abrirlos nunca más.
No había permitido que nadie más velara esa noche; ni médicos ni eunucos.
Solo él.
Era como si creyera que su mera presencia bastaría para mantener a Suwei unido al mundo.
Sus dedos, ásperos por empuñar la espada, ahora se aferraban a la mano helada de su amado con una delicadeza casi reverente.
Y en silencio, una plegaria escapaba de su pecho, muda, dirigida a los antiguos dragones que, según la tradición, aún velaban sobre la estirpe imperial.
Entonces, el silencio se quebró.
No por un sonido, sino por algo más sutil.
Suwei abrió los ojos de golpe, con una claridad que no había mostrado en horas.
Durante un segundo, su mirada se perdió en la penumbra, como si no reconociera dónde estaba.
Pero después, sus labios se separaron apenas, y un suspiro escapó de ellos.
Lo había sentido.
Un movimiento.
Pequeño, apenas un roce en su vientre, como un secreto que el cuerpo revelaba solo a él.
Suwei contuvo el aliento, temiendo que fuera una ilusión, un producto del cansancio o de la fiebre.
Pero entonces, llegó otro.
Y otro.
Golpecitos suaves, como tambores escondidos bajo la piel, como si una diminuta criatura llamara desde dentro, recordándole que aún estaba allí, creciendo, fuerte.
Una patadita.
Primero una.
Luego otra.
Y otra más.
El cuerpo de Suwei se tensó, sus ojos se abrieron de par en par, y sus labios se curvaron en un gesto de asombro incrédulo.
Una risa brotó de su pecho, clara, brillante como una campana de plata en medio de la noche.
Ese sonido, frágil y luminoso, fue la primera chispa de esperanza después de un día entero de angustia.
Jin Long lo miró sobresaltado.
Durante horas, su corazón había latido como un tambor de guerra, con la amenaza del desastre marcando cada compás.
Ahora, esa risa lo desarmaba.
Se inclinó sobre él, buscando en sus ojos una respuesta, temiendo al mismo tiempo que todo fuera un espejismo nacido de la desesperación.
Suwei, con lágrimas brillando en las pestañas, susurró entre jadeos: —Ella… o él… acaba de hablarme.
Las palabras atravesaron a Jin Long como una flecha directa al corazón.
Sintió que el aire se le rompía en el pecho.
Sus manos, acostumbradas a blandir acero y firmar decretos con firmeza, temblaban como las de un niño.
Bajó la frente hasta el vientre de su consorte, apoyándola con reverencia, y sus labios rozaron la seda que cubría aquella pequeña cuna de vida.
Su voz, ronca de emoción y quebrada por el amor, salió como un juramento grabado en piedra: —Entonces… el Imperio ya tiene voz.
Las lágrimas corrieron libres por su rostro.
No como emperador, sino como hombre, como amante, como padre que había temido perderlo todo y, en cambio, recibía la promesa más sagrada.
Se permitió llorar en silencio, abrazando con las manos el vientre donde palpitaba el futuro de la dinastía, como si fuera un tesoro demasiado frágil para ser sostenido.
Suwei, débil pero radiante, deslizó sus dedos por el cabello de su amado y lo sostuvo contra él.
Su sonrisa era tenue, pero en ella ardía una fuerza imparable.
—¿Lo sientes?
—preguntó, apenas audible.
Jin Long cerró los ojos y permaneció inmóvil, escuchando, tratando de captar no solo el leve movimiento bajo su piel, sino el eco espiritual de aquella vida.
Y por un instante, juró escuchar un sonido más allá de lo humano: un murmullo ancestral, como un coro de voces que celebraba en el cielo.
En ese instante, afuera, los jardines imperiales parecieron responder.
El viento sopló con suavidad, acariciando los estanques.
Las aguas, hasta entonces inmóviles, comenzaron a reflejar con mayor intensidad la luz de la luna.
Los lotos, dormidos desde hacía semanas, comenzaron a abrir sus pétalos en plena noche.
Cada flor resplandecía como si ocultara dentro de sí una chispa de plata.
Un anciano jardinero, que se había quedado trabajando hasta tarde, fue testigo de aquel milagro.
Sus manos callosas dejaron caer la azada al suelo, y con el corazón golpeando en su pecho, murmuró con reverencia: —Hace siglos… siglos enteros que no florecían bajo la luna.
El loto… ha despertado.
En los corredores, los sirvientes detuvieron sus pasos.
Los monjes que velaban el Sello Imperial sintieron cómo el objeto sagrado comenzaba a palpitar con un resplandor suave, iluminando la sala como si un sol oculto despertara en su interior.
Nadie lo dijo en voz alta, pero todos comprendieron lo mismo: el presagio de muerte se había transformado en presagio de vida.
La noticia no corrió con gritos, sino con susurros.
Desde los jardines hasta los corredores, desde los corredores hasta los templos, la voz se expandió como un río secreto: algo había cambiado para siempre en el corazón del Imperio.
Los fieles se arrodillaron en silencio.
Los sabios escribieron apresuradamente en sus rollos, registrando el momento como un augurio de tiempos venideros.
Pero no todos celebraban.
En los pasillos en penumbra, bajo la luz temblorosa de las linternas, dos figuras se reunieron.
Sus mantos oscuros escondían los rostros, pero no podían ocultar la dureza de sus miradas.
Uno de ellos, con voz baja, pronunció palabras que se mezclaron con el crepitar de las velas: —Donde florece un loto, también acecha la sombra.
El otro asintió.
—Y si el loto crece demasiado, oscurecerá al dragón.
El primero esbozó una sonrisa torcida.
—Entonces debemos cortar el tallo antes de que dé fruto.
El eco de aquellas palabras se desvaneció en la penumbra, pero la intención quedó suspendida como un veneno invisible.
Mientras el Imperio celebraba en silencio la chispa de nueva vida, en algún rincón oculto, los hilos de la conspiración comenzaban a moverse, silenciosos como serpientes entre la hierba.
Y así, bajo la misma luna que iluminaba la risa de Suwei y las lágrimas de Jin Long, el destino del Imperio quedó marcado: vida y sombra, esperanza y peligro, entrelazados desde el primer movimiento de aquella pequeña criatura que ya daba voz al futuro.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack A veces, los mayores milagros nacen en medio del miedo.
La primera patadita de un hijo puede convertirse en la espada más fuerte contra la desesperanza.
Ese instante, tan íntimo y frágil, es donde comienza verdaderamente la vida de una familia.
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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com