Leer Novelas
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL - Capítulo 76

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL
  4. Capítulo 76 - 76 Capítulo 6 – Nacida bajo la tormenta
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

76: Capítulo 6 – Nacida bajo la tormenta 76: Capítulo 6 – Nacida bajo la tormenta Las nubes habían comenzado a reunirse desde la madrugada, densas y oscuras, como si el cielo mismo contuviera el aliento y la ansiedad de los siglos.

La lluvia golpeaba los tejados imperiales con fuerza medida, como tambores lejanos que anunciaban un evento ancestral.

Cada gota que caía parecía un latido sincronizado con los corazones de los que aguardaban noticias del Palacio del Loto Celeste.

El Palacio estaba en tensión.

Las antorchas parpadeaban en los corredores de mármol húmedo, proyectando sombras que se movían como fantasmas danzantes.

Los ministros y guardias se afanaban en sus tareas, pero todos miraban al cielo y al Ala Este, donde el Consorte Suwei estaba a punto de traer al mundo a la heredera del Imperio.

Los pasos de Jin Long resonaban por los pasillos como un tambor solemne.

Acababa de salir de la Sala del Consejo tras horas de deliberaciones con los ministros sobre el estado de las fronteras y la seguridad del Imperio, cuando una sirvienta corrió hacia él con los ojos llenos de lágrimas y la voz temblorosa: —Su Majestad… el Consorte… está en trabajo de parto.

Jin Long no respondió.

No hubo palabras.

Sus pasos se aceleraron, firme, decidido, cortando el aire como un río que rompe la orilla.

Los ministros se inclinaron, temerosos de interponerse.

No había decreto ni súplica que pudiera detenerlo; su mirada de acero exigía paso.

Al llegar a la cámara del Consorte, el aire parecía vibrar con una fuerza propia.

El denso humo del incienso se arremolinaba sobre los cuerpos de los curanderos y las camas del lecho ceremonial, mezclándose con el olor metálico de la adrenalina contenida y el sudor del esfuerzo.

Cada respiración era pesada, cada movimiento medido; los curanderos se movían como sombras entrenadas, anticipando gestos, susurros y jadeos, como si pudieran leer el pulso de la vida que se abría paso dentro de Suwei.

Los lotos de jade en los jarrones no permanecían inmóviles.

Sus tallos temblaban suavemente, y los pétalos se mecían con cada grito ahogado y cada palabra entrecortada de Suwei.

La habitación entera parecía un templo vivo, un lugar donde el dolor y la esperanza se entrelazaban en un mismo ritmo.

Su cabello, empapado de sudor, se pegaba a su rostro, y su vientre resplandecía como un sol contenido, pulsando con una fuerza que amenazaba con romper los límites del tiempo y del espacio.

Afueras, la tormenta aumentaba con violencia.

Relámpagos que desgarraban el cielo iluminaban la estancia, reflejando en los ojos de Jin Long una mezcla de terror, esperanza y devoción.

Cada rayo parecía sincronizado con los latidos de su corazón, que golpeaban como tambores de guerra, resonando con la intensidad del momento.

Corrió hacia Suwei, y antes de tocarlo, el mundo pareció detenerse.

Con un movimiento decidido, tomó la mano de su amado y apoyó suavemente la otra sobre su espalda, transmitiéndole calma y fuerza solo con su presencia, como si su propia alma se ofreciera como escudo contra el dolor y el destino.

—No sueltes mi mano… pase lo que pase —susurró Suwei, con voz quebrada entre jadeos y murmullos.

—Nunca —respondió Jin Long, con la voz quebrada por la emoción y la devoción—.

Por ti, por ella… movería los cielos si fuera necesario.

Cada contracción de Suwei era un golpe del destino.

Cerraba los ojos con fuerza, apretaba los dientes, y en sus labios se dibujaban silencios de dolor y de determinación.

Jin Long inclinó la frente sobre la sien de su consorte, compartiendo cada punzada, cada tensión, como si pudiera absorber parte del sufrimiento y transformarlo en fuerza.

Era un acto de amor, de sacrificio y de protección, un gesto que unía sus almas de manera irrevocable.

El tiempo dentro de la cámara se volvió relativo.

Minutos que parecían horas, horas que se disolvían como gotas de lluvia en el mármol pulido.

Afuera, la tormenta rugía con furia, golpeando los tejados del palacio, mientras dentro, la vida luchaba por abrirse camino entre jadeos, manos entrelazadas y susurros de amor que solo ellos podían escuchar.

Horas después, en medio de un silencio cargado de expectativa, un llanto rompió la noche.

Agudo, intenso, vibrante, como una campana de plata atravesando el alma del Imperio.

Cada nota resonaba con un eco antiguo, recordando a todos los presentes que la historia había cambiado para siempre.

Los sabios se detuvieron, los guardias contuvieron la respiración y los nobles que aguardaban ocultos en las sombras alzaron la vista.

Desde el cielo, un rayo iluminó el Palacio y en su luz se reflejó un símbolo ancestral: el loto tallado en la piedra del templo mayor parecía abrirse, replicando en piedra y sombra el milagro que acababa de suceder.

Había nacido.

La hija de la Grulla Blanca y del Dragón Dorado.

La Heredera del Trono Imperial.

Jin Long, con manos firmes pero temblorosas, la tomó entre sus brazos.

Sus ojos, todavía cerrados, parecían percibir no solo el delicado cuerpo frente a él, sino la energía acumulada de siglos que se condensaba en aquel instante.

Sintió un rugido silencioso, un eco ancestral que se extendía desde la cuna de Suwei hasta las fronteras más lejanas del Imperio, prometiendo un futuro de esperanza y de fuerza.

Suwei, exhausto pero pleno, lo miró con ojos que brillaban de amor y gratitud.

Sus dedos, débiles pero cargados de ternura, acariciaron la mejilla de Jin Long, transmitiendo no solo afecto, sino un juramento silencioso: juntos protegerían a su hija y al Imperio.

—Nuestro tesoro, mi amor… nuestra luz —murmuró Suwei, con un hilo de voz que parecía contener todo el universo.

La pequeña princesa, envuelta en la seda más delicada, emitió un pequeño gemido que parecía sincronizarse con los corazones de quienes estaban presentes.

Cada respiración compartida, cada latido, formaba un vínculo indestructible entre ellos, como si el tiempo mismo se hubiera detenido para rendir homenaje a la nueva vida.

Esa noche, los templos hicieron sonar la gran campana imperial veinte veces.

Cada golpe vibraba como un mensaje que se expandía por todo el Imperio: la esperanza había renacido.

Las luces de las linternas en las calles parpadearon, y el pueblo, aunque dormido, percibió la señal: una nueva era había comenzado.

Los jardines del Palacio se convirtieron en un escenario de milagro.

Los lotos, apenas abiertos días antes, ahora se mostraban en todo su esplendor.

Cada pétalo reflejaba la luz de la luna como espejos de plata, y el viento transportaba su fragancia, mezclando aromas dulces y frescos que impregnaban cada rincón de la estancia, del corredor y del corazón de todos los presentes.

Pero la luz siempre convive con la sombra.

En los corredores más alejados, bajo la tenue iluminación de linternas y antorchas, dos figuras se ocultaban, observando desde visillos y rincones oscuros.

Sus ojos reflejaban un fuego distinto: no de alegría, sino de ambición y planificación.

Susurraban palabras medidas con precisión, cada sílaba cargada de intención: —El loto ha florecido, sí… pero el dragón aún duerme.

—Y cuando despierte… deberemos estar listos —respondió el otro, con una sonrisa que no alcanzaba sus ojos.

Las sombras se movieron con sigilo, deslizándose por los pasillos, invisibles para los que celebraban.

La conspiración, silenciosa y paciente, ya comenzaba a tejer sus hilos, mientras la luz de la esperanza iluminaba el corazón del Palacio.

Mientras tanto, en la habitación, Jin Long colocó a su hija entre los brazos de Suwei.

Sus ojos se encontraron, cargados de amor, cansancio y un vínculo que ningún peligro podría romper.

Cada respiración compartida era un juramento silencioso: protegerían a la pequeña heredera, y con ella, el futuro del Imperio.

La tormenta afuera comenzó a amainar lentamente.

Los truenos, antes atronadores, se convirtieron en ecos lejanos que reverberaban suavemente entre los tejados del Palacio, como un recordatorio del poder que la naturaleza había desatado.

La lluvia, que hasta hace un momento golpeaba con fuerza y determinación, pasó a caer como un murmullo constante, acariciando las hojas, los estanques y los jardines con un susurro delicado.

El viento, que había rugido con fuerza, ahora rozaba las paredes del palacio con ternura, trayendo consigo un frescor que parecía limpiar la tensión de la noche.

Dentro de la cámara, sin embargo, nada de eso era percibido de manera trivial.

Cada gota que caía, cada ráfaga que movía los cortinajes, parecía resonar en los corazones de quienes presenciaban aquel momento.

El poder del cambio era tangible; la vida recién llegada llenaba el aire con una fuerza invisible pero innegable.

No era solo un nacimiento; era un punto de inflexión, un giro irrevocable en la historia del Imperio, donde cada latido de Suwei, cada respiración de Jin Long y cada pequeño gemido de la princesa escribían nuevas líneas en la memoria del destino.

La humedad de la tormenta impregnaba la piedra y la madera, haciendo que el aroma del incienso se mezclara con la frescura del agua y la tierra, creando una atmósfera única, casi sagrada.

El corazón de Jin Long latía con intensidad, sintiendo no solo el amor y la protección que debía ofrecer, sino también la magnitud del momento: la Heredera del Trono Imperial había llegado a un mundo que ya estaba lleno de desafíos, intrigas y guerras, y su existencia marcaba el inicio de un tiempo nuevo.

El cielo comenzó a despejarse, y los primeros rayos de luna se filtraron entre las nubes dispersas, bañando el Palacio en un resplandor plateado y silencioso.

La princesa, envuelta en su delicada seda, parecía un pequeño loto recién nacido, puro, fuerte y luminoso.

Su respiración ligera, cada movimiento diminuto de sus manos y pies, era un testimonio de esperanza y de fuerza, un recordatorio de que incluso en medio de la sombra y el peligro, la vida siempre encuentra su camino.

Los pétalos de los lotos en los estanques, mecidos suavemente por la brisa, reflejaban la luz lunar como espejos líquidos, multiplicando la sensación de paz y solemnidad.

Era un instante suspendido entre la armonía y el riesgo, donde el amor y la guerra coexistían, donde la fragilidad de un recién nacido se entrelazaba con la fuerza de un Imperio que debía protegerla.

Cada sonido, cada reflejo en el agua, cada perfume de la flor y la tierra, parecía contarle al mundo que algo profundo y trascendental había ocurrido: una nueva era comenzaba, marcada por la vida, la sombra, el amor y el poder, desde el primer llanto de la Heredera del Trono Imperial.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack A veces, los mayores milagros nacen en medio del miedo.

La primera patadita de un hijo puede convertirse en la espada más fuerte contra la desesperanza.

Ese instante, tan íntimo y frágil, es donde comienza verdaderamente la vida de una familia.

Su regalo es mi motivación de creación.

Deme más motivación

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo