EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL - Capítulo 77
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77: Capítulo 7: Anuncio Imperial 77: Capítulo 7: Anuncio Imperial El amanecer llegó al Palacio de las llamas eternas como un suspiro dorado.
La brisa era suave y luminosa, cargada del aroma de los lotos recién abiertos y de la humedad del rocío que cubría los jardines imperiales.
Cada pétalo brillaba bajo los primeros rayos del sol, inclinándose levemente como si reconocieran la importancia del día.
No era un amanecer común; la naturaleza misma parecía rendir homenaje a un acontecimiento que cambiaría para siempre el destino del Imperio.
En la torre más alta del Trono del Dragón, el Portavoz de la Corte Imperial se alzó con sus túnicas doradas ondeando con majestuosidad al viento.
Sus pasos eran precisos, cada movimiento medido, como si la misma gravedad conspirara para destacar su presencia.
A su lado, dos altos tambores resonaron con un ritmo solemne, y el cuerno de marfil, reservado solo para eventos que marcaran la historia, retumbó suavemente, extendiendo su eco hasta las calles más alejadas de la capital.
Cada sonido, cada vibración, se sentía en el pecho de los presentes, haciendo que el aire pareciera más denso y cargado de expectativa.
El pueblo se congregó en la plaza sagrada, en las avenidas, en los balcones.
Desde las provincias más lejanas hasta las calles de la capital, todos sabían que algo sagrado estaba por ser anunciado.
Hombres y mujeres, nobles y campesinos, jóvenes y ancianos, contenían la respiración, dejando que la tensión se filtrara en cada gesto, en cada mirada hacia la torre.
Era un silencio cargado de historia, de tradición y de esperanza.
El Portavoz extendió un pergamino sellado con el emblema de la Grulla Blanca entrelazada con el Dragón Dorado.
Lo abrió lentamente, dejando que la luz del sol acariciara el pergamino, y su voz, entrenada para atravesar el ruido y la distancia, resonó como trueno suave en los corazones de miles: Por decreto de Su Majestad Imperial, el Emperador Jin Long, y de Su Alteza Imperial el Gran Consorte Suwei Long… se proclama al Imperio entero lo siguiente!
Un silencio absoluto se posó sobre la multitud.
Cada respiración parecía contenerse en el aire, como si el mismo mundo esperara el siguiente mensaje.
Los estandartes se mecían suavemente con el viento, y los rayos del sol de la mañana iluminaban el oro de las armaduras y la seda de los trajes imperiales.
Cada rostro reflejaba expectación, esperanza y reverencia.
—Hoy, a la Hora del Loto Celeste, bajo la lluvia del Este y la bendición del fuego sagrado… ha nacido una nueva estrella en el cielo del Imperio.
El Portavoz hizo una pausa.
Los ojos de los presentes brillaban con emoción contenida, algunos con lágrimas que amenazaban con caer.
Y continuó: —Su Alteza Imperial: Xiaolian Long, Flor de la Grulla Blanca, Heredera del Trono Imperial, Primera hija de la Unión Sagrada entre Dragón y Grulla, Guardiana del Alba por venir.
El pergamino fue cerrado con solemnidad.
En ese instante, los estandartes de la Casa Long y de la Casa Jinhai se alzaron juntos por primera vez en siglos.
Desde los templos hasta las granjas más remotas, se encendió incienso, se alzaron copas y se vertieron lágrimas de alegría.
Una niña había nacido… y con ella, una nueva era florecía.
En los aposentos imperiales, Jin Long y Suwei observaban a su hija dormir.
Xiaolian, envuelta en seda blanca bordada con símbolos del cielo y del río, parecía un pequeño loto en reposo, irradiando una luz que no pertenecía solo a la vida, sino al destino mismo.
La habitación estaba silenciosa, salvo por los suaves latidos del corazón de la niña y el ritmo acompasado de los padres, cada uno reflejando un amor profundo y eterno.
—Escuchaste su nombre, ¿verdad?
—susurró Suwei, con una sonrisa débil pero llena de ternura.
—Sí —respondió Jin Long, acariciando la mano diminuta de su hija—.
Pero tú la nombraste primero… desde tu alma.
En honor a mí madre, mi querida madre, que lleva el mismo nombre —agregó, la voz cargada de emoción y reverencia.
Suwei asintió, con la voz quebrada por la emoción y un brillo de lágrimas en los ojos: —Se llamará Xiaolian.
Porque incluso en la oscuridad… los lotos florecen.
Y porque su nombre lleva nuestra historia, nuestro amor y nuestra familia, viva en ella.
Por un momento, el Palacio quedó en silencio, pero no era un silencio de miedo, sino de reverencia.
Cada suspiro de la servidumbre, cada movimiento de los guardias y cada mirada de los nobles parecía rendirse ante la magnitud de aquel acontecimiento.
La atmósfera estaba cargada de magia, destino y promesas, y hasta la brisa parecía más ligera, como si la misma naturaleza celebrara la llegada de la nueva heredera.
Sin embargo, incluso en la celebración, las sombras comenzaban a moverse.
En los corredores más alejados, bajo la luz parpadeante de linternas antiguas, dos figuras observaban, encapuchadas.
Sus ojos eran fríos y calculadores, y sus voces apenas un susurro venenoso: —El loto ha florecido, sí… pero el dragón aún duerme.
—Y cuando despierte… deberemos estar listos —respondió la otra figura, con una sonrisa que no alcanzaba a iluminar su mirada.
Mientras tanto, en la habitación imperial, el mundo parecía haberse detenido.
Jin Long abrazaba a Suwei con fuerza, como si en ese contacto pudiera anclar no solo su amor, sino todo el futuro que se desplegaba ante ellos.
Sus respiraciones se entrelazaban, cada inhalación y exhalación un hilo que los conectaba, un puente invisible que unía pasado, presente y futuro.
Xiaolian descansaba entre ellos, un pequeño loto envuelto en seda blanca, y cada suave movimiento de su pecho recordaba a los padres que la vida, frágil y milagrosa, era ahora parte de su destino compartido.
Suwei apoyó la cabeza contra el hombro de Jin Long, cerrando los ojos y permitiéndose un momento de calma después de la tormenta de dolor, miedo y esperanza que había sido su parto.
Sus manos temblorosas acariciaban la mejilla de su hija, recorriendo con dedos ligeros cada contorno diminuto, cada pliegue de piel que parecía contener toda la promesa del Imperio.
Suwei sintió un estremecimiento recorrer su cuerpo; no era solo el amor por su hija, sino un reconocimiento profundo de lo que significaba: la responsabilidad, el milagro y la eternidad contenida en aquel pequeño ser.
—Mírala… —susurró Suwei, la voz cargada de ternura y un hilo de incredulidad—.
Tan pequeña, y ya siento que sostiene el mundo entero.
Jin Long inclinó la cabeza, dejando que su frente rozara la de Suwei.
Sus ojos, aún brillantes por la emoción, se posaron sobre la niña.
Había en ellos una mezcla de reverencia y temor: reverencia por la vida que habían traído al mundo, temor por los peligros que seguramente la acecharían.
Sin embargo, también había una promesa silenciosa que atravesaba el aire: mientras ellos vivieran, nadie podría arrebatarles la luz que ahora iluminaba su existencia.
—Y tú la nombraste primero… desde tu alma —dijo Jin Long, su voz ronca de emoción y cargada de amor—.
En honor a tu madre, mi madre, cuya fuerza y sabiduría viven ahora en ella.
Suwei inclinó la cabeza, dejando escapar una sonrisa débil, casi como un suspiro: —Xiaolian… que florezca incluso en la oscuridad, como tú y yo hemos aprendido a hacerlo juntos.
Que su luz sea más fuerte que cualquier sombra que la amenace.
Jin Long tomó con delicadeza la pequeña mano de su hija, la envolvió entre las suyas y sintió el calor diminuto que emanaba de su cuerpo.
Era como si el mundo entero se concentrara en ese instante: cada respiración de Xiaolian, cada latido de su corazón, era un recordatorio de la fragilidad y la fuerza que coexistían en la vida.
Suwei apoyó su frente contra la de Jin Long, y juntos se quedaron en silencio, contemplando a su hija y dejando que la magnitud del momento los llenara de una quietud reverente.
El viento que entraba por las ventanas traía consigo el perfume de los lotos del jardín imperial, mezclado con el incienso que aún ardía en los braseros cercanos.
Cada fragancia parecía cargar la habitación de calma y esperanza, y al mismo tiempo, un recordatorio sutil de que la vida siempre coexistía con el peligro.
El sonido lejano de la ciudad, con sus campanas y murmullos, parecía apenas rozar los muros del Palacio; afuera, la celebración continuaba, pero dentro, la intimidad de la familia imperial era absoluta, un refugio donde nadie más podía entrar.
—¿Sabes lo que siento, Jin Long?
—preguntó Suwei, su voz apenas un susurro—.
No es solo alegría… es como si cada parte de nuestro ser entendiera que algo cambió para siempre.
Que ella… nuestra hija… es un faro.
Y que con ella, nuestra historia también se reescribe.
Jin Long pasó los dedos por el cabello de Suwei con suavidad, apretando un poco más su abrazo, y respondió: —Sí.
Lo siento también.
Y prometo… —su voz se quebró, pero la emoción no disminuyó—.
Prometo protegerla, protegerte a ti, y enfrentar cualquier sombra que intente apagar su luz.
Mientras yo respire, nadie hará daño a nuestra familia.
Xiaolian, como si entendiera la profundidad de las palabras, emitió un pequeño gemido y movió una manita, rozando los dedos de Suwei.
Ese simple gesto rompió cualquier barrera entre el miedo y la esperanza, recordándoles que la vida continuaba, que el futuro ya estaba comenzando a escribirse y que ellos eran los guardianes de su destino.
Suwei apoyó su mejilla en la frente de su hija, inhalando su aroma, y murmuró: —Eres nuestro milagro, Xiaolian.
Nuestra promesa.
Nuestro amanecer.
Jin Long inclinó la cabeza, dejando un beso suave sobre la frente de Suwei y luego sobre la de su hija.
Cada gesto estaba cargado de significado: amor, protección, reverencia y la certeza de que aquel instante, aunque íntimo y silencioso, tenía un peso mayor que cualquier decreto o espada del Imperio.
Era un momento en que la historia y la humanidad se entrelazaban.
Afuera, los estandartes aún ondeaban, los tambores resonaban y las campanas anunciaban el nacimiento de la heredera.
Pero dentro de la habitación, cada latido, cada suspiro, cada roce de dedos y cada mirada eran el verdadero lenguaje del poder: el poder del amor que protege, del destino que se forma y de la fuerza que solo nace cuando la luz y la sombra se encuentran en equilibrio perfecto.
Y mientras Jin Long y Suwei permanecían así, envueltos en la quietud del amanecer, la sensación de calma y tensión coexistía en cada rincón de la habitación.
Sabían que la paz era temporal, que las sombras acechaban, que la conspiración seguía tejiéndose en los pasillos del Palacio.
Pero también sabían algo más profundo: que mientras ellos permanecieran juntos, mientras su amor no flaqueara, ninguna sombra podría apagar la luz de Xiaolian.
El tiempo parecía detenerse, y por un instante, los tres respiraron como uno solo.
Cada latido de Xiaolian, cada suspiro de Suwei, cada palpitar de Jin Long era un recordatorio silencioso de que la historia no solo continuaba: estaba siendo escrita en ese preciso instante, con amor, coraje y la promesa de un futuro que ellos mismos se comprometían a proteger.
Las sombras en los corredores esperaban, pacientemente, tejiendo hilos que quizá algún día se revelarían.
Pero dentro de la habitación, el mundo se había reducido a tres corazones, tres respiraciones y un futuro que brillaba como un loto recién florecido bajo la primera luz del amanecer.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack Hoy el Imperio celebra.
Cada pétalo, cada hilo dorado, cada respiro de los jardines parece inclinarse ante el milagro que Suwei y Jin Long han traído al mundo.
Xiaolian no es solo una hija; es la chispa que enciende una nueva era, uniendo cielo y tierra, consorte y emperador, amor y destino.
Mientras escribo estas líneas, siento que cada palabra es un eco del corazón que late junto a ellos, un susurro que dice: “El mundo cambia, y nosotros somos testigos de su nacimiento”.
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