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EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL - Capítulo 79

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  4. Capítulo 79 - 79 Capítulo 9 El eco de las antiguas casas
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79: Capítulo 9: El eco de las antiguas casas 79: Capítulo 9: El eco de las antiguas casas La calma regresaba lentamente al Palacio Celestial, pero todo aquel que lo habitaba sabía que sus muros nunca dormían.

En cada rincón, en cada sombra de los corredores, siempre había alguien observando, alguien calculando, alguien dispuesto a mover los hilos invisibles que sostenían el destino del Imperio.

Esa tarde, los ecos de pasos solemnes resonaron en la Torre de los Cielos.

Un grupo de hombres y mujeres vestidos con túnicas bordadas en hilos de plata y negro se acercaban con paso firme, llevando en alto el estandarte de un tigre blanco que parecía brillar bajo la luz de las antorchas.

La Casa Baihuan, heredera del linaje del Tigre Blanco, había llegado al palacio bajo el pretexto de “felicitar por la herencia imperial”.

Pero todos sabían que en cada palabra diplomática de aquella casa se escondía un filo invisible, tan peligroso como las garras del animal que veneraban.

Su reputación los precedía: eran astutos, calculadores, expertos en envolver amenazas en seda y en ocultar ambiciones tras reverencias cuidadas.

El líder de la comitiva, un hombre de cabellos oscuros y ojos grises como la piedra húmeda, avanzó por el salón con pasos medidos.

Su túnica, bordada con tigres de plata, parecía ondear al ritmo de un viento inexistente.

Se inclinó ante Suwei con un gesto perfecto, ni demasiado sumiso, ni demasiado soberbio.

—Una hija nacida bajo la luna de la Grulla Blanca es una bendición para el Imperio —dijo, y su voz era tan suave que parecía un arrullo, pero cada palabra llevaba escondido un filo cortante—.

Sin embargo, no olvidemos que las bendiciones también deben ser custodiadas.

El equilibrio solo se mantiene cuando las viejas alianzas son respetadas.

Las palabras flotaron en el aire como veneno disfrazado de miel.

Algunos cortesanos presentes intercambiaron miradas nerviosas, conscientes de que lo dicho no era un simple cumplido, sino un recordatorio envenenado de deudas antiguas.

Suwei, erguido en su trono menor, devolvió la cortesía con una leve inclinación.

Su rostro estaba sereno, pero en sus ojos ardía una calma contenida, esa calma que precede a la tormenta.

—El Imperio siempre honra a quienes lo sirven con lealtad —respondió con voz firme, proyectando cada sílaba con la autoridad que había aprendido a dominar—.

Pero no olvidemos que la verdadera custodia no se mide en alianzas pasadas… sino en actos presentes.

El silencio se hizo pesado.

Las palabras de Suwei habían sido como una campanada en un templo: claras, imposibles de ignorar.

Un murmullo inquieto recorrió a los miembros de la Casa Baihuan, pero ninguno se atrevió a responder de inmediato.

El líder esbozó una sonrisa cortés, aunque sus ojos brillaron con un destello de incomodidad.

A un costado, Jin Long permanecía en silencio, observando con la paciencia de un dragón.

Sus ojos recorrían cada gesto, cada mínima reacción de los presentes: el temblor casi imperceptible en las manos de un joven diplomático, el movimiento nervioso de los dedos del líder acariciando su anillo de plata, la forma en que uno de los ancianos apartaba la mirada cada vez que Suwei hablaba.

Todo parecía ensayado… demasiado perfecto, como si alguien desde las sombras hubiera dictado cada palabra.

Él no habló.

No era necesario.

Sabía que en las cortes, a veces el silencio pesaba más que los discursos.

Y ese silencio suyo, imponente, se grabó en la memoria de todos los presentes.

La audiencia terminó con sonrisas tensas y promesas de “amistad eterna”.

Pero cuando la comitiva Baihuan abandonó el salón, los ecos de sus pasos parecían arrastrar consigo una sombra que se extendió por los muros.

El aire se volvió más pesado, como si una tormenta invisible se hubiese colado en el corazón del Palacio Celestial.

— Esa noche, cuando las celebraciones habían cesado y los pasillos del palacio se cubrían de un silencio expectante, Suwei caminó hacia los aposentos de su padre, el Duque Jinhai.

Las linternas colgadas en los corredores apenas iluminaban la piedra, y la luz temblorosa hacía que las sombras parecieran más largas, casi vivas, como si quisieran seguirlo.

Cada paso resonaba en la soledad, acompañado solo por el lejano murmullo de los guardias en las torres y el canto de una flauta que alguien tocaba en el jardín, un eco melancólico que parecía venir de otro tiempo.

El duque lo esperaba en una sala sencilla, muy distinta a la opulencia de los salones imperiales.

Allí no había oro ni mármol, solo madera tallada y la fragancia amarga de un té recién servido.

La austeridad del lugar era un recordatorio de las raíces de la Casa Jinhai: sobriedad, disciplina, fortaleza.

Cuando Suwei entró, se inclinó con respeto.

El viejo duque lo miró con esa mezcla de orgullo y severidad que solo un padre podía tener.

—Siéntate, hijo —dijo con voz firme, señalando el cojín frente a él.

Suwei obedeció y tomó la taza que su padre le ofrecía.

El vapor ascendía lentamente, como un espíritu invisible, y en él parecía esconderse un presagio.

—Cuando naciste —dijo el duque tras un largo silencio, rompiéndolo solo con el sonido del té vertiéndose en las tazas—, yo también sentí miedo.

El miedo de no estar a la altura de lo que el destino me exigía.

Suwei bajó la mirada hacia la superficie humeante del té.

Sus propios temores se reflejaron en ese espejo líquido.

—¿Y cómo lo enfrentaste?

—preguntó en voz baja.

El duque esbozó una sonrisa leve, casi nostálgica, que suavizó por un instante la dureza de sus rasgos.

—Tu madre me dijo algo que nunca olvidé —respondió con un dejo de ternura—: “Los niños elegidos por el cielo no traen calma… traen cambio”.

Y tenía razón.

Desde el día en que abriste los ojos, mi vida nunca volvió a ser la misma.

Y ahora, hijo mío, el Imperio tampoco volverá a serlo.

Suwei cerró los ojos por un instante, dejando que aquellas palabras se hundieran en lo más profundo de su corazón.

Cada sílaba del duque resonaba como un eco antiguo que parecía recorrer los corredores del tiempo mismo.

Había en ellas no solo una advertencia, sino también un reconocimiento: el peso de los elegidos nunca era ligero, y la responsabilidad de guiar al Imperio caía sobre hombros que, aunque jóvenes, debían sostener más que su propia vida.

Afuera, el viento comenzó a soplar con más fuerza, haciendo que las hojas de los jardines golpearan suavemente los ventanales.

Las campanas del templo cercano tintinearon, primero como un murmullo distante, y luego con un sonido más firme que parecía atravesar cada piedra del palacio, reverberando en el pecho de Suwei.

Una campanada clara, firme.

Luego otra.

Y otra más.

Suwei alzó la cabeza, confundido y con el corazón acelerado.

Las campanas no solían sonar a esa hora, y mucho menos solas.

Era como si el viento mismo llevara un mensaje que trascendía lo terrenal, un susurro que no pertenecía al mundo de los hombres.

Las campanas hablaban de advertencias antiguas, de secretos guardados por los ancestros y de fuerzas que habían esperado siglos para manifestarse.

Sonaron una, dos, tres… hasta llegar a trece.

Trece campanadas que pesaban más que cualquier palabra pronunciada por un mensajero o un diplomático.

Cada golpe parecía marcar no solo el tiempo, sino la llegada de algo inevitable, un cambio que nadie podría ignorar.

El duque dejó la taza en la mesa con un golpe seco, y sus ojos entrecerrados reflejaban la gravedad de lo que estaba ocurriendo.

—Las campanas del templo jamás suenan trece veces —dijo en voz baja, casi como un rezo que él mismo necesitaba pronunciar para creerlo—.

Salvo en los presagios antiguos.

¿Lo escuchas, hijo?

El Imperio está hablando.

El silencio que siguió fue más inquietante que el sonido mismo.

Era un silencio denso, cargado de significado, como si los muros del palacio hubieran absorbido aquel eco para guardarlo en sus entrañas y repetirlo en los sueños de quienes se atrevían a escuchar.

Suwei apretó con fuerza la taza de té entre sus manos, sintiendo cómo el calor se mezclaba con un escalofrío que recorría su columna.

No quería admitirlo, pero lo sabía: algo estaba por comenzar.

Algo grande, inevitable, que ni siquiera el amor inquebrantable de Jin Long ni la pureza de Xiaolian podrían detener del todo.

El destino se acercaba con la sutileza de la sombra y la fuerza de un huracán.

El duque lo miró con gravedad, como si pudiera leer los pensamientos de su hijo y ver los miedos que ni siquiera él mismo había confesado.

—Recuerda, Suwei —dijo con voz firme—.

No todos los cambios traen luz.

Algunos… traen oscuridad.

Y la oscuridad… no espera a que estemos preparados.

La llama de la lámpara parpadeó, proyectando en la pared la sombra del tigre bordado en las túnicas de los Baihuan.

Por un instante, la figura pareció moverse, acechando, vigilando con ojos invisibles cada respiración, cada pensamiento de los que estaban dentro del salón.

Era como si la historia de viejas casas, antiguas rivalidades y promesas rotas cobrara vida, recordando que las alianzas eran frágiles y los enemigos, pacientes.

La noche se cerró sobre el palacio con un aire denso, casi tangible, envenenado con presagios que solo los más antiguos podrían interpretar.

No era la paz de la calma, sino el filo del silencio que antecede a la tormenta.

Y en lo alto de la Torre de los Cielos, las campanas callaron de golpe, como si hubieran guardado su último mensaje para el momento exacto, aquel que marcaría el inicio de la era que apenas comenzaba.

Suwei permaneció inmóvil, contemplando la sombra danzante y escuchando aún en el silencio la reverberación de las trece campanadas.

Sabía, con la certeza que solo los que han sido testigos de presagios antiguos poseen, que el futuro estaba comenzando a moverse.

Que la luz y la sombra pronto se enfrentarían, y que la Grulla Blanca y el Dragón tendrían que proteger lo más sagrado del Imperio.

Por un instante, todo pareció detenerse: el tiempo, el viento, incluso el latido de su propio corazón.

Y luego, en ese silencio absoluto, Suwei comprendió que cada decisión tomada, cada gesto de amor hacia su hija, sería la línea que separaría la luz de la oscuridad.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack El pasado nunca muere en silencio, solo espera su momento para hablar.

Mientras escribía este capítulo, sentí cómo las voces de las antiguas casas resonaban como campanas ocultas: algunas traen advertencias, otras promesas, y unas pocas… amenazas disfrazadas de cortesía.

Pero en medio de esas intrigas, un padre y un hijo comparten té, recuerdos y destino.

Porque antes de ser duques, emperadores o consortes… siguen siendo sangre, siguen siendo raíz.

Su regalo es mi motivación de creación.

Deme más motivación

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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