EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL - Capítulo 80
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- Capítulo 80 - 80 Capítulo 10 Cuna de Imperios
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80: Capítulo 10: Cuna de Imperios 80: Capítulo 10: Cuna de Imperios El sol brillaba alto sobre el Palacio del Loto Celeste, bañando los jardines en un dorado cálido y suave.
La brisa transportaba el aroma de flores recién abiertas, de jazmín y loto, mezclándose con el perfume de la seda bordada que adornaba a la pequeña princesa.
Por primera vez, Xiaolian sería presentada en el Jardín de los Nueve Pétalos, un lugar sagrado reservado solo para los herederos del Imperio.
Cada pétalo, cada fuente, cada sendero estaba impregnado de siglos de historia y de las energías que habían sostenido al trono por generaciones.
Suwei y Jin Long caminaron descalzos por la arena fina, como mandaban las tradiciones, sus pies rozando la tierra sagrada mientras sostenían con cuidado a su hija entre ambos.
Cada paso era un rito, cada mirada un juramento.
Las Sacerdotisas del Alba, vestidas con túnicas blancas y doradas, los guiaban con solemnidad, sus manos levantadas en señal de bendición.
En este lugar —dijo la Gran Sacerdotisa, su voz grave y resonante, cargada de siglos de autoridad—, cada emperador ha presentado a su heredero.
Y hoy, por primera vez, no es un emperador quien entrega el futuro, sino dos.
Un emperador… y un consorte.
Suwei sostuvo a Xiaolian con firmeza, levantándola suavemente.
La luz del sol atravesaba las hojas de los árboles, creando un juego de sombras y reflejos sobre su rostro.
Cada rayo parecía elegir cuidadosamente dónde posarse, como si el mismo cielo bendijera a la princesa.
Sus ojos, grandes y llenos de inocencia, brillaban bajo el halo dorado, y Suwei sintió cómo un peso sagrado se asentaba sobre sus hombros.
No era solo la protección de un hijo; era la custodia de un Imperio entero.
—Ella no es solo sangre mía —susurró Suwei, con un tono que llevaba toda la responsabilidad y el amor del mundo en cada palabra—.
No es solo hija de Jin Long.
Es hija del Imperio.
Jin Long apoyó una mano firme sobre el hombro de Suwei, transmitiéndole fuerza silenciosa y complicidad.
Su mirada recorrió el jardín: las fuentes que reflejaban el cielo, los caminos de piedra que se curvaban entre los pétalos, los árboles que parecían inclinarse en reverencia, y finalmente se posó en Xiaolian.
La niña dormitaba tranquila, ajena a la magnitud de la ceremonia, pero aun así irradiando una calma que parecía absorber la atención de todo lo que la rodeaba.
Un coro de aves se elevó en el cielo, rompiendo el silencio con un vuelo majestuoso.
Cada aleteo parecía marcar la aceptación de la naturaleza ante la nueva heredera.
Incluso los árboles se mecían suavemente, como si reconocieran la solemnidad del instante.
Por un momento, el mundo entero pareció contener el aliento, como si la luz y la sombra esperaran pacientemente a ver qué harían los elegidos por el cielo.
Suwei bajó la mirada hacia su hija y recordó las palabras de su padre, el Duque Jinhai: “No todos los cambios traen luz… algunos traen oscuridad”.
Ahora, en este jardín, comprendió que la línea entre luz y sombra no siempre era clara, que la pureza de Xiaolian tendría que enfrentarse a fuerzas que ni siquiera el amor de sus padres podría detener del todo.
Cada decisión, cada gesto que ellos hicieran, tendría un eco en el destino de la niña y en el Imperio.
—Cada pétalo —dijo la Gran Sacerdotisa, señalando los nueve jardines dispuestos en círculo, cada uno con un color y aroma particular— representa un valor que todo heredero debe sostener: sabiduría, justicia, coraje, compasión, honor, prudencia, paciencia, fortaleza y verdad.
Hoy, Xiaolian empieza su camino entre estos pétalos, y su futuro se entrelaza con cada uno de ellos.
Suwei sostuvo más fuerte a la princesa, transmitiéndole todo su amor y su fuerza a través del contacto.
Sintió cómo su corazón latía al ritmo del de Xiaolian, y por un instante se preguntó si la niña sentiría esa energía, esa promesa silenciosa de protección y guía.
Jin Long se inclinó levemente hacia adelante, y con voz baja, casi un susurro, dijo: —Seremos sus guardianes.
La protegeremos… incluso si el mundo decide ponerse en su contra.
Suwei asintió, y ambos compartieron una mirada cargada de emociones: orgullo, temor, amor, y la certeza de que estaban frente a un momento que definiría la historia del Imperio.
Allí, bajo la luz del sol y la bendición de los antiguos, comprendieron que Xiaolian no era solo un bebé.
Era un faro, un símbolo que debía guiar a generaciones, y cuya pureza y fuerza marcarían el destino de quienes la rodearan.
El viento se levantó de nuevo, moviendo suavemente la tela de sus túnicas y haciendo que los pétalos del jardín danzaran a su alrededor.
Fue un instante casi mágico, donde el tiempo pareció detenerse.
Las sombras de los árboles parecían inclinarse hacia la niña, y el cielo mismo parecía inclinarse ante la pequeña heredera.
Incluso los enemigos más antiguos, aquellos cuyas sombras habían acechado desde las casas rivales, permanecieron en silencio, como si reconocieran la legitimidad del momento, aunque solo fuera por un segundo.
Los pétalos flotaban en el aire, algunos rozando los brazos de los padres, otros cayendo suavemente al suelo.
Suwei se dio cuenta de que cada movimiento, cada susurro del viento, era un recordatorio de que la vida de Xiaolian estaba entrelazada con la del Imperio.
No podía permitir que nada ni nadie rompiera esa armonía que comenzaba a formarse.
Cuando la ceremonia terminó, Suwei y Jin Long llevaron a Xiaolian hasta su cuna de jade, cuidadosamente tallada con símbolos de dragones y grullas entrelazadas, cada línea y curva un recuerdo de los antepasados que habían protegido el Imperio.
La colocaron con un cuidado reverencial, como si depositaran no solo a su hija, sino también la esperanza y la continuidad de toda una nación.
Desde lo alto, la cámara del alma se alejaba lentamente, mostrando el Palacio del Loto Celeste en calma, sus torres brillando bajo la luz del sol.
Y en lo alto del cielo, la luna dibujaba, casi de manera sobrenatural, el símbolo de una grulla blanca junto al dragón, recordando que la nueva era había comenzado y que los guardianes del futuro estaban atentos.
Mientras los rayos de luz iluminaban el Jardín de los Nueve Pétalos, una sensación de eternidad invadió el lugar.
Cada hilo de luz parecía elegir cuidadosamente sobre qué pétalo posar su fulgor, acariciando con suavidad los caminos de piedra y haciendo brillar las fuentes de agua cristalina que reflejaban el cielo.
La brisa que se colaba entre los árboles traía consigo un perfume delicado de flores y hierbas antiguas, mezclándose con el aroma de incienso que las sacerdotisas habían encendido para bendecir a Xiaolian.
Era un instante detenido en el tiempo, un momento en que la historia y el destino se entrelazaban, y la promesa de la pequeña princesa se hacía visible incluso para aquellos cuya mirada no se limitaba al mundo físico, sino que podía percibir las energías que fluían entre la vida y el legado del Imperio.
Suwei caminaba con paso firme, pero cada movimiento estaba cargado de cuidado y reverencia.
Sujetaba a Xiaolian con ternura, como si en sus brazos no sostuviera solo un cuerpo diminuto, sino la esencia misma del futuro de su casa y de la nación.
Sus ojos recorrían los jardines, observando cada pétalo, cada piedra cuidadosamente colocada, cada fuente y cada árbol antiguo que parecía inclinarse levemente ante la heredera, como si la naturaleza reconociera la importancia del momento.
Cada detalle del jardín estaba impregnado de siglos de historia y solemnidad; era un espacio sagrado donde generaciones de emperadores habían marcado el inicio de nuevas eras, y ahora Xiaolian se sumaba a esa línea, la primera en recibir esta ceremonia de manos de dos guardianes.
Jin Long caminaba a su lado, con un paso medido y firme, su mano descansando sobre el hombro de Suwei en un gesto de protección y complicidad silenciosa.
Su mirada, llena de orgullo y determinación, no dejaba de posarse en la niña.
Aunque Xiaolian dormía plácida, su respiración tranquila parecía absorber la tensión del mundo exterior, y cada pequeño gesto suyo recordaba a los padres que, a pesar de su fragilidad aparente, en ella residía un poder y una promesa que trascenderían su propia vida.
El sol brillaba alto, proyectando sombras suaves entre los árboles y haciendo que los pétalos de los jardines parecieran flotar, levitando levemente con la brisa.
Cada pétalo que se movía era un recordatorio visual de los valores que Xiaolian debía aprender a sostener: sabiduría, justicia, coraje, compasión, honor, prudencia, paciencia, fortaleza y verdad.
Suwei sentía que cada paso que daban sobre la piedra fría y pulida del jardín era un compromiso silencioso de guiar a su hija en el camino que marcaría su destino y el del Imperio.
Los sonidos del jardín se mezclaban en una armonía perfecta.
El susurro del viento entre las hojas, el murmullo del agua en las fuentes, el canto lejano de los pájaros y el crujir suave de la tierra bajo sus pies formaban un coro natural que acompañaba la solemnidad del acto.
Incluso las sombras parecían moverse con respeto, proyectadas por la luz dorada del sol que bañaba el jardín.
Cada sombra que se alargaba y se retiraba recordaba a los padres que la luz y la oscuridad siempre coexistirían, y que Xiaolian necesitaría aprender a caminar entre ambas sin perderse.
Suwei alzó un poco más a la niña, sosteniéndola contra su pecho mientras sus dedos rozaban la suavidad de sus mejillas.
Sintió el latido de su corazón, tan pequeño y frágil, pero a la vez lleno de energía y vida, un recordatorio constante de la responsabilidad que ahora recaía sobre ellos.
Jin Long, a su lado, colocó sus manos sobre las de Suwei, como transmitiendo fuerza, amor y la promesa de que nunca permitirían que la pureza de Xiaolian fuera corrompida por las fuerzas externas.
Ambos respiraron juntos, sincronizando sus corazones con el de la niña, creando un vínculo invisible que parecía expandirse por todo el jardín, resonando con la energía del lugar.
La Gran Sacerdotisa permanecía a un costado, observando con mirada penetrante y serena, consciente de que aquel momento no solo era ceremonial, sino profético.
Su voz, cuando habló, rompió el silencio con una solemnidad que hizo que el viento se detuviera por un instante: —Hoy, los elegidos del cielo comienzan su camino.
Cada paso que den, cada decisión que tomen, afectará no solo sus vidas, sino la del Imperio entero.
Que la luz y la sombra los guíen por igual, y que nunca olviden la responsabilidad que conlleva la bendición que poseen.
Los pétalos se movieron con la brisa, rozando suavemente las túnicas de Suwei y Jin Long.
Era como si la naturaleza misma se inclinara ante la nueva heredera, aceptando que un nuevo capítulo comenzaba en la historia del Imperio.
Incluso los guardianes del jardín, las sacerdotisas que habían cuidado el lugar durante décadas, sintieron un escalofrío reverente recorrer sus espinas dorsales.
Sabían que aquel momento quedaría grabado no solo en la memoria del Imperio, sino en la memoria de la tierra, el aire y el agua que componían el jardín sagrado.
Cuando la ceremonia llegó a su fin, Suwei y Jin Long llevaron a Xiaolian hasta su cuna de jade.
Cada movimiento estaba cargado de cuidado extremo, como si en cada gesto depositaran también la fuerza, la protección y la esperanza del Imperio.
La cuna, tallada con símbolos de dragones y grullas entrelazadas, parecía brillar bajo la luz del sol, reflejando un futuro que apenas comenzaba a formarse.
Desde lo alto, la cámara del alma se alejaba lentamente, mostrando el Palacio del Loto Celeste en calma, sus torres iluminadas por la luz dorada del día.
Y en lo alto del cielo, la luna dibujaba, casi de manera sobrenatural, el símbolo de una grulla blanca junto al dragón, como un sello invisible que certificaba la legitimidad y la protección de la nueva era.
El viento seguía moviendo suavemente los pétalos, llevando consigo el aroma de flores y la promesa de un futuro que tendría que ser defendido con sabiduría y coraje.
Cada piedra del jardín parecía recordar los pasos de los antiguos emperadores, cada fuente murmuraba los secretos de generaciones pasadas, y cada árbol susurraba bendiciones para la heredera que ahora dormía plácida en su cuna.
Era un instante en que la historia y el destino se entrelazaban, donde la luz y la sombra coexistían y se preparaban para el desafío que vendría.
La calma del jardín era profunda, casi sagrada.
Cada elemento del lugar parecía grabado con la memoria de aquel día: la princesa de la Grulla Blanca se había convertido en símbolo de un futuro que apenas comenzaba a escribirse, y sus guardianes estaban atentos, dispuestos a protegerla sin importar las fuerzas que pudieran oponerse.
La primera temporada cerraba con un mensaje claro: la luz y la sombra siempre caminarán juntas, y los elegidos del cielo deben enfrentarlas para proteger lo más sagrado.
El silencio que quedó en el Jardín de los Nueve Pétalos no era vacío; estaba lleno de promesas, de fuerza y de un futuro que, aunque incierto, comenzaba a brillar con la pureza de una niña destinada a cambiar la historia.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack Cada historia merece un cierre, y este no es un final: es una semilla.
Xiaolian, la hija del amor y del deber, fue presentada como algo más que heredera: como hija del Imperio.
Mientras escribía esta escena, comprendí que la verdadera grandeza no nace en los tronos, sino en los brazos que sostienen y protegen.
La temporada termina con calma, pero bajo esa calma late la certeza de que lo que acaba de nacer no solo es una princesa… sino una nueva era.
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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com