EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL - Capítulo 81
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- Capítulo 81 - 81 Capítulo 1 El Susurro tras el Velo
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81: Capítulo 1: El Susurro tras el Velo 81: Capítulo 1: El Susurro tras el Velo La noche había caído sobre el Palacio del Loto Celeste con un manto de calma engañosa.
El silencio era tan profundo que hasta el roce de la brisa parecía contenerse por respeto a lo sagrado.
Solo las campanas de bronce, ocultas en lo alto de las torres, dejaban escapar su eco suave y metálico, como si cada vibración tejiera un velo invisible entre el mundo de los vivos y el de los espíritus.
En los jardines exteriores, los lotos dormían bajo la luna.
Sus pétalos plateados reflejaban destellos frágiles sobre el estanque, como si fueran estrellas arrancadas del cielo.
El agua apenas se movía, pero en ese movimiento mínimo parecía resonar un presagio.
Los guardias del palacio recorrían los corredores con paso firme, pero había un aire extraño, un murmullo que ninguno podía identificar.
Era como si el propio palacio respirara con tensión.
Las antorchas, que normalmente ardían con viveza, parecían más débiles, y las sombras en las paredes se alargaban como figuras observadoras.
Fue entonces cuando una silueta se deslizó entre esas sombras.
No era un soldado ni un sirviente.
El intruso avanzaba con una precisión sobrehumana, sus pasos eran tan silenciosos que ni el suelo de piedra se atrevía a delatarlo.
Cada movimiento parecía calculado, como si hubiera ensayado ese camino cientos de veces en sueños.
Sus ropas oscuras se confundían con la penumbra, y solo sus ojos brillaban bajo la luna, ojos decididos, casi fanáticos.
El destino de una niña aún dormida estaba en esas manos.
El intruso alcanzó las estancias interiores del Palacio, donde la calma era aún más profunda.
Las paredes estaban adornadas con tapices de seda blanca, bordados con grullas en vuelo, símbolos de longevidad y pureza.
La fragancia del incienso flotaba en el aire, dulce y penetrante, como una plegaria en forma de humo.
Allí, el silencio era tan absoluto que el latido del corazón de cualquiera se volvería un estruendo.
La puerta de madera tallada se abrió sin un crujido.
Dentro, envuelta en telas finas y resguardada por un dosel bordado con hilos dorados, dormía la heredera de la Grulla Blanca: Xiaolian.
Su respiración era tranquila, inocente, ajena al peligro que se cernía sobre ella.
Sobre su frente, un halo sutil, casi imperceptible, parecía danzar con la luz de la luna: un resplandor protector que ningún humano había colocado allí.
El intruso se detuvo.
Por un instante, sus manos temblaron.
No era miedo, era algo más: el peso de estar frente a lo que sus creencias le habían dicho que debía destruir.
De su cinturón sacó un objeto cubierto con telas oscuras.
Al descubrirlo, la habitación pareció perder calor.
Era un amuleto de obsidiana, tallado con runas antiguas que parecían absorber la luz misma.
En el centro, un símbolo carmesí: un loto abierto, teñido de sangre.
Cuando el objeto tocó el aire del cuarto, el resplandor sobre la frente de Xiaolian brilló con más fuerza, como si respondiera con instinto.
Un murmullo vibró en el espacio, no con palabras humanas, sino con una energía que erizaba la piel.
El intruso dio un paso atrás, sorprendido.
El amuleto pesaba ahora como si cargara una montaña.
En ese instante, las puertas se abrieron de golpe.
Una corriente de viento barrió el incienso, y un grupo de guardianes entró con espadas desenvainadas.
A su lado, con el rostro marcado por la tensión y los ojos encendidos de furia, estaba Suwei, consejero del Emperador.
—¡Detente!
—tronó su voz, tan fuerte que quebró el silencio como un rayo.
El intruso apretó el amuleto, pero su brazo parecía resistirse, como si fuerzas invisibles lo frenaran.
Xiaolian seguía dormida, ajena, pero el resplandor sobre ella se expandía, formando un velo de luz que separaba la cuna de cualquier amenaza.
El tiempo pareció fragmentarse en ese instante.
Los guardias avanzaron, Suwei alzó la mano para invocar protección, y el intruso soltó un grito ahogado cuando la obsidiana ardió en su piel.
El símbolo carmesí del loto palpitó como un corazón vivo antes de apagarse súbitamente, como si la luz de Xiaolian lo hubiera sofocado.
El amuleto cayó al suelo y se quebró en mil fragmentos, cada uno liberando un humo oscuro que se desvaneció al tocar el aire.
El intruso fue reducido con violencia, pero en sus labios aún había una sonrisa torcida, como si hubiera cumplido su papel al sembrar la duda.
Suwei se acercó a la cuna.
Miró a Xiaolian con una mezcla de alivio y reverencia.
Sus manos temblaban, no de miedo, sino del peso de comprender que la niña no estaba sola: fuerzas celestiales velaban por ella.
—La Grulla Blanca ya eligió su camino —susurró, casi para sí mismo.
El Consejo Imperial Horas más tarde, cuando el sol apenas comenzaba a teñir el horizonte con tonos dorados y rosados, el Consejo Imperial fue convocado de urgencia.
La sala del Trono del Dragón se llenó de figuras solemnes: sabios, generales y consejeros, cada uno con el rostro endurecido por la preocupación.
El eco de los pasos retumbaba en el suelo de mármol.
En el centro, sobre una mesa baja, habían colocado los fragmentos del amuleto.
Aún desprendían un rastro de humo, como si la obsidiana se resistiera a morir del todo.
—La Secta del Loto Carmesí ha despertado —dijo uno de los ancianos, con voz grave, tan densa que parecía cargar siglos de historia olvidada.
El silencio cayó como una losa sobre la sala.
Ni siquiera el crujir de la madera o el suspiro del incienso se atrevió a irrumpir.
Todos los presentes comprendieron la magnitud de esas palabras, aunque pocos se atrevieron a mirarse a los ojos.
Muchos de los consejeros habían escuchado de esa secta, pero siempre como un rumor del pasado, un mito que los cronistas apenas mencionaban en manuscritos gastados por el tiempo.
Era una sombra enterrada bajo generaciones de victorias y derrotas, un susurro que se usaba para asustar a los aprendices de guardias o para advertir a los jóvenes príncipes de los peligros del poder desmedido.
Nadie, hasta ese instante, había imaginado que su nombre volvería a resonar con tanta fuerza.
El anciano que habló, de barba larga y blanca como la nieve, bajó la mirada hacia los fragmentos del amuleto sobre la mesa.
El humo que aún desprendían parecía retorcerse con vida propia, como si se resistiera a morir del todo.
—Si los relatos eran ciertos… —murmuró otro consejero, apenas audible—.
Esa secta juró no descansar hasta extinguir la luz que protege al Imperio.
Suwei alzó la voz entonces.
Con calma, pero también con un filo de acero que atravesaba cada palabra, relató los acontecimientos de la noche: el intruso, el amuleto de obsidiana, el resplandor celestial que había envuelto a Xiaolian.
Cada detalle era como una piedra arrojada al corazón del consejo.
Al mencionar la luz, algunos consejeros se tensaron en sus asientos.
Hubo miradas nerviosas, manos que se apretaron con fuerza sobre la mesa, respiraciones que se aceleraron sin querer.
No era común que lo celestial y lo humano se cruzaran tan claramente, y menos en medio del Palacio.
Eso significaba destino, significaba elección de los cielos, significaba también que la niña no era una heredera cualquiera.
—Si osaron entrar al corazón del Palacio —rugió un general, de armadura brillante, golpeando la mesa con el puño—, no hay lugar sagrado ni fortaleza que no puedan profanar.
Su voz retumbó por las paredes de mármol, como un trueno en la distancia.
Pero lo que encendía en él era más que indignación: era miedo disfrazado de rabia.
Suwei lo observó, firme, sin parpadear.
Luego habló, con palabras que pesaron como hierro caliente en el aire: —No buscan un lugar.
El silencio se agudizó.
Podía escucharse incluso el eco de una gota de agua cayendo en alguna fuente lejana.
—Buscan a Xiaolian —concluyó, con un tono que no admitía duda alguna.
Las palabras quedaron suspendidas como una sentencia irreversible.
Era como si cada miembro del consejo hubiera sentido en ese instante un mismo escalofrío, un recordatorio de que la inocencia de la niña estaba ahora marcada por un destino demasiado grande.
Un consejero más joven, apenas en sus primeros años de barba, se inclinó hacia adelante con los ojos abiertos de par en par.
—¿Entonces… ella es la llave?
—preguntó, casi en un susurro.
El anciano de barba blanca cerró los ojos lentamente.
—Ella siempre lo fue.
La diferencia es que ahora, nuestros enemigos también lo saben.
Afuera, las campanas comenzaron a sonar de nuevo.
No era el sonido ritual ni solemne de las horas: era un tañido más profundo, más insistente, como si el propio Palacio del Loto Celeste quisiera gritar al mundo que la calma había terminado.
El Emperador, que hasta ese momento había escuchado en silencio, con el rostro endurecido, apoyó lentamente las manos sobre los brazos del Trono del Dragón.
La luz del amanecer se filtraba por los ventanales altos, tiñendo de oro sus vestiduras, pero en sus ojos no había brillo de gloria, sino de tormenta contenida.
—Entonces —dijo finalmente, con voz grave— el Imperio debe decidir si se oculta en el miedo… o si enfrenta la sombra que ha regresado.
Nadie respondió de inmediato.
Todos comprendieron que esa decisión no sería de unos pocos, sino de generaciones enteras.
El destino estaba ya sobre la mesa, ardiendo junto a los fragmentos oscuros del amuleto.
Ese amanecer no fue como ningún otro.
Las aves en los jardines parecían cantar con más fuerza, los rayos de luz se estrellaban contra los muros del palacio como lanzas encendidas, y hasta el aire mismo tenía el sabor de un presagio.
La sombra del Loto Carmesí había regresado.
Y en medio de ese retorno, una niña, apenas un suspiro de vida, se había convertido en el centro de un juego de fuerzas antiguas que pondrían a prueba no solo al Imperio, sino el alma misma de todos sus habitantes.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack Cada comienzo es también un presagio.
Mientras escribía estos capítulos, sentí que las campanas que despertaron al palacio no solo llamaban a los guardias, sino también al lector: tres campanadas que anuncian que la calma ha terminado.
Xiaolian duerme protegida, pero su sola existencia ya mueve los hilos del tiempo¿Le gusta leerlo?
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