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EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL - Capítulo 82

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  4. Capítulo 82 - 82 Capítulo 2 Hilos en la Seda del Tiempo
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82: Capítulo 2: Hilos en la Seda del Tiempo 82: Capítulo 2: Hilos en la Seda del Tiempo El amanecer llegó cargado de una calma sospechosa, como si los cielos hubieran decidido cubrir al Imperio con un manto demasiado perfecto.

Los primeros rayos bañaban los tejados dorados del Palacio del Loto Celeste, iluminando sus torres y patios como si fueran de fuego líquido.

Pero bajo ese resplandor, nadie sonreía.

El Palacio de las Llamas Eternas, habitualmente rebosante de vida y sonidos rituales, estaba aquella mañana sumido en un estado de quietud opresiva.

Los corredores, amplios como ríos de mármol blanco, parecían más largos y pesados, como si cada columna sostuviera no solo el techo dorado, sino también un secreto demasiado grande para ser pronunciado.

Las doncellas caminaban en silencio, llevando bandejas de té y telas perfumadas, pero sus pasos, que solían ser ligeros, resonaban apagados, como si temieran despertar algo que aún dormía entre las sombras de los muros.

Se miraban entre sí con recelo, y cuando sus miradas se encontraban, apartaban los ojos enseguida, como si el simple acto de sostener la vista pudiera invocar la desgracia.

Los eunucos, siempre tan atentos a cada detalle, hoy se movían con rigidez.

Sus respiraciones eran medidas, y hasta el roce de sus mangas de seda sonaba fuerte en aquel aire enrarecido.

Uno de ellos dejó caer un rollo de cuentas al suelo, y aunque apenas fue un tintineo leve, bastó para que todos los presentes se sobresaltaran, como si un trueno hubiera estallado en medio del salón.

Incluso los jardineros, que cada mañana regaban los cerezos del patio interno entonando canciones campesinas, trabajaban en absoluto silencio.

El agua caía sobre la tierra húmeda con un murmullo tenue, mientras el sudor perlaba sus frentes.

No se atrevían a alzar la cabeza, y sus manos, acostumbradas a cuidar la vida, parecían hoy temblorosas, conscientes de que el aire estaba cargado con presagios.

El ambiente olía a incienso, pero era un aroma que no traía calma: era espeso, sofocante, como si las mismas paredes hubieran absorbido un secreto y ahora lo exhalaran, lento, pesado, imposible de ignorar.

Nadie se atrevía a pronunciar lo ocurrido la noche anterior.

Pero todos lo sabían.

La sombra había entrado.

En el corazón del palacio, el despacho del Emperador Jin Long era un templo de sabiduría y disciplina.

Allí, sobre una mesa de madera de roble ennegrecida por los años, descansaba un mapa antiguo, extendido con piedras de jade en las esquinas.

No era un mapa de fronteras visibles, sino de líneas espirituales: arterias de energía que cruzaban el Imperio desde los montes nevados hasta los lagos sagrados.

Era la piel invisible del reino, una cartografía de poder ancestral.

Jin Long permanecía de pie frente a él.

La luz del amanecer se filtraba por los ventanales altos, tiñendo sus vestiduras imperiales con destellos dorados.

Sin embargo, sus ojos estaban oscuros, como si no reflejaran la claridad del día, sino la amenaza de un eclipse que aún no había llegado.

—No es una amenaza común —murmuró, sin apartar la vista de los senderos trazados—.

No buscan solo destruirnos… Una voz firme completó sus palabras desde el umbral: —Quieren reescribir la historia.

Era Suwei.

Había entrado sin anuncio, con el porte erguido y los ojos encendidos como filos de acero.

El silencio que siguió fue corto, pero intenso, como el instante que precede al estallido de una tormenta.

El emperador suspiró y señaló un asiento.

Suwei, sin embargo, permaneció de pie, como si sentarse fuera mostrar una vulnerabilidad que no podía permitirse.

—He estado revisando los textos de la Casa Yueji —dijo, y su voz arrastraba consigo un eco antiguo—.

Rollos olvidados, prohibidos por generaciones.

En ellos se habla de un grupo que se opuso al matrimonio de los linajes sagrados.

Creían que la sangre imperial debía permanecer pura, sin mezclarse con “flores extranjeras”.

El ceño de Jin Long se frunció.

—¿Una secta extinta?

Los ojos de Suwei brillaron con intensidad.

—O dormida… hasta ahora.

De entre sus mangas desplegó un pergamino marchito.

La superficie estaba manchada de tiempo, los bordes carcomidos por insectos y las letras medio borradas, como si alguien hubiera intentado arrancar su verdad de la historia.

En el centro, escrito en trazos aún vivos, permanecía una profecía: “Cuando nazca la flor entre el dragón y la grulla, el equilibrio será roto.

Y el fuego regresará a reclamar el trono que nunca tuvo.” El silencio que siguió fue absoluto, denso, casi insoportable.

Hasta las lámparas de aceite parecían parpadear con miedo.

Jin Long cerró los ojos, y en su frente se marcaron arrugas que hablaban de guerras pasadas, de juramentos rotos y sacrificios que nadie más recordaba.

Finalmente, preguntó con voz grave: —¿Y tú qué piensas?

Suwei sostuvo su mirada, sin vacilar.

—Pienso que el fuego puede quemar… o iluminar.

Y nosotros decidiremos cuál.

Su respuesta recorrió la sala como un relámpago contenido.

No había temor en su voz, solo determinación.

En ese instante, las puertas se abrieron de golpe.

Un mensajero irrumpió jadeando, su rostro perlado de sudor, la respiración entrecortada como si hubiera corrido desde el fin del mundo.

Cayó de rodillas y extendió un pergamino.

—¡Noticias desde las provincias del este!

—gritó, con voz quebrada—.

Se han hallado cuatro emblemas carmesíes grabados en templos antiguos.

El pergamino se desplegó al caer, mostrando el símbolo de un loto carmesí.

El rojo era tan vivo que parecía sangre fresca aún goteando.

El mensajero tragó saliva.

—Y en todos ellos… dejaron la misma frase.

El aire del despacho se volvió aún más pesado, como si ni los muros quisieran escuchar.

“Aún no ha despertado… pero lo hará.” Las palabras resonaron como un presagio funesto, como un filo invisible que rozaba la garganta de todos.

Suwei apretó los puños, las venas tensas en sus manos.

Sus labios temblaban apenas, conteniendo una rabia que amenazaba con estallar.

El emperador se incorporó lentamente.

Cada movimiento suyo parecía arrastrar siglos de historia.

El roce de sus mangas imperiales contra el aire era tan solemne que los presentes contuvieron la respiración.

Su silueta, bañada por el oro del amanecer que entraba por los ventanales, adquiría la forma de un dragón que despertaba tras un letargo interminable.

No era un simple hombre el que se erguía allí, sino el heredero de una línea que se creía elegida por los cielos.

Sus ojos, sin embargo, no reflejaban serenidad.

En ellos no había calma ni duda, sino un fuego helado, inmutable, que hacía estremecer a quienes lo observaban.

No brillaban como antorchas que dan calor, sino como cuchillas de hielo que pueden cortar sin esfuerzo.

El Emperador Jin Long parecía en ese instante más estatua que hombre: una figura tallada en jade y oro, con la mirada de quien observa no lo inmediato, sino el horizonte de los siglos.

La sala se llenó de un silencio más pesado que el mármol bajo los pies.

El aire mismo parecía haberse detenido, atrapado entre las paredes del Palacio de las Llamas Eternas.

Ni siquiera las lámparas de aceite osaban parpadear con libertad; sus llamas pequeñas temblaban, como si se inclinaran ante la presencia del soberano.

Con voz grave, profunda, cortante como el filo de una espada recién desenvainada, el Emperador habló: —Entonces… —pausó, dejando que cada oído se tensara, que cada corazón golpeara contra el pecho— que se prepare el Imperio.

Sus palabras no fueron un simple mandato.

Cayeron con la fuerza de un decreto inamovible, con el peso de una sentencia que los cielos mismos no podían revocar.

Fue un sonido que recorrió la sala, golpeó los muros, atravesó los techos dorados y se expandió como un eco invisible hacia los patios, los corredores, los jardines donde aún trabajaban las manos silenciosas de los sirvientes.

El emperador añadió, con un tono más bajo, pero no menos terrible: —Porque cuando despierte… ya estaremos esperándolo.

El mensajero que había traído las noticias no pudo sostenerse más.

Su frente se hundió contra el suelo frío, temblando como si el mármol mismo le quemara la piel.

No era solo reverencia; era miedo.

Miedo a lo que había dicho, miedo a lo que había escuchado, miedo a lo que se avecinaba.

Los consejeros permanecieron rígidos.

Nadie se atrevió a emitir palabra alguna.

Algunos mantenían la vista clavada en el suelo, como si temieran que sus ojos traicionaran un pensamiento oculto.

Otros, con la frente perlada de sudor, intentaban aparentar serenidad.

Pero todos sentían lo mismo: un nudo en el estómago, una presión en el pecho, un silencio tan denso que era casi doloroso.

El Palacio entero parecía contener la respiración.

En los pasillos, las doncellas detenían por un instante su andar, como si hubieran percibido, aunque fuera de lejos, la vibración de aquellas palabras imperiales.

En los jardines, las manos de los jardineros se detuvieron sobre las ramas de los cerezos.

Hasta los pájaros que solían anidar en los techos dorados interrumpieron su canto.

En lo profundo del Palacio de las Llamas Eternas, todos sabían que aquel amanecer no era como los demás.

Algo había cambiado.

Era como si el Imperio hubiera dejado de caminar sobre piedra firme.

El suelo que antes parecía sólido se había desvanecido, y ahora avanzaban sobre hilos de seda, delgados, tensos, extendidos sobre un abismo interminable.

Nadie sabía qué tan fuerte era cada hilo, ni cuánto tiempo resistiría antes de romperse.

Pero todos podían sentir cómo esos hilos comenzaban a tensarse con un crujido invisible.

El aire mismo del amanecer estaba impregnado de presagio.

El incienso que ardía en los altares no perfumaba, sino que asfixiaba.

El murmullo del viento en los corredores no acariciaba, sino que arrastraba consigo susurros de advertencia.

Y en cada mirada cruzada, en cada silencio prolongado, en cada respiración contenida, se respiraba lo mismo: el miedo a lo desconocido, a lo que todavía dormía… pero pronto habría de despertar.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack Las sombras hablan de un pasado prohibido, de profecías tachadas que vuelven a brillar como fuego oculto.

Aquí entendí algo: los enemigos del imperio no siempre atacan con espadas, sino con símbolos, con ideas, con semillas que intentan reescribir el destino.

El susurro tras el velo y los hilos en la seda nos recuerdan que no hay herencia sin amenaza, ni luz sin sombra.

Y a partir de aquí, cada palabra escrita será una advertencia: lo que ha nacido en amor… será puesto a prueba por el fuego Su regalo es mi motivación de creación.

Deme más motivación

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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