EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL - Capítulo 83
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- Capítulo 83 - 83 Capítulo 3 El Loto que No Sangra
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83: Capítulo 3: El Loto que No Sangra 83: Capítulo 3: El Loto que No Sangra El Consejo Imperial estaba reunido.
Cuarenta voces, cuarenta susurros… y un silencio más pesado que la guerra misma.
El gran salón se extendía como un océano de mármol blanco, sostenido por columnas de jade que ascendían hasta perderse en un techo pintado con dragones y grullas entrelazados.
Los faroles de seda, colgados a lo largo de las paredes, ardían con llamas tenues, pero su luz parecía débil ante la densidad del ambiente.
Nadie osaba hablar con claridad; las conversaciones eran cuchicheos, apenas respiraciones disfrazadas de palabras.
Y en medio de todo, el trono de jade estaba vacío.
Por primera vez desde hacía años, la sombra del emperador no presidía aquel círculo de poder.
Un vacío más temible que cualquier presencia.
Frente a todos, de pie sobre el estrado, se alzaba Suwei Long.
Vestía la túnica de la Grulla Blanca, y sobre su pecho brillaba el sello del emperador, símbolo de una autoridad prestada, pero también incuestionable.
La seda blanca ondeaba con cada respiración, como si la prenda misma supiera que aquella mañana no era común, sino decisiva.
Algunos lo miraban con respeto sincero, reconociendo en él la voz del pueblo y la voluntad del emperador.
Otros, con recelo disfrazado de cortesía.
Y unos pocos —los más orgullosos, los más temerosos de perder poder— lo contemplaban con desprecio, oculto detrás de abanicos dorados y sonrisas heladas.
La tensión se podía cortar con un cuchillo.
Suwei no necesitó alzar la voz.
Su tono fue sereno, firme, pero cada palabra retumbó como un tambor de guerra en el corazón de los presentes.
—Por autoridad delegada en mí de Su Majestad Imperial, Emperador Jin Long, abro esta sesión del Consejo Imperial en ausencia de la Sombra del Dragón.
Un murmullo recorrió el salón como un viento súbito.
Los abanicos se cerraron de golpe, los pliegues de seda se agitaron, y las miradas se cruzaron en un torbellino de sorpresa y disgusto.
Era un gesto atrevido, casi impensable: ningún consorte se había atrevido a abrir un consejo imperial en nombre del emperador.
El primero en romper el silencio fue el ministro de guerra, Bai Ru, un hombre alto, de barba gris recortada y mirada como acero frío.
Su voz retumbó como un gong.
—¿Y con qué derecho hablas como si fueras emperador?
El desafío quedó suspendido en el aire.
Algunos consejeros agacharon la vista, temiendo presenciar un enfrentamiento abierto.
Otros se acomodaron en sus asientos con el brillo de la expectativa: querían ver si aquel consorte realmente era digno del sello que portaba.
Suwei descendió lentamente del estrado.
Sus pasos resonaban sobre el mármol, firmes, sin prisa.
Caminó entre las columnas de jade como quien atraviesa un campo de batalla, hasta detenerse frente al ministro Bai Ru.
Su sombra se proyectó sobre el veterano, y por un instante, el silencio fue total.
La voz de Suwei cortó el aire como una hoja afilada: —Con el mismo derecho que me dio el pueblo cuando florecieron lotos blancos en las plazas tras la guerra.
Se inclinó apenas, no como un gesto de sumisión, sino de firmeza.
—Con el mismo derecho que me da el sello del trono… y el amor del emperador.
Sus ojos, oscuros y ardientes, recorrieron a cada consejero presente.
—Y con el mismo fuego que me sostiene de pie mientras ustedes tiemblan bajo sus propias máscaras.
El eco de sus palabras se extendió por el salón.
No había gritos ni violencia en su tono; solo la certeza implacable de alguien que había visto la muerte y la había derrotado.
El silencio que siguió fue aún más pesado.
Bai Ru apretó los labios, pero no respondió.
Ni siquiera él, con su orgullo y su influencia militar, podía derribar aquellas palabras sin exponerse a la vergüenza pública.
Suwei regresó al centro del estrado.
Sus manos desplegaron un pergamino cuidadosamente sellado con tinta carmesí.
La seda del documento brilló bajo la luz de los faroles, y el murmullo volvió a recorrer la sala como un enjambre de abejas inquietas.
Cuando habló, su voz fue clara, sin temblor: —Este decreto no pide permiso.
Es una decisión.
El silencio fue absoluto mientras desenrollaba el pergamino y leía: — Las provincias afectadas por la última ofensiva serán reconstruidas con fondos directos del tesoro imperial.
Se prohíbe cualquier impuesto extraordinario impuesto por gobernadores corruptos.
Y se decreta el Día de la Grulla Blanca, como memoria viva de los que murieron en nombre del Imperio, y de los que, como nosotros, aún viven… para protegerlo.” Las últimas palabras se quedaron suspendidas en el aire, flotando como brasas ardientes que nadie se atrevía a apagar.
El impacto fue inmediato.
Los abanicos de seda dejaron de moverse, los susurros murieron de golpe y el eco de la voz de Suwei pareció clavarse en cada rincón del salón.
Por un instante, hasta las antorchas parecieron inclinarse hacia adelante, como si también escucharan aquel decreto que había atravesado siglos de tradición con la simpleza de una verdad incontestable.
Nombrar la corrupción en voz alta, en un decreto público, era más que un desafío: era una declaración de guerra contra los viejos cimientos podridos del Imperio.
El consejero Han Ji, un anciano venerado por su dominio de las leyes, palideció de tal manera que su rostro quedó como pergamino amarillento.
Su mano temblorosa se aferró al borde de la mesa como un náufrago que busca salvarse de las aguas bravas.
—Esto… —balbuceó apenas, pero las palabras murieron en su garganta.
La dama Mei Rong, conocida por sus intrigas en la corte, cerró de golpe su abanico dorado.
Sus dedos, tensos, apretaron el mango hasta dejar marcas en la madera.
El gesto fue pequeño, pero revelador: si hubiera podido, habría lanzado ese abanico contra Suwei como un cuchillo.
Otros, más jóvenes, intercambiaron miradas rápidas.
Entre ellos, algunos mostraban un brillo de aprobación silenciosa; eran los que sabían que el pueblo pedía un cambio, que los murmullos en los mercados ya hablaban de la necesidad de justicia.
Pero también estaban los que se revolvían en sus asientos, temiendo que sus propios nombres algún día aparecieran en un decreto semejante.
Un murmullo casi inaudible recorrió las filas: —El tesoro imperial… —¿De dónde sacará tanto oro?
—Un día de conmemoración… ¿para los plebeyos?
—Esto es… inaceptable.
Pero ninguno se atrevió a alzar la voz con fuerza.
El decreto había caído sobre ellos como un trueno contenido, uno que no destruía con violencia, sino con la simple claridad de lo justo.
Suwei, desde lo alto del estrado, observaba con calma.
No había arrogancia en su postura, pero tampoco temor.
Sus ojos, negros como obsidianas, se movían lentamente de rostro en rostro, como un juez silencioso que espera la confesión de un culpable.
—¿Alguna objeción?
—preguntó entonces, dejando que el silencio le hiciera eco.
Lo dijo con una leve sonrisa, pero no era una sonrisa de burla.
Era la sonrisa de quien sabe que ha ganado antes de que empiece la batalla, porque la verdad ya estaba de su lado.
Los ojos de Suwei recorrieron la sala, encontrándose con cada mirada.
Había desafío en ellos, sí, pero también algo más profundo: la promesa de que el Imperio no caería en manos de los débiles, ni de los corruptos, ni de los cobardes.
Uno por uno, los consejeros comenzaron a inclinarse.
Primero los prudentes, que sabían leer los vientos del destino.
Luego los indecisos, arrastrados por el peso de la corriente.
Y finalmente, incluso los opositores más acérrimos, como Bai Ru, el ministro de guerra.
Su rostro era un muro de piedra, rígido y tenso, pero al final, también él inclinó la cabeza.
No hacerlo habría sido un suicidio político.
La victoria de Suwei no se celebró con gritos ni con palmas.
Fue más profunda, más temible: un silencio absoluto en el que cada uno de aquellos hombres y mujeres aceptó, sin decirlo, que la voz del loto blanco acababa de reescribir las reglas del juego.
Suwei no se regodeó.
No levantó el pergamino como un estandarte, no extendió los brazos como un conquistador.
Simplemente lo enrolló con la misma calma con la que lo había abierto y descendió del estrado.
Sus pasos resonaron firmes sobre el mármol, acompasados, como un tambor de guerra que marcaba el final de una era y el inicio de otra.
El eco de esos pasos se prolongó mucho después de que la gran puerta del consejo se cerrara tras él.
Algunos consejeros permanecieron inmóviles, con la mirada perdida, como si hubieran visto pasar frente a ellos el espíritu mismo del Imperio.
Otros se inclinaron sobre las mesas, respirando hondo, intentando recuperar la compostura.
Y entonces, en el balcón alto, oculto entre columnas talladas con dragones dorados, alguien observaba.
Jin Long, el emperador dragón, había estado presente todo el tiempo, invisible para la mayoría, pero atento como un depredador que vigila su reino.
Su túnica negra se confundía con la sombra, pero sus ojos… sus ojos brillaban como brasas encendidas.
El emperador no necesitaba palabras para expresar lo que sentía.
Había orgullo en esa mirada, un orgullo tan inmenso que parecía contener mares enteros.
Había asombro, también, pues había visto a Suwei desafiar a quienes, durante décadas, habían manejado las riendas del poder como titiriteros.
Pero sobre todo, había reconocimiento.
Porque lo que Suwei había hecho no era un acto de rebeldía, ni un simple arrebato político.
Era la prueba de que no necesitaba coronas ni títulos para ejercer el poder: bastaba su voluntad, su fe en lo justo, y la certeza de que la verdad no sangra, pero hiere más profundamente que una espada.
Los labios de Jin Long se movieron apenas.
Su voz fue un susurro, débil, pero cargado de destino, perdido entre las columnas del palacio: —Ya no es solo mi consorte.
Es quien heredará mi Imperio, si yo caigo.
El viento nocturno se filtró por las aberturas del salón, moviendo las antorchas como si fueran llamas inquietas.
El aire olía a hierro, a incienso y a un presagio antiguo.
En ese instante, el Imperio entero pareció contener el aliento.
El loto blanco había demostrado que no necesitaba sangre para gobernar.
Su fuerza era la de la verdad, y esa fuerza era más temible que cualquier espada.
El eco de ese día no tardaría en extenderse más allá de las murallas del palacio, viajando por mercados, aldeas y campamentos militares.
Algunos lo recordarían con devoción, otros con odio, pero ninguno podría ignorarlo.
Porque a partir de ese momento, el Imperio ya no pertenecía solo al Dragón.
También pertenecía al Loto que no sangra.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack Mientras escribía este capítulo entendí que el verdadero poder no siempre está en la espada ni en la sangre derramada.
Suwei, al abrir el consejo, no gritó, no impuso miedo, simplemente mostró la fuerza de alguien que no teme ser visto tal como es: un hombre sostenido por el amor, por la memoria de un pueblo y por una convicción inquebrantable.
El “loto que no sangra” me recordó que hay victorias silenciosas que pesan más que cien batallas; que la verdad, cuando se dice con firmeza, puede hacer inclinar cabezas que nunca se doblegaron ante un ejército.
Escribí estas páginas pensando en lo que significa heredar un Imperio: no se trata solo de recibir un trono, sino de demostrar que uno puede sostenerlo sin corromperse.
Jin Long observa en silencio, pero su silencio lo dice todo: ya no es un consorte quien habló en ese salón… es alguien capaz de cargar con el destino de todos.
Y así, comprendí algo que quiero compartir con ustedes: la autoridad más temible es la que nace del respeto ganado, no del miedo impuesto.
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