EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL - Capítulo 84
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- Capítulo 84 - 84 Capítulo 4 El Eco de los Cimientos
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84: Capítulo 4: El Eco de los Cimientos 84: Capítulo 4: El Eco de los Cimientos La noche había caído sin estrellas.
Era como si el cielo hubiera decidido cerrarse sobre el Imperio, negando incluso el consuelo de la luna.
Sin embargo, el Palacio Imperial brillaba como un corazón encendido en medio de la oscuridad.
Las torres de mármol blanco reflejaban la luz de miles de faroles flotantes; los estanques parecían espejos de fuego; y los corredores, bañados en la danza inquieta de las antorchas, parecían interminables pasadizos hacia un destino que nadie podía descifrar.
En el Salón del Consejo, sin embargo, reinaba la penumbra.
Solo dos figuras estaban de pie bajo las columnas de jade: el Emperador Jin Long y su consorte, Suwei.
Frente a ellos se extendía un mapa del Imperio sobre una mesa de ébano.
Decenas de marcas rojas y negras lo manchaban: señales de disturbios, rumores de sectas, movimientos de tropas invisibles.
—Los informes llegan desde el sur, desde la costa este… incluso desde las colinas del norte —dijo Jin Long, con una voz grave, helada como acero recién forjado—.
Nos rodean con susurros.
No con espadas aún… pero lo harán.
El silencio que siguió fue más pesado que un ejército.
Suwei bajó la mirada.
Entre sus manos sostenía la réplica del sello imperial.
El frío del metal parecía clavarse en su piel.
Había sentido ese peso desde el día que habló frente al Consejo, pero ahora… ahora lo sentía como un grillete invisible.
—¿Crees que fue un error?
—preguntó, con un hilo de duda en su voz—.
Haber tomado el Consejo en tu ausencia… El Emperador levantó una ceja, sus ojos dorados brillando en la penumbra.
Lo observó durante largos segundos, hasta que el aire entre ellos se volvió tenso, casi insoportable.
—Suwei… —dijo finalmente, y su voz era un filo suave pero implacable— hay errores que hieren el ego.
Y hay verdades que salvan imperios.
Suwei alzó la vista, sorprendido por la dureza y al mismo tiempo la claridad en esas palabras.
—Tú no actuaste como consorte —continuó Jin Long, acercándose lentamente—.
Actuaste como guardián del Imperio.
Como alguien que entiende que la corona no pesa en la frente… sino en el corazón.
El emperador extendió una mano y la apoyó en el pecho de Suwei, justo donde su corazón latía con fuerza.
—Pero recuerda esto: un imperio no se sostiene solo desde la torre más alta.
Se sostiene en cada raíz, en cada piedra, en cada grieta que el tiempo deja.
El eco de esas palabras aún vibraba cuando, de repente, un temblor recorrió el suelo.
Fue leve al principio, como un suspiro en las entrañas de la tierra.
Luego, más fuerte, hasta que las lámparas de aceite tintinearon y los estandartes rojos colgados en las paredes se agitaron como si el viento hubiera entrado al salón.
Suwei retrocedió un paso, su respiración entrecortada.
—¿Un sismo?
—preguntó, con la voz tensa.
Jin Long no se movió.
Sus ojos, más oscuros de lo normal, permanecían fijos en una de las paredes de mármol.
Una línea fina, apenas más ancha que un cabello, había comenzado a abrirse desde el suelo hasta lo alto de la columna central.
—No —dijo el emperador, con tono sombrío—.
Esto no es la tierra.
Es el eco de los cimientos.
La grieta continuó expandiéndose, lenta pero inexorable.
Y en su interior, en lugar de simple oscuridad, brillaba un resplandor débil… un destello carmesí.
Suwei sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
No era solo una fractura en la piedra.
Era como si el corazón mismo del Imperio estuviera quebrándose desde adentro.
La grieta se detuvo tan repentinamente como había comenzado.
El silencio volvió a cubrir la sala, pesado, expectante.
Al día siguiente, cuando los primeros rayos de sol apenas acariciaban los techos del Palacio, los sabios del Templo del Alba llegaron en procesión.
No hubo trompetas, ni anuncios, ni escoltas militares.
Solo pasos arrastrados y el murmullo de cánticos antiguos.
Eran seis.
Todos ancianos, todos vestidos con túnicas color marfil que parecían haber perdido su blancura con el paso de los siglos.
Avanzaban descalzos, con los ojos fijos en el suelo, salvo uno: un hombre ciego, con una venda oscura sobre los ojos, que encabezaba el grupo.
Cuando entró al Salón del Consejo, se inclinó profundamente ante Jin Long y Suwei.
Su voz, ronca y quebrada por la edad, resonó como un presagio: —El equilibrio se ha roto.
Sus palabras hicieron que incluso las antorchas parpadearan.
—La sangre del Loto se ha despertado —continuó—.
Y el espíritu del Dragón… empieza a rugir contra sí mismo.
El silencio que siguió fue absoluto.
Ni siquiera los soldados que custodiaban las puertas se atrevieron a respirar con normalidad.
Jin Long apretó los puños, pero no respondió.
Suwei, en cambio, sintió cómo el peso del sello imperial en su mano se volvía insoportable, como si ardiera contra su piel.
Los sabios se retiraron con la misma calma con la que habían llegado.
Ni un susurro acompañó su partida, ni un roce de sus túnicas arrastrando el suelo.
Era como si nunca hubieran estado allí, como si su presencia hubiera sido apenas un eco que la noche había traído y se llevaba de vuelta al vacío.
Pero lo que dejaban atrás no era silencio.
Lo que dejaban era un vacío más grande que cualquier respuesta: una pregunta abierta que sangraba en el corazón de todos los que habían presenciado aquella reunión.
Esa noche, el palacio entero respiraba distinto.
Los sirvientes caminaban de puntillas, los guardias tensaban sus lanzas como si esperaran que algo surgiera de las sombras.
Incluso los animales —las grullas en los estanques, los caballos en los establos— estaban inquietos, como si el eco de lo que había sucedido se hubiera metido en sus huesos.
En lo alto del palacio, en el balcón que dominaba los jardines imperiales, Jin Long y Suwei se detuvieron frente a la grieta.
La luna, tímida tras días de ausencia, había logrado rasgar la capa de nubes.
Su luz blanquecina bañaba las torres, los tejados y las murallas, pero allí, justo en el corazón del mármol agrietado, ardía aún aquel resplandor carmesí.
No era el fulgor de una piedra preciosa, ni el reflejo de una lámpara escondida.
Era un brillo vivo, pulsante, como si en las entrañas del palacio se ocultara una herida abierta que se negaba a cerrar.
No hablaron.
No podían.
Porque ambos entendían que no había palabras que abarcaran lo que estaban viendo.
El silencio entre ellos era pesado, casi insoportable.
Jin Long, con los brazos cruzados tras la espalda, sentía el peso de los siglos en sus hombros.
Suwei, en cambio, permanecía con las manos juntas sobre el regazo, los ojos abiertos como dos espejos que absorbían cada chispa roja de aquel resplandor.
Ambos comprendían lo mismo: el Imperio había sido tocado por algo más antiguo y más profundo que cualquier guerra, decreto o linaje.
Y entonces ocurrió.
De repente, algo se movió en el aire, rompiendo la quietud como una nota inesperada en una melodía apagada.
Una mariposa apareció, flotando suavemente entre ellos y la grieta.
Su cuerpo era delgado y oscuro, pero sus alas, cuando se abrieron, mostraron un brillo iridiscente, como si estuvieran hechas de un vidrio extraño que atrapaba todos los colores de la luna y los deformaba en reflejos imposibles.
Lo más perturbador, sin embargo, era el hecho mismo de su existencia.
Era pleno invierno.
El aire era gélido, las flores dormían bajo la escarcha y ni siquiera los insectos más resistentes se atrevían a salir.
Ningún recuerdo, ni en los anales de los cronistas ni en los cuentos de los ancianos, hablaba de mariposas volando bajo un cielo tan helado.
Y, sin embargo, ahí estaba.
La mariposa negra se posó con delicadeza sobre la grieta.
Sus alas temblaron apenas, y por un instante pareció escuchar, como si algo —un murmullo, un canto secreto— viniera desde lo más hondo de la tierra y solo ella pudiera oírlo.
El tiempo se detuvo.
Los dos gobernantes contuvieron la respiración, sabiendo que estaban siendo testigos de algo que escapaba a toda lógica.
Y entonces, sin previo aviso, alzó el vuelo.
No revoloteó al azar como suelen hacerlo las mariposas.
No zigzagueó buscando luz o refugio.
Se elevó con decisión, con un rumbo claro: hacia el norte.
Sus alas brillaron una última vez bajo la luna, y pronto su silueta se perdió en la inmensidad del cielo.
Suwei la siguió con la mirada, el corazón en un puño.
Podía sentir cómo algo dentro de ella se estremecía, una mezcla de miedo y fascinación que la dejaba sin aire.
No era solo un insecto.
Era un presagio, una señal viva enviada por fuerzas que apenas podía comprender.
Jin Long, en cambio, cerró los ojos.
No necesitaba verla alejarse.
Lo había entendido de inmediato: aquel vuelo era un mensaje.
No para cualquiera, sino para él.
Era un aviso, un recordatorio de que lo que estaba por venir no podía detenerse con ejércitos ni decretos.
Había cosas que superaban incluso a los dragones.
El viento sopló fuerte en ese instante, como si el propio cielo hubiera decidido remarcar la importancia de lo ocurrido.
Las estandartes rojos del palacio se agitaron violentamente, golpeando los muros como tambores de guerra.
La luna se ocultó de nuevo tras las nubes, y por un instante todo volvió a quedar en penumbras.
Pero entonces, desde lo profundo de los cimientos, resonó un eco.
Era un sonido grave, vibrante, como un tambor invisible que latía con vida propia.
No provenía de afuera, sino de adentro: del corazón mismo de la tierra.
El palacio entero lo sintió.
Las vigas crujieron, las lámparas tintinearon, los estanques temblaron con pequeñas ondas.
Era un llamado, un anuncio.
Jin Long abrió los ojos lentamente.
Suwei lo miró, buscando una respuesta, pero él solo apretó los labios.
Había jurado ser el guardián del Imperio, y sin embargo comprendía que lo que estaban enfrentando no era algo contra lo que pudiera luchar con la espada o la política.
Esto era más grande.
Esto venía de un tiempo en que ni los emperadores ni los sabios existían todavía.
Suwei apretó su mano.
Él la miró, y por un instante, entre el miedo y la incertidumbre, ambos encontraron un consuelo silencioso.
Porque si el Imperio estaba destinado a enfrentar una tormenta, al menos no estarían solos en la oscuridad.
En algún lugar del norte, más allá de montañas cubiertas de nieve, más allá de ríos congelados y aldeas olvidadas, algo había despertado.
La mariposa negra lo había anunciado con su vuelo.
Y pronto, muy pronto, ese algo extendería sus alas sobre todo Drakoria.
El eco volvió a sonar.
Una vez.
Dos veces.
Tres veces.
Cada resonancia era más fuerte que la anterior, como si el tambor invisible anunciara el inicio de un ciclo nuevo, un ciclo que ni dragones ni lotos podrían detener.
Y así, bajo el cielo helado del Imperio, comenzó a escribirse un destino distinto, sellado no en pergaminos ni en decretos, sino en el vuelo silencioso de una mariposa imposible.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack Mientras escribía este capítulo, comprendí que no siempre las grietas nacen en la piedra: muchas veces nacen en el corazón de los imperios… y de las personas.
El temblor que sintieron Jin Long y Suwei no fue solo físico, fue un recordatorio de que los cimientos —sean de mármol, de sangre o de confianza— siempre pueden resquebrajarse.
El eco de los cimientos me enseñó que las amenazas más grandes no llegan con ejércitos en la puerta, sino con silencios que pesan, con símbolos que se quiebran y con advertencias que nadie quiere escuchar.
Quise que esa mariposa negra al final no fuera solo un detalle estético, sino una señal: incluso en el invierno más helado, hay fuerzas invisibles que se mueven y anuncian cambios inevitables.
En ella está el misterio, la fragilidad y la certeza de que lo que viene no podrá ser detenido.
A veces, lo más aterrador no es el rugido del dragón… sino cuando empieza a rugir contra sí mismo.
Su regalo es mi motivación de creación.
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