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EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL - Capítulo 85

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  4. Capítulo 85 - 85 Capítulo 5 Los pilares del sur tiemblan
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85: Capítulo 5: Los pilares del sur tiemblan 85: Capítulo 5: Los pilares del sur tiemblan Los informes llegaron primero como susurros, como si el viento quisiera llevar malas noticias sin tener que pronunciarlas.

Eran palabras que se escurrían entre las rendijas del palacio, mensajes que pasaban de labios a labios temerosos antes de llegar al oído del emperador.

Tres puestos fronterizos habían caído.

Nadie sobrevivió para contar cómo.

Las torres de vigía se habían encontrado vacías, las hogueras apagadas, y en lugar de los estandartes imperiales ondeando orgullosos… habían quedado colgados jirones empapados de una tinta negra que parecía devorar el aire mismo alrededor.

En la Sala del Consejo, el silencio pesaba más que las columnas de jade que sostenían el techo.

Cada consejero ocupaba su lugar, pero nadie se atrevía a hablar primero.

La atmósfera era tan densa que parecía que incluso las antorchas vacilaban, como si las llamas temieran iluminar lo que se estaba discutiendo.

Jin Long permanecía de pie frente al mapa imperial.

Sus ojos dorados recorrían las líneas de las fronteras con una intensidad casi abrasadora.

En sus manos, el pergamino temblaba, no de miedo, sino de la furia contenida que amenazaba con desbordarse en cualquier instante.

Suwei estaba a su lado.

No hablaba, pero podía sentir cómo la tensión crecía con cada respiración del emperador.

Sus propios dedos se cerraban en un puño, clavándose las uñas en la palma, como si el dolor lo ayudara a mantenerse enfocado en lugar de perderse en el miedo.

Los consejeros intercambiaban miradas nerviosas, como aves que presentían la tormenta.

Nadie quería ser el primero en pronunciar la palabra que todos tenían en mente: guerra.

Pero lo que más inquietaba no era la pérdida de los puestos… sino el silencio.

Nadie había reclamado la autoría de los ataques.

Ninguna bandera enemiga ondeaba en los restos de las torres.

Solo la tinta negra.

Jin Long frunció el ceño y deslizó la yema de sus dedos sobre el borde de uno de los estandartes recuperados.

La tela estaba marcada con un símbolo antiguo, apenas visible bajo la mancha: un trazo semejante a la garra de una bestia.

Un rugido contenido en un simple dibujo.

El tigre blanco.

El símbolo era inconfundible.

Un trazo blanco, áspero, que se deslizaba sobre la tela manchada de tinta negra como una cicatriz viva.

El tigre.

El mismo emblema que, durante generaciones, había pertenecido a la Casa Baihuan.

Una de las cuatro casas fundadoras del Imperio, dueña de ejércitos, de tierras fértiles y de secretos demasiado antiguos para nombrarlos en voz alta.

Suwei se inclinó hacia el estandarte recuperado de la frontera.

Su respiración era contenida, como si al inhalar demasiado fuerte pudiera despertar a la bestia que allí estaba impresa.

Sus labios apenas se movieron.

—¿Crees que ellos…?

—murmuró, con un hilo de voz.

Sus palabras parecían arrastrarse sobre el mármol como serpientes.

Decirlo en voz alta era casi un sacrilegio: nombrar a los Baihuan como traidores equivalía a desafiar siglos de poder.

Jin Long no apartó la mirada del estandarte.

Sus ojos dorados ardían como brasas en un brasero, iluminando la penumbra de la sala del consejo.

No había duda en su expresión, ni vacilación en su postura.

La furia del dragón se contenía bajo la superficie, lista para estallar.

—No lo creo —respondió, con voz grave y tensa—.

Lo sé.

El silencio posterior se expandió como una onda invisible que atravesó la sala.

Nadie respiró.

Los abanicos de las damas del consejo dejaron de moverse; el único sonido era el crepitar de las antorchas.

Los más osados fingieron revisar notas, como si el roce de la tinta sobre el pergamino pudiera protegerlos del rugido que estaba a punto de estallar.

Pero nada podía protegerlos.

Suwei sintió cómo un escalofrío le recorría la espalda.

No era solo miedo: era la certeza de que algo enorme se había desatado, y que ellos apenas estaban presenciando el principio.

Era como si un dragón invisible hubiera exhalado su aliento ardiente sobre todos, llenando el salón de un calor que sofocaba.

La Casa Baihuan no era cualquier enemigo.

Su sombra estaba grabada en los cimientos mismos del Imperio.

Habían aportado generales, consejeros, riquezas, y su símbolo —el tigre blanco— había estado presente incluso en la coronación del primer emperador.

Señalarlos ahora no era un conflicto más: era desatar un monstruo dormido desde hacía siglos.

Jin Long golpeó el mapa desplegado con el puño cerrado.

El impacto fue tan brutal que los tinteros saltaron, derramando manchas oscuras que se esparcieron como heridas sobre los límites de las provincias.

Algunos consejeros reprimieron un jadeo; otros bajaron la cabeza como niños sorprendidos en falta.

—¡El sur es la muralla del imperio!

—rugió el emperador, su voz retumbando en las columnas de jade—.

Si los pilares del sur tiemblan, todo el imperio se tambalea con ellos.

La declaración cayó como un martillazo.

Los consejeros se encogieron en sus asientos.

Algunos estaban más preocupados por salvar sus propios feudos, por blindar sus riquezas, que por pensar en la unidad del imperio.

El egoísmo, el miedo y la cobardía se palpaban en cada gesto.

Suwei observaba desde el estrado, con el corazón golpeándole en el pecho.

En ese momento comprendió algo: Jin Long no solo era un emperador.

Era un volcán contenido.

Su furia no se desbordaba a gritos, sino en el peso de cada palabra.

Esa misma noche, el emperador tomó una decisión.

La Guardia Celestial fue enviada al sur.

Sus órdenes eran claras: vigilar, proteger, pero no provocar.

—No encendamos fuego donde ya hay cenizas —dijo Jin Long en voz baja, mientras daba el decreto.

Pero en la mente de todos, esa chispa ya estaba encendida.

— Los corredores del palacio se llenaron de rumores.

Las palabras corrían como agua que se desborda de una vasija rota.

Algunos decían que los Baihuan estaban aliados con fuerzas extranjeras; otros juraban haber visto sombras arrasar las torres, espectros imposibles de herir.

Entre el pueblo, la historia crecía con adornos: tigres blancos que caminaban como hombres, con ojos de fuego, devoraban soldados imperiales sin dejar cuerpos.

Suwei no encontraba descanso.

El peso del día lo perseguía incluso en la intimidad de sus aposentos.

Cada vez que cerraba los ojos, veía las torres vacías, los estandartes ennegrecidos, la sangre invisible que había quedado en los muros.

Estaba repasando documentos a la luz de una lámpara de aceite cuando un sirviente irrumpió jadeando.

En sus manos traía un sobre sellado.

El sello imperial estaba intacto, pero cuando lo abrió… encontró una página vacía.

Nada escrito.

Nada que pudiera interpretarse.

Excepto por un detalle.

En el centro de la hoja, cuidadosamente colocado, había un pétalo blanco.

Y sobre él, una gota de rojo seco, como sangre marchita.

El aire abandonó sus pulmones.

Era un mensaje.

Un veneno disfrazado de fragancia.

Una amenaza envuelta en silencio.

Suwei lo llevó de inmediato a Jin Long.

El emperador lo sostuvo entre sus dedos, observándolo como quien contempla el filo de una espada.

Su rostro permanecía imperturbable, pero en sus ojos ardía un fuego más intenso que nunca.

Finalmente, Jin Long colocó el pétalo sobre el mapa del imperio, justo en la frontera sur.

—No se conforman con devorar torres —dijo en voz baja—.

Quieren arrancar las raíces mismas del imperio.

Suwei sintió que la garganta se le cerraba.

—¿Qué haremos?

Jin Long lo miró directamente.

Fue un instante eterno.

En esa mirada Suwei comprendió que el peso de la guerra no era solo del emperador: también recaía sobre él.

No eran solo enemigo y víctima.

Eran dos pilares sosteniendo al imperio entero.

— Esa noche, Jin Long y Suwei se encontraron en la terraza del palacio.

El cielo estaba cubierto de nubes que ocultaban la luna, pero aun así, los estandartes ondeaban, teñidos de un rojo inquietante por la luz de las antorchas.

No hablaron al principio.

El silencio entre ambos era pesado, lleno de pensamientos no pronunciados.

Suwei apoyó las manos en la baranda de piedra fría, mientras Jin Long permanecía de pie, erguido como una estatua viviente.

Al cabo de un rato, Suwei rompió el silencio.

—Los pilares del sur… ya están temblando.

Sus palabras quedaron suspendidas en el aire, como una sentencia.

Jin Long no respondió de inmediato.

Sus ojos dorados miraban el horizonte, allí donde la frontera se perdía en la neblina.

Cuando habló, lo hizo como quien pronuncia un juramento grabado en piedra.

—Entonces, si tiemblan… seremos nosotros quienes decidamos si se rompen o se fortalecen.

Suwei lo miró.

Y por primera vez, a pesar de la oscuridad que los rodeaba, sintió un rayo de certeza.

Mientras Jin Long respirara, mientras su mirada ardiera como oro líquido, el imperio aún tenía un corazón que latía.

La luna apareció brevemente entre las nubes, iluminando sus rostros.

El viento agitó sus túnicas, y en ese instante, el mundo pareció detenerse.

Pero lejos, en lo profundo del sur, bajo cielos cubiertos de humo y antorchas ocultas, hombres afilaban espadas y juraban en silencio.

La conspiración ya estaba en marcha.

Y el rugido del tigre blanco resonaba, agazapado, esperando el momento de desgarrar la garganta del dragón.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack Este capítulo nació de una pregunta que me hice mientras escribía: ¿qué ocurre cuando no sabes contra quién peleas, pero aun así debes resistir?

Los pilares del sur representan más que una frontera: son la muralla invisible que sostiene al Imperio.

Y cuando esa muralla comienza a temblar, no solo se tambalea un territorio, sino también la confianza, la fe y el sentido de unidad.

La Casa Baihuan aparece aquí como un símbolo de traición antigua y de heridas que nunca cerraron.

Quise que su sombra pesara más que cualquier ejército, porque a veces el enemigo más peligroso no es el que viene de afuera… sino el que ha compartido tu mesa durante siglos.

El pétalo blanco manchado de rojo es mi forma de recordarles que incluso los mensajes más pequeños pueden contener el eco de una guerra.

Una amenaza no siempre llega con tambores: a veces llega en silencio, con la fragilidad de una flor.

Escribir este capítulo me recordó que la historia de un imperio no se rompe de un día para otro; se resquebraja primero en sus raíces, en sus alianzas, en los susurros que nadie quiere escuchar… hasta que el rugido se vuelve imposible de callar.

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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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