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EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL - Capítulo 86

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  4. Capítulo 86 - 86 Capítulo 6 Noche de juramentos rotos
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86: Capítulo 6: Noche de juramentos rotos 86: Capítulo 6: Noche de juramentos rotos La noche había caído sobre el Pabellón de la Guardia Celestial como un manto de plomo.

No había viento, no había canto de aves nocturnas; incluso las antorchas que custodiaban las murallas parecían arder con un fuego tímido, como si temieran ser testigos de lo que estaba por ocurrir.

Suwei despertó sobresaltado.

No había ruido alguno en la habitación, solo el compás firme de su propia respiración.

Sin embargo, algo dentro de él le gritaba que la calma era solo un disfraz, un silencio antes del quiebre.

Se levantó despacio, descalzo, y caminó hacia la ventana.

Desde allí vio el vasto patio del pabellón, bañado por una luz lunar fría, casi cruel.

—Algo va a romperse —murmuró para sí mismo, con una certeza que lo oprimía como un peso invisible.

Horas antes, un escándalo había estremecido los cimientos de la Guardia Celestial.

Un comandante, uno de los hombres que había jurado lealtad absoluta al trono dorado, había sido sorprendido reuniéndose en secreto con emisarios de la Casa Baihuan.

El rumor llegó como un golpe seco, atravesando los muros del palacio más rápido que cualquier mensajero oficial.

Jin Long, al enterarse, había exigido pruebas.

Nadie acusaba a un comandante de la Guardia a la ligera.

Pero los documentos confiscados eran irrefutables: mapas detallados de los pasadizos ocultos que rodeaban la cámara donde dormía la princesa Xiaolian.

Cada trazo de esas líneas robadas era como una daga apuntando al corazón mismo del Imperio.

Suwei aún recordaba la mirada de Jin Long cuando vio aquellos pergaminos.

Era una mezcla entre furia y algo más profundo, una herida que sangraba en silencio.

Porque no era solo traición.

Era un intento de asesinar no solo a la sangre imperial, sino al futuro del linaje mismo.

El emperador había convocado de inmediato al Consejo para un juicio.

Y allí, en medio de una sala cargada de silencio y miedo, el traidor confesó.

Su voz se quebraba, pero sus palabras eran nítidas: —Yo… yo no quería hacerle daño… —había dicho entre lágrimas—.

Pero la Casa Baihuan nos prometió que, si Suwei era eliminado discretamente, el linaje imperial moriría con él.

Que se restauraría la “sangre pura” del trono… Un murmullo de horror recorrió a los consejeros.

Nadie se atrevió a interrumpir.

Algunos bajaron la vista, incapaces de sostener la verdad que caía como un cuchillo sobre la sala.

Jin Long se puso de pie con la lentitud de una tormenta que se levanta en el horizonte.

Su voz, cuando habló, retumbó como un trueno contenido: —¿Y tú?

¿Tú juraste lealtad al Imperio… o a un apellido?

El eco de la voz de Jin Long retumbó en los muros de mármol.

Fue como si la pregunta hubiese quedado suspendida en el aire, inmóvil, vibrando con la misma fuerza de un trueno que se niega a apagarse.

El silencio posterior fue más afilado que cualquier espada.

Nadie se atrevió a moverse.

Nadie respiró con libertad.

Hasta las antorchas parecían arder con un crepitar contenido, temerosas de romper esa tensión.

El traidor, de rodillas en el centro de la sala, temblaba como un hombre que ya había perdido todo.

Sus labios se abrían y cerraban, pero ninguna palabra conseguía escapar.

El sudor brillaba en su frente, y cada gota caía como si marcara la cuenta regresiva de su condena.

Entonces, los pasos de Suwei resonaron contra el mármol.

Un sonido firme, cadencioso, que atravesó la sala como un latido amplificado.

Cada golpe de su pie contra el suelo parecía más fuerte que el anterior, cargado de una determinación que no admitía dudas.

Los consejeros alzaron la vista.

Era extraño: la figura del consorte no parecía grande ni imponente, y sin embargo, en ese momento, se erguía como si llevara a todo el Imperio sobre sus hombros.

Se detuvo frente al traidor.

Sus ojos, oscuros y profundos, lo atravesaron como si buscaran arrancarle el alma.

—No se trata de mí —dijo, y su voz fue calma, pero no débil.

Era como un río subterráneo: sereno en la superficie, devastador en lo profundo—.

Se trata de lo que intentan destruir.

El traidor bajó la cabeza, incapaz de sostener aquella mirada.

La vergüenza pesaba más que las cadenas invisibles que lo ataban.

Suwei dio un paso más cerca.

Su sombra se proyectó sobre el hombre caído, cubriéndolo por completo.

—Porque matar al consorte —continuó, y su tono se elevó como quien pronuncia un juramento— no es solo un acto de sangre.

Es atacar el corazón del Imperio mismo.

El murmullo del Consejo se quebró como cristal bajo un martillo.

Nadie habló, pero todos lo sintieron: esas palabras habían quedado grabadas en piedra, como un decreto imposible de borrar.

Suwei no se detuvo.

—Aquel que rompe su juramento… —sus ojos recorrieron la sala, encontrando los de cada consejero, uno por uno—… rompe también su destino.

Las palabras se clavaron en el aire.

Era más que una acusación; era un veredicto, un recordatorio de que la lealtad no era solo un pacto político, sino un hilo invisible que mantenía unido al Imperio.

Y quien lo cortaba… estaba condenado.

El Consejo quedó expectante.

Nadie se atrevió a hablar, pero todos sabían lo que vendría.

La tradición exigía que un traidor de semejante magnitud fuese ejecutado sin demora.

La espada era la sentencia natural, la forma más rápida y definitiva de borrar la traición de la historia.

Jin Long mantenía la mirada fija en Suwei.

Sus ojos dorados no revelaban emoción, pero en el brillo de sus pupilas había fuego contenido, esperando una chispa que lo desatara.

Fue entonces cuando Suwei se inclinó ligeramente hacia el traidor, como si todavía buscara un resquicio de humanidad en ese hombre roto.

Pasó un largo silencio antes de hablar, pero cuando lo hizo, cada palabra fue firme, indiscutible: —Vivirá.

Un murmullo de asombro recorrió la sala como una ola que golpea de repente contra la costa.

Algunos consejeros abrieron los ojos con incredulidad; otros apretaron los labios para contener cualquier objeción.

Ninguno esperaba clemencia.

—Será despojado de su rango —añadió Suwei, con voz clara y cortante como acero—.

Y vagará como un exiliado, con el peso de su traición marcando cada paso.

El traidor se desplomó de rodillas, su frente golpeando el suelo frío.

Lloraba en silencio, como si las lágrimas fueran el único refugio que le quedaba.

Nadie se movió para levantarlo.

Nadie se atrevió a contradecir al consorte.

El Consejo entero quedó mudo.

El sonido de las lágrimas golpeando el mármol fue lo único que rompió el silencio.

Jin Long no dijo nada.

Solo observó a Suwei, con esa mirada intensa que no revelaba juicio, sino reconocimiento.

En ese instante, todos lo comprendieron: el consorte no era un mero símbolo, ni un adorno en el trono.

Era espada.

Era justicia.

Era la otra mitad del fuego imperial.

— Más tarde, cuando la sala quedó vacía y los ecos de los murmullos se extinguieron en los pasillos, Jin Long y Suwei permanecieron a solas.

El emperador rompió el silencio, su voz baja, casi íntima, pero cargada de un peso que ni cien consejeros podían sostener: —Muchos habrían pedido su cabeza.

Tú elegiste otra sentencia.

Suwei no apartó la mirada.

—Matarlo no borraría la traición —respondió—.

Solo añadiría más sangre a la herida.

Vivir… con el peso de su deshonra, eso será peor castigo que la muerte.

El emperador lo observó largo rato.

Finalmente, asintió con lentitud.

—Tu justicia es más feroz que mi espada.

El viento nocturno atravesó las cortinas, y las antorchas titilaron como si estuvieran a punto de apagarse.

El silencio se volvió denso, pero no incómodo.

Era el silencio de quienes saben que han tomado una decisión que marcará el destino.

— Sin embargo, no todos compartieron esa visión.

En las sombras del palacio, algunos vieron en la compasión de Suwei un signo de debilidad.

Consejeros de rostros impasibles escondieron pensamientos turbios tras abanicos y sonrisas discretas.

Servidores que habían presenciado la escena corrieron a los pasillos, donde los rumores crecieron con cada palabra repetida.

“El consorte perdona.” “El consorte duda.” “El consorte es un blanco fácil.” La frase se esparció como veneno en agua clara.

Y mientras en la Casa Baihuan afilaban espadas y conspiraban en silencio, también sonreían con cinismo: la misericordia de Suwei era un arma que pensaban volver contra él.

— Esa misma noche, mientras la luna ascendía solitaria en lo alto del cielo, los juramentos que una vez habían unido a la Guardia Celestial comenzaron a tambalearse.

Algunos guardias ya no sostenían la mirada de su emperador con la misma firmeza.

Otros respondían a los saludos con un leve retraso, como si temieran ser descubiertos.

Suwei lo presentía.

Lo sentía en el aire, en la rigidez de los saludos, en las miradas esquivas, en los pasos furtivos que resonaban en los corredores como presagios.

El Imperio no solo enfrentaba a un enemigo en las fronteras; el verdadero veneno ya se había infiltrado en sus venas.

Y esa guerra silenciosa sería la más peligrosa de todas.

En el Pabellón de la Guardia Celestial, Suwei cerró los ojos un instante.

El frío del mármol bajo sus pies lo anclaba a la realidad, recordándole que la batalla no estaba allá en el sur, sino justo allí, en las sombras más cercanas al trono dorado.

Los juramentos, que alguna vez habían sido cadenas de acero, comenzaban a resquebrajarse.

Y con ellos… también el destino del Imperio.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack A veces, perdonar no es un acto de debilidad, sino de valentía.

Pero en un mundo donde las sombras se multiplican, la compasión puede convertirse en el arma más peligrosa.

Gracias por seguir leyendo hasta aquí y caminar conmigo entre estas páginas cargadas de juramentos y traiciones.

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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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