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EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL - Capítulo 87

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87: Capítulo 7 — El corazón del Dragón y la Grulla llora 87: Capítulo 7 — El corazón del Dragón y la Grulla llora La enfermedad llegó como una sombra que se extiende sin ruido entre las flores del amanecer.

Al principio fueron leves señales: la mejilla que perdía color, el descanso que se volvía inquieto, un llanto más débil que no alcanzaba a romper la cortina de seda.

Luego, en pocas horas, la fragilidad se hizo evidente: Xiaolian no despertaba al tibio llamado de la luz, sus manos eran pequeñas con el frío de la niebla, y su pecho subía y bajaba con el esfuerzo de quien duda si seguir respirando.

El Palacio de la Grulla Blanca —habitualmente lleno de risas contenidas, de pasos medidos y del susurro de las damas de cámara— se convirtió en un mausoleo.

Las puertas que daban al pórtico permanecían cerradas; los pasillos resonaban con pasos que no se atrevían a ser más que ecos.

Cada voz que cruzaba la antecámara se hacía ligera, como si el sonido pudiera quebrar algo que aún no terminaba de sostenerse.

Suwei sintió el mundo derumbarse en el centro del pecho.

No hubo llanto al principio.

Hubo una quietud húmeda: la respiración quedándose sin aire, las manos apretando la seda como si, sujetando la tela, pudiera sujetar también la vida.

Estuvo horas, días, enteros, sentado al borde de la cama de su hija.

No comió.

No se dejó consolar.

Sus dedos pequeños no abandonaron la manita de Xiaolian ni un momento; la piel de la princesa parecía una porción de luz, y ese hilo de luz pendía de un hilo tan delgado que el menor tirón lo habría roto.

Los médicos del palacio llegaron en tropel.

Viejos hombres con ojos cansados y manos que no temblaban a la hora de abrir venas, mujeres con hierbas que olían a lluvia y a tierra, monjes con cánticos que vibraban por debajo de la mejilla.

Buscaron en tomos polvorientos, abrieron frascos olvidados, mezclaron ungüentos.

Invocaron oraciones a los antiguos, ataron amuletos y recorrieron rituales que nadie esperaba.

Nada surtió efecto.

Los números en las tablas bajaban y subían como el pulso de la cámara, y la desesperación se hacía práctica en cada hoja removida.

Jin Long, que raras veces abandonaba el Trono del Dragón, no acudió al Consejo durante tres días.

El mundo oficial se mantuvo en espera: los embajadores fueron tratados con cortesías mecánicas, las audiencias pospuestas, los decretos acumulados como hojas en un río detenido.

Porque donde el emperador debía, ante todo, gobernar, estaba arrodillado junto a una cuna, temblando —no por frío ni por rabia— sino con el estremecimiento de quien comprende lo diminuto de la fortuna humana.

Suwei no lloraba.

Sus ojos eran un pozo de cansancio y de otras cosas: temor, ira fría, una determinación afilada.

Le hablaba a Xiaolian con voz queda, como se habla a un tesoro que se teme perder.

A veces, su voz se quebraba: —No.

No viniste a este mundo para irte tan pronto —susurraba—.

No te traje aquí para que seas recuerdo.

No.

No.

La noche en que la tormenta barría con furia los tejados del Palacio, cuando la lluvia golpeaba la piedra con ritmo de tambor y el cielo se rasgaba con relámpagos, llegó una figura a las puertas.

No fue un jinete real ni un enviado con emblema; era una mujer encapuchada, envuelta en mantos de lana gris.

Sus brazaletes de cobre relucían con la lluvia y sus ojos —cuando se los vieron de cerca— eran grises como ceniza, tristes como el final del año.

Los guardias dudaron; abrir puertas de noche, bajo tormenta, a alguien que no mostraba sello, era un riesgo.

Pero la figura no pretendía burlar: se detuvo en el umbral con la calma de quien cree en un designio mayor.

Al ver la puerta, dobló la cabeza.

“Soy sacerdotisa del exilio”, dijo con voz seca.

“Una de la Orden del Loto Invernal.” La Orden del Loto Invernal: un nombre que evocaba historias viejas, de monjes que cuidaban de semillas y de almas, de sanadores que trabajaban al borde del mundo conocido.

También era rumor y mito; poco se sabía con certeza y mucho se contaba en susurros.

El palacio quedó dividido entre la esperanza y la sospecha.

Jin Long salió a recibirla.

No era costumbre del emperador bajar así, sin guardias, a interrogar a un extraño; pero la solemnidad del acto fue la de un padre que deja su cetro por una cuna.

Se plantó frente a la mujer bajo la lluvia, la niebla pegada en la barba, los ojos encendidos.

—¿Qué sabes de mi hija?

—preguntó, y la palabra hija cayó con toda su gravedad.

La mujer respondió con la misma calma con la que había cruzado el umbral: —Nada.

Pero el viento me nombró su nombre.

Y en mi sueño vi a una niña con la marca de una pluma, flotando en el borde entre la vida y la muerte.

Jin Long vaciló un instante, la incredulidad luchando con el residuo de esperanza que le quedaba.

Entonces, y como si la decisión le quemara la lengua, Suwei intervino: se acercó con paso decidido, sin ceremonias.

No le preguntó a Jin Long si debía hacerlo; no pidió permiso para ofrecer su vida en pacto.

Su voz fue corta, casi desgarrada: —Salva a mi hija.

Lo que pidas… lo discutiremos después.

La sacerdotisa no sonrió.

Solo asintió con la cabeza, como si hubiera esperado esa petición.

Cruzó el umbral sin buscar reconocimiento ni saludar, y fue conducida a la cámara en la que la respiración de Xiaolian era apenas una vela en medio de un huracán.

Lo que siguió fue antiguo y barbado de fe: la sacerdotisa desplegó hebras de incienso blanco que olían a raíz y cielo, y las fue tejiendo alrededor de la cuna con gestos que parecían dibujar un mapa invisible.

Colocó, con manos que no temblaron, una piedra de jade agrietada sobre el ombligo de la niña —la grieta se veía como una cicatriz que guardaba un secreto— y comenzó a murmurar en una lengua que los sabios no reconocieron, ni en sus bibliotecas ni en sus oráculos.

Las palabras fueron como hilos cantando bajo la piel.

Los médicos dejaron de murmurar; los monjes contuvieron sus rezos; incluso el latido de la lluvia pareció acoplarse al ritmo de esa oración.

Xiaolian lloró, primero un llanto pequeño, luego más fuerte, hasta rasgar la noche.

Y con ese llanto vino una reacción que nadie pudo haber previsto: el sello imperial en su pecho, la marca del Vínculo que debía brillar en su linaje, vibró y exhaló una luz suave, casi celestial, que envolvió su cuerpo como una promesa.

Vivía.

La alegría fue tan aguda que lloraron todos los que vieron el milagro.

Jin Long se dejó caer sobre una rodilla, la frente apoyada en la cuna, y Suwei, con la niña en brazos, respiró como si alguien le hubiera devuelto el aliento.

Pero la sacerdotisa no esbozó ninguna felicidad.

Alzó la vista, sus ojos eran piedras que venían desde lejos, y pronunció, con la calma de quien cumple con la verdad y con la advertencia a la vez: —El precio no se cobra hoy.

Hubo un vacío después de sus palabras.

Nadie se atrevió a preguntar cuánto ni cómo.

Ella añadió, con una claridad que cortó como una navaja fría: —Sino cuando la estrella carmesí toque el trono.

Y entonces, sin esperar a premios ni a alabanzas, se retiró.

Se desvaneció entre la bruma como quien se retira a un deber aún no cumplido, dejando tras de sí el olor del incienso y la pregunta que ardía en la garganta de todos.

Suwei sostuvo a Xiaolian contra su pecho, el pequeño cuerpo recio por el esfuerzo de la lucha.

La mujer que había devuelto la vida se alejaba, y con su marcha dejó un presagio: la salvación había llegado, pero su factura permanecería en escrito invisible.

Las palabras de la sacerdotisa quedaron aireadas como una sentencia: la justicia de la vida era deuda, y esa deuda tendría su reclamación.

En la penumbra de la cámara, Suwei miró a Jin Long con una resolución que parecía tallada en piedra.

Los dos habían visto mundos: guerras, censos, traiciones; pero nada como la sensación de sostener una sangre recién nacida que bien podría ser la chispa de la historia.

—No importa lo que venga —dijo Suwei, la voz hecha de compromiso—.

Mientras ella respire… yo resistiré al mundo.

Jin Long le tomó la mano con fuerza.

No hubo palabras más grandes que ese gesto: dos brazos que prometen proteger a la semilla que deberá arrancar raíces en un terreno envenenado.

Miraron la luna, que en esa noche rompió por un instante la cortina de nubes.

Bajo esa luz plateada, los dos sintieron que un nuevo destino acababa de escribirse en el libro del Imperio —un destino con un precio anunciado, con una amenaza en forma de estrella carmesí y con la certeza indeleble de que, mientras esa pequeña princesa respirara, resistirían.

La tormenta amainó lejos.

Dentro del palacio, la calma volvía a ser un rumor.

Pero ambos sabían que la paz encontrada aquella noche era una tregua.

Había salvación, sí.

Pero también un reclamo dejado en espera.

Y en las sombras, más allá del humo del incienso y del murmullo de los agradecimientos, algo pudo oírse como un susurro: la advertencia de la sacerdotisa viajaba ahora por pasillos y alcobas, prendiendo velas de cautela en los corazones de quienes entendían que la deuda sería cobrada —y que, cuando la estrella carmesí rozara el trono, el Imperio entero sentiría la furia REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack A veces la vida se aferra con la fragilidad de una vela en medio de la tormenta.

Y cuando la esperanza regresa, nunca lo hace gratis: siempre deja una deuda pendiente.

Gracias por seguir acompañando este viaje, donde cada lágrima y cada milagro escriben el destino del Imperio.

Su regalo es mi motivación de creación.

Deme más motivación

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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