EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL - Capítulo 88
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- Capítulo 88 - 88 Capítulo 8 Sangre en el Lago de Jade
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88: Capítulo 8: Sangre en el Lago de Jade 88: Capítulo 8: Sangre en el Lago de Jade El amanecer había traído calma al Palacio.
Las primeras luces doradas atravesaban los corredores de mármol, pintando de fuego los pilares adornados con dragones y fénix.
El murmullo de los sirvientes comenzaba a llenar los patios, el canto de las aves despertaba sobre los cipreses antiguos, y por un instante, todo parecía fluir como siempre: perfecto, solemne, eterno.
Pero esa paz no duró más que unos instantes.
En el corazón del Jardín del Este, donde se encontraba el célebre Lago de Jade —un espejo de agua serena rodeado por puentes de madera roja, sauces llorones y esculturas de leones guardianes—, el silencio fue quebrado por un grito desgarrado.
El lago, que tantas veces había servido como refugio de contemplación para los emperadores, amaneció manchado de rojo.
Los lotos flotaban silenciosos sobre la superficie… pero uno de ellos no era flor.
El cuerpo yacía boca arriba, vestido aún con las túnicas púrpura y doradas del Consejo.
El agua lo mecía con una quietud cruel, como si el lago quisiera ocultar la violencia que lo había traído hasta allí.
Era el Ministro Kai Wen.
Uno de los cinco ancianos del Consejo Imperial.
Un hombre cuya voz había forjado decretos durante tres reinados.
Un sabio que era escuchado tanto por guerreros como por eruditos.
Su palabra había sido piedra, raíz, viento.
Y ahora, su silencio era un trueno.
La noticia corrió por los pasillos como fuego en hierba seca.
Los soldados llegaron con rapidez, cerrando el jardín, levantando estandartes de prohibición y apartando a los curiosos.
No hubo ceremonias, ni cantos rituales, ni fuego sagrado para guiar su espíritu.
Solo la brusquedad de un cuerpo arrastrado fuera del agua, cubierto por telas blancas, mientras los ojos de todos evitaban mirarse entre sí.
Porque no eran lágrimas lo que llenaba la atmósfera.
Eran preguntas.
Muchas preguntas.
Ese mismo día, la Sala del Consejo Imperial fue escenario de una tensión insoportable.
El lugar, decorado con tapices de oro y columnas negras de basalto, parecía más una tumba que un salón.
El incienso ardía espeso, quemando en los altares, y sin embargo no alcanzaba a cubrir el hedor invisible del miedo.
Los consejeros estaban sentados, rígidos, cada uno aferrado a su propia sombra.
Algunos murmuraban plegarias en voz baja; otros jugaban con sus mangas como si las telas pudieran esconder su temblor.
Cuando Jin Long entró, el murmullo se detuvo.
El emperador avanzó con paso firme, pero su rostro era un mapa de tormentas.
A su lado, Suwei, tan silencioso como una hoja en el viento, lo acompañaba.
Sus ojos observaban cada detalle: la manera en que un consejero apartaba la mirada, el leve sudor en la frente de otro, la crispación de los dedos sobre los brazos de los asientos.
La voz del emperador tronó como un gong: —¿Quién se atrevería a asesinar a un anciano del Consejo… dentro de los muros imperiales?
El eco de su furia retumbó en el recinto.
Nadie respondió.
Suwei se inclinó ligeramente hacia adelante, su voz suave pero afilada como una daga: —Y por qué dejó un loto blanco en su pecho.
Ese símbolo pertenece a la Casa Yueji… pero todos sabemos que ellos ya no caminan por este sendero.
Un murmullo recorrió la sala, helado y venenoso.
El nombre de la Casa Yueji era un fantasma en la memoria del imperio: antaño poderosa, ahora extinguida… o al menos, eso se creía.
El silencio que siguió fue más peligroso que cualquier acusación.
Era un silencio que pesaba, que apretaba las gargantas, que hacía sudar las manos Se abrió un proceso inmediato.
La Sala del Consejo fue transformada en tribunal improvisado.
Los escribas desplegaron pergaminos, los guardias cruzaron sus alabardas en la entrada, y un silencio rígido se extendió, como si cada palabra pudiera convertirse en sentencia.
El primero en ser llamado f fue el Gran Mariscal Zhao, máximo jefe de las legiones imperiales bajo el mando del dragón dorado.
Imperiales.
Entró con pasos firmes, su armadura aún manchada por el polvo de los entrenamientos matinales.
El sol arrancaba destellos del metal, pero lo que más imponía era su porte: ancho de hombros, rostro curtido, cicatrices que hablaban de guerras más antiguas que algunos consejeros.
Se inclinó ante el emperador, golpeando el suelo con el puño cerrado contra su pecho.
—Majestad.
Jin Long lo miró con dureza.
—Dinos, Zhao.
¿Qué viste?
¿Qué escuchaste?
Zhao levantó la cabeza, la voz firme, sin titubeo: —Juro por mi vida que ninguna tropa abandonó ni ingresó al palacio durante la noche.
Los turnos fueron cambiados según protocolo.
Cada soldado estaba en su puesto.
Nadie cruzó los muros.
Nadie.
Un murmullo se levantó en la sala.
Los consejeros se miraban entre sí, incrédulos.
El emperador entrecerró los ojos.
—¿Sugieres entonces que el asesino es alguien de dentro?
Zhao sostuvo su mirada.
—No sugiero nada, Majestad.
Pero si el enemigo estaba ya dentro… entonces mis hombres no son culpables de dejarlo entrar.
La tensión creció como una cuerda a punto de romperse.
Algunos de los ancianos torcieron el gesto, otros fingieron serenidad.
Jin Long golpeó el brazo de su trono con la mano.
—¡Basta!
—su voz retumbó—.
El Consejo escuchará a todos antes de emitir juicio.
Zhao se inclinó y retrocedió, su armadura tintineando como un recordatorio metálico de su presencia.
— Luego fue el turno del Gran Archivista, un hombre de barba larga y mirada astuta, que llevaba consigo el olor de los libros y el polvo de los registros antiguos.
Caminó lento, como si cada paso pesara más que el anterior.
Su voz tembló apenas comenzó a hablar: —Es cierto… discutí con Kai Wen.
Lo hice delante de varios de ustedes.
Fue sobre el decreto de tierras del norte.
Él… él quería retrasarlo, yo insistí en que debía firmarse de inmediato.
Pero no lo maté.
Sus manos sudaban.
Pasaba los dedos nerviosos por la tela de sus mangas, sin darse cuenta de que todos lo observaban.
Un consejero interrumpió con veneno en la voz: —Conveniente que el anciano muera justo después de contradecirte.
El Archivista abrió los ojos, herido.
—¡Jamás haría tal cosa!
He servido a esta corte toda mi vida.
Mis armas son las palabras, no los cuchillos.
Suwei lo miraba fijo, sin pestañear.
Y en ese silencio, el hombre tragó saliva, como si el joven príncipe pudiera atravesar su alma.
No hubo pruebas contra él.
No había rastros, ni testigos, ni armas.
Pruebas.
Eso era lo que faltaba.
Lo único que abundaban eran rumores.
— Los rumores eran cuchillos invisibles.
En los pasillos del palacio, entre los pliegues de las cortinas de seda, en las cocinas donde los sirvientes cortaban verduras con manos temblorosas, todos repetían las mismas frases.
Algunos decían que el asesinato era obra de enemigos extranjeros, infiltrados con disfraces y sellos falsos.
Otros murmuraban que se trataba de una vieja venganza de clanes olvidados.
Pero la versión que más fuerza ganó fue la más peligrosa: —Alguien dentro del Consejo está limpiando el camino para sentarse más cerca del trono… Nadie sabía quién lo había dicho primero, pero esas palabras se repetían como plegaria oscura en cada rincón.
Y en ellas, cada noble encontraba una excusa para desconfiar del vecino sentado a su lado.
El veneno ya estaba dentro del cuerpo del Imperio.
Esa noche, cuando el palacio dormía bajo la pálida luz de la luna, Suwei caminó solo hacia el Jardín del Este.
Sus pasos eran suaves, casi flotando sobre los senderos de piedra, pero su mente era un torbellino.
El Lago de Jade estaba en calma, reflejando estrellas como brasas sobre un manto oscuro.
Ninguna señal quedaba del crimen, como si el agua hubiera borrado todo recuerdo.
Cerca de la orilla flotaba un loto blanco.
Esta vez, real.
Sus pétalos brillaban con pureza bajo la luna.
Suwei lo recogió con cuidado, y al tocarlo sintió un estremecimiento que le recorrió el cuerpo.
El tallo estaba frío.
Demasiado frío.
No era miedo lo que sintió.
Era advertencia.
Un mensaje oculto.
Un recordatorio de que lo ocurrido no era casualidad, sino una prueba.
—Están probando hasta dónde podemos sangrar… —susurró, y su voz se perdió entre los sauces—.
Pero no saben que el loto florece también sobre sangre.
El agua le devolvió un reflejo distinto: no el joven de rostro sereno que solía ver, sino un hombre endurecido por un destino que aún no había elegido, pero que lo estaba reclamando.
El silencio de la madrugada se quebró por pasos apresurados.
Un mensajero, jadeante, irrumpió en los aposentos imperiales.
Su túnica estaba empapada en sudor, y en sus manos temblorosas llevaba un sobre lacrado, sin sello conocido.
Jin Long lo tomó de inmediato.
La cera estaba manchada de rojo oscuro.
El emperador la rompió, y al desplegar el papel, su corazón golpeó como un tambor en su pecho.
Dentro, una única frase.
Escrita con tinta carmesí, gruesa, como si la pluma hubiera sido sumergida en sangre: > “El heredero olvidado ha vuelto.
Y viene a reclamar… lo que es suyo.” El emperador apretó el papel hasta arrugarlo, notando cómo la tinta manchaba sus dedos.
Suwei, de pie a su lado, no apartó la vista.
Sus ojos, normalmente calmados, ardían con un fuego nuevo.
Ambos entendieron en silencio lo mismo: El crimen del lago no había sido un acto aislado.
Era apenas el inicio de una tormenta que pondría en duda los cimientos del trono y los lazos de sangre que lo sostenían.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack La sangre en el agua nunca se borra: siempre deja ondas que alcanzan orillas lejanas.
Con este capítulo empieza a revelarse que el enemigo no solo acecha en las sombras, sino que también lleva apellido.
Gracias por caminar conmigo en cada revelación; lo que viene será aún más oscuro.
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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com