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EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL - Capítulo 89

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  4. Capítulo 89 - 89 Capítulo 9 La Sombra del Heredero Olvidado
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89: Capítulo 9: La Sombra del Heredero Olvidado 89: Capítulo 9: La Sombra del Heredero Olvidado El Imperio del Dragón Dorado parecía en calma, pero esa calma era apenas un espejismo.

Los muros brillaban con la luz del sol naciente, y los jardines del Palacio Imperial despertaban con el canto de los pájaros, pero bajo esa serenidad, las corrientes del poder se agitaban peligrosas.

En los límites del mapa, donde los caminos se volvían difusos y los rumores no tenían testigos, un hombre avanzaba entre sombras alargadas por la luna: su túnica gris se movía silenciosa, y sus ojos de escarcha observaban cada detalle con precisión de cazador.

Zhenwu Long.

El primogénito exiliado.

El hijo olvidado del difunto emperador Tian Rui.

( Padre de Jin long) Ahora, no solo era un heredero olvidado; era una amenaza que los dioses no habían perdonado… ni olvidado.

Durante semanas, Zhenwu había atravesado fronteras selladas, recorriendo territorios que el Imperio consideraba seguros, cruzando cortes de aliados y antiguos enemigos sin que nadie lo viera venir.

Cada paso estaba calculado.

Cada movimiento, planificado.

Su objetivo: reconstruir un poder que creía usurpado.

En una cámara secreta, oculta entre los pliegues de la República Federada de Oshiran, Zhenwu se reunió con los líderes de la Casa del Tigre Blanco, un clan antiguo que nunca había olvidado la sombra de la dinastía imperial.

Ellos escucharon en silencio mientras el joven príncipe exiliado exponía su plan con calma mortífera.

Desde la República, emisarios del consejo traían noticias: tropas disponibles, armas discretas y caminos secretos por los que podrían avanzar sin ser detectados.

—El Imperio está podrido desde dentro —dijo Zhenwu, la voz baja pero cortante—.

No busco venganza.

Busco equilibrio.

En los márgenes, los ducados de Suryan y Veyora escuchaban.

No querían enfrentarse directamente al Imperio, pero entendían que, si la República apoyaba al hermano del emperador, su influencia también crecería.

Su apoyo era silencioso, calculado, como un viento que no se ve pero que presiona las velas.

—Si el trono se tambalea, todos debemos decidir de qué lado estaremos —susurró un emisario de Suryan—.

No conviene que nos sorprendan.

—Ni que el imperio nos vea como enemigos —añadió Veyora—.

Pero no podemos cerrar los ojos ante la historia que viene.

Mientras tanto, en el Palacio Imperial, la tensión era palpable.

El Consejero Heng, uno de los más ancianos del consejo y hombre de palabra infalible, fue encontrado muerto en su cámara.

Su rostro congelado en horror narraba historias que sus labios ya no podrían contar.

En su mano, una nota manchada de sangre seca y tinta dorada: > “El Heredero olvidado camina entre nosotros.” El Consejo Imperial se sumió en el caos.

Algunos ancianos murmuraban entre dientes, pronunciando palabras a media voz que parecían más un conjuro que un comentario.

Otros se sentaban rígidos, manos entrelazadas, temerosos de que cualquier palabra pronunciada pudiera ser usada en su contra, y de que su propio miedo fuera visto como traición.

Jin Long permaneció en silencio, los dedos descansando sobre los reposabrazos de su trono, apretando la madera de manera imperceptible.

Su mirada estaba fija en la hoja manchada de tinta carmesí que había sido hallada junto al cuerpo del Consejero Heng.

La furia y la preocupación se mezclaban en su pecho, una tormenta que apenas podía contener, mientras intentaba analizar los pensamientos de quienes lo rodeaban.

Suwei, sentado a su lado, observaba cada gesto de los miembros del consejo con calma tensa.

Sus dedos entrelazados sobre su regazo temblaban apenas, un reflejo de la tensión contenida, mientras su mente repasaba cada escenario posible: quién podría estar detrás de la nota, qué alianzas se habían formado en secreto, y qué movimiento debía hacerse primero.

—¿Qué hacemos?

—preguntó Suwei, apenas un susurro, quebrando la quietud de la sala—.

Si este heredero regresa, ¿recibimos la sangre del Imperio con la espada… o con los brazos abiertos?

Jin Long cerró los ojos un instante, dejando que el peso de la responsabilidad lo atravesara.

Su voz emergió firme, aunque cargada de la gravedad de la decisión: —No lo sé —dijo, con un hilo de voz quebrado por la incertidumbre—.

Pero algo es cierto: no podemos ignorarlo.

A su alrededor, los ancianos intercambiaban miradas de alarma y desconfianza.

Algunos ajustaban las mangas de sus túnicas con dedos temblorosos, otros se inclinaban hacia adelante, como si acercarse más al trono les diera alguna protección.

Cada respiración, cada gesto, estaba impregnado de un miedo silencioso que hacía que la sala se sintiera como una olla a punto de estallar.

En la República Federada de Oshiran, Zhenwu Long avanzaba con sigilo entre corredores dorados y sombras profundas.

La alianza con la Casa del Tigre Blanco le otorgaba un poder discreto, suficiente para desafiar al Imperio sin levantar sospechas abiertas.

Sus planes avanzaban con la paciencia de un río que, aunque lento, erosiona la roca con certeza.

—Cada paso debe estar calculado —susurró Zhenwu—.

La República me protege, pero solo si demuestro que soy necesario.

Los ducados me observan… y el Imperio aún no sabe que camino en su misma sombra.

De vuelta en el palacio, Jin Long convocó a Zhao, el Gran Comandante del Ejército Imperial, el hombre que, aunque subordinado al emperador, cargaba con un peso enorme sobre sus hombros: la seguridad del Imperio.

Zhao entró con pasos firmes, la armadura aún marcando los rastros del entrenamiento matinal.

Su presencia llenó la sala de una fuerza silenciosa, y por un momento, la tensión en el aire pareció reducirse ante la autoridad de su porte.

—Majestad —saludó, golpeando el puño contra el pecho—.

Ninguna tropa abandonó el palacio durante la noche.

Los turnos se cumplieron al pie del protocolo.

Nadie cruzó los muros.

Jin Long lo miró con intensidad, evaluando cada palabra, cada gesto, buscando cualquier indicio de duda o falsedad.

El emperador sentía la presión del trono como un yugo sobre su espalda, mientras sus ojos recorrían a cada consejero, cada rostro en la sala, intentando descifrar quién estaba con él y quién podía tener motivos ocultos.

—Entonces, si alguien entró… el enemigo estaba dentro —dijo Jin Long, más como una afirmación que como pregunta, dejando un silencio pesado tras su declaración.

—Exacto —respondió Zhao—.

Pero mis hombres no son culpables.

Si alguien rompió las reglas, no fue bajo mi mando ni bajo el control del ejército.

El silencio que siguió era tan denso que podía cortarse con un cuchillo.

Los ancianos no se atrevían a respirar demasiado fuerte; cada uno sentía que un solo error podía ser mortal.

La tensión era casi tangible, y el murmullo constante de los rumores flotaba por la sala como un veneno invisible, insinuando traición en cada esquina.

Luego, el Gran Archivista fue llamado.

Sus pasos resonaban entre columnas antiguas, y el olor a pergamino y polvo lo precedía.

La voz temblorosa, pero cargada de autoridad, resonó: —Discutí con Kai Wen sobre el decreto de tierras del norte —dijo—.

Pero no lo maté.

Mis armas son las palabras, no los cuchillos.

Algunos ancianos torcieron el gesto, sospechosos.

Otros guardaron silencio.

Ninguna prueba podía incriminarlo.

Solo rumores flotaban, invisibles pero letales.

—Alguien dentro del Consejo busca acercarse al trono —susurraban los pasillos—.

Limpiar el camino, poco a poco… Los rumores se esparcían como un veneno lento, infiltrándose en los pensamientos de cada miembro del Imperio.

Cada palabra cargada de miedo y desconfianza, cada mirada sospechosa recordaba a todos que nadie podía confiar en nadie, y que el peligro no estaba afuera, sino ya entre ellos.

Esa noche, Suwei caminó solo por el Jardín del Este.

La luna arrojaba su luz sobre el Lago de Jade, y la superficie reflejaba las estrellas, indiferente a la sangre derramada días atrás.

A la orilla, un loto blanco flotaba, intacto.

Suwei lo tomó con cuidado, el tallo frío, demasiado frío para ser solo una flor.

—Están probando hasta dónde podemos sangrar —susurró—.

Pero no saben que el loto florece sobre sangre.

Su reflejo en el agua ya no era el de un príncipe sereno.

Era un hombre que comenzaba a cargar con un destino forjado por decisiones ajenas, un destino que reclamaba justicia y astucia.

En la distancia, pasos apresurados interrumpieron la calma.

Un mensajero irrumpió en los aposentos imperiales, sudoroso, con un sobre lacrado que Jin Long abrió sin vacilar.

Dentro, una única hoja, tinta carmesí: > “El heredero olvidado ha vuelto.

Y viene a reclamar… lo que es suyo.” El emperador apretó el papel entre sus dedos, dejando que la tinta manchara su piel, un recuerdo tangible de que el peligro ya no era abstracto.

Cada línea escrita en carmesí parecía vibrar con amenaza, como si las palabras mismas tuvieran vida propia, susurrando promesas de caos y desorden.

Suwei permaneció a su lado, inmóvil, silencio absoluto, la mirada firme clavada en el rostro de Jin Long, midiendo cada respiración, cada parpadeo, como un estratega evaluando el tablero antes de mover su primera pieza.

En la sala, la luz de las antorchas se reflejaba en los muros de mármol, proyectando sombras largas y quebradas que danzaban sobre las figuras de los consejeros y los guardias.

El aire parecía más denso, cargado de una tensión que no se podía cortar con la espada, sino con la prudencia y la vigilancia constante.

Cada respiración de los presentes se sentía como un tambor lejano, marcando el ritmo de una guerra invisible que comenzaba antes incluso de que se encendieran las primeras llamas.

Jin Long respiró hondo, sintiendo el peso del Imperio en cada músculo.

La vida de miles de personas, el honor de su familia, la estabilidad de los ducados y la República: todo pendía de un hilo tan delgado que un simple error podía hacer que el equilibrio se rompiera.

Pensó en Kai Wen, su consejero asesinado, y en el cruel recordatorio de que nadie estaba a salvo, ni siquiera dentro de los muros que habían protegido a su familia durante generaciones.

—Esto no es un simple desafío —dijo finalmente, su voz baja pero firme, como un trueno contenido—.

Es un recordatorio de que alguien conoce nuestras debilidades… y está dispuesto a explotarlas.

Suwei asintió apenas, sus ojos recorriendo cada rostro en la sala.

La mirada de los consejeros revelaba miedo, y en algunos, codicia disfrazada de preocupación.

Era un espectáculo silencioso de ambiciones ocultas y lealtades inciertas.

Suwei sabía que cada palabra que dijera ahora podría inclinar la balanza, así que optó por el silencio estratégico, observando, analizando, guardando su juicio para el momento exacto.

Mientras tanto, a cientos de leguas de distancia, Zhenwu Long avanzaba en sus propios movimientos.

Cada paso que daba en los corredores dorados y sombríos de la República Federada de Oshiran estaba calculado, medido, como una danza con el tiempo y el destino.

La Casa del Tigre Blanco le otorgaba un poder discreto pero efectivo, suficiente para consolidar su posición sin que el Imperio sospechara abiertamente.

Su figura, envuelta en la túnica gris, parecía fundirse con las sombras, mientras sus ojos de escarcha observaban cada gesto de los aliados que lo rodeaban.

—Cada alianza tiene un precio —murmuró para sí mismo—.

La República me protege, pero no sin condiciones.

Debo demostrar que soy necesario.

Los ducados me observan, calculando mi valor… y el Imperio aún no sabe que camino en su misma sombra.

Zhenwu sabía que no podía precipitarse.

Un paso en falso y todo lo construido se desmoronaría, pero también sabía que la paciencia era una herramienta poderosa.

Como un río que, aunque lento, erosiona la roca con certeza, él dejaría que el tiempo trabajara a su favor, mientras su presencia, discreta pero constante, se filtraba en los pasillos del poder.

De vuelta en el palacio, Jin Long convocó a Zhao, el Gran Comandante del Ejército Imperial.

Su presencia llenó la sala de autoridad silenciosa, y su armadura, aún marcada por los entrenamientos matinales, reflejaba la luz de las antorchas, como un recordatorio del deber y la disciplina que sostenían al Imperio.

—Majestad —saludó Zhao, golpeando el puño contra el pecho—.

Ninguna tropa abandonó el palacio durante la noche.

Los turnos se cumplieron al pie del protocolo.

Nadie cruzó los muros.

Jin Long evaluó cada palabra, cada gesto.

Su mente corría como un río desbordado, intentando anticipar movimientos, prever traiciones y entender la magnitud del desafío que se cernía sobre ellos.

—Entonces, si alguien entró… el enemigo estaba dentro —dijo con firmeza, dejando un silencio que se sentía casi físico en la sala.

—Exacto —respondió Zhao—.

Pero mis hombres no son culpables.

Si alguien rompió las reglas, no fue bajo mi mando ni bajo el control del ejército.

El silencio posterior era pesado, cargado de presagio.

Cada consejero sentía el peso de la sospecha, y la mirada de Jin Long era un faro que podía iluminar la lealtad o exponer la traición.

Nadie respiraba más fuerte de lo necesario; incluso el aire parecía contenerse, temeroso de romper la delicada tensión que envolvía la sala.

Luego, el Gran Archivista fue llamado.

Sus pasos resonaban con autoridad mientras el aroma del pergamino y del polvo antiguo lo precedía.

Su voz temblaba apenas, pero cada palabra cargaba el peso de la verdad: —Discutí con Kai Wen sobre el decreto de tierras del norte —dijo—.

Pero no lo maté.

Mis armas son las palabras, no los cuchillos.

Los consejeros intercambiaron miradas, algunas llenas de duda, otras de cálculo.

Ninguna prueba podía incriminarlo, y sin embargo, el rumor comenzaba a tejer su red invisible.

Cada palabra, cada susurro en los pasillos, se convertía en veneno para la confianza dentro del Imperio.

Esa noche, Suwei caminó solo por el Jardín del Este, rodeado por la calma del Lago de Jade.

La superficie tranquila reflejaba la luna y las estrellas, como si el mundo ignorara la sangre derramada y las intrigas que se cocían en los corredores del poder.

Un loto blanco flotaba a la orilla, intacto.

Suwei lo tomó con cuidado, sintiendo el frío del tallo.

No era miedo lo que le recorrió el cuerpo, sino advertencia: un recordatorio de que la prueba apenas comenzaba.

—Están probando hasta dónde podemos sangrar —susurró—.

Pero no saben que el loto florece sobre sangre.

El reflejo en el agua devolvió no la imagen del príncipe sereno, sino la de un hombre que empezaba a cargar con un destino que no eligió, forjado por decisiones ajenas y reclamado por justicia y astucia.

Pasos apresurados rompieron la calma, y un mensajero irrumpió en los aposentos imperiales, con un sobre lacrado que Jin Long abrió sin vacilar.

La tinta carmesí en la hoja contenía un mensaje simple pero devastador: > “El heredero olvidado ha vuelto.

Y viene a reclamar… lo que es suyo.” Jin Long apretó el papel entre sus dedos, dejando que la tinta manchara su piel, un recordatorio físico de la amenaza que ahora se cernía sobre su familia y su Imperio.

Suwei permaneció a su lado, silencio absoluto, mirada firme y calculadora.

La magnitud del peligro comenzaba a sentirse como un frío que se infiltraba por los muros de palacio, extendiéndose como una sombra imposible de contener.

Mientras tanto, Zhenwu consolidaba alianzas discretas con la República Federada de Oshiran, sintiendo el respaldo silencioso pero firme de los ducados de Suryan y Veyora.

Cada acuerdo, cada promesa, cada silencio compartido era un movimiento estratégico en un juego que podía decidir la suerte del Imperio.

La sombra del heredero olvidado se extendía, y el trono empezaba a temblar bajo su peso.

El juego de poder estaba en marcha, y la primera ficha ya se había movido.

La guerra invisible de intrigas, lealtades y traiciones había comenzado, y cada decisión contaría, cada mirada y cada silencio podría inclinar la balanza en la contienda que estaba por estallar.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack En este capítulo, las sombras empiezan a tomar forma y la aparente calma del Imperio se rompe.

Quise mostrar cómo, aun en los muros más altos y resguardados, siempre hay grietas por donde la oscuridad se cuela.

La tensión entre la furia del Emperador y la prudencia del Consorte refleja esa lucha eterna entre la fuerza y la sabiduría.

También introduje algo importante: la vulnerabilidad de lo más puro e inocente, representado en la Princesa Mei Lin.

Con ella, no solo se amenaza al trono, sino al corazón mismo del Imperio.

El atentado marca un antes y un después, porque ya no se trata de rumores ni de política: la guerra ha tocado el hogar imperial.

Suwei, al final, consulta los astros y descubre una verdad inquietante: los peligros no solo vienen de fuera, sino que también pueden nacer dentro.

Ese susurro de traición abre una nueva herida en la historia, anticipando que los próximos pasos serán aún más oscuros.

Con este capítulo quiero que el lector sienta que el verdadero enemigo todavía está oculto, esperando el momento exacto para atacar.

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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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