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EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL - Capítulo 90

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  4. Capítulo 90 - 90 Capítulo 10 Llamas en la Biblioteca Imperial
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90: Capítulo 10: Llamas en la Biblioteca Imperial 90: Capítulo 10: Llamas en la Biblioteca Imperial La noche caía sobre el Palacio Imperial con un silencio casi antinatural, como si el mundo contuviera la respiración.

Cada sombra parecía más profunda, cada eco más prolongado.

En la Torre del Saber Eterno, donde los pergaminos y tratados de siglos se acumulaban como los latidos del corazón del Imperio, un estruendo rompió la quietud: un incendio que rugía como una bestia liberada de su jaula.

El fuego no era común; su llama azulada y el olor a alquimia prohibida anunciaban que no se trataba de un accidente.

Aquello era deliberado, estudiado, preciso.

Los pergaminos milenarios, testigos de las glorias y derrotas de generaciones de emperadores, ardían en llamas celestes, y la historia misma parecía gritar mientras se consumía entre chispas que danzaban en el aire con violencia hermosa y terrible.

Los guardias corrieron, armados, con la mirada llena de desesperación y temor.

Los sabios gritaban, intentando rescatar lo que podían, mientras el humo ascendía en columnas oscuras, llenando cada rincón con la promesa de pérdida irreversible.

Algunos tropezaban entre las ruinas de estanterías, otros lanzaban libros por las ventanas, intentando salvar fragmentos del conocimiento que podía decidir la suerte del Imperio en los próximos años.

Suwei llegó al lugar con pasos firmes, sus ojos recorriendo la destrucción con calma calculadora.

La bruma de humo se arremolinaba a su alrededor, pero su mente estaba clara: había algo más en ese fuego que la simple codicia de un traidor.

Entre las cenizas, vio un fragmento que permanecía intacto, protegido por un capricho del destino.

Era un trozo de mapa, marcado con tinta roja, tachando un linaje real prohibido: > “Zhenwu Long – línea directa imperial – exilio eterno por decreto de Tian Rui.” Suwei lo recogió con cuidado, sus dedos rozando el pergamino sin alterar su integridad.

Ese fragmento era un recordatorio de la amenaza que ya no podía ignorarse, un mensaje que el heredero olvidado había dejado para advertir, para señalar que su regreso estaba en marcha y que cada movimiento del Imperio sería observado, evaluado, aprovechado o neutralizado.

El palacio parecía respirar junto con él, una sinfonía de maderas crujientes y piedras calientes, mezclada con el aroma a humo y pergamino quemado.

Cada pasillo, cada arco, cada columna era testigo de un poder que empezaba a resquebrajarse desde dentro.

Suwei caminó entre los restos, los ojos recorriendo la extensión de la torre destruida, calculando la magnitud de lo que había perdido el Imperio y de lo que aún podía salvar.

Mientras tanto, Zhenwu Long avanzaba desde la República Federada de Oshiran, acompañado por emisarios discretos de los ducados de Suryan y Veyora.

Cada alianza era silenciosa pero efectiva, tejida con paciencia y la precisión de un maestro.

No buscaba conquistar de inmediato, sino sembrar la incertidumbre y preparar el terreno para un regreso que pondría en jaque al trono.

Cada palabra pronunciada, cada gesto de apoyo, era una semilla de caos controlado que germinaría en el momento justo.

De regreso en la sala del trono, Jin Long contemplaba los informes que llegaban del incendio.

Sus ojos, normalmente tranquilos, ahora reflejaban la urgencia y la preocupación de un hombre que comprende la fragilidad de su poder.

Cada detalle que recibía parecía una pieza de un rompecabezas demasiado complejo: mensajes en clave, fragmentos de mapas, informaciones de aliados y enemigos, rumores de movimientos secretos.

Todo era un juego de sombras, y cada sombra podía contener un cuchillo.

—Esto… esto no es solo un ataque a nuestros archivos —dijo Jin Long, su voz firme pero cargada de tensión—.

Es un mensaje.

El heredero olvidado está moviendo sus piezas.

Suwei asintió, guardando silencio, y observó cómo el fuego no solo consumía el papel, sino que dejaba al descubierto grietas en la estructura de la lealtad y la confianza.

Cada sabio que había perdido su trabajo, cada guardia que había fallado en proteger los archivos, era un recordatorio de que el Imperio no estaba preparado para un enemigo que conocía sus secretos y sus debilidades.

—No podemos darnos el lujo de esperar —murmuró Suwei—.

Cada movimiento debe ser anticipado.

Cada aliado, observado.

Cada enemigo, calculado.

El humo comenzó a disiparse lentamente, y entre las cenizas, la torre mostraba cicatrices profundas.

Era un recordatorio de que incluso los pilares más fuertes podían ceder bajo la presión adecuada.

Los sabios sobrevivientes recogían los fragmentos de lo que aún podían salvar, mientras los guardias aseguraban las entradas y los corredores, conscientes de que el peligro no había terminado con las llamas, sino que apenas comenzaba.

La noche continuaba, y la luna, testigo silencioso, iluminaba los jardines del palacio con una luz fría y pálida, proyectando sombras alargadas sobre los senderos de piedra y los cipreses antiguos.

Cada hoja parecía susurrar secretos, cada estanque reflejaba un cielo lleno de estrellas temblorosas, como si el mundo entero contuviera la respiración.

La calma que cubría la ciudad era solo superficial; el Imperio dormía con los ojos entrecerrados, ajeno a los movimientos que se gestaban en su interior y más allá de sus fronteras.

En la República Federada de Oshiran, Zhenwu caminaba entre corredores dorados, observando cada gesto, cada mirada.

Sus aliados, emisarios discretos de los ducados de Suryan y Veyora, se mantenían a su lado como sombras silenciosas, vigilando el terreno, calculando riesgos y oportunidades.

La sonrisa que cruzaba el rostro del heredero olvidado no era de alegría, sino de convicción; cada carta jugada, cada paso calculado, lo acercaba más a su objetivo, y sabía que su tiempo estaba por llegar.

De vuelta en el palacio, Suwei se mantuvo en silencio entre las ruinas humeantes de la Biblioteca Imperial.

Sus dedos sosteniendo el fragmento de mapa eran firmes, pero su mente estaba en constante movimiento, analizando, prediciendo, planeando.

Sabía que aquel pedazo de pergamino era más que un papel; era una pieza clave, un recordatorio de que la historia podía reescribirse si las decisiones se tomaban con inteligencia y rapidez.

El fuego que había consumido siglos de conocimiento ahora se reflejaba en los ojos de Suwei como un faro, un recordatorio de la fragilidad del poder y de la urgencia de cada acción.

Cada página perdida, cada secreto reducido a cenizas, era un eco de lo que estaba en juego: no solo territorios ni tropas, sino la esencia misma de la autoridad y la continuidad del Imperio.

—El juego ha comenzado —murmuró Suwei para sí mismo, la voz apenas audible entre el crepitar de las llamas moribundas—.

Y no habrá segundas oportunidades para quienes duden.

En la distancia, la ciudad dormía, y la luna parecía observar con una mirada fría, impasible, como si fuera la única testigo de la batalla que se avecinaba.

Cada sombra podía ser un aliado o un enemigo, cada palabra escuchada podía volverse contra los propios confidentes.

La contienda que se aproximaba no sería visible para todos, pero su impacto se sentiría en cada rincón del Imperio, desde los corredores dorados hasta los jardines silenciosos donde los estanques reflejaban la luz plateada de la noche.

El Imperio despertaría, sí, pero antes debía enfrentar la advertencia: las llamas no solo habían destruido libros y pergaminos; habían quemado la complacencia, habían iluminado grietas invisibles en la estructura del poder, y habían anunciado la llegada de un heredero que había sido olvidado por el tiempo, pero nunca por el destino.

Suwei alzó la mirada hacia la luna, respirando hondo, consciente de que los próximos días serían decisivos.

Cada decisión que tomara, cada movimiento que planease, marcaría la diferencia entre la supervivencia y el colapso.

Y mientras sostenía el fragmento de mapa, comprendió que el juego de poder no era solo una cuestión de fuerza o de ejércitos: era una cuestión de paciencia, de estrategia y, sobre todo, de saber cuándo moverse y cuándo esperar.

En algún lugar de la República, Zhenwu Long también alzaba la vista hacia la misma luna, y por un instante, padre y hermano, enemigo y heredero, compartieron el mismo cielo, separados por millas pero unidos por la promesa de la tormenta que se avecinaba.

La sombra del heredero olvidado se extendía, silenciosa y firme, y con ella, la certeza de que nada volvería a ser igual.

Así, la temporada 2 cerraba con un silencio cargado de promesas.

La Biblioteca Imperial aún humeaba, los pergaminos chamuscados dispersos sobre el suelo contaban historias que nadie volvería a leer, y la ciudad dormía bajo la fría luz de la luna, indiferente a los secretos y traiciones que se habían tejido en sus muros.

Cada calle, cada callejón, parecía respirar con cautela, como si supiera que la calma era solo temporal y que la verdadera prueba estaba por comenzar.

La sombra de Zhenwu Long se movía con sigilo, como un presagio imposible de ignorar, atravesando los corredores de la República Federada de Oshiran y los despachos de los ducados de Suryan y Veyora.

Allí, entre sus aliados discretos, planificaba, calculaba y esperaba el momento exacto para demostrar que el tiempo y el olvido no podían borrar el derecho de la sangre.

La paciencia era su arma más poderosa, y cada gesto, cada palabra dicha en susurros, era parte de un tablero que solo él veía completo.

Dentro del Palacio Imperial, Jin Long permanecía en pie junto a la ventana de sus aposentos, observando la ciudad dormida.

Sus pensamientos eran un torbellino de preocupación, estrategia y miedo contenido.

Cada decisión que debía tomar podía cambiar la historia del Imperio, y cada movimiento del heredero olvidado era un recordatorio de que nada volvería a ser seguro.

Suwei, a su lado, mantenía la serenidad que tanto contrastaba con la tormenta interior del emperador, pero sus ojos eran igual de vigilantes, como si pudieran leer los secretos de la noche misma.

El fuego que consumió la Biblioteca Imperial no solo había destruido conocimiento: había expuesto la fragilidad del poder.

Cada ceniza flotando en el aire era un recordatorio de que la historia, por más que se escribiera, podía arder en un instante.

Y mientras Suwei guardaba cuidadosamente el fragmento de mapa que sobrevivió, comprendía que ese pedazo de papel contenía más que nombres y linajes; era una llave, un mensaje, un futuro que dependía de la astucia y el coraje de quienes aún defendían el Imperio.

Los pasillos del palacio estaban vacíos, pero cada sombra parecía contener una amenaza.

Cada sonido del viento entre los cipreses podía ser interpretado como un presagio, cada luz que titilaba en los candelabros como un aviso silencioso.

La calma de la noche era una ilusión, y tanto Jin Long como Suwei lo sabían: el enemigo no necesitaba caballos ni ejércitos para sembrar el caos; bastaba con caminar entre sombras y mover fichas invisibles.

En la distancia, la ciudad parecía tranquila, pero los guardianes en las torres observaban con ojos atentos, y los consejeros más cercanos al trono se despertaban inquietos, sintiendo que algo en el aire les advertía de la llegada de una tormenta sin nombre.

La política, la estrategia, la historia y la sangre se entrelazaban en una danza peligrosa que solo aquellos con la mirada firme y la mente calculadora podrían sobrevivir.

La sombra de Zhenwu, cada vez más firme y audaz, representaba la incertidumbre del mañana.

Su regreso no era solo un desafío al trono; era un desafío a la memoria, a la legitimidad y a todo lo que el Imperio había construido durante generaciones.

Suwei comprendía que la protección del fragmento de mapa era apenas el inicio de una serie de decisiones que podrían decidir la suerte de millones de vidas.

La luna seguía en lo alto, fría y distante, como testigo de los secretos que se tejían bajo su luz.

Cada estrella reflejada en los estanques del palacio parecía pulsar con tensión contenida, como si supiera que la calma era efímera y que la guerra por la sangre y el trono estaba a punto de estallar.

Los Ducados, discretos pero observadores, sostenían su apoyo velado a Zhenwu, mientras la República Federada de Oshiran ofrecía un respaldo decisivo, silencioso, pero firme.

El Imperio, por su parte, aún respiraba entre la ignorancia y la sospecha, consciente de que el juego de poder no tenía lugar para errores.

Así, la primera temporada de esta historia cerraba con un silencio que no era paz, sino promesa: promesa de decisiones difíciles, de alianzas inciertas, de secretos que aún debían descubrirse.

La llama que ardía en la Torre del Saber Eterno no solo iluminaba los peligros que acechaban desde la sombra; también iluminaba el camino hacia un Imperio que debía transformarse, enfrentando la traición, la ambición y la fuerza del tiempo.

El silencio de la noche parecía eterno, pero dentro de esa quietud, la tensión se sentía más viva que nunca.

La tormenta estaba por comenzar, y con ella, la promesa de un Imperio que tendría que luchar por su sangre, su trono y su futuro.

La historia aguardaba a quienes estaban dispuestos a escribirla con la valentía de un león, la astucia de un zorro y la paciencia de un río que erosiona la roca lentamente, pero sin detenerse jamás.

Y así, mientras la luna continuaba su recorrido silencioso por el cielo, la sombra de Zhenwu Long se extendía como un presagio imposible de ignorar, y la primera temporada cerraba dejando al lector con la certeza de que lo que vendría no sería solo un conflicto: sería la prueba definitiva del destino del Imperio y de aquellos que se atrevan a desafiarlo.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack En este capítulo quise mostrar cómo el conocimiento y la historia del Imperio son tan poderosos como vulnerables.

La Biblioteca Imperial no es solo un edificio; es el corazón del saber que sostiene al trono.

Su destrucción simboliza que, incluso los cimientos más sólidos, pueden ser desafiados por quienes conocen nuestras debilidades.

El fuego azul no es casual: es un recordatorio de que la amenaza del heredero olvidado no es solo física, sino estratégica.

Cada movimiento que hace Zhenwu Long deja huellas invisibles, que podrían transformar la política, la lealtad y la estabilidad del Imperio.

Suwei se convierte en la mirada fría que mide los riesgos, mientras Jin Long siente la urgencia de proteger lo que aún puede salvarse.

La historia de Drakoria se enfrenta a un momento decisivo: la guerra no solo será de espadas, sino de astucia, paciencia y conocimiento.

Este capítulo cierra la primera temporada mostrando que incluso en la luz del Palacio, las sombras ya han comenzado su juego.

Su regalo es mi motivación de creación.

Deme más motivación

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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