Leer Novelas
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL - Capítulo 91

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL
  4. Capítulo 91 - 91 Capítulo 1 Los muros que escuchan
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

91: Capítulo 1: Los muros que escuchan 91: Capítulo 1: Los muros que escuchan El silencio en el Palacio de las llamas eternas no era común.

Pero esa mañana, no era silencio: era contención.

Algo—o alguien—estaba escuchando El silencio que no es vacío El Consorte Imperial, Suwei Long, avanzaba por el ala norte del palacio, donde los antiguos ecos parecían responder a cada paso.

Las paredes, cubiertas de grabados de batallas y alianzas de siglos, parecían observarlo.

No había un soplo de viento; ni los sirvientes se atrevían a romper la quietud.

Suwei se detuvo frente a un brasero antiguo, su bronce ennegrecido por el tiempo.

Símbolos grabados de la Casa Baihuan—el Tigre Blanco—resplandecían tenuemente bajo la luz de los faroles.

Algo llamó su atención: un brillo oscuro, extraño, que no pertenecía a la luz natural.

Se inclinó, observando con cuidado.

Dentro del brasero, escondida entre cenizas y polvo, descansaba una pieza de jade negro.

Al levantarla, su corazón se aceleró: grabada estaba una frase en lengua antigua, olvidada por la mayoría: > “El rugido se oculta tras la seda.

Ojos blancos ven desde el corazón.” Suwei la sostuvo con firmeza, reconociendo al instante el código.

Era un mensaje de traición, utilizado siglos atrás en tiempos de guerras internas, cuando las Casas Sagradas conspiraban unas contra otras y los secretos del trono eran moneda de vida o muerte.

—Alguien dentro del palacio pasa información —susurró para sí mismo—.

Y si alguien lo hace, entonces los muros ya no nos pertenecen.

El aire parecía vibrar.

Cada sombra parecía moverse a su alrededor, como si los pasillos escucharan y recordaran las palabras.

El brasero tembló ligeramente bajo sus dedos.

¿Era su imaginación o había una intención viva, casi consciente, detrás de ese jade?

Suwei respiró hondo, controlando la tensión que se le subía por la espalda.

Cada símbolo, cada grabado, cada eco del pasillo se transformaba en una voz invisible que le recordaba que no podía confiar en nada ni en nadie.

La traición, se dio cuenta, podía estar al alcance de su mano.

Literalmente.

El consejo dividido Esa misma tarde, Suwei convocó a tres miembros de su confianza en un salón privado del Consejo Imperial.

El jade descansaba sobre la mesa de roble tallada, reflejando la luz de las lámparas como un ojo oscuro que no parpadeaba.

El consejero Lao, hombre leal al trono desde su juventud, palideció al leer el mensaje.

Su respiración se volvió lenta, temerosa.

—Esto… esto es lenguaje de guerra —dijo con voz temblorosa—.

Esta frase se usó cuando la Casa del Tigre Blanco traicionó al trono durante la Guerra de los Tres Linajes.

El consejero Min, más pragmático, frunció el ceño: —No tenemos pruebas directas.

No podemos acusar a una Casa Sagrada sin más… Suwei los observó, sus ojos brillando con intensidad contenida.

La calma que proyectaba era apenas una máscara para la corriente de pensamiento que corría por su mente.

—No los estoy acusando —dijo, con voz firme—.

Estoy diciéndoles que alguien los está usando… o está dentro.

Y si está dentro, entonces las paredes ya no nos pertenecen.

Un silencio pesado llenó la sala.

Cada consejero comprendió, sin palabras, la gravedad de la situación.

No era solo un mensaje: era un recordatorio de que incluso los muros que parecían inmutables podían ser cómplices de la traición.

Mientras hablaban, Suwei no podía quitar los ojos del jade.

Lo sostenía con delicadeza, como si al soltarlo pudiera romperse la fina línea entre la seguridad del Imperio y la sombra que se acercaba.

Al caer la noche, Suwei se dirigió a los aposentos del emperador Jin Long.

El salón estaba tenuemente iluminado por faroles de aceite, y un perfume de sándalo y flores de loto impregnaba el aire, mezclándose con la fragancia ligera de las velas.

La luz titilante dibujaba sombras suaves en los tapices, donde se narraban batallas y leyendas de antiguos emperadores.

La pequeña Xiaolian dormía plácidamente en los brazos de su padre, acurrucada como si entendiera, en su inocencia, la importancia de cada respiración.

Aferraba un amuleto en forma de dragón, su tesoro más preciado, y sus pequeños dedos se cerraban con firmeza alrededor del símbolo, como si lo abrazara para protegerlo.

Cada respiración sincronizada entre padre e hija era un recordatorio silencioso de lo que realmente importaba: la vida, la familia y la esperanza.

Suwei se sentó lentamente a su lado, cuidando de no romper la atmósfera de calma que la niña necesitaba.

Con delicadeza, mostró el jade negro que había encontrado esa mañana en el ala norte del palacio.

La pieza parecía absorber la luz de los faroles, proyectando un brillo oscuro sobre la mesa.

Jin Long la tomó entre sus dedos, y la mirada que lanzó a Suwei estaba cargada de concentración y preocupación.

Su ceño fruncido era un reflejo del peso que sentía sobre sus hombros: proteger no solo el Imperio, sino también a la vida más frágil que existía en él.

—Si nuestros muros escuchan… entonces nuestros enemigos ya están en casa —dijo el emperador, su voz grave resonando en el pequeño salón, casi un susurro que llenaba el espacio con tensión y cuidado.

Suwei inclinó la cabeza hacia su hija dormida, dejando que un hilo de ternura se mezclara con la tensión que flotaba en el aire.

La pequeña, ajena a las intrigas que amenazaban a su familia, murmuró en sueños y ajustó el amuleto contra su pecho.

Suwei respiró hondo antes de mirar a Jin Long con ojos llenos de determinación: —¿Y qué haremos?

—preguntó, su voz vibrando levemente, mezcla de preocupación y amor.

Jin Long no respondió de inmediato.

En lugar de ello, bajó la mirada hacia Xiaolian, acariciando suavemente su cabello oscuro, liso y brillante, que reflejaba la luz de los faroles.

Sus dedos recorrían cada mechón con cuidado, un gesto lleno de amor y de promesa silenciosa.

Luego, alzó la vista hacia Suwei y, con voz más suave, añadió: —Primero… proteger esto.

Nuestra flor.

Nuestra hija.

Nada en este mundo tiene más valor.

Suwei acercó su mano a la de Jin Long, entrelazando sus dedos alrededor del jade.

Su contacto era ligero, pero lleno de apoyo y complicidad.

Cada mirada entre ellos era un pacto sin palabras, un recordatorio de que, a pesar del caos que acechaba al Imperio, estaban juntos, unidos por la familia y por la vida que querían proteger.

El emperador se inclinó levemente hacia Suwei, y sus frentes casi se tocaron, un gesto de intimidad en medio de la oscuridad que envolvía la ciudad.

Xiaolian suspiró en sueños y se acurrucó más contra su padre, como si percibiera la seguridad y la fuerza que la rodeaban.

Suwei cerró los ojos un instante, respirando el aroma del sándalo y del loto, sintiendo la paz efímera que la presencia de la hija les brindaba.

—No dejaremos que la guerra nos robe lo que más amamos —murmuró Suwei, apenas un hilo de voz que flotó entre los tapices y los ecos de los muros.

—Te lo juro —respondió Jin Long, con firmeza, acariciando el rostro de su esposo—.

Te lo juro por ella… por nuestra hija.

Y mientras la noche avanzaba, los tres permanecieron juntos, envueltos en un silencio cargado de amor, de protección y de promesas.

La pequeña Xiaolian era el centro de su mundo, la luz que guiaba sus decisiones, la razón por la que lucharían, no solo contra enemigos visibles, sino también contra las sombras que se movían entre las paredes del palacio.

Los susurros de los espías Mientras toda la capital dormía, los pasillos del ala sur permanecían vigilados por sombras que se movían con precisión casi mecánica.

Un sirviente, ligero y silencioso, se acercó a una pared aparentemente sólida, tocando tres veces un patrón secreto que solo alguien con conocimiento previo podría descifrar.

La piedra cedió, revelando un compartimento oculto.

Dentro, un hombre encapuchado esperaba recibir el jade negro, ya duplicado en fragmentos más pequeños.

Su sonrisa era apenas perceptible, un gesto mínimo que escondía una satisfacción profunda.

No se trataba solo de recibir un objeto: cada fragmento del jade era un mensaje, un código, un hilo que tejía un entramado de poder y de secretos.

Sus ojos brillaban bajo la capucha, atentos a cada sonido, cada respiración, cada pequeño movimiento del corredor.

Sabía que cualquier error, por mínimo que fuera, podría arruinar semanas de planificación.

El hombre tomó los fragmentos con delicadeza, asegurándose de no marcar la superficie del jade con sus dedos.

Los examinó uno por uno, girando la luz de los faroles para que el brillo oscuro de la piedra revelara los símbolos grabados en su superficie.

Cada trazo, cada línea, era un recordatorio de que la información valía más que cualquier espada.

Se inclinó hacia el mensaje sellado que acompañaba el jade, deshaciendo con cuidado el lazo de seda que lo cerraba.

Dentro, las palabras eran pocas, pero potentes: un aviso cifrado sobre movimientos dentro del palacio, rutas seguras para agentes y el recordatorio de que la República Federada de Oshiran observaba desde la distancia, lista para actuar en el momento preciso.

Su sonrisa se amplió ligeramente.

Sabía que cada pequeño acto de espionaje era solo un paso dentro de un juego mayor.

Cada palabra, cada susurro, cada gesto, contaba.

Era un tablero donde la paciencia y la estrategia valían más que la fuerza bruta, y él estaba exactamente donde necesitaba estar: en el corazón de la sombra, viendo todo sin ser visto.

Los muros habían escuchado.

Pero ahora, los muros también estaban en juego.

No solo como barrera física, sino como testigos silenciosos de intrigas, traiciones y lealtades cuestionables.

Cada eco que rebotaba en las paredes del Palacio de las Lomas Eternas llevaba un mensaje cifrado que solo unos pocos podían interpretar.

Cada paso, cada respiración, podía ser la diferencia entre la supervivencia y la caída.

El Palacio parecía dormir, pero su silencio estaba cargado de secretos.

Las sombras danzaban en los pasillos, y los faroles proyectaban figuras que parecían moverse con vida propia.

Suwei lo sabía: aquella amenaza no era solo física.

Era psicológica.

Era invisible, silenciosa y constante.

Cada decisión tomada dentro de esas paredes sería como caminar sobre una cuerda floja, donde un solo error podía provocar un colapso que arrastrara todo el Imperio.

Mientras tanto, en los aposentos del emperador, Xiaolian dormía entre los brazos de Jin Long, con la inocencia de los niños que aún no conocen el peso de la historia.

Suwei observaba la escena, consciente de que la fragilidad de la niña era la fuerza que los mantenía unidos.

Cada latido de su corazón recordaba a Suwei que todo lo que hacían, todas las decisiones políticas y estratégicas, tenían un propósito más allá del poder: proteger esa chispa de vida que iluminaba el futuro del Imperio.

El jade negro, el susurro antiguo y los ecos del pasado se combinaban en un recordatorio claro: el Imperio estaba siendo observado, evaluado, y cada acción tendría consecuencias que podrían cambiarlo todo.

Suwei entendía que incluso los gestos más pequeños podían tener un impacto monumental: una palabra mal dicha, un movimiento indebido, una sombra que se movía fuera de lugar.

Todo estaba conectado, y cada hilo del presente se entrelazaba con los secretos del pasado y las expectativas del futuro.

El hombre encapuchado guardó el jade y los fragmentos con cuidado en un compartimento secreto, sabiendo que pronto serían transportados a otro lugar, donde se tejerían alianzas discretas y planes que el Imperio aún no podía imaginar.

La tensión era palpable, pero en ella había un orden silencioso: la paciencia y la estrategia marcaban el ritmo, y cada movimiento estaba medido con precisión casi quirúrgica.

Y, sobre todo, una cosa permanecía inmutable: la pequeña Xiaolian.

Dormida entre sus padres, era el ancla de Suwei y Jin Long, el recordatorio constante de por qué resistirían, lucharían y sobrevivirían.

Era la chispa que mantenía vivo un Imperio amenazado, el símbolo de todo lo que valía la pena proteger.

Ninguna espada, ningún decreto, ningún secreto podía compararse con la vida de esa pequeña, y ellos lo sabían.

El Palacio de las Lomas Eternas permanecía en silencio, pero no era un silencio vacío.

Cada sombra, cada eco, cada murmullo invisible formaba parte de un juego que se extendía más allá de los muros, más allá de la capital, hasta la República y los ducados que observaban desde la distancia.

La familia imperial era solo una pieza en un tablero mucho más grande, pero la más importante, porque sobre ella descansaba la esperanza de un futuro que aún podía ser protegido.

En esa noche silenciosa, mientras la ciudad dormía bajo la fría luz de la luna, Suwei y Jin Long compartieron un momento que parecía eterno: sus manos entrelazadas sobre la espalda de su hija, sus miradas conectadas por un pacto silencioso, y la certeza de que, pase lo que pase, nunca permitirían que el Imperio cayera mientras ellos estuvieran juntos.

Así, la escena cerraba con una calma tensa, cargada de promesas y de futuro.

La amenaza seguía allí, oculta, pero el corazón del Imperio latía fuerte en el pequeño salón, iluminado por la luz de los faroles y el amor de una familia que resistía frente a la sombra que se acercaba.

Cada gesto, cada silencio, cada mirada contaba, y la historia del jade negro, los susurros y los muros que escuchaban apenas comenzaba.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack “En los muros que escuchan y en las sombras que susurran, descubrimos que la verdadera batalla no siempre se libra con espadas y ejércitos.

A veces, se libra en los secretos que guardamos, en la lealtad que elegimos y en la protección de lo que más amamos.

Porque incluso en un imperio vasto y majestuoso, el corazón de la guerra siempre late más cerca de casa.” ¿Le gusta leerlo?

Agréguelo en favoritos

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo