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EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL - Capítulo 92

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92: Capitulo 2 “Nuevas alianzas, viejos cuchillos” 92: Capitulo 2 “Nuevas alianzas, viejos cuchillos” El amanecer caía sobre el monasterio a orillas del Río Qilan, donde la niebla se mezclaba con el aroma húmedo de los bosques circundantes.

Allí, lejos del bullicio de la capital y de la mirada vigilante del Imperio, zhenwu el Exiliado contemplaba un mapa extendido sobre una mesa de madera oscura.

Sus dedos se desplazaban con precisión sobre los límites del Imperio, señalando montañas, ríos y ciudades, memorizando cada ruta, cada paso que podría acercarlo a lo que le habían arrebatado: su derecho de nacimiento.

Frente a él, representantes de tres naciones vecinas escuchaban con atención, mientras una dama de la Casa del Tigre Blanco y un joven de la Orden de las Cuchillas Sin Juramento permanecían en silencio, evaluando cada gesto y cada palabra de.

zhenwu La tensión en la sala era palpable, como si cada respiración pudiera romper la frágil alianza que se estaba tejiendo.

—Han olvidado que fui el primer heredero —dijo zhenwu con voz suave, pero cargada de autoridad—.

Pero no he olvidado el frío de estas montañas ni el sabor amargo del exilio.

El Imperio será mío… por sangre o por fuego.

Sus palabras no eran una amenaza vacía.

Cada sílaba estaba medida, cada gesto calculado para infundir respeto y recordatorio del poder que había perdido y que ahora planeaba recuperar.

Sus aliados, aunque cautelosos, comprendían la gravedad de la situación: la figura que se alzaba frente a ellos no era un príncipe cualquiera, sino el heredero que el tiempo había intentado borrar.

La dama de la Casa del Tigre Blanco inclinó la cabeza ligeramente, su mirada evaluando la sinceridad en los ojos de Zhenwu.

—Si estás dispuesto a arriesgarlo todo —dijo con voz firme—, debemos asegurarnos de que cada movimiento cuente.

La República Federada de Oshiran observa, y los ducados de Suryan y Veyora no se mantienen neutrales; su apoyo puede ser sutil, pero su influencia es decisiva.

Zhenwu asintió, consciente de la red de intereses que rodeaba su objetivo.

—Lo sé.

Cada paso debe ser calculado.

La República puede ser nuestra aliada, pero también nuestro espejo.

Sus miradas son observadoras, y su paciencia, infinita.

No debemos perder ni un solo hilo de ventaja.

Mientras tanto, en la capital, Suwei y Jin Long percibían los primeros movimientos de la amenaza.

La paloma negra que había llegado días antes aún descansaba en la torre del Consejo, como un recordatorio silencioso de que el heredero caminaba entre ellos.

Suwei se mantenía vigilante, sin mostrar debilidad, pero con la preocupación palpable en la tensión de sus hombros y en la firmeza con la que sostenía el jade negro.

Cada mensaje cifrado que llegaba era una pieza más del rompecabezas que debían resolver antes de que el enemigo hiciera su jugada.

Durante un banquete diplomático en los salones imperiales, Jin Long y Suwei recibieron emisarios de una pequeña nación aliada del sur.

Las mesas estaban repletas de platos decorativos, aromas exquisitos llenaban la sala, y los músicos tocaban melodías suaves.

Todo parecía festivo, hasta que un sirviente tropezó y dejó caer una copa.

De ella emergió una pequeña daga ceremonial, envenenada, que casi rozó los pies del emperador.

El silencio se apoderó del salón.

—¿Un accidente?

—dijo Suwei, con una sonrisa helada que no alcanzaba a sus ojos—.

Qué curioso que caiga justo frente a su Majestad.

Antes de que alguien pudiera reaccionar, el sirviente se suicidó, un acto que hablaba más fuerte que cualquier palabra.

El mensaje era claro: el enemigo ya no solo estaba dentro del palacio, sino que se movía entre máscaras, disfrazado de servicio, de cortesía, de rutina diaria.

Cada gesto debía ser interpretado, cada sombra evaluada.

Esa noche, mientras la luna se derramaba sobre los jardines del Palacio de las Llamas Eternas, Jin Long y Suwei caminaban entre los senderos iluminados por faroles de aceite que proyectaban sombras danzantes sobre los estanques de agua cristalina.

El murmullo del agua en los canales parecía acompasar los latidos de sus corazones, un ritmo silencioso que hablaba de miedo, responsabilidad y amor.

La brisa traía consigo el aroma de los cerezos y el sutil perfume de incienso que aún se escapaba de los templos cercanos.

Suwei se detuvo junto a un pequeño puente de piedra y apoyó la cabeza sobre el hombro de Jin Long.

La cercanía era más que física; era un refugio, un recordatorio de que, a pesar de los intrincados juegos de poder y las traiciones que se tejían dentro del palacio, aún podían encontrar momentos de humanidad.

—Prométeme —susurró Suwei, con la voz apenas audible entre el viento— que no dejarás que la guerra nos convierta en lo que más odiamos.

Que no nos volvamos sombras de quienes somos, incluso si el Imperio nos exige sacrificios imposibles.

Jin Long la sostuvo más cerca, su mano recorriendo con delicadeza el cabello de Suwei, como si el simple gesto pudiera absorber la tensión que ambos sentían.

Sus ojos, reflejo de la luz de la luna, se posaron en los suyos con una determinación silenciosa.

—Te lo juro por ella… —dijo, y su voz llevaba el peso de siglos de responsabilidad—… por nuestra hija.

Por Xiaolian.

Por todo lo que somos y todo lo que aún seremos.

Un suspiro escapó de Suwei, mezclándose con el sonido de los estanques.

Sus manos se entrelazaron con las de Jin Long, y por un instante, el mundo pareció detenerse.

La pequeña Xiaolian dormía en sus aposentos, ajena al peligro, y su existencia era el faro que guiaba cada pensamiento y cada decisión de sus padres.

La calma de la noche no era más que un velo; debajo, la certeza de la amenaza permanecía, pero en ese instante, el amor y la esperanza tenían más peso que cualquier sombra.

—Ella… nuestra flor —murmuró Suwei—… no merece vivir en un mundo donde todo se decide con sangre y secretos.

Jin Long inclinó la cabeza hacia ella, susurrando contra su oído: —Entonces lucharemos, y no dejaremos que nadie apague esta luz.

Por ella, por nosotros… por el Imperio.

Se quedaron un largo rato bajo la luna, escuchando el canto lejano de los búhos, el crujido de la madera del puente y el viento jugando entre las hojas.

Cada sonido, cada sombra, cada reflejo del agua era un recordatorio de que la batalla no había comenzado, pero la guerra ya se respiraba.

— Mientras tanto, lejos de la capital, en un monasterio escondido a orillas del Río Qilan, Jinhai el Exiliado trazaba planes que podrían sacudir los cimientos del Imperio.

Sus ojos recorrían el mapa extendido ante él, deteniéndose en cada ciudad, cada montaña, cada ruta que le recordaba el camino que debía seguir.

Sus manos, firmes y seguras, señalaban las fronteras, como si pudiera sentir en la madera y el papel la tensión de la tierra misma.

Frente a él, la dama de la Casa del Tigre Blanco lo observaba con una mezcla de respeto y cautela, consciente de que las palabras de Jinhai eran estrategias, pero también advertencias.

Los representantes de los ducados de Suryan y Veyora escuchaban en silencio, evaluando la capacidad del heredero exiliado para recuperar lo que la historia le había negado.

Incluso la República Federada de Oshiran, distante pero presente a través de mensajes y emisarios, ejercía su influencia sutil, asegurándose de que cada paso de Jinhai estuviera calculado.

—Han olvidado que fui el primer heredero —dijo Jinhai, con la voz baja pero firme—.

Pero no he olvidado el frío de estas montañas ni el sabor amargo del exilio.

No estoy aquí solo por ambición; estoy aquí porque el Imperio me pertenece por derecho.

Y si nadie me lo devuelve… lo tomaré por mi propia mano.

Cada palabra era medida, cada gesto calculado para dejar claro que no era un hombre quebrado por el tiempo ni por el ostracismo.

Sus aliados lo miraban, evaluando cada expresión, cada pausa, como si detrás de cada frase se escondiera un peligro, un cálculo o una estrategia que aún no podían comprender del todo.

—Si estás dispuesto a arriesgarlo todo —respondió la dama del Tigre Blanco—, debemos asegurarnos de que cada movimiento cuente.

La República puede observarnos, y los ducados no son neutrales: su apoyo, aunque silencioso, es decisivo.

Jinhai asintió, consciente de que incluso la más pequeña decisión podía cambiar el equilibrio de poder del Imperio.

Cada pieza en su tablero estaba calculada: hombres, armas, información, alianzas; todo debía encajar a la perfección, porque cualquier error podía ser fatal.

Mientras la luna bañaba los tejados y los ríos de la capital, la tensión crecía tanto dentro como fuera del palacio.

Cada sombra, cada susurro y cada gesto oculto contaban.

El Imperio no había comenzado a luchar oficialmente, pero ya estaba envuelto en un juego de paciencia, estrategia y vigilancia silenciosa.

Cada aliado tenía un precio, cada enemigo una ventaja, y cada acción podía tener consecuencias que se extenderían más allá del presente.

En medio de la intriga, la amenaza y la traición latente, la certeza permanecía: la familia imperial y la pequeña Xiaolian eran el corazón que debía protegerse, la chispa que encendería la resistencia y la razón por la cual Jin Long y Suwei no cederían ante la oscuridad que se aproximaba.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack “En los pasillos donde las sombras susurran y los aliados llevan máscaras, la verdadera fortaleza no reside en la espada ni en el poder, sino en aquello que nos impulsa a proteger lo que más amamos.

Porque incluso en medio de la traición y la guerra, la chispa de lo querido es la luz que guía cada movimiento, cada estrategia, cada sacrificio.” He añadido etiqueta en este libro, añada “Gusta” en el cual para el soporte.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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