EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL - Capítulo 93
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- Capítulo 93 - 93 Capítulo 3 “La primera grieta en la muralla”
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93: Capítulo 3: “La primera grieta en la muralla”, 93: Capítulo 3: “La primera grieta en la muralla”, La brisa que soplaba sobre las murallas del sur no era fresca como otras veces.
Olía a humo, a hierro, y a miedo contenido.
El horizonte, teñido por los primeros rayos de un sol tímido, mostraba colinas donde ondeaban estandartes que no pertenecían al Imperio.
Nadie había declarado guerra oficialmente, pero la paciencia del Imperio ya había sido atravesada.
La brisa que soplaba sobre las murallas del sur no era fresca como otras veces.
Olía a humo, a hierro, y a miedo contenido.
Las primeras luces del amanecer teñían las colinas de tonos rojizos y dorados, pero el resplandor no mitigaba la sensación de amenaza que se cernía sobre los pasos fronterizos.
Allí, sobre los riscos y las lomas, ondeaban estandartes que no pertenecían al Imperio.
Nadie había declarado guerra oficialmente, pero los invasores ya habían cruzado la línea de la paciencia.
El comandante de frontera, Liang Feng, regresó esa tarde.
Su armadura estaba chamuscada, con hendiduras que contaban historias de flechas desviadas y golpes de espada.
La tela de su uniforme, rasgada y ennegrecida, olía a humo y hierro.
Sus ojos, normalmente firmes y serenos, reflejaban cansancio y cenizas, pero también determinación.
Cada cicatriz en su rostro parecía grabar advertencias para quienes aún dudaban de la fuerza del enemigo: estos hombres no eran bandidos.
Eran soldados bien entrenados, disciplinados, y pagados para destruir.
—No son bandidos —dijo Liang Feng ante el Consejo Menor del Sur, su voz grave y resonante, pero temblando apenas en la emoción contenida—.
Son hombres bien entrenados… y pagados.
El consejo se quedó en silencio, absorbido por la gravedad de sus palabras.
La noticia llegó a la capital antes del anochecer.
Suwei, sin esperar ceremonias ni saludos, interrumpió un consejo sobre poesía imperial y cortejos protocolares.
Entró al salón con polvo en las botas, documentos en las manos, y un aire de urgencia que no admitía discusión.
Los nobles lo miraron con desdén; no era costumbre que el Consorte irrumpiera de esa manera.
Pero Suwei no pidió permiso, no se detuvo a justificar nada.
Solo habló, firme y directo: —Las murallas están cediendo, aunque aún no se han roto.
Y si esperamos otra semana… no quedará nada que defender.
El silencio que siguió pesaba más que cualquier espada.
Jin Long guardó la calma, pero su mirada era un cálculo profundo: cada palabra, cada gesto del consejo, era evaluado como un movimiento en un tablero invisible.
Finalmente, asintió: —Autoricen el movimiento de tropas hacia el Paso de Haiyun.
Que los estandartes imperiales vuelvan a ondear en las colinas del sur.
La decisión se aprobó, pero no todos estaban de acuerdo.
Suwei ya sabía que la amenaza no era solo externa; había grietas internas que podían ser igual de letales.
Esa misma noche descubrió que uno de los generales cercanos a la Casa del Tigre Blanco había retrasado voluntariamente el envío de suministros cruciales.
Cuando lo enfrentó, el general respondió con calma, casi arrogancia: —No recibí órdenes tuyas, Consorte.
Mi lealtad está con el emperador.
Suwei lo miró con ojos fríos como acero, y la tensión en la sala se volvió casi tangible: —Entonces recuerda esto: yo no soy tu enemigo.
Pero si lo deseas… puedo convertirme en uno.
El general palideció y no dijo nada más.
Suwei se retiró, dejando que el silencio y la incertidumbre flotaran como un filo invisible entre los presentes.
La traición podía estar en cualquier esquina, en cualquier gesto, en cualquier palabra.
Suwei lo sabía: no había margen de error.
Más tarde, en la madrugada, Suwei subió a lo alto de la torre oeste del palacio.
El horizonte, cubierto de neblina, parecía un manto que ocultaba enemigos y secretos.
Observó cómo la luz del amanecer pintaba de escarlata las colinas distantes.
A sus espaldas, pasos firmes y conocidos.
Jin Long se acercó, sus botas apenas haciendo ruido sobre el piso de piedra.
—¿Dudas?
—preguntó el emperador, con la mirada fija en el este, donde los estandartes enemigos se agitaban entre la bruma.
Suwei negó con la cabeza.
—No… pero siento que esta grieta no está solo en la muralla.
Está dentro de nosotros.
El emperador tomó su mano, entrelazando sus dedos con fuerza, como si quisiera transmitirle parte de su propia determinación.
La brisa, cargada del aroma de pino y tierra húmeda, parecía llevar sus pensamientos hacia la guerra que se avecinaba.
Juntos miraron el cielo teñirse de escarlata, un recordatorio de la violencia que se aproximaba.
—Primero protegeremos lo que es nuestro —dijo Jin Long, con voz grave—.
Luego… haremos que el mundo sepa que no nos doblegarán.
Mientras el sol despuntaba, la capital se agitaba silenciosa.
Las sombras se movían con intención en los pasillos del palacio.
Suwei revisaba informes de los generales leales: algunos eran claros y confiables, otros ambiguos y sospechosos.
Cada movimiento debía calcularse con precisión quirúrgica, porque la verdadera batalla no se libraría solo con espadas ni decretos.
Era un juego de información, de paciencia y estrategia.
Cada paso en falso sería letal.
A cientos de kilómetros, Zhenwu consolidaba sus alianzas.
La dama del Tigre Blanco le ofrecía sus consejos discretos; los ducados de Suryan y Veyora aportaban recursos, hombres y secretos; la República Federada de Oshiran, distante, ejercía presión sutil, asegurándose de que cada movimiento estuviera medido al milímetro.
Cada decisión tomada desde su escondite podía alterar el equilibrio del Imperio.
Cada alianza, cada traición, cada gesto tenía consecuencias invisibles pero mortales.
De vuelta en el palacio, Suwei permanecía en los corredores del ala este, observando cómo la luz del amanecer se filtraba a través de los ventanales altos.
Cada rayo parecía tocar los antiguos tapices y estatuas, resaltando los rostros de los emperadores del pasado, recordándole que la historia estaba llena de traiciones y giros inesperados.
Meditaba sobre la fragilidad de la lealtad y la complejidad de la estrategia.
Cada aliado tenía su precio, cada enemigo su ventaja, y cada acción era una piedra lanzada en un estanque cuyo eco tardaría días, semanas o incluso meses en revelar su efecto completo.
Suwei caminó lentamente por los pasillos, acariciando los marcos de las puertas decoradas con símbolos de lealtad y honor.
Cada paso era calculado; cada crujido del piso de madera era un recordatorio de que alguien podía estar escuchando.
Había aprendido, con el tiempo, que la verdadera guerra no siempre se libraba con espadas y lanzas, sino con silencios, miradas y mensajes ocultos en objetos aparentemente inofensivos.
Se detuvo frente a la sala donde se guardaban los archivos históricos del Imperio.
Allí descansaban documentos que detallaban alianzas, traiciones y guerras pasadas.
Suwei sabía que estudiar el pasado era la única manera de anticipar el futuro.
Cada papel era un testimonio de lo que ocurría cuando la confianza se rompía.
Mientras sus dedos rozaban el pergamino más antiguo, un escalofrío recorrió su espalda: la traición podía surgir de quienes parecían más cercanos, y la seguridad que uno creía tener era solo una ilusión pasajera.
En los jardines internos, la pequeña Xiaolian dormía plácidamente en su habitación, ajena a los conflictos que se cernían sobre su mundo.
Para Suwei y Jin Long, ella era el centro de todo.
Cada decisión, cada estrategia, cada sacrificio tenía un único objetivo: protegerla.
La emperatriz de un imperio entero y su Consorte, a pesar del poder y las responsabilidades, sentían que la verdadera fortaleza estaba en la familia.
Cada mirada hacia la cuna era un recordatorio de lo que valía la pena: el corazón del Imperio latiendo con fuerza, frágil y vulnerable, pero lleno de vida.
Mientras la capital despertaba lentamente, los pasillos del palacio continuaban llenos de sombras.
Servidores, guardias y mensajeros se movían silenciosos, llevando noticias, órdenes y secretos.
Suwei observaba cómo cada gesto, cada palabra y cada mirada podía ser interpretada de múltiples formas.
La guerra, pensó, no se trataba solo de atacar al enemigo; también era un juego de paciencia, de información y de manipulación estratégica.
Cada paso en falso podía ser letal, y cada error se pagaría caro.
A lo lejos, en la torre de vigilancia, centinelas examinaban la bruma del sur.
Sus ojos buscaban formas entre la niebla, atentos a cualquier movimiento que pudiera anunciar una invasión.
Cada noche sin luna se convertía en un desafío; cada sombra parecía cobrar vida propia, como si los muros del palacio mismos susurraran advertencias antiguas.
Suwei entendía que el enemigo no solo estaba más allá de las murallas: también podía estar dentro, en los pasillos, en las habitaciones de confianza, esperando un momento para actuar.
El Consorte volvió a los aposentos de Jin Long.
Su mirada se posó en el rostro del emperador, que meditaba junto a la ventana, observando las colinas lejanas.
La tensión entre ellos no era de desconfianza, sino de la conciencia compartida de que cualquier error podría costar vidas.
Suwei se acercó, y ambos compartieron un silencio pesado pero reconfortante: no necesitaban palabras; la conexión entre ellos era suficiente para recordarles que, mientras estuvieran juntos, podían enfrentar cualquier tormenta.
El jade negro, fragmentado en piezas más pequeñas, reposaba sobre una mesa cercana.
Era un recordatorio tangible de que los secretos del pasado seguían vivos, y que aquellos que conocían su significado podían inclinar la balanza de poder con un simple gesto.
Suwei lo contempló durante varios minutos, sintiendo el peso de la responsabilidad.
Cada fragmento era un mensaje cifrado, una advertencia de que el Imperio no estaba tan seguro como aparentaba.
Mientras la luz del día se expandía por el palacio, Suwei recorría mentalmente todos los movimientos posibles, anticipando traiciones y estrategias.
Sabía que algunos aliados eran confiables, otros manipuladores, y otros simplemente esperaban el momento adecuado para actuar.
Cada gesto, cada decisión y cada silencio se convertían en una pieza de un tablero complejo donde solo los más astutos sobrevivirían.
El Consorte también pensó en la pequeña Xioalian.
Su vulnerabilidad contrastaba con la fortaleza que debían mostrar como líderes.
Ella era la chispa que mantenía encendida la resistencia del Imperio, la razón por la cual debían ser pacientes, astutos y despiadados cuando la situación lo requería.
La protegerían con vida y con astucia, y cualquier amenaza que se acercara, fuera interna o externa, pagaría el precio de su ambición.
La primera grieta en la muralla no solo era física.
Era un presagio de la fragilidad de la confianza, de cómo la lealtad podía romperse con un solo acto de traición, y de cómo la guerra se libraba tanto en los campos como en los corredores y salones del poder.
Cada muro, cada piedra y cada puerta guardaban secretos que podían cambiar el destino de toda una nación.
El Imperio respiraba, pero con cada inhalación sentía el peso de la amenaza.
La bruma del sur no solo cubría enemigos; también ocultaba verdades incómodas sobre quienes se creían leales.
Suwei sabía que cada acción debía ser medida, cada palabra calculada, y que incluso los gestos más insignificantes podían ser la chispa que encendiera un conflicto mayor.
Mientras la capital dormía bajo la luz matinal, Suwei se permitió un instante de reflexión.
La intriga, la traición y el peligro eran constantes, pero la familia imperial y la pequeña Xioalian eran el corazón que debía ser protegido.
Esa certeza era su guía, su fuerza y su motivo.
En medio del caos, la chispa que encendería la resistencia ante la tormenta estaba viva, palpitante, y lista para iluminar incluso los días más oscuros.
Los muros del palacio, silenciosos testigos de siglos de historia, guardaban ahora no solo secretos antiguos, sino también la tensión de un presente cargado de amenazas.
Cada sombra parecía moverse con intención, cada eco llevaba mensajes que solo unos pocos podían descifrar.
Suwei comprendió que la guerra no se limitaba al horizonte: estaba en cada mirada, cada susurro, y cada decisión que tomaban quienes sostenían el poder del Imperio.
Y así, mientras la ciudad despertaba lentamente, Suwei cerró los ojos un instante, respirando profundo.
Cada movimiento, cada plan y cada estrategia tendría su consecuencia.
Pero mientras él y Jin Long permanecieran juntos, con Xioalian protegida en el centro de todo, había esperanza.
Una chispa que, aunque pequeña, podía convertirse en fuego suficiente para iluminar la oscuridad que se cernía sobre el Imperio.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack “Las grietas más peligrosas no siempre están en los muros; a veces se esconden en la lealtad de quienes creemos cercanos.” ¿Le gusta leerlo?
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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com