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EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL - Capítulo 94

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  4. Capítulo 94 - 94 capítulo 4 “Los susurros del acero traidor”
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94: capítulo 4: “Los susurros del acero traidor” 94: capítulo 4: “Los susurros del acero traidor” El campamento de vigilancia en la frontera sur parecía una extensión del horizonte mismo, donde la tierra erosionada y las colinas bajas se confundían con la niebla que lo envolvía todo.

Cada toldo, cada tienda y cada fogón apagado era un punto en un tablero de estrategia invisible, y los centinelas se movían como sombras, con pasos medidos, atentos a cualquier sonido que no perteneciera al viento.

La noche era especialmente oscura; la luna se había ocultado tras nubes pesadas y las estrellas parecían temerosas de mirar hacia abajo.

Uno de los centinelas, el más joven y novato del grupo, fue encontrado muerto junto al parapeto este del campamento.

Su espada seguía envainada, su cuerpo rígido como si el miedo hubiera sido lo último que sintió.

Sobre su pecho, clavada con precisión, había una carta con tinta negra que parecía absorber la poca luz que quedaba: “El Imperio ha olvidado sus pecados.

La sangre será el precio del silencio.” El campamento quedó congelado.

Nadie se atrevió a pronunciar palabra durante varios minutos, hasta que el comandante del puesto, el veterano Lin Qian, dio un paso al frente.

Sus manos, acostumbradas a la espada, temblaban apenas al tomar la carta.

Miró a los hombres con una gravedad que helaba la sangre: —Esto no es un simple acto de violencia.

Es un mensaje.

Y quienes lo enviaron saben exactamente lo que hacen.

La noticia llegó a la capital antes del amanecer.

El mensajero, agotado y con la ropa cubierta de barro, no tuvo que hablar mucho; Suwei entendió con solo ver el gesto de urgencia en su rostro.

El Consorte se dirigió de inmediato al salón del Consejo Imperial, donde el emperador Jin Long aguardaba junto a los miembros del Alto Consejo.

Sobre la mesa imperial se colocaron tres elementos que hablaban más que cualquier palabra: la carta ensangrentada, un fragmento de armadura con el emblema difuminado de la Casa del Tigre Blanco, y un mapa con rutas claramente marcadas hacia la capital.

Suwei tomó la palabra primero.

Su voz era firme, pero contenía la calma de quien entiende el peso de cada decisión: —No es un simple asesinato.

Es una declaración.

Alguien dentro de nuestro Imperio está alimentando la guerra desde dentro.

Los murmullos comenzaron a elevarse como un enjambre inquieto.

Algunos miraban a otros con sospecha; otros, más ancianos, cerraban los ojos recordando épocas de traición y conspiración.

Uno de los miembros del Consejo, un anciano sabio y respetado llamado Ma Chen, habló con voz grave: —¿Acusas sin nombres, Consorte?

—preguntó, intentando contener la ansiedad que crecía en la sala.

Suwei giró sus ojos afilados hacia él, su mirada era como un cuchillo que cortaba la complacencia: —No.

Aún no tengo nombres.

Pero tengo ecos.

Y los ecos… siempre llevan a una voz.

El silencio se volvió absoluto.

Incluso los guardias que custodiaban el salón sentían el peso de la declaración.

Suwei sabía que la guerra no comenzaba con un estallido, sino con el roce silencioso de la traición.

Esa misma tarde, mientras la capital mantenía su fachada de calma, una reunión secreta fue convocada en la torre norte.

Cinco nobles fueron arrestados, seleccionados cuidadosamente entre aquellos cuya lealtad había sido puesta en duda.

Entre ellos estaba un descendiente menor de la Casa Baihuan, cuyo prestigio familiar y conexiones podrían haber inclinado la balanza de cualquier conflicto.

Uno de los prisioneros, indignado y con voz que resonaba en la sala, gritó: —¡Nosotros somos los verdaderos protectores del Imperio!

¡No este teatro de amor y títulos!

Desde su lugar, Jin Long observó la escena con ojos que mezclaban tristeza y resolución.

La frase que pronunció fue tan firme como un decreto: —Y sin embargo, el Imperio sigue de pie… gracias a ese amor que desprecias.

Suwei, acercándose en silencio al emperador, susurró con la voz cargada de gravedad: —El acero traidor ya no susurra.

Está gritando.

Jin Long asintió, comprendiendo que cada decisión debía ser medida con precisión quirúrgica.

La traición había elegido su bando, y la respuesta del Imperio debía ser inmediata, pero también estratégica.

Esa noche, mientras la capital dormía bajo una aparente calma, nuevas órdenes partieron desde la torre este.

Se sellaron caminos estratégicos, se reorganizaron los vigías y se reforzaron puestos de control en cada calle que podía ser vulnerable a ataques o espionaje.

El símbolo imperial fue grabado a fuego en los portones de las casas leales, un recordatorio tangible de quién gobernaba y quién debía obedecer.

En los corredores del palacio, Suwei recorría cada pasillo como si pudiera leer los pensamientos de quienes lo cruzaban.

La traición no solo era externa; podía estar en un gesto, en un susurro, en un movimiento sutil que pasaba desapercibido para ojos desprevenidos.

Cada servidor, cada guardia, incluso cada noble podría ser un peón involuntario o un traidor consciente.

Suwei entendió que la verdadera guerra no era solo contra un ejército en el horizonte, sino contra la incertidumbre dentro de los muros del propio palacio.

En la frontera sur, Ling y sus hombres reforzaban los campamentos y entrenaban con disciplina implacable.

Cada soldado sabía que no podía confiar completamente ni siquiera en sus propios ojos; la niebla podía ocultar enemigos y aliados por igual.

Los entrenamientos incluían simulaciones de ataque, patrullas dobles y mensajes cifrados, para asegurarse de que ningún movimiento pasara inadvertido.

Cada decisión tomada allí podía cambiar la historia del Imperio.

Mientras tanto, en un monasterio distante, Zhenwu seguía moviendo sus piezas.

La dama del Tigre Blanco ofrecía estrategias discretas, los ducados de Suryan y Veyora enviaban recursos, y la República Federada de Oshiran recordaba, con su presencia diplomática, que cada acción debía tener consecuencias calculadas.

La guerra no era solo un choque de espadas: era un juego de información, lealtad y previsión.

De vuelta en la capital, Suwei meditaba sobre cada detalle.

Cada aliado tenía un precio, cada enemigo una ventaja, y cada acción, una consecuencia que resonaría más allá del presente.

Sabía que la familia imperial y la pequeña Xioalian eran la chispa que mantenía vivo el Imperio, y que su protección era la prioridad absoluta.

Cada estrategia, cada vigilancia, cada movimiento debía asegurar que esa chispa no se apagara, aunque los muros del palacio fueran sacudidos por la traición y la violencia.

El acero traidor ya no estaba escondido; ya no se limitaba a los silencios de la frontera o a los pasos sigilosos de los centinelas.

Ahora se había convertido en un murmullo constante que recorría los pasillos del palacio, que se filtraba entre pergaminos y documentos, que se insinuaba en conversaciones aparentemente inocentes.

Cada palabra pronunciada podía ser una llave para abrir la puerta equivocada, cada mirada un mensaje cifrado, y cada silencio, un presagio de lo que estaba por venir.

Suwei lo sentía con claridad: la amenaza no estaba solo afuera, no estaba únicamente en el campo de batalla o en las colinas del sur.

La amenaza estaba dentro, entre aquellos que habían jurado lealtad y que, sin embargo, podían decidir, en un instante, desatar el caos.

Mientras recorría los corredores del Palacio de la Luz Silente, Suwei observaba con ojos de halcón a los servidores y guardias que cruzaban su camino.

Algunos eran inocentes, otros sospechosos, pero todos eran piezas de un tablero que requería vigilancia constante.

No había lugar para la complacencia.

Cada gesto debía ser interpretado, cada paso calculado.

La vigilancia se convertía en un arte, y la paciencia en un escudo más confiable que cualquier espada o armadura.

Suwei se detuvo frente a una ventana que daba a los jardines imperiales.

La luz de la luna, filtrándose a través de las nubes, iluminaba los senderos con un brillo fantasmal.

Podía ver la bruma que ascendía desde los valles del sur, cubriendo los caminos y ocultando los movimientos de posibles invasores.

El campamento fronterizo continuaba en alerta, con Lin Qian y sus hombres entrenando bajo la niebla, conscientes de que cada error podía costarles la vida.

Cada patrulla, cada centinela, cada pequeño gesto de vigilancia era vital.

La guerra no se ganaba solo con la fuerza de los soldados, sino con la precisión de la estrategia y la rapidez de la respuesta.

Dentro del palacio, los miembros del Consejo Imperial debatían en sus salas privadas, cada uno preocupado por sus propios intereses y la seguridad de su posición.

Pero Suwei sabía que la lealtad era frágil, que incluso los aliados más cercanos podían convertirse en enemigos si la oportunidad se presentaba.

Por eso, mientras caminaba por los pasillos, cada palabra que escuchaba, cada gesto que veía, era evaluado, anotado en su memoria, convertido en información que podría ser vital más adelante.

No era paranoia; era supervivencia.

En la distancia, los hornos de la capital continuaban funcionando, y el humo se mezclaba con la bruma del amanecer.

La ciudad parecía tranquila, casi dormida, pero Suwei sabía que esta calma era engañosa.

Los rumores podían moverse más rápido que los ejércitos, y una simple chispa de traición podía encender un incendio que arrasaría con todo.

Cada acto de vigilancia, cada orden impartida por el emperador y sus consejeros, tenía que ser medido con precisión.

La información debía fluir, pero de manera controlada; la seguridad debía mantenerse sin que los enemigos supieran que estaban siendo observados.

Mientras tanto, la pequeña Xiaolian dormía en su habitación, ajena a los movimientos estratégicos que determinaban el futuro del Imperio.

Suwei pensó en ella por un instante, en la chispa de vida que representaba y en la responsabilidad que pesaba sobre sus hombros.

Cada decisión, cada vigilancia, cada sacrificio tenía como objetivo protegerla.

No se trataba solo de mantener la capital a salvo, sino de garantizar que la inocencia y la esperanza no fueran devoradas por la oscuridad que acechaba.

La familia imperial era el corazón del Imperio, y mientras ese corazón latiera con fuerza, habría esperanza para todos.

El sonido de pasos discretos en un corredor cercano lo sacó de sus pensamientos.

Suwei se giró, observando cómo un joven guardia pasaba con discreción, transportando mensajes codificados que solo ciertos ojos podían interpretar.

Cada mensaje, cada carta, cada palabra escrita era un arma en sí misma.

En las manos equivocadas, la información podía ser mortal.

Suwei entendía esto mejor que nadie, porque había visto cómo una pequeña omisión o un simple error de interpretación podía desatar el caos.

La guerra no solo se libraba con espadas; se libraba con información, con astucia y con la capacidad de prever los movimientos del enemigo antes de que ocurrieran.

A lo lejos, los estandartes del sur ondeaban todavía entre la bruma.

Cada bandera era un recordatorio de que la frontera no estaba segura, de que los invasores habían comenzado a desafiar los límites del Imperio.

El campamento de vigilancia, aunque bien preparado, dependía de la coordinación perfecta entre los oficiales y la rapidez de sus decisiones.

Una falla podía significar la pérdida de vidas, la caída de posiciones estratégicas y el avance de la traición que ya se sentía en los pasillos del palacio.

Suwei reflexionó sobre la fragilidad de la lealtad.

Incluso los generales más experimentados podían vacilar, y los nobles más cercanos al trono podían ser tentados por la promesa de poder o riqueza.

Cada acción debía ser calculada, cada conversación medida, cada movimiento anticipado.

La paciencia se convertía en una virtud crucial, y la vigilancia en un deber sagrado.

Cada paso que daba en los pasillos del palacio, cada palabra que escuchaba o pronunciaba, podía alterar el equilibrio de poder.

El Imperio respiraba con dificultad bajo la presión de la amenaza.

Cada murmullo, cada sombra que se movía entre los muros, cada eco de pasillo era una prueba de la fortaleza interna.

Suwei entendía que la verdadera batalla no se libraba solo con tropas en los campos abiertos, sino con la claridad de pensamiento, la precisión en la estrategia y la fortaleza de quienes amaban lo suficiente como para proteger lo que más importaba.

Mientras la capital dormía bajo la tenue luz del amanecer, el juego había comenzado.

Los susurros del acero traidor recorrían cada rincón, pero también lo hacían las promesas de quienes estaban dispuestos a enfrentar la oscuridad.

Cada paso, cada decisión y cada vigilancia contaba.

Cada sombra, cada eco y cada secreto podía convertirse en un arma, y el destino del Imperio dependía del equilibrio de todos esos elementos.

En las torres del palacio, los vigías ajustaban su vigilancia.

Cada centinela sabía que su deber no era solo observar, sino anticipar.

Cada patrulla debía cubrir el terreno con precisión, cada señal debía ser descifrada sin error.

La traición había tomado forma tangible, y cada acción que Suwei emprendía estaba diseñada para contrarrestarla, manteniendo el control en un tablero donde cada movimiento podía cambiarlo todo.

El campamento sur continuaba preparado, con los soldados entrenando incluso mientras la bruma del amanecer cubría los valles.

Las murallas del palacio vigilaban, imponentes y silenciosas, recordando a todos que la protección del Imperio dependía de su fortaleza.

El corazón del Imperio latía con fuerza, consciente de que la traición no sería perdonada y que, cuando la tormenta finalmente llegara, quienes dudaran o fallaran desaparecerían en la bruma del olvido.

Suwei miró hacia los jardines imperiales y respiró hondo.

Cada decisión, cada movimiento, cada vigilancia que había ordenado hasta ahora era solo el comienzo.

La guerra interna estaba en marcha, la traición ya no susurraba: gritaba, y el Imperio debía responder con la misma fuerza, astucia y determinación.

Mientras el sol se alzaba lentamente, iluminando las torres y murallas, Suwei comprendió que la batalla que definiría el destino de la familia imperial y de la pequeña Xioalian apenas había comenzado.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack “La traición no siempre anuncia su llegada con gritos; a veces susurra, y los muros que escuchan son los que más guardan.” Su regalo es mi motivación de creación.

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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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