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EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL - Capítulo 95

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  4. Capítulo 95 - 95 Capítulo 5 Canciones en el umbral del miedo
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95: Capítulo 5: Canciones en el umbral del miedo 95: Capítulo 5: Canciones en el umbral del miedo La ciudad imperial parecía intacta en la superficie.

Los mercados abrían con puntualidad, los niños reían en los jardines del este, y las campanas del templo sonaban como cada mañana.

Pero el aire había cambiado.

No era el aroma del incienso ni la brisa del verano; era otra cosa.

Era miedo.

Un miedo que se colaba silencioso entre las calles, que se ocultaba tras cada sonrisa de comerciante, tras cada paso apresurado de los servidores.

Desde la torre de observación del palacio, Suwei contemplaba el horizonte.

Más allá del campo de flores imperiales, columnas de humo se alzaban como señales de advertencia.

No eran incendios agrícolas; eran mensajes, un lenguaje en llamas que hablaba antes del ataque.

—¿Fuegos agrícolas?

—preguntó un ministro, con la voz cargada de incertidumbre.

—No —respondió Suwei, con la vista fija—.

Son advertencias.

Están cantando… antes de atacar.

En las zonas exteriores de la capital, aldeas aliadas comenzaron a recibir extraños visitantes: trovadores encapuchados que llegaban de noche, entonaban versos antiguos y desaparecían entre la niebla.

Cada estrofa era una amenaza velada, una semilla de terror que se plantaba en la mente de quienes la escuchaban.

Uno de esos versos llegó al palacio grabado en una tablilla: > “El loto duerme, el dragón duda, La espada canta en la garganta muda.

Quien no escuche, será ceniza, Y en la ceniza… renace la traición.” Los sabios imperiales debatieron el significado durante horas, pero Suwei no necesitaba traducción.

Cada palabra era clara: estaban preparando el terreno, intentando romper la unidad del pueblo con miedo antes de que la guerra realmente comenzara.

Jin Long convocó una audiencia pública.

Miles acudieron a la Plaza del Mandato Celestial, con miradas expectantes y temerosas.

Nadie sabía qué anunciaría el emperador, pero todos sentían la gravedad de la situación.

Con voz firme, el emperador habló: —El Imperio ha vivido en paz durante generaciones.

Pero la paz no es un regalo eterno.

Es una decisión… y una defensa.

Suwei dio un paso adelante.

Su voz, clara y decidida, rompió el silencio: —Nos quieren dividir.

Quieren que dudemos.

Pero no hay grieta donde hay unidad.

Mi hija duerme bajo este mismo cielo.

Mi corazón late con cada uno de ustedes.

Y les juro esto: quien cante la canción del miedo… recibirá el eco de nuestra espada.

El pueblo estalló en vítores.

La unidad se reafirmaba.

Los susurros del miedo, que habían intentado calar en los corazones, se encontraron con la fuerza de quienes estaban dispuestos a resistir.

En las sombras, un emisario de la Casa del Tigre Blanco bajó la mirada.

Los susurros no funcionaban.

La ciudad aún creía, y eso era un obstáculo que tendría que ser eliminado con astucia y violencia.

Esa noche, Suwei y Jin Long caminaron solos por el Jardín del Amanecer.

No hablaron de guerra ni de política.

Solo se detuvieron a observar las flores, a sentir la brisa y a escucharse.

Por un instante, el miedo no pudo alcanzarlos.

Cada risa de los pétalos y el susurro del agua parecía recordarles que había algo por lo que valía la pena luchar: la vida, la familia, la pequeña Xiaolian, y la ciudad que se mantenía firme ante la amenaza.

— Capítulo 6: Las garras del sur se cierran – versión desarrollada La guerra… había comenzado, aunque muchos aún no lo sabían.

Los informes de incendios, ataques y movimientos de tropas llegaban con cada amanecer, y cada mensaje hacía más evidente que la batalla no sería breve ni sencilla.

Jin Long se volvió hacia Suwei con rostro grave.

Le tomó la mano con fuerza, con un gesto que era a la vez protección y súplica: —Tú… llevarás a Xiaolian al castillo antiguo.

A las tierras altas de Lánhuā.

Allí estarás a salvo.

Es una orden.

Suwei lo miró, incrédulo y herido.

Su voz tembló, pero no de miedo, sino de una ira contenida por la separación: —¿Estás mandándome lejos…?

¿Ahora?

El emperador asintió, apretando la mandíbula con tensión.

La situación lo obligaba a decisiones que no deseaba tomar.

—Eres el consorte imperial.

El corazón del Imperio.

No puedo arriesgarte.

Suwei respiró hondo, el peso de las responsabilidades y de su amor chocando dentro de él: —Y yo soy padre, soy soldado, soy guardián de este pueblo —susurró—.

No puedo mirar desde la distancia cómo mi gente sangra.

El silencio llenó la sala, pesado y punzante, como un puño invisible entre ambos.

Los consejeros y generales miraban hacia abajo, respetando la intimidad del conflicto.

Jin Long, con una mezcla de desesperación y autoridad, alzó la voz por primera vez en años —¡Te estoy dando una orden, Suwei!

—la voz de Jin Long resonó como un trueno contenido, llenando la sala con una autoridad que hacía temblar el aire a su alrededor.

Cada palabra era un golpe de realidad; cada gesto del emperador, un recordatorio del poder que tenía sobre la vida y el destino de todos.

Pero Suwei no retrocedió.

No dio un paso atrás ni bajó la mirada.

Sus ojos, profundos y decididos, se clavaron en los de Jin Long con una claridad que desafiaba la propia autoridad imperial.

No era rebeldía por orgullo; era lealtad a lo que consideraba justo y necesario: proteger el corazón del Imperio y, sobre todo, a su familia.

—Y yo estoy eligiendo desobedecerla —susurró, pero la voz estaba cargada de fuerza.

Cada sílaba vibraba con resolución y con un peso que hacía eco en cada rincón del salón.

Suwei se levantó con elegancia, quitándose el manto de viaje que lo cubría como una segunda piel.

La tela cayó con un susurro sobre el suelo de madera pulida, marcando el inicio de una decisión que cambiaría el curso de la historia.

Sus dedos se posaron sobre el broche que llevaba el sello del Imperio.

Con un movimiento firme, lo enderezó, como quien afirma un compromiso ante el mundo.

La mirada de Suwei no titubeó ni un instante.

—Porque no solo compartimos el trono… compartimos también el peso del Imperio —dijo, su voz ahora clara, inamovible, llena de convicción.

Era un peso que nadie más podría comprender completamente: la combinación de amor, deber y responsabilidad que cargaba sobre sus hombros.

El silencio se hizo absoluto en la sala.

Los consejeros, los generales, incluso los servidores que se habían quedado en las sombras, contuvieron la respiración.

Nadie se atrevía a hablar.

Cada respiración parecía un hilo que podía romperse en cualquier momento, cada mirada una prueba silenciosa del carácter de los protagonistas de aquel momento.

Suwei giró sobre sus talones y salió, sus pasos firmes resonando en el suelo de piedra.

Cada paso era una declaración, una reafirmación de su compromiso con la protección de lo más valioso: la vida de Xiaolian, el corazón de Jin Long, y la integridad del Imperio.

La sombra del emperador quedó temblando en el umbral, un reflejo de la lucha interna que se libraba entre la necesidad de proteger y el reconocimiento de la audacia y el valor de Suwei.

Mientras avanzaba por los pasillos del palacio, Suwei sentía el peso de cada mirada que lo seguía en silencio.

No eran solo miradas de respeto; había también temor, admiración y duda.

Cada corredor parecía alargarse bajo la luz de las antorchas, cada puerta que se cerraba detrás de él reforzaba la sensación de que la decisión tomada marcaría un antes y un después en la historia del Imperio.

Al salir a la plaza del palacio, la brisa nocturna le golpeó el rostro, mezclando el aroma de las flores imperiales con el polvo levantado por los soldados que aún patrullaban.

Suwei respiró profundamente.

Cada inhalación le recordaba que la distancia que estaba a punto de recorrer no solo era geográfica, sino también simbólica: dejar la capital significaba enfrentarse al desconocido, asumir riesgos, y mantener el equilibrio entre la protección de su familia y su deber hacia el Imperio.

El camino hacia Lánhuā no era sencillo.

Cada piedra del sendero, cada curva del río, cada cumbre y valle que se desplegaba ante sus ojos era un recordatorio de la fragilidad de la paz y de la importancia de cada decisión tomada.

Los primeros rayos del alba comenzaban a teñir el cielo de naranja y violeta, pintando un horizonte que parecía anticipar la lucha que se avecinaba.

Durante el trayecto, Suwei meditaba sobre el significado de sus actos.

La guerra no solo se libraba con espadas y estrategias militares; también se libraba en decisiones difíciles, en la fuerza de la voluntad y en la capacidad de mantener la calma frente a la presión.

Cada paso que daba hacia Lánhuā era un acto de resistencia, un mensaje silencioso de que el corazón del Imperio no se quebraría, aunque las garras del enemigo se cerraran cada vez más.

A lo largo del camino, los soldados que lo escoltaban guardaban un silencio respetuoso.

No era miedo lo que los contenía; era la comprensión de que aquel hombre que caminaba entre ellos no solo era un líder, sino un símbolo.

Un hombre dispuesto a desafiar la autoridad, no por rebeldía, sino por amor y por deber.

Suwei no necesitaba palabras para demostrarlo; cada gesto, cada mirada, cada movimiento hablaba por él.

El paisaje a su alrededor se volvía más agreste a medida que ascendían hacia las tierras altas de Lánhuā.

La vegetación se espesaba, los ríos se hacían más rápidos y los acantilados más empinados.

Cada obstáculo natural era un recordatorio de que la protección de lo valioso requiere esfuerzo, sacrificio y determinación.

Suwei sentía que cada curva en el camino, cada sombra entre los árboles, podía ser un presagio de lo que encontrarían en el futuro: enemigos ocultos, traiciones inesperadas y la constante presión de mantener a salvo lo que amaban.

Mientras avanzaban, Suwei recordaba los días tranquilos en la capital, los paseos con Jin Long por los jardines, los momentos en que Xiaolian reía despreocupada.

Cada recuerdo era un impulso, un motivo que lo mantenía firme frente a la incertidumbre.

Cada paso que daba reforzaba su convicción: no permitiría que el miedo, ni la traición, ni la guerra destruyeran lo que habían construido con tanto esfuerzo.

El aire estaba cargado de presagios.

El viento traía consigo no solo el aroma de la naturaleza, sino también la sensación de que la verdadera prueba aún estaba por llegar.

Cada brisa parecía susurrar advertencias, recordándole que la guerra no solo involucraría ejércitos; también involucraría secretos antiguos, alianzas quebradizas y la necesidad de mantener la calma frente al caos.

Suwei comprendió, con una claridad que solo se obtiene en momentos de crisis, que la verdadera medida de un líder no reside en la obediencia ciega, sino en la fuerza de su corazón y la capacidad de tomar decisiones difíciles cuando todo parece perdido.

Su determinación era un faro en la oscuridad, una chispa que podía iluminar el camino incluso en los días más sombríos.

Mientras la noche se tornaba más densa y las estrellas comenzaban a aparecer, Suwei miró a su hija dormida en la cuna que había preparado para el viaje.

Cada respiración de Xiaolian era un recordatorio de lo que estaba en juego.

Cada lágrima que pudo haber derramado, cada temor que pudo haber sentido, se convertía en motivación para seguir adelante.

La seguridad de su hija y la estabilidad del Imperio dependían de él, y él estaba dispuesto a enfrentar cualquier riesgo para cumplir con esa responsabilidad.

El viaje continuó, lento pero constante, a través de montañas y valles, por senderos estrechos y puentes colgantes.

Cada paso era una afirmación de voluntad, cada mirada a los alrededores una medida de precaución.

Suwei sabía que el enemigo estaba al acecho, que la traición podía aparecer en cualquier momento y que cada decisión podría tener consecuencias mortales.

Sin embargo, su determinación permanecía intacta.

Finalmente, al llegar a las tierras altas de Lánhuā, Suwei respiró profundamente, sintiendo el peso de la responsabilidad aún más cerca de su pecho.

Las murallas del castillo antiguo se alzaban ante él, robustas y silenciosas, ofreciendo una promesa de refugio y seguridad.

Sin embargo, él sabía que la paz allí sería temporal; la guerra continuaría, las garras del sur se cerrarían y la verdadera prueba estaba por comenzar.

Y mientras observaba el horizonte, la bruma cubriendo los valles y montañas que separaban Lánhuā de la capital, Suwei comprendió algo esencial: no solo luchaba por proteger una ciudad o un trono, sino por mantener vivo el espíritu del Imperio.

Cada paso dado, cada decisión tomada, cada sacrificio hecho, era un acto de amor y deber, una declaración de que la voluntad de quienes protegían lo más importante podía superar cualquier amenaza.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack “La traición no siempre anuncia su llegada con gritos; a veces susurra, y los muros que escuchan son los que más guardan.” ¿Le gusta leerlo?

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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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