Leer Novelas
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL - Capítulo 97

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL
  4. Capítulo 97 - 97 Capítulo 7 – El mar que no perdona
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

97: Capítulo 7 – El mar que no perdona 97: Capítulo 7 – El mar que no perdona El cielo se tornaba gris plomo cuando Suwei llegó al frente marítimo.

El viento soplaba con violencia, trayendo consigo el olor penetrante a sal, a algas y a hierro oxidado.

Las olas chocaban contra los acantilados del sur como si el océano entero rugiera con furia ancestral, como si la misma naturaleza advirtiera que el mar no conoce piedad.

Allí, donde la bruma era tan espesa que el horizonte parecía un muro de sombras, aguardaban las tropas imperiales.

Pero aquellas tropas no eran el reflejo del orgullo del Imperio.

Estaban desordenadas, cansadas, con los hombros encorvados y los ojos vacíos de esperanza.

Algunos soldados tenían las armaduras oxidadas, otros empuñaban lanzas con manos temblorosas.

El mar había robado su espíritu, y la espera interminable había hecho el resto.

Suwei avanzó entre ellos sin necesidad de pronunciar discursos grandilocuentes.

No levantó la voz.

No agitó los brazos.

Caminó despacio, con la serenidad de alguien que no necesitaba demostrar su fuerza porque ella ya lo habitaba.

Su mirada recorrió cada rostro, cada gesto, cada cicatriz.

Los soldados lo siguieron con los ojos, y en ese silencio cargado de tensión, cada mirada de Suwei era una orden invisible, una chispa que encendía brasas apagadas.

Se detuvo en medio del campo, entre la bruma y los estandartes descoloridos.

—No he venido a morir —dijo, con voz firme, profunda, resonante como un tambor de guerra.

Los hombres se miraron entre sí, sorprendidos por la simplicidad de aquellas palabras.

—He venido a proteger lo que amamos.

Un murmullo recorrió a las filas.

No era júbilo aún, pero era un despertar.

Como si esas palabras hubieran arrancado de lo profundo de sus corazones algo que el miedo había enterrado.

Un general de rostro curtido y cicatrices en la frente intentó hablar, la voz cargada de escepticismo: —Mi señor… los refuerzos no llegarán a tiempo.

La marea está en nuestra contra.

Suwei lo interrumpió antes de que pudiera terminar.

Su voz fue tan aguda como la hoja de un sable: —El tiempo no nos protege.

Nosotros protegemos el tiempo que queda.

Un silencio pesado siguió a la frase.

Era la clase de silencio que no nace de la duda, sino del respeto.

Los hombres apretaron sus lanzas con más fuerza, algunos alzaron la barbilla como si algo en su interior comenzara a arder otra vez.

Entonces, Suwei dio un paso adelante.

Un soldado le entregó el estandarte imperial: la tela desgastada por la brisa salada, pero aún orgullosa, con la grulla blanca en vuelo bordada en hilos de plata.

Suwei la levantó con firmeza, tan alto que la bruma misma pareció apartarse para dejarla brillar.

—Aquí está nuestra voz, nuestro honor y nuestra vida.

Quien caiga lo hará bajo estas alas —exclamó.

Y se colocó a la cabeza del ejército.

— Mientras tanto, en la capital, el ambiente era distinto, pero no menos cargado de tormenta.

Jin Long no encontraba paz.

La imagen de Suwei alejándose, decidido, aún ardía en su pecho como una herida que no cerraba.

La corte estaba reunida en el salón principal.

Los altos consejeros, ancianos de mirada calculadora, y generales que conocían más intrigas que batallas, aguardaban sus órdenes.

El Emperador entró con paso firme, aunque por dentro su corazón temblaba.

Se detuvo ante todos y habló sin titubeos: —Hoy dejo en sus manos la defensa del corazón del Imperio.

Yo iré al sur.

Las miradas se agitaron como un enjambre.

Algunos bajaron la cabeza en reverencia, otros intercambiaron susurros nerviosos.

Fue entonces que uno de los ancianos se atrevió a interrumpirlo, con voz temblorosa pero clara: —Majestad… si ambos mueren, ¿qué será de la princesa?

¿Qué será del linaje?

El aire se volvió hielo.

Jin Long apretó los puños.

La pregunta era legítima, pero el tono… el tono cargaba un veneno de duda que no podía permitirse.

—Si uno de nosotros cae… el otro lo vengará —respondió, y su voz retumbó como acero en el salón—.

Y si ambos caemos… el mundo sabrá que no fuimos cobardes.

La frase cayó como un martillo.

Los consejeros se inclinaron, algunos con temor, otros con una reverencia sincera.

Jin Long no esperó respuestas.

Giró y salió, decidido a unirse a su consorte.

— Al sur, el mar se partió en dos.

No por milagro, sino por la aparición de una flota inmensa, emergiendo de la niebla como bestias marinas.

Barcos de velas negras, altos y afilados como cuchillas, avanzaban en formación perfecta.

En sus mástiles ondeaban símbolos extranjeros y crueles: garras, colmillos, espadas bañadas en sangre.

Era la alianza tejida en las sombras: mercenarios de tierras lejanas, ejércitos contratados con oro robado, y en el centro de todo, el hermano exiliado de Jin Long.

A su lado, los líderes de la Casa del Tigre Blanco, con sus ojos brillantes de ambición y sus sables curvos listos para desgarrar la memoria del Imperio.

Los soldados imperiales tragaron saliva.

Algunos retrocedieron instintivamente.

El mar rugía con más fuerza, como si quisiera recordarles que ese lugar era un campo donde solo los más fuertes sobrevivían.

Suwei alzó el estandarte.

—¡Hoy el mar conocerá nuestro nombre!

—gritó, y su voz se elevó por encima del estruendo de las olas.

Ordenó a los arqueros encender las flechas con fuego sagrado.

El canto de los sacerdotes resonó entre las filas: antiguas palabras, himnos de batalla que invocaban la protección de los ancestros.

Con un gesto de su mano, Suwei dio la señal.

Las primeras flechas volaron, encendiendo el cielo con líneas rojas y doradas.

Al caer, impactaron sobre los puentes flotantes que el enemigo había desplegado para abordar la costa.

La madera ardió con violencia, iluminando la bruma como si el mismo amanecer hubiese estallado en llamas.

Los barcos enemigos intentaron avanzar, pero el fuego los obligaba a retroceder.

Los gritos de los marinos extranjeros se mezclaban con el estruendo del mar y el rugido de las tropas imperiales que, por primera vez en mucho tiempo, gritaban con voz unánime.

Fue entonces cuando la bruma se estremeció.

Una figura surgió entre el humo, cabalgando sobre un corcel negro, la armadura dorada brillando incluso en medio de la penumbra.

El rugido que brotó de su pecho no era humano.

Era el rugido del dragón.

Jin Long había llegado.

Los soldados imperiales estallaron en un clamor: gritos de júbilo, lágrimas, golpes de lanza contra el suelo.

El Emperador estaba allí.

El Dragón Dorado no había abandonado a su pueblo.

Suwei giró, y sus miradas se encontraron en medio del caos.

No hubo palabras.

No hacían falta.

En ese instante, los dos comprendieron que lucharían juntos, espalda con espalda, como lo habían soñado tantas veces, como lo había dictado el destino del Imperio.

La batalla se desató con furia.

Jin Long se lanzó al frente con la fuerza de un huracán, derribando enemigos con cada embestida.

Suwei, a su lado, era viento y acero: sus movimientos eran tan fluidos que parecía bailar en medio del caos, cortando lanzas, desviando flechas, levantando a los caídos.

El mar rugía, el cielo ardía, y por primera vez en generaciones, el Emperador y su Consorte pelearon juntos.

El estrépito de las olas golpeando contra las rocas se confundía con el choque del acero.

La arena de la costa estaba teñida de rojo, y el viento arrastraba consigo un olor metálico, denso, que se pegaba a la garganta y a la piel.

Jin Long blandía su espada como si fuera una extensión de su voluntad, cada movimiento cargado de la furia de un dragón protector.

Suwei, a su lado, no se quedó atrás: con el arco en mano, disparaba flechas que parecían surcar el aire con precisión divina, atravesando no solo cuerpos enemigos, sino también el miedo que pretendía instalarse entre los defensores del Imperio.

En los acantilados, los estandartes del Dragón Dorado ondeaban desgarrados, pero vivos.

Cada pliegue del paño era un grito silencioso de resistencia.

Los soldados, exhaustos pero inspirados, seguían avanzando, empujados por la visión de sus líderes peleando hombro a hombro.

Era un espectáculo que ninguno olvidaría jamás: el Emperador no escondido tras murallas ni protocolos, y el Consorte no en el resguardo de un palacio, sino en la primera línea, donde los corazones ardían y las almas se forjaban en fuego.

Suwei, con el rostro manchado de polvo y sangre, volvió su mirada hacia Jin Long por un instante.

Ese breve cruce de ojos fue suficiente para recordarle por qué estaban allí: no era solo por el Imperio, ni por la gloria, sino por lo que amaban, por Xiaolian, por su gente, por la promesa de un mañana donde no existiera el yugo de la guerra.

La batalla avanzó hasta que el sol, cansado, comenzó a descender.

El cielo se tiñó de tonos púrpuras y anaranjados, como si incluso los dioses observaran con asombro lo que ocurría en esas costas.

La bruma, que había cubierto la playa como un sudario, comenzó a disiparse lentamente, revelando un paisaje de desolación: cuerpos caídos, armas rotas, estandartes quemados.

El mar, indiferente a la tragedia humana, seguía rugiendo, llevándose en su oleaje restos de barcos, de hombres y de sueños.

Cuando las espadas se detuvieron, no hubo vítores.

Solo silencio.

Un silencio extraño, pesado, que se instaló en el pecho de cada sobreviviente.

Era el silencio de los que habían visto demasiado, de los que habían entregado una parte de sí en el campo de batalla.

Pero también era un silencio cargado de significado: no era derrota, era resistencia.

Era la promesa muda de que, aunque herido y golpeado, el Imperio seguía vivo.

Jin Long, con la espada aún en la mano, dejó caer la mirada al suelo cubierto de sangre y cenizas.

Sus pasos eran pesados, como si cada uno lo hundiera más en el peso de su responsabilidad.

A su lado, Suwei recogió un estandarte caído, y con esfuerzo lo clavó nuevamente en la arena húmeda.

El paño desgarrado se agitó al viento, como una llama que se niega a apagarse.

Los soldados, al ver ese gesto, se enderezaron poco a poco.

Nadie habló, pero todos entendieron.

El Consorte no había dejado que la llama del Imperio muriera.

El Emperador no había permitido que el enemigo reclamara esa costa.

Y ellos, aunque cansados, aunque marcados por la muerte y el dolor, sabían que no estaban solos.

El día había cobrado un precio imposible de calcular.

Padres no volverían a ver a sus hijos, hermanos no volverían a encontrarse, y amantes quedarían con el vacío de la ausencia.

Pero también había dejado algo más: un recuerdo imborrable, una certeza.

Ese día, el mar no perdonó a nadie.

Pero el Imperio resistió.

Y en esa resistencia, se selló un juramento silencioso: mientras el Dragón Dorado ondeara en los cielos, ningún enemigo lograría quebrar el espíritu de Xiaolian.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack “El mar no perdona, pero la unión de dos corazones puede desafiar hasta a las tormentas más feroces.” Su regalo es mi motivación de creación.

Deme más motivación

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo