EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL - Capítulo 98
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- Capítulo 98 - 98 Capítulo 8 La noche de las brasas
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98: Capítulo 8: La noche de las brasas 98: Capítulo 8: La noche de las brasas La luna se alzó sobre Aqjan como un farol silencioso, bañando las ruinas del campo de batalla en un resplandor plateado.
La brisa nocturna agitaba las brasas que aún quedaban encendidas en las piras improvisadas donde los cuerpos ardían, enviando al cielo columnas de humo que parecían plegarias mudas.
La guerra había terminado por ese día, pero su eco aún retumbaba en los corazones de todos.
El silencio que se había impuesto al caer la tarde ahora se transformaba en un murmullo contenido: soldados rezando, médicos atendiendo heridos, voces quebradas que nombraban a los ausentes.
Entre todo ese dolor, el Emperador Jin Long caminaba con la armadura todavía manchada, con la espada envainada, pero con los ojos encendidos.
Suwei lo acompañaba, sosteniendo un farol de aceite cuya luz danzaba con el viento, iluminando los rostros cansados de quienes encontraban en su figura un consuelo silencioso.
—Hoy no hemos vencido, pero tampoco hemos caído —murmuró Jin Long, alzando la vista hacia el horizonte.
Suwei lo observó en silencio, comprendiendo que esas palabras no eran solo para él, sino para cada alma que los rodeaba.
Caminaron entre los heridos, deteniéndose junto a los soldados que yacían sobre camillas improvisadas.
Algunos, al ver al Emperador y al Consorte, intentaron incorporarse, pero Jin Long les pidió que permanecieran recostados.
Se inclinó sobre uno de ellos, un joven apenas mayor de veinte años, cuyo pecho estaba vendado y cuyo aliento era entrecortado.
—Majestad… —susurró el soldado, con los ojos empañados.
Jin Long tomó su mano con firmeza.
—No pronuncies títulos ahora.
Aquí somos hermanos.
Tú luchaste por mí, y yo viviré para honrar lo que diste en esta batalla.
El joven sonrió débilmente, y una lágrima rodó por su rostro ennegrecido por el humo.
Suwei colocó sobre él un trozo del estandarte desgarrado, como promesa de que su nombre no se perdería en la nada.
Más adelante, entre los cuerpos que aguardaban sepultura, un anciano campesino, convertido en miliciano por la necesidad, sostenía aún la azada con la que había peleado.
Estaba muerto, pero en su mano rígida permanecía el símbolo de su tierra, como recordatorio de que no todos los héroes empuñaban espadas.
Suwei se arrodilló, tomó la azada y la colocó junto al pecho del hombre antes de cubrirlo con un manto.
—Todos ellos son parte del Imperio —dijo, con la voz apenas audible.
La luna ascendía más alto, y con ella aumentaba el frío.
Las fogatas se multiplicaron, y los sobrevivientes se reunieron en torno a ellas, compartiendo agua, trozos de pan duro y silencio.
Era una comunión sin palabras: una hermandad nacida del dolor y de la certeza de haber resistido juntos.
En el centro del campamento, Jin Long y Suwei se reunieron con los generales.
Los mapas estaban manchados de sangre, y las piezas de jade que representaban las unidades del ejército habían sido empujadas de un lado a otro hasta desgastarse.
—El enemigo retrocedió hacia el sur —informó uno de los comandantes, con la voz ronca—.
Pero volverán.
Traerán más barcos, más hombres.
—Que lo hagan —respondió Jin Long, con un brillo acerado en la mirada—.
Que traigan todo lo que tengan.
Aquí encontrarán no solo soldados, sino un pueblo que no se arrodilla.
El silencio que siguió no fue de miedo, sino de respeto.
Cada palabra del Emperador era como una brasa que encendía el pecho de los presentes.
Suwei, sin embargo, sabía lo frágil que era esa llama.
Cada victoria parecía más un suspiro que un triunfo; cada respiro, un recordatorio de cuán cercana estaba la muerte.
Cuando la reunión terminó, apartó a Jin Long a un lado, apartándose del murmullo apagado de los generales, de los mapas marcados con sangre y ceniza, y del aroma acre de pólvora y hierro.
—Long… —su voz se quebró por primera vez en toda la jornada, dejando escapar un hilo de humanidad que pocas veces mostraba—.
No podemos seguir perdiendo así.
Cada vida que se apaga me pesa como si fuera un pedazo de mi propio corazón.
Jin Long lo miró, y por un instante el Emperador desapareció.
Solo quedó el hombre, el amante, aquel que compartía no solo el trono, sino las cicatrices invisibles que cada batalla dejaba en el alma.
Suwei percibió ese instante, y la sensación fue como tocar fuego y hielo al mismo tiempo.
Lo tomó de la mano, apretándola con fuerza, como si pudiera transmitirle no solo su voluntad, sino también su miedo, su cansancio y su amor.
—Lo sé.
Pero si nosotros titubeamos, si nosotros caemos en la desesperanza, todo el Imperio caerá con nosotros —dijo Jin Long, con la voz firme pero cargada de un dolor contenido, como un río que se abre paso entre piedras.
Suwei apoyó la frente en su hombro, dejando que el peso del día se mezclara con la brisa salada que llegaba desde el mar.
El murmullo de las olas resonaba entre la arena y los cuerpos caídos a lo lejos, recordándoles que la guerra aún no había terminado, que cada ola podía traer un nuevo desafío, un nuevo enemigo, o incluso una nueva traición.
Permecieron así un tiempo que parecía eterno.
No necesitaban palabras.
Cada respiración, cada latido de sus corazones, hablaba por ellos.
La noche se adentraba lentamente en el campamento, extendiendo su manto de sombras y estrellas, y la luna reflejaba sobre la superficie oscura del mar la soledad de aquellos que, por el momento, habían sobrevivido.
Cuando finalmente regresaron a su tienda, no encontraron descanso.
El sueño no se atrevía a cruzar los umbrales del campamento; el silencio estaba roto por los gemidos de los heridos, por el crujir de los cuerpos que eran cargados, y por el viento que traía ecos del campo de batalla.
Jin Long permaneció despierto, escribiendo cartas para las familias de los caídos.
Cada nombre que escribía era un nombre que cargaba en sus hombros; cada línea, una herida abierta que se sumaba al dolor del Imperio entero.
Suwei lo observaba desde la puerta, sin atreverse a interrumpir.
Aunque deseaba arrancar la pluma de sus manos para que descansara, comprendía que esa era la forma del Emperador de honrar a los muertos.
No había ceremonial, no había discurso; solo palabras escritas con sangre y lágrimas, palabras que buscaban dar sentido a un mundo que parecía empeñado en probar su resistencia.
En una de esas cartas, Jin Long escribió con la voz callada que Suwei podía escuchar solo en su interior: “Vuestro hijo no murió en vano.
Sus pasos retumbaron en la tierra del Imperio, y cada gota de su sangre será semilla de un mañana más libre.
No lloréis solo su ausencia; celebrad también el valor que lo convirtió en parte eterna de nuestra historia.” Las palabras se mezclaban con lágrimas que caían sobre el papel, borrando algunas letras, como si la tinta misma llorara con ellos.
Suwei tomó la carta, la sostuvo un momento entre sus manos, y sintió cómo el peso de cada palabra se hundía en su pecho.
Era un dolor tangible, que no podía ignorar, y a la vez, un recordatorio de que la lucha no había terminado.
Al amanecer, cuando el primer rayo de luz cruzó el cielo y el frío de la noche empezaba a disiparse, Suwei salió de la tienda.
El mar estaba tranquilo, como si se burlara del dolor humano con su indiferencia infinita.
Cada ola que rompía contra los acantilados llevaba consigo un sonido de advertencia: la guerra no terminaba, y el Imperio debía estar preparado.
Suwei respiró hondo.
El día anterior había sido de fuego y acero, de gritos y sacrificios; esa noche, de brasas y lágrimas.
Pero lo que vendría sería aún más duro.
Cada paso hacia la defensa del Imperio exigía no solo estrategia, sino coraje, paciencia y la fortaleza de aquellos que amaban demasiado para ceder ante el miedo.
Con la luz del nuevo día, se giró hacia Jin Long, que emergía de la tienda con los ojos cansados, la armadura aún manchada, pero la mirada firme.
La determinación brillaba en él como un faro en medio de la bruma.
—Hermano dragón —susurró Suwei, con una mezcla de ternura, respeto y fuerza—, pase lo que pase, no dejaremos que el Imperio caiga.
Jin Long asintió, y juntos caminaron hacia las murallas, donde los estandartes desgarrados aún ondeaban con los restos de viento.
Cada bandera era un testimonio de lo que se había perdido y de lo que aún debía protegerse.
Eran heridas, sí, pero también banderas de esperanza que recordaban a todos que mientras ellos permanecieran, el espíritu del Imperio no se rendiría.
Suwei sintió cómo cada paso resonaba en la piedra, como un tambor silencioso que marcaba el ritmo de su resolución.
Observó a los soldados reunidos, aún cansados, aún heridos, pero con los ojos encendidos de esperanza.
Cada mirada, cada gesto de disciplina y unidad, le recordó que la verdadera fuerza del Imperio no residía solo en sus líderes, sino en aquellos que, pese al miedo, no se habían rendido.
Y así, bajo la luna que comenzaba a desvanecerse y el sol que emergía con tímidos rayos anaranjados, ambos comprendieron que la historia del Imperio no se escribía en la comodidad de un palacio, sino en la arena ensangrentada, en las lágrimas de los sobrevivientes, en la dedicación de quienes amaban más que su propia vida, y en la decisión de nunca ceder ante la desesperanza.
Mientras avanzaban, Suwei observó los contornos del horizonte: nubes bajas que presagiaban tormenta, olas que parecían susurrar secretos antiguos, y aves que sobrevolaban en círculos lentos, como guardianes silenciosos.
Cada elemento del paisaje parecía reclamarle atención, recordándole que la guerra era más que cuerpos y espadas: era un choque de destinos, de voluntades, de historias entrelazadas que definirían el futuro del Imperio.
El viento levantaba la arena, y Suwei sintió su sabor metálico, mezcla de sal y sangre, recordándole que cada victoria traía consigo un precio, cada decisión tenía consecuencias, y cada acto de coraje debía sostenerse con un corazón firme.
Miró a Jin Long, cuyo rostro reflejaba la misma comprensión silenciosa.
Ambos sabían que no se trataba solo de sobrevivir, sino de mantener vivo el espíritu del Imperio, de encender la chispa de la esperanza incluso en medio del dolor más profundo.
Y así, caminando entre los estandartes desgarrados, con el murmullo lejano del mar acompañando cada paso, Suwei y Jin Long reafirmaron una verdad que quedaría grabada en la memoria de todos: la historia del Imperio se forjaba no en la seguridad de los salones, sino en la vulnerabilidad de quienes se atrevieron a amar, a luchar y a proteger con todo lo que tenían.
El amanecer los encontró en lo alto de las murallas, contemplando el horizonte, donde las tierras aún por conquistar se extendían bajo una luz que prometía desafíos.
El aire olía a sal, a humo y a ceniza, y sin embargo, dentro de ese olor pesado, había también un aroma de esperanza.
La guerra continuaría, pero Suwei y Jin Long estaban listos.
No solo como gobernantes, sino como guardianes de un legado que trascendía generaciones, y como corazones que, a pesar del dolor, no dejarían que el Imperio cayera.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack “Entre las brasas de la derrota nace la semilla de la esperanza.
Solo quienes aprenden a llorar con su pueblo son dignos de guiarlo.” ¿Le gusta leerlo?
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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com