EL CONSORTE DEL DRAGÓN IMPERIAL - Capítulo 99
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99: Capítulo 9 – El rugido de la Grulla Blanca 99: Capítulo 9 – El rugido de la Grulla Blanca El campo de batalla parecía un organismo vivo que respiraba dolor y furia.
Cada paso de Suwei levantaba polvo mezclado con sangre.
La armadura, marcada por mil cortes y golpes, crujía con cada movimiento, recordándole que cada herida era un testimonio de lo que estaba en juego.
Frente a él, Zhenwu Long, exiliado, hijo mayor del emperador anterior, sostenía su espada con arrogancia y un odio que parecía crecer con cada latido de su corazón.
Suwei lo miró, midiendo cada respiración, cada gesto.
Sus soldados observaban en silencio.
Ninguna orden era necesaria; el simple hecho de estar allí, de levantar la mirada y sostener la posición, era suficiente para infundirles valor.
El consorte podía sentir la incertidumbre, el miedo, y el cansancio acumulado de hombres y mujeres que habían caminado por este campo desde el alba, pero también percibía la chispa que todavía no se había apagado: la esperanza de que, mientras él resistiera, el Imperio no caería.
El cuerpo de Jin Long yacía a unos metros, inmóvil bajo los escombros de la última carga enemiga.
Suwei no podía confirmar si estaba vivo; no podía permitirse caer en la desesperación.
Pero lo sentía en el pecho, cada latido de su corazón conectado con el de Jin Long, cada respiración un recordatorio de que no estaba solo.
La furia contenida, el amor profundo, la responsabilidad infinita: todo eso ardía en él, convirtiéndose en un fuego silencioso que lo impulsaba hacia adelante.
Zhenwu Long sonrió con desprecio, sin comprender la magnitud de lo que enfrentaba.
“Este campo no es mío para conquistar”, pensó Suwei, mientras avanzaba, la espada en alto y la capa desgarrada ondeando detrás de él.
Cada paso era un golpe al miedo, cada giro de su hoja un recordatorio de que el Imperio estaba vivo.
Los soldados se apartaban a su paso, como si su presencia abriera caminos en el caos, y pronto, el campo entero pareció contener la respiración.
Entonces, un cambio comenzó a recorrer el cielo.
Primero, un murmullo, casi imperceptible, como un eco ancestral que se filtraba en cada oído, recorriendo los campamentos de ambos bandos.
Era un susurro que parecía salir de la misma tierra, un recordatorio de que el tiempo y la historia observaban cada acción, cada decisión.
Luego, un estremecimiento más profundo sacudió el campo: las piedras vibraban, los caballos se agitaban, y hasta el viento parecía contener la respiración.
Desde el templo antiguo de la Casa Jinhai, al norte del Palacio Imperial, una silueta comenzó a elevarse.
Era la Grulla Blanca.
Sus alas se desplegaron con majestuosidad, cada pluma resplandeciendo con un brillo que no era solo luz: era fuego antiguo, memoria ancestral.
Cada batir de alas cortaba el aire como si dibujara símbolos invisibles, líneas de protección que se entrelazaban sobre el campo de batalla.
Suwei levantó la vista, sus ojos reflejando la intensidad de la criatura.
La grulla giraba y ascendía, describiendo arcos perfectos sobre la bruma, iluminando a los soldados con destellos que parecían grabar valor y esperanza en sus corazones.
Cada movimiento de la Grulla era un mensaje: el Imperio no estaba solo, sus ancestros lo observaban y peleaban a su lado.
El ave no solo volaba; danzaba.
Sus giros eran precisos, cada aleteo una declaración de fuerza y protección.
La luz que irradiaba bañaba las armaduras, los estandartes, incluso la sangre derramada, transformando el campo en un mosaico de oro y blanco que recordaba a todos los presentes que la historia tenía ojos, y que esos ojos no perdonaban la traición ni la cobardía.
Los soldados imperiales sentían cómo el miedo se convertía en determinación, cómo la fatiga se transformaba en fervor.
Incluso los enemigos miraban hacia arriba, confundidos, como si la manifestación de poder los hiciera dudar de la realidad misma.
Y entonces, desde las cúpulas del Palacio Imperial, un rugido atravesó el cielo.
No era un simple sonido: era un llamado ancestral, un grito que recorría las nubes y hacía temblar la tierra.
El Dragón Dorado emergió, majestuoso, cortando el cielo con sus escamas que reflejaban cada rayo de sol filtrado entre la bruma y la ceniza.
Su vuelo era medido y poderoso, cada giro y curva mostrando dominio absoluto del espacio, recordando que la sangre del emperador corría en sus venas y que el poder de la soberanía aún latía en cada corazón fiel.
La combinación del rugido y el batir de alas de la Grulla Blanca parecía un ritual: el cielo mismo se convertía en testigo, en juez y en aliado.
La Grulla y el Dragón comenzaron a entrelazarse en un ballet aéreo imposible de ignorar.
La grulla ascendía en círculos amplios, descendía en picados veloces, y trazaba figuras de luz pura en el aire, cada una dejando un rastro que parecía tallar runas de esperanza sobre la bruma del campo de batalla.
Sus movimientos eran elegantes, pero a la vez cargados de fuerza y autoridad; no era un simple vuelo, sino un mensaje, un juramento ancestral de protección.
El Dragón Dorado surgió desde las cúpulas del Palacio Imperial, su rugido resonando como trueno y como canto sagrado al mismo tiempo.
Sus escamas, reflejo de un sol oculto entre nubes de humo y ceniza, destellaban en cada giro, haciendo que los estandartes, las armas y la sangre derramada brillaran con un dorado cálido y solemne.
Mientras la grulla bailaba en círculos de luz, el dragón trazaba arcos imponentes, cruzando el cielo en giros que parecían desafiar la gravedad, lanzando un rugido que era a la vez llamado a la guerra y a la unidad del Imperio.
Los dos símbolos se entrelazaban, girando uno alrededor del otro, como si fueran dos cuerpos celestes destinados a encontrarse.
Cada aleteo de la grulla parecía amplificar la fuerza del dragón; cada movimiento del dragón reforzaba la gracia y la determinación de la grulla.
Era un diálogo silencioso, una coreografía de poder y memoria.
Cada giro, cada ascenso y cada descenso no solo influía en la batalla: hablaba de siglos de historia, de los primeros Emperadores y Consortes que habían forjado la nación con sacrificio, honor y fuego.
Los soldados, tanto del Imperio como de la coalición rebelde, se vieron obligados a detenerse.
La reverencia llenó sus cuerpos y sus corazones.
Incluso Zhenwu Long, el traidor, bajó su arma, incapaz de sostener la mirada frente a aquella manifestación de poder que trascendía cualquier estrategia humana.
Suwei sintió cómo la adrenalina, el miedo y la esperanza se mezclaban en un torrente que recorría cada fibra de su ser.
Una lágrima descendió por su mejilla izquierda, pero no era señal de tristeza: era fuego, voluntad y la certeza de que no luchaba solo.
—Nuestros ancestros pelean con nosotros —susurró Suwei, y su voz se amplificó, vibrando en la tierra, resonando en cada corazón—.
No estamos solos.
El campo de batalla cambió en un instante.
La moral de las tropas imperiales se disparó; los enemigos vacilaron y los que dudaban comprendieron que la historia misma los observaba.
Cada movimiento de Suwei se volvió más seguro, más preciso; cada espada, cada bloqueo, cada avance llevaba consigo siglos de tradición, honor y resistencia.
La luz de la Grulla Blanca iluminaba su hoja, amplificando su fuerza y conectando lo que estaba por venir con los ecos del pasado.
Simultáneamente, el rugido y el vuelo del Dragón Dorado resonaban en su pecho, recordándole la protección y la fuerza del emperador, la legitimidad que respaldaba su lucha y la unidad que aún mantenía al Imperio intacto.
El rugido de los caídos, el clamor de los vivos y el canto de la Grulla Blanca se entrelazaban con el estruendo del Dragón Dorado en un coro que parecía suspender el tiempo.
La batalla ya no era solo de hombres y armas: era de historia, memoria y fuego ancestral.
Suwei sintió que el peso de cada vida perdida, de cada lágrima derramada, le confería un poder que trascendía lo físico.
Su espada era extensión de su voluntad, su corazón ardía con la fuerza de mil guerreros, y su espíritu se alzaba sobre la bruma y el caos.
El espectáculo continuó hasta que el cielo comenzó a oscurecerse con los tonos de la noche.
La Grulla Blanca, después de dar un último giro que iluminó todo el campo, ascendió lentamente y desapareció entre las nubes, dejando tras de sí un rastro de luz que persistía en la memoria de todos.
Al mismo tiempo, el Dragón Dorado emitió un rugido final, un sonido que atravesó el aire y resonó como un juramento, antes de elevarse y perderse en la lejanía, dejando que la calma de la noche se posara sobre el campo.
Suwei se detuvo, respirando profundamente, y observó a Zhenwu Long derrotado a sus pies, no solo por la fuerza, sino por la legitimidad y la historia misma.
El traidor comprendió que no bastaba la ambición: se necesitaba corazón, y el corazón de Suwei era un faro que ninguna oscuridad podría apagar.
El cielo, ahora estrellado, parecía inclinarse ante el consorte como un dios guerrero.
La partida de la Grulla Blanca y del Dragón Dorado no era un abandono; era un recordatorio de que su poder y protección siempre acompañarían a quienes tuvieran el valor de levantarse por el Imperio.
El rugido final de la Grulla, entrelazado con la última llamada del Dragón, resonaba aún en el silencio de la noche, recordando que la guerra había cambiado de curso y que la verdadera fuerza del Imperio no residía en las armas, sino en quienes tenían el valor de levantarlas por lo que amaban.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES kiroblack “La verdadera fuerza de un Imperio no reside solo en sus armas ni en su ejército, sino en los corazones que se levantan por quienes aman, en la memoria de los caídos y en la convicción de que, mientras haya voluntad y honor, ninguna oscuridad puede apagar la luz que guía a los valientes.” Su regalo es mi motivación de creación.
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