El desconocido detrás de mi orgasmo - Capítulo 47
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47: Exaltados 47: Exaltados Finnegan
—¡Joder, Cristo!, ¿acaso intentas que te maten?
¡Reduce la velocidad, Finnegan!
¡Reduce la puta velocidad!
La pista de carreras se disolvió en una imagen borrosa a mi alrededor.
Iba a doscientos veinte, con el motor del coche rugiendo furiosamente bajo mi cuerpo.
Pisé el acelerador con más fuerza todavía.
El ruido era lo único lo bastante potente como para ahogar el recuerdo de la sensación del coño de mi asistenta, empapando el encaje hasta mojarme los dedos, de hacía tres días.
Henry estaba a mi lado, en el asiento del copiloto, aferrado a su casco y diciendo algo.
Apenas lograba captar fragmentos de sus palabras por encima del estruendo del motor.
—Reduce… la curva… Finnegan, por el amor de Dios…
Tomé la curva de la pista derrapando, con la adrenalina bombeando por mis venas, anegándome la mente y la sangre martilleándome en los oídos.
Conocía esta pista como la palma de mi mano.
Quizá por eso mi mente seguía en mi despacho, con aquella falda plateada subida y el encaje negro jodidamente empapado.
Finn, por favor.
Había tocado a mi asistenta.
Joder, joder y más joder.
Su voz, al parecer, se había grabado a fuego en la base de mi cráneo.
Una bandera a cuadros pasó fugazmente por mi ventanilla, pero seguí conduciendo.
Mi mente no dejaba de darle vueltas a la visita de Madre y a cómo casi me habían pillado.
¡Joder!
—HEMOS GANADO —gritó Henry, golpeando el salpicadero una y otra vez—.
Finn, hemos ganado.
¡Para el maldito coche!
Levanté el pie del acelerador y reduje la velocidad del vehículo.
El mundo fue volviendo a mí fragmento a fragmento: el rugido de la multitud junto a las barreras, el denso olor a goma quemada en el ambiente, el aire frío de la noche colándose por los conductos de ventilación del coche.
Apagué el motor y nos quedamos allí sentados, ambos con la respiración agitada.
La mano de Henry se posó en mi hombro.
—Cabrón suicida, pero qué… ¿Qué coño ha pasado?
¿Estás bien?
—Estoy bien —jadeé, arrancándome el casco para pasarme una mano por la cara.
—No, no estás bien, Finn.
Te juro que por un momento he pensado que te perdía —gruñó, quitándose también el casco.
Su barba era aún más espesa, y en ella asomaban algunas hebras plateadas—.
Cuando te pedí que vinieras a correr conmigo, no era para que intentaras que nos matáramos.
—Lo siento, tío —murmuré.
La mirada se me desvió hacia el grupo de hombres que se acercaba a nosotros, vitoreando.
En su mayoría eran conocidos de negocios, gente adinerada a la que le gustaba apostar por los pilotos y demás.
Sabía lo que dirían en cuanto saliera del coche.
—¿Es por lo de Victoria?
Creía que te lo estabas pasando bien en el club.
Podría contárselo.
Veinte años de amistad le daban a Henry ese derecho.
Azoté a mi asistenta y le habría jodido su dulce y rosado coño con los dedos si mi madre no hubiera entrado en ese preciso instante.
Ni de coña.
No me dejaría olvidarlo en la vida.
Además, decirlo en voz alta lo haría demasiado real.
Tenía que asegurarme de que no volviera a ocurrir.
Jamás.
Daba igual lo embriagador que fuera su aroma.
Abigail Kellerman era territorio prohibido.
Por lo general.
—Estoy bien —dije tragando saliva mientras abría la puerta de un empujón—.
Solo necesitaba el subidón.
Él entrecerró los ojos, pero al final apartó la mano de mi hombro.
—Ya me lo contarás.
Salimos del coche justo cuando los hombres lo rodearon.
—Joder, Wolfe.
¡Eres una auténtica bestia en la pista!
—lo elogió Harrison, inclinando la cabeza a modo de reverencia.
—En serio, habrías sido un piloto de F1 de la hostia.
El instinto que tienes al volante es impecable.
La comisura de mis labios se torció levemente.
—Lástima que mi madre no opinara lo mismo.
Harrison soltó una risa nerviosa y acabó frunciendo el ceño.
Podría apostar a que no sabía si estaba bromeando o no.
Henry apareció a mi lado y le dedicó una sonrisa que significaba «lárgate».
Por suerte, Harrison y su séquito sabían interpretar las sonrisas de Henry, así que se retiraron.
—Me largo —gruñí.
Eran las dos de la madrugada.
Tenía que trabajar en unas horas, y trabajar significaba ver a Abigail Kellerman, saber cómo sonaba su voz cuando deseaba mis dedos y, aun así, tener que mantenerme jodidamente alejado.
«¿Debería despedirla sin más?»
—¿Quieres contarme qué es lo que te tiene tan alterado?
—preguntó Henry mientras yo me dirigía a grandes zancadas hacia mi coche.
—Déjalo ya, Henry.
—De acuerdo, lo dejo —me dijo, dándome un golpecito en el hombro—.
Ya me lo contarás.
«No», pensé mientras me metía en el coche.
«No, no lo haría.
Lo que pasó en mi despacho no iba a ver la luz del día jamás».
Y no volvería a ocurrir.
Jamás.
****
Tres días después, un jueves por la noche, estaba sentado en mi despacho, aferrado al borde de la mesa con los nudillos blancos y apretando la mandíbula.
—Señorita Kellerman —espeté, incapaz de apartar la mirada.
—¿Señor?
¡La audacia de sonar completamente imperturbable!
Apenas podía apartar los ojos de sus piernas, de sus pies descalzos que se deslizaban por mi alfombra con movimientos lentos y suaves.
Con el lanzamiento del coche cada vez más cerca, teníamos que trabajar hasta tarde para gestionar los cambios de última hora que había hecho Madre, además de otros proyectos que yo dirigía, y el mismísimo infierno habría sido una tortura más leve en comparación con esto.
Este pedazo de paraíso al que no podía aspirar y que, sin embargo, no podía quitarme de encima ni a patadas.
Estaba sentada en un sofá de mi despacho, tecleando a toda prisa en su portátil, descalza.
Se había quitado los tacones y los tenía a un lado, dejando a la vista unos pies suaves y delicados.
Se posaron sobre mi alfombra y repitieron aquel lento barrido.
Nunca, jamás, me habían distraído tanto las piernas de una mujer.
El club no abría hasta dentro de dos semanas.
Ver a Afrodita para desahogarme era imposible.
Levantó un pie descalzo hasta el borde del sofá, lo metió debajo de ella y se echó hacia atrás una larga onda de pelo oscuro por encima del hombro.
Mi bolígrafo perforó el documento que se suponía que estaba firmando.
—La correspondencia de Fontaine está marcada, señor —su voz seductora llegó a mis oídos y, a regañadientes, aparté la vista de sus piernas para mirarla a la cara—.
El equipo de relaciones públicas ya ha puesto en marcha a los modelos en los medios, solo falta la sesión de fotos en Milán.
—Bien —gruñí, volviendo a centrarme en mi trabajo—.
Las quiero impresas.
—Por supuesto.
Apenas diez minutos después, se contoneaba alrededor de mi mesa con una pila de documentos impresos para archivarlos en el segundo cajón de mi escritorio, peligrosamente cerca de mi silla.
Ahí estaba, ese aroma delicioso y embriagador.
Mi polla dio un respingo descarado, y los recuerdos de cuando hundí la cara en su cuello mientras le azotaba el coño me inundaron la mente.
—¡Mierda!
—maldijo ella cuando la pila entera resbaló, esparciendo papeles por todas partes.
Me levanté para ayudar, pero justo entonces ella alzó la vista y, joder, su cara estaba tan cerca, tan cerca de mi polla.
Esta dio un respingo descarado, tensándose dolorosamente contra mis pantalones.
Sus ojos azules se agrandaron al mirarme.
Un fugaz instante en el que su rosada lengua salió para humedecerse los labios.
Maldiciendo para mis adentros, me dejé caer de nuevo en mi silla, obligándome a poner una máscara tensa e inexpresiva.
—Puede retirarse, señorita Kellerman.
Agarré el móvil de la mesa y entré en el Foro Santuario para comprobar el próximo día de apertura.
Tenía que ver a mi Afrodita y quitarme de encima esta mierda, fuera lo que fuese, antes de cometer un puto error con mi asistenta.
Un error que me marcaría para siempre.
Lo que no sabía era que ya estaba marcado.
Lo descubriría muy pronto.
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