El desconocido detrás de mi orgasmo - Capítulo 58
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58: ¿PROBLEMAS EN EL PARAÍSO?
58: ¿PROBLEMAS EN EL PARAÍSO?
Finnegan
—Estás haciendo trampa.
Una música lenta inundaba el bar a nuestro alrededor, junto con el murmullo dominical de la gente que charlaba.
A través de las pequeñas aberturas de nuestro reservado VIP, veía a la gente entrar y salir del bar, con el denso olor a whisky y bourbon flotando en el aire.
Sostuve mis cartas en alto, gruñí y las tiré en el centro de la mesa, sobre el montón.
—No voy.
—¡Ah!
Supongo que vuelvo a ganar —se regodeó Henry, arrastrando las fichas hacia él.
—¡Henry está haciendo trampa, seguro!
—dijo Eric, señalando a Henry al otro lado de la mesa—.
No hay otra explicación para que gane cuatro veces seguidas.
—La explicación… —Mi mejor amigo le restregó las cartas en la cara a Eric—.
…es que soy mejor que tú.
Siempre he sido mejor que tú, soy el rey de las cartas.
Esto no es nada nuevo, Eric.
Eric se giró hacia su padre.
—Tu amigo es un peligro.
Arturo le dio un largo sorbo a su bourbon antes de tirar también sus cartas al centro de la mesa.
—Henry te ha estado ganando a las cartas desde que tenías diecinueve años.
En algún momento, eso se convierte en tu problema, no en el suyo.
Henry señaló a Arturo.
—Nunca se han dicho palabras más ciertas, Gandalf.
—¿Gandalf?
—se burló Arturo, llevándose una mano al pecho—.
Tan viejo soy, sapo.
Tú no eres mucho más joven que yo.
—Acabas de darle la razón al llamarlo «sapo» en lugar de «cabrón» —dije con una risita, lo que me valió un «¡Bah, patrañas!» de Arturo y una mirada fulminante de Henry.
Me encogí de hombros.
—Estoy de tu lado, lo creas o no.
—¿Llamarme «cabrón» es estar de mi lado?
—Cogió su vaso y lo inclinó en mi dirección—.
El lanzamiento de VTD es este fin de semana.
¿Cómo va todo?
—Bien.
—¿«Bien» de que todo va bien de verdad o «bien» de que me enteraré de que ha sido un desastre cuando lo lea el lunes por la mañana?
Mis labios se torcieron en una sonrisa ante sus palabras.
—Lo verás el sábado.
Cada detalle había sido revisado, vuelto a revisar y entregado para una nueva revisión.
El lugar, la lista de prensa, la secuencia de revelación del producto, la rotación de la seguridad… todo estaba bajo control.
Joder, mi asistente había detectado un problema con el catering ayer antes de que se convirtiera en un problema y lo solucionó, como hacía con otras cosas.
Tenía que admitir que era competente.
Demasiado competente, hasta el punto de ser irritante.
Su voz se repetía una y otra vez en mi cabeza.
Era muy raro verla tan nerviosa, pero esa tarde en el probador, sus mejillas se habían encendido y el sonrojo le bajaba por el cuello hasta la suave curva de sus pechos, que asomaba por el escote.
Tartamudeó cuando se me cayeron los pantalones.
Joder, no debería disfrutar de esa expresión en su cara, pero se veía bastante… adorable…
—Así que Abigail, ¿eh?
¡Mierda!
¿Era tan obvio que estaba pensando en ella?
Levanté la cabeza de golpe de mi vaso de whisky hacia la cara de Eric.
Estaba inclinado sobre la mesa, con una sonrisa jugueteando en sus labios.
—¿Qué?
—Solo me preguntaba cómo está —murmuró, pasando un dedo lentamente por el borde de su vaso—.
La última vez que la vi fue en un restaurante con sus amigos y he estado tratando de armarme de valor para, ya sabes, preguntarle si quiere que salgamos.
—Espera, ¿quién es Abigail?
—frunció el ceño Henry.
—La AE de Finnegan —respondió Arturo, y Henry enarcó las cejas.
—Oh, joder, sí, la que dijiste que no era para nada tímida —rio Henry a carcajadas—.
¿Todavía trabaja contigo?
Mierda, ¿de verdad voy a perder la apuesta con River?
—Mmm —fue todo lo que pude decir.
Si lo que había pasado hacía semanas no volvía a ocurrir, era la asistente perfecta.
Al menos para mí.
Solo tenía que asegurarme de no volver a tocarla nunca, jamás.
Por muy embriagador que fuera su olor y por muy excitante que fuera pensar en lo cerca que estuve de enterrar mis dedos en su coño.
—¿Así que es buena?
—preguntó Eric con los ojos brillantes y algo se me retorció en las tripas.
Él era mucho más joven que yo, más cercano a la edad de la señorita Kellerman, en realidad.
¿Querría ella a alguien como él empotrándola contra su escritorio…?
Cristo, ¿qué clase de pensamiento era ese?
Tenía que haberme vuelto completamente loco.
—Lo es —respondí secamente.
Los labios de Arturo se curvaron ligeramente y yo fruncí el ceño mientras gruñía.
—¿Qué?
—Nada —dijo con una risita, y luego golpeó las cartas sobre la mesa—.
¿Jugamos otra ronda o qué?
Tengo que irme a casa pronto.
Se me ha pasado de largo la hora de dormir.
Unas horas más tarde, Henry ganó otra ronda y se aseguró de que todo el mundo en la sala se enterara.
Arturo preguntó por el lugar del lanzamiento y cómo llegar, mientras que Eric refunfuñaba por la partida de cartas y no volvió a mencionar a mi asistente, menos mal, joder.
—Vaya, parece que se lo están pasando bien aquí —interrumpió una voz extraña pero familiar y todos giramos la cabeza hacia la entrada del reservado para ver a Carlton Gayle entrar con toda la chulería que su esbelto cuerpo podía aparentar.
Cruzó el local hacia nuestra mesa con la mano extendida.
—¡Wolfe, amigo!
Se acerca un gran fin de semana, ¿verdad?
Habrá que darte la enhorabuena.
—¿De verdad?
—Mi mirada se posó en la mano que me ofrecía—.
No estamos en público, Gayle, no hace falta que finjas ser un santo.
Su sonrisa desapareció y soltó una risa nerviosa.
—Tío, sigues siendo el mismo aguafiestas de siempre.
Arturo, Henry, me alegro de verlos.
—Carlton, ¿cómo están la mujer y los niños?
—preguntó Arturo amablemente.
Henry no dijo nada, lo que en su caso equivalía a un «que te jodan».
—Están bien, creo.
Está en Santa Monica con los niños, así que me llamará cuando me necesite.
Ya sabes cómo son estas mujeres.
—Carlton se volvió de nuevo hacia mí, con esa sonrisa falsa de vuelta en su rostro.
Nuestras empresas habían sido rivales durante diez años.
Diez años atrás, Carlton le estafó sus acciones a una compañía de automóviles, Winchester, la compró por cuatro duros y la rebautizó como Carlton Gayle.
Desde entonces, le había costado competir con Wolfe, pero lo que más me irritaba de él eran sus sucias tácticas empresariales.
Estrecharle la mano a alguien así solo podía llevarte al infierno.
—Has tenido una buena racha.
He oído que el senador Allan ha aceptado firmar la reserva.
¿Cómo coño se había enterado de eso?
¿Había otro topo en mi empresa?
—¿Has terminado?
Eric soltó una risita y luego carraspeó con torpeza cuando Gayle lo fulminó con la mirada, con una sonrisa que se tensó en las comisuras.
—Disfruta del momento, Wolfe —dijo en voz baja—.
Tengo algo planeado para ese lanzamiento tuyo.
Una pequeña sorpresa.
Considéralo un regalo de Automóviles Carlton.
Se fue antes de que nadie pudiera responder y entrecerré los ojos.
¿Un regalo?
Más le valía no estar jugando conmigo, o le iba a patear el culo de una forma monumental.
—Va de farol —dijo Henry.
—Probablemente —mascullé, levantándome de mi asiento—.
Buenas noches, caballeros.
El viaje a casa duró unos cuarenta minutos, pero nada me preparó para la sorpresa que me esperaba.
Apenas había salido del coche, salí disparado hacia la acera, lleno de rabia.
—¿Qué demonios ha pasado aquí?
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