El desconocido detrás de mi orgasmo - Capítulo 70
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- Capítulo 70 - 70 SACÁRSELO DE LA CABEZA
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70: SACÁRSELO DE LA CABEZA 70: SACÁRSELO DE LA CABEZA Abigail
Joder, qué intenso era esto.
Estaba en una de las Salas de Observación del club.
Una luz roja inundaba el espacio, tiñéndolo todo de tonos rojos y negros.
Sobre la plataforma elevada del centro de la sala había una mujer.
Su melena rubia se desparramaba alrededor de su cabeza mientras gimoteaba.
Tenía las muñecas y los tobillos atados.
Llevaba las piernas dobladas hacia atrás, con las rodillas en dirección a las orejas, exhibiendo su coño, que relucía bajo la luz roja.
Una máscara plateada brillaba en su rostro mientras tres hombres la rodeaban, con las pollas colgándoles al moverse.
Encontré un sofá junto a la pared y dejé caer el culo en él.
Cerca del sofá había un armario, y consoladores y vibradores me guiñaban un ojo desde sus cajas.
Joder, el santuario de verdad había tirado la casa por la ventana para celebrar el cumpleaños del dueño.
Me levanté, cogí un fino vibrador de oro rosa aún precintado en su caja y volví a dejarme caer en el sofá.
Mi lencería negra sujetaba mis pechos turgentes y el pequeño trozo de tela de las bragas apenas cubría mi coño, que se humedecía a marchas forzadas.
Annette se había marchado con Zeus en cuanto llegamos al club y, tras quedarme un rato por la arena, esperando que él apareciera y a la vez rezando para que no lo hiciera, me puse a deambular hasta que encontré las Salas de Observación.
Un fuerte gemido que se le escapó a la rubia atrajo mi atención.
Uno de los hombres se había colocado a la altura de su cabeza; su polla se abría paso entre sus labios y, con las manos aferradas al pelo de ella, le follaba la boca.
Ella se atragantaba con la verga, soltando pequeños gimoteos cada vez que él la penetraba hasta el fondo.
Debían de haber puesto micrófonos en las plataformas, porque sus gemidos y los sonidos húmedos de la polla golpeándole la boca inundaban toda la sala, yendo directos a mi coño.
El segundo hombre estaba entre sus muslos abiertos.
Me humedecí el labio inferior mientras rasgaba el envoltorio del vibrador.
Él golpeó su coño hinchado con su gorda polla, frotó la enorme punta entre los labios de su vulva y, de repente, se la clavó con fuerza.
Oh, joder, sí.
Gritó con la polla en la boca mientras él la embestía en su coño empapado.
El tercer hombre se acuclilló detrás de ella.
Puse el vibrador a baja potencia, abrí más las piernas y lo coloqué con suavidad sobre la tela que cubría mi coño.
Me mordí el interior de la mejilla al sentir los deliciosos escalofríos de placer que me recorrieron la columna vertebral como una descarga.
El tercer hombre tenía algo en la mano.
Era un collar de bolas anales, unidas por un cordón y ordenadas de menor a mayor.
Eran rojas y relucían por el lubricante.
Presionó la primera bola contra el culo de la rubia mientras los otros dos la usaban por ambos extremos y ella se debatía contra sus ataduras, gritando con la polla atascada en su garganta.
Dios.
Presioné el vibrador con más fuerza contra mi coño, y mis fluidos se filtraron hasta empapar las bragas.
Las bolas se hundieron en su culo una a una.
Vi cómo desaparecía cada una de ellas mientras el hombre que estaba entre sus muslos le machacaba el coño sin piedad y el que estaba a su cabeza le metía la polla hasta la garganta a cada embestida.
Los hombres se reían mientras ella gimoteaba, con todo el cuerpo temblando mientras lo aguantaba todo.
Ares se volvería loco si supiera que estaba aquí, pero necesitaba hacer esto.
Para sacármelo de la cabeza antes de que fuera demasiado tarde.
Un suave gemido se me escapó de los labios.
Aparté las bragas a un lado y coloqué el vibrador sobre mi clítoris.
Mis caderas se sacudieron, mientras oleadas de placer ardiente me recorrían.
Esos ojos verdes arderían de ira y entonces él me castigaría.
Un chorro de fluidos calientes brotó de mi coño solo de pensarlo.
Presioné el vibrador con más fuerza contra mi clítoris al descubierto, mordiéndome el labio con tanta fuerza que noté el sabor del cobre.
Oh, Dios, sí, más.
Abrí los ojos de golpe y el hombre que le había estado follando la boca sacó su polla.
El hombre que le follaba el coño hizo lo mismo.
El que le había follado la boca se movió, se subió a la plataforma, le agarró los tobillos atados y le empujó las rodillas con fuerza contra las orejas, plegándola por completo.
Su culo y su coño quedaron expuestos desde ese nuevo ángulo.
El tercer hombre, el que le había estado metiendo las bolas anales por el culo, le ocupó la boca de inmediato, hundiéndole la polla hasta el fondo mientras le agarraba la garganta.
Mientras tanto, el hombre que antes le había hundido la polla en la garganta se cernía sobre ella en la plataforma y apuntaba con su polla a su coño.
Solté un jadeo al ver cómo su coño se estiraba desmesuradamente para acoger aquella polla enorme, y él la penetró desde arriba, follándosela con saña.
—¡Oh, vosotros…!
¡Cabrones, más fuerte, dadme por el puto culo!
—gritó cuando la polla se le resbaló de la boca.
El hombre que le había estado follando el coño estaba ahora en su culo.
Su polla se presionó contra su dilatado ano y vi cómo la introducía lentamente.
El grito que ella soltó quedó ahogado cuando otra polla le taponó la boca.
Su boca, su coño, su culo; todos sus orificios estaban abarrotados de pollas, y los sonidos de esas vergas destrozándola rebotaban en todas las superficies de la sala.
Restregué el vibrador contra mi clítoris, sacudiendo las caderas con violencia ante aquella visión.
Joder, sí.
Sí, estaba cerca.
La rubia se corrió con violencia.
Su cuerpo entero se convulsionó contra las ataduras, y sus gritos, ahogados por la polla que tenía en la boca, resonaron en la sala.
Su coño y su culo se contrajeron alrededor de los dos hombres que la follaban al mismo tiempo.
Ellos gruñeron y penetraron más a fondo, follándola sin piedad durante su orgasmo.
Finn me haría eso.
Me sujetaría mientras yo me corría a chorros sobre su polla, mientras él me destrozaba el puto coño y me arruinaba para los demás hombres.
Un sollozo ahogado se me desgarró en la garganta.
Me había arruinado para los demás hombres.
No importaba cuántos se me hubieran acercado esa noche, solo podía pensar en él.
En su polla.
En su boca.
En sus labios perversos y juguetones.
El vibrador zumbaba contra mi clítoris, mis muslos se apretaban alrededor de mi mano y mi espalda se arqueaba ligeramente en el sofá.
Eché la cabeza hacia atrás y me quedé helada cuando una sombra cubrió mi rostro.
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