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El despertar de selene - Capítulo 100

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  4. Capítulo 100 - 100 capítulo 100Victoria para selen
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100: capítulo 100:Victoria para selen 100: capítulo 100:Victoria para selen Habían transcurrido exactamente tres meses desde que Leila llevaba en su vientre el hijo del Sultán.

Durante ese mismo tiempo, Elías no había podido ocultar su creciente enamoramiento hacia ella, algo que confundía a Selén.

No es que le importaran demasiado los sentimientos de su mejor amigo, pero sí le preocupaba el hecho de que Leila era la favorita del Sultán.

Si aquella situación llegaba a descubrirse, si Mahidevram se enteraba… aquello significaría la derrota de Selén, y no podía permitirse tal cosa.

Una noche fría y oscura, Selén se encontraba frente al espejo.

Peinaba lentamente su largo cabello, mientras sus sirvientas se ocupaban de acomodar la ropa que usaría al día siguiente.

Todo parecía transcurrir con calma, hasta que un grito desgarrador, agudo y estremecedor, sacudió el silencio del palacio.

El alarido provenía del harén, desde la segunda planta, donde se alojaban las concubinas favoritasSelén se detuvo de inmediato, con el cepillo aún entre sus dedos.

Miró a una de sus sirvientas con gesto severo y ordenó: —Ve a ver qué ocurre.

No quiero otro accidente en este palacio.

Anda, apresúrate.

La sirvienta se inclinó obediente y salió corriendo hacia el origen del escándalo.

La sirvienta regresó apresurada, con el rostro pálido y la respiración entrecortada.

Selén la observó con frialdad, notando el temblor en sus manos.

—Habla —ordenó con firmeza—.

¿Qué ha sucedido?

La muchacha tragó saliva y, con voz temblorosa, respondió: —Mi sultana… la señorita Leila… está en la hora de dar a luz.

Los ojos de Selén se abrieron de par en par, sorprendida por la noticia que no esperaba tan pronto.

Se levantó con brusquedad de su asiento.

—¿Cómo es esto posible?

—exclamó con incredulidad, aunque enseguida recuperó la compostura—.

¡Busca a la doctora ahora mismo!

Y dile a la encargada del harén que vaya en su ayuda.

Mientras tanto, yo misma me dirigiré hacia allá.

¡Anda, apresúrate!

—Sí, mi sultana… —balbuceó la sirvienta.

—¡Rápido!

No podemos permitir un aborto espontáneo.

La joven no alcanzó siquiera a inclinarse en señal de respeto; salió corriendo por el pasillo, desapareciendo entre las sombras del palacio, en busca de la doctora.

Selén avanzó con paso rápido por los pasillos, su corazón latiendo con fuerza, mientras los ecos del grito de Leila aún resonaban en el palacio.

Al llegar a la segunda planta, las puertas del harén estaban entreabiertas y el murmullo nervioso de las concubinas se mezclaba con los lamentos desgarradores de la joven favorita del Sultán.

Entró con determinación.

Lo primero que vio fue a Leila, recostada sobre un diván cubierto de telas de seda.

Su rostro estaba perlado de sudor, sus cabellos desordenados caían sobre la almohada, y sus manos se aferraban con fuerza a las sábanas mientras contenía un nuevo gemido.

Las concubinas intentaban sostenerla, algunas con lágrimas de miedo en los ojos.

Una de ellas alzó la mirada al ver a Selén entrar y se inclinó con respeto, suplicando: —Mi sultana… ¡la señorita Leila no soporta más!

Selén se acercó de inmediato, con la serenidad que la caracterizaba, aunque por dentro hervía de nervios.

Se inclinó sobre Leila, observando el esfuerzo en su rostro.

—Resiste, Leila… la doctora ya viene en camino —le dijo con voz firme, casi autoritaria, pero con un leve destello de compasión en la mirada.

Leila apretó los dientes, respirando entrecortadamente, y murmuró con un hilo de voz: —No… no quiero que me pase nada… ni al bebé… Selén tomó su mano sudorosa y la sostuvo con fuerza.

—Nada te pasará —aseguró—.

Este hijo nacerá.

Los gritos de Leila se hacían cada vez más fuertes cuando, finalmente, las puertas se abrieron y la doctora entró apresurada, seguida por la encargada del harén.

Ambas hicieron una reverencia rápida a Selén antes de acercarse a la joven que yacía exhausta sobre el diván.

—¡Denme espacio!

—ordenó la doctora con firmeza.

Las concubinas retrocedieron, dejando que la mujer desplegara sus instrumentos y toallas limpias.

Selén, de pie junto a Leila, no apartaba la vista de la escena, sujeta todavía a la mano de la joven favorita.

El tiempo pareció detenerse entre los sollozos, los esfuerzos y las instrucciones apresuradas de la doctora.

Hasta que, finalmente, un llanto agudo y fuerte rompió el silencio de la madrugada.—¡Es un niño!

—anunció la doctora con una sonrisa de alivio, levantando al pequeño envuelto en paños blancos.

Un murmullo de júbilo recorrió el harén.

Las concubinas se inclinaron, algunas incluso llorando de felicidad, y Selén sintió un extraño alivio recorrerle el pecho.

Leila, exhausta pero sonriente, alargó los brazos temblorosos para recibir a su hijo.

Sus ojos se llenaron de lágrimas al sentirlo junto a su pecho.

—Mi hijo… —susurró con voz quebrada.

Selén dio un paso atrás, permitiendo que la joven viviera su momento, aunque en su interior calculaba ya las consecuencias: un varón significaba fuerza, futuro, y sobre todo, un nuevo giro en el destino del palacio.

La encargada del harén alzó la voz, solemne y emocionada: —¡Ha nacido un príncipe, hijo del gran Sultán!

La noticia se expandió como fuego entre las paredes, y todas sonrieron, porque un varón significaba alegría, protección y poder.

El llanto del recién nacido aún resonaba en el harén cuando las puertas se abrieron de golpe.

El Sultán entró, con paso solemne, seguido de cerca por Mahidevram, cuyo rostro estaba endurecido por la furia contenida.

Al ver a Leila recostada, con el bebé en brazos, el Sultán se detuvo.

Sus ojos brillaron con una emoción que pocas veces dejaba ver.

Se acercó lentamente, y todas las concubinas inclinaron la cabeza en señal de respeto.

—¿Un varón?

—preguntó, su voz profunda cargada de expectación.

La doctora sonrió y asintió.

—Sí, mi señor.

Un príncipe.

El Sultán se inclinó, observando al niño que dormía ya entre los brazos de su madre.

Una leve sonrisa se dibujó en sus labios.

Sin apartar la vista de su hijo, habló con autoridad:—Dejadnos a solas.

Las concubinas obedecieron de inmediato.

Selén, con gesto calculado, se acercó a Mahidevram y la tomó del brazo con suavidad, pero con firmeza, conduciéndola fuera del aposento.

Ya en un rincón apartado, donde los ecos del llanto del bebé apenas llegaban, Selén se volvió hacia ella con una sonrisa cargada de veneno.

—Lo has visto, Mahidevram… —dijo en un susurro frío—.

Esta vez has perdido.

Leila le ha dado al Sultán lo que tú no pudiste: un hijo varón.

Los ojos de Mahidevram se encendieron de rabia, pero Selén continuó, disfrutando de su dolor: —Ya no eres la favorita.

Ahora ella es la madre de un príncipe… y el Sultán jamás la olvidará.

Mahidevram apretó los puños hasta clavarse las uñas en la palma, conteniendo las lágrimas de furia.

Selén inclinó la cabeza con gesto victorioso antes de dejarla allí, humillada, mientras en la otra sala el Sultán contemplaba a su hijo con ternura, ajeno a la batalla silenciosa que acababa de comenzar.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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