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El despertar de selene - Capítulo 102

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  4. Capítulo 102 - 102 capítulo 102La Sultana nunca lo amara
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102: capítulo 102:La Sultana nunca lo amara.

102: capítulo 102:La Sultana nunca lo amara.

Habían pasado aproximadamente dos meses desde el despertar de sus poderes.

Selen descansaba en sus aposentos, rodeada por los suaves cortinajes que dejaban entrar apenas un rayo de sol tenue.

Se había acostumbrado a la rutina palaciega, aunque en su interior sabía que su vida ya no era la misma.

De pronto, la puerta se abrió con solemnidad.

La Sultana Valide, su madre, entró con paso firme.

A su lado iba Mahidevran, cuyos ojos oscuros la miraban con un rencor apenas disimulado.

Selen se incorporó de inmediato, inclinando la cabeza con respeto hacia su madre.

—Madre… —murmuró, sin atreverse a preguntar por la presencia de Mahidevran.

La Sultana Valide avanzó hasta quedar frente a ella.

Su mirada era serena, pero cargada de una decisión irrefutable.

—Querida mía —dijo con voz firme—, tenemos que hablar contigo.

Selen, intrigada, asintió suavemente.

—Sí, claro… dime, madre.

Mahidevran permaneció en silencio, aunque no pudo evitar que una sonrisa apenas perceptible se dibujara en sus labios, como si esperara aquel momento desde hacía tiempo.

La Sultana Valide suspiró, tomó asiento y habló con solemnidad: —Hemos decidido que ya es hora de que te cases.

Selen abrió los ojos de par en par, como si la hubieran herido con un puñal invisible.—¿Qué… qué dices, madre?

—preguntó incrédula.

Mahidevran bajó la mirada fingiendo modestia, aunque sus labios temblaban de satisfacción.

La Sultana Valide no titubeó.

—Con el primo de Mahidevran.

Tu hermano y yo hemos visto que es un hombre ejemplar, digno para ti y para la familia.

Las palabras retumbaron en la mente de Selen.

Su pecho se oprimió.

El peso de su destino, de sus poderes recién despertados y de las almas antiguas que susurraban en su interior, se mezclaba ahora con la carga de un matrimonio impuesto.

El silencio llenó la habitación, roto solo por el latido furioso del corazón de la Sultana.

Mahidevran no pudo contener una sonrisa satisfecha y vengativa, como si al fin hubiera conseguido lo que tanto había esperado.

—Mi primo Ahmet es un guardia real —dijo con un tono envenenado—.

Te aseguro, Sultana, que te encantará.

Selen la miró con odio contenido, como si quisiera atravesarla con la mirada.

Sin embargo, respiró hondo y bajó la cabeza, obligándose a pronunciar las palabras que su madre esperaba escuchar.

—Está bien, madre… si así lo deseas.

La Sultana Valide, complacida, mostró una sonrisa amplia, casi triunfante, que iluminó su rostro con un brillo de poder.

—Me parece perfecto, hija mía.

En dos días lo conocerás.

Hasta entonces, mantente tan bella como siempre —sentenció con orgullo, mientras se levantaba con majestuosidad.

Mahidevran inclinó apenas la cabeza, disimulando su deleite.

Sus ojos destellaban venganza mientras seguía a la Valide hacia la puerta.

Selen permaneció inmóvil, con las manos apretadas en los pliegues de su vestido.

Solo cuando la puerta se cerró tras ellas, dejó escapar un suspiro entrecortado.

Su pecho ardía de rabia, y en su interior las almas antiguas murmuraban inquietas.

“Tu destino no está en sus manos”, susurraban aquellas voces etéreas.

“No serás un peón en el juego de otros.

Tú eres la heredera de Lunaris.” Las velas de la habitación parpadearon con fuerza, como si respondieran a su furia.

Selen cerró los ojos, reprimiendo el impulso de dejar que su poder estallara allí mismo.

Pero sabía que debía ser cautelosa.Selen salió apresurada de sus aposentos.

Tenía el corazón en un puño y sentía que las paredes del palacio se cerraban sobre ella.

Necesitaba hablar con alguien, desahogarse, o de lo contrario iba a explotar.

Primero buscó a Elías, pero lo encontró en un rincón apartado con Leila, compartiendo sonrisas y palabras tiernas.

La escena le hizo apretar los labios; no quiso interrumpirlos.

Guardó silencio y se dio la vuelta.

Corrió entonces hacia Bárbara, que se encontraba en su salón personal.

La joven estaba concentrada, con agujas y telas en mano, diseñando un nuevo vestido.

Tan absorta estaba en su creación que ni siquiera notó la presencia de Selen.

La sultana, frustrada, decidió no molestarla y continuó su búsqueda.

Finalmente salió al jardín.

Allí, entre las rosas, vio a Franco, sentado solo, pensativo.

Su respiración se agitó y corrió hacia él —¡Franco!

—exclamó con desesperación—.

No sabes… ¡no sabes la desgracia que me acaba de ocurrir!

El muchacho se sobresaltó, llevándose la mano al pecho.

—¡Por todos los cielos, Selen!

—dijo con un sobresalto—.

¡Casi me matas del susto!

Pero dime, ¿qué pasa ahora?

Selen lo miró con ojos melancólicos, casi al borde de las lágrimas.

—La Valide Sultana… quiere casarme con el primo de Mahidevran.

Franco se quedó paralizado unos segundos.

Luego, la indignación se dibujó en su rostro y se levantó de golpe.

—¿Qué?

—exclamó con furia—.

¿Cómo es posible?

¡Eso es una injusticia!

El jardín quedó en silencio, roto solo por el murmullo del viento entre las hojas.

Selen bajó la mirada, sintiendo cómo la impotencia la ahogaba.

Franco, con los puños apretados, parecía tan indignado como si aquella decisión lo afectara a él mismo.

Selen se dejó caer en el banco de piedra del jardín, con las manos temblorosas.

Levantó la mirada hacia Franco, buscando en sus ojos una respuesta que ella misma no encontraba.

—Franco… ¿qué hago?

—preguntó con voz rota.

Él suspiró y apartó la vista, como si la respuesta pesara demasiado.

—Parece que así eran las cosas en esta época —murmuró, resignado—.

Las mujeres no pueden elegir… siempre deciden por ellas.

Pero, aun así, Selen… no me parece justo.

La sultana apretó los puños sobre sus rodillas, la furia quemándole por dentro.

—Estoy segura de que fue Mahidevran quien le sugirió a la Valide que me uniera con su primo Ahmet.

Solo para verme perder, solo para arrebatarme la paz.

—Alzó la barbilla con firmeza—.

Pero no se saldrá con la suya.Franco la miró fijamente, con un brillo de desesperación en los ojos.

Avanzó un paso, bajó la voz, casi suplicante: —Prométeme algo… prométeme que no vas a amar a ese tal Ahmet.

Selen sostuvo su mirada, sin vacilar.

Su voz fue clara, firme, cargada de una convicción que atravesaba la noche.

—Claro que nunca lo amaré.

Eso sí te lo aseguro.

El silencio del jardín los envolvió.

El viento agitó las ramas de los árboles, como si fueran testigos de aquel juramento secreto que unía sus destinos

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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