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El despertar de selene - Capítulo 106

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  4. Capítulo 106 - 106 capítulo 106el amanecer del caos
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106: capítulo 106:el amanecer del caos 106: capítulo 106:el amanecer del caos La noche había llegado, silenciosa y envolvente.

Quizás Selene se sentía mal porque su corazón, en el fondo, pertenecía a otra persona.

Aun así, debía casarse con alguien más.

El príncipe era un buen hombre: amable, encantador y hasta gracioso.

Pero nada de eso bastaba para borrar lo que ella sentía.

El destino ya estaba trazado, y no había escapatoria posible.

Con un suspiro, se quitó el collar que llevaba desde la infancia.

Luego tomó el cepillo y pasó los dedos por su cabello, como si quisiera peinar también sus pensamientos.

Frente al espejo, sus ojos reflejaban una tristeza que ni ella misma podía ocultar.

Se levantó, caminó hacia la ventana y alzó la vista hacia la luna.

Su luz bañaba la habitación, haciéndola parecer parte de otro mundo.Selene sonrió débilmente y se sentó junto a la mesa.

Entre sus manos comenzó a hacer girar un pequeño objeto, solo por diversión o quizás por costumbre.

Entonces unió las palmas, cerró los ojos… y una llama danzó suavemente entre sus dedos.

Quizás —pensó— sus poderes eran su única escapatoria.

Su manera de seguir respirando mientras todo lo demás la encadenaba.

A la mañana siguiente, Selene despertó sobresaltada por los gritos.

Le pareció extraño: en el castillo nunca había tanto alboroto.

Rápidamente se levantó de la cama y, guiada por sus damas, salió de la habitación.

Los pasillos estaban revueltos; el sonido de pasos y voces se extendía por el palacio como un murmullo inquietante.

—¿Qué ocurre?

—preguntó una de las damas, pero nadie respondió.

Al llegar al gran comedor, Selene se detuvo en seco.

Allí, frente a todos, la Sultana Valide discutía acaloradamente con Mahidevran.

—¡Mahidevran intentó golpear a Victoria!

—gritó la Valide, con el rostro encendido de ira.

Selene contuvo la risa; la escena parecía sacada de una farsa de la corte.

—¿En serio?

¿Por qué lo hiciste, Mahidevran?

—preguntó con tono sereno, aunque una chispa de ironía se asomaba en su voz.

Mahidevran la miró con un odio helado.

Sus ojos, eternamente fríos, parecían atravesarla.

—Esa Victoria…

¿crees que puede tener más privilegios que yo?

—dijo con desprecio—.

No se comporta como una sultana, y no lo es.

La Sultana Valide, furiosa, dio un paso al frente.

—¡Basta!

—exclamó con autoridad—.

Victoria es la esposa de mi hijo, el príncipe Mehmet.

Tal vez no la respetes a ella, pero a mí sí me respetarás.

No olvides quién soy, Mahidevran… soy la Gran Sultana Madre.

—¡Usted no puede tratarme así!

—exclamó Mahidevran, con la voz temblorosa por la furia contenida—.

¡Yo soy la mujer del Sultán, su primer amor!

¡Y llevo en mi vientre un hijo suyo!

El silencio cayó de golpe.

Los murmullos recorrieron el comedor como un eco de sorpresa.

Todos miraban a Mahidevran, que mantenía la barbilla en alto, aunque sus manos temblaban.

La Sultana Valide entrecerró los ojos, incrédula.

Su tono fue cortante como una espada: —¿Después de tantos años sin poder darle un hijo al Sultán… ahora dices estar embarazada?

¿Y pretendes que te creamos?

—avanzó un paso, sin apartar la mirada de ella—.

¡Mentira!

No has pasado una sola noche con el Sultán en los últimos tiempos.

Mahidevran dio un paso atrás, pero apartó la mirada.

—¡No miento!

—replicó, con la voz al borde del llanto.

La Valide alzó la mano, imponiendo silencio.

—Sabes lo que ocurrirá si mientes —dijo con dureza—.

Enviaré una doctora para que te examine.

Si resulta que no dices la verdad… pagarás las consecuencias.

No pienso soportar otra de tus intrigas.

Los rostros de las damas reflejaban miedo y tensión.

Selene, que observaba la escena desde el fondo, sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

Aquella mañana, que había comenzado en calma, se había transformado en una tormenta dentro del palacio.

Y algo en su interior le decía que ese solo era el comienzo.

Selene, indispuesta, abandonó el comedor antes de que la discusión terminara.

Sentía el corazón agitado y el eco de las voces resonando en su mente.

Sin perder tiempo, caminó por los pasillos del palacio hasta llegar a los aposentos de Leila, la concubina favorita del Sultán, aquella que había dado a luz a su primer hijo.

Al entrar, encontró a Leila cómodamente sentada, riendo suavemente mientras Elías conversaba con ella.

La escena parecía tranquila, casi irreal después del caos del comedor.

—Leila, tenemos que hablar —dijo Selene, con urgencia.

Elías se giró hacia ella, sorprendido.

—Selene, por favor, no —dijo con voz tranquila—.

¿No ves que estoy con Leila?

Selene apretó los labios.

—Ninguna discusión más —replicó con tono firme—.

Esto es urgente.

Muy urgente.

Leila la miró con cierta preocupación, dejando a un lado el abanico que sostenía.

—¿Qué ocurre, mi sultana?

—preguntó.

Selene dio un paso hacia ellas, bajando la voz.

—Mahidevran dice que está embarazada.

Leila palideció, sus ojos se abrieron con asombro.

—¿Qué?

—susurró.

—Lo que oyes —continuó Selene—.

Afirma que lleva un hijo del Sultán.

Tú ya le diste un heredero, eso la debilitó… pero si ahora realmente está embarazada y da a luz a otro hijo, podría ser tu fin, Leila.

El silencio cayó sobre la habitación.

Solo se oía el leve crepitar de una lámpara de aceite.

Leila bajó la mirada hacia el suelo, intentando mantener la calma.

—No permitiré que eso suceda —dijo con voz temblorosa.

Selene la observó con seriedad.

—Entonces debemos estar preparadas.

Si miente, lo sabremos.

Pero si dice la verdad… el destino del palacio cambiará.

Leila asintió lentamente.

Afuera, el viento soplaba entre los muros, como si el propio palacio presintiera la tormenta que estaba por venir.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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