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El despertar de selene - Capítulo 107

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  4. Capítulo 107 - 107 capítulo 107El eco de la corona
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107: capítulo 107:El eco de la corona 107: capítulo 107:El eco de la corona Después de que todos estuvieran preparados para lo que venía, una sirvienta entró con paso apresurado a los aposentos de Selene.

Se inclinó con respeto, aunque su expresión delataba cierta inquietud.

Miró un instante hacia la ventana, donde el sol comenzaba a descender, y luego fijó la vista en su señora.

—Mi sultana —dijo con voz temblorosa—, ha ocurrido algo que me conmueve.

Selene frunció el ceño, desconcertada.

—Habla ahora —ordenó con firmeza—.

¿Qué ha pasado?

—La Sultana Valide… —respondió la sirvienta con un hilo de voz— no se encuentra bien.

Ha sufrido un desmayo.

El corazón de Selene se detuvo un instante.

Sintió cómo la sangre le abandonaba el rostro.

Sin decir palabra, se levantó de golpe, y su vestido de seda rozó el suelo mientras salía apresurada por los pasillos del harén.

Las miradas de las sirvientas se cruzaban entre sí, llenas de temor, pero ninguna se atrevió a detenerla.

Cuando llegó a los aposentos de la Sultana Valide, dos médicos imperiales ya estaban allí.

Uno de ellos intentaba aún reanimarla, mientras el otro bajaba la cabeza en silencio.

Selene se acercó con el corazón encogido.

—Madre… —susurró arrodillándose junto al lecho—.

Madre, mírame, por favor.

—Llame a alguien, al Sultán, de inmediato —dijo Selene con una mirada firme.

Tras unos momentos, el Sultán entró apresurado.

Selene inclinó la cabeza y le dijo: —Hermano mío, ayúdame… Nuestra madre está muy mal.

Por desgracia, creo que ya no está en esta vida.

El Sultán la miró desconcertado.

—¿Cómo es esto posible?

¿Qué ha pasado?

No… esto no puede ser.

Se apresuró a tomar la mano de la Sultana Valide, pero no encontró pulso.

Presionó su corazón, buscando algún signo de vida… nada.

Su mirada se llenó de tristeza.

—Que Alala la ampare en su reino —dijo con voz quebrada—.

La Sultana Valide ya no está aquí.

Selene, sorprendida y dolida, se llevó ambas manos a la boca, sintiendo el vacío del abrazo que nunca más recibiría.

Luego de unos minutos de silencio, el Sultán habló con voz firme: —Llamen a Ibrahim.

Necesito que esté aquí de inmediato.

Algunos segundos después, Ibrahim entró apresuradamente, inclinándose con respeto: —¿Qué ha sucedido, mi sultana?

El Sultán bajó la mirada un instante, antes de responder con solemnidad: —La Sultana Valide… mi madre… ya no nos acompaña.

Necesito que convoques a los ministros de inmediato, para que organicen un funeral digno ante su memoria.

Ibrahim asintió, conteniendo la emoción, y salió con paso decidido, mientras el silencio volvía a llenar los aposentos, pesado y solemne.

Luego de todo lo sucedido, Selene se retiró a sus aposentos.

Dejó caer su corona al suelo, levantando las manos con frustración y desesperación.

Algo no estaba bien.

Era casi imposible que su madre hubiera muerto tan joven: solo 52 años, cuidándose, gozando de buena salud.

No podía ser natural.

Algo más había sucedido.

Cerró las puertas de su habitación con un chasquido, bajó las cortinas y se concentró.

Se sentó junto al balcón que daba al jardín, respirando hondo.

Primero levantó las manos hacia el cielo y cerró los ojos, enfocándose en descubrir la verdad sobre la muerte de su madre.

Poco a poco, una escena comenzó a formarse en su mente: Maidebram caminaba por el palacio con un pequeño objeto en las manos.

Selene no podía distinguir qué era exactamente, solo que parecía una diminuta fuente que contenía algún líquido.

Con cuidado, Maidevram vertió su contenido en un frasco pequeño y luego entró en los aposentos de la Sultana Valide.

La madre de Selene parecía alegre, despreocupada.

Maidevram tomó una copa, la llenó de vino y vertió dentro el líquido que había guardado en sus manos.

Lo ofreció a la Sultana, quien lo bebió con una sonrisa.

Pocos minutos después, la expresión de la Sultana cambió: su rostro palideció, su cuerpo se tambaleó, y finalmente, la copa cayó al suelo… seguida por ella.

Selene abrió los ojos de golpe, con el corazón latiéndole con fuerza.

Su intuición le decía lo que ya temía: su madre no había muerto por causas naturales.

Ahora Selene tenía la certeza: la muerte de su madre no había sido natural.

No era Mahidebram quien la había causado, pero Maydebrau sí debía responder por ello.

Con decisión, se dirigió a ver a la doctora.

La doctora se inclinó respetuosamente: —Oh, mi sultana, es un honor su visita.

Selene habló con voz fría y firme: —Quisiera saber si la señorita Mahidevram está embarazada.

La doctora, un tanto sorprendida, respondió: —Oh… sí, mi sultana.

Está embarazada.

Selene esbozó una sonrisa satisfecha: —Muy bien.

Eso era lo que necesitaba saber.

Después, se dirigió al jardín en busca de sus amigos: Franco, Bárbara y Elias.

Corrió hacia ellos, con urgencia.

—¡Hey, chicos!

Hay algo que tengo que decirles.

Franco frunció el ceño, preocupado: —Oh, ¿qué pasa, Selene?

Elias agregó: —Sí, ¿qué sucede?

Hace tiempo que no hablamos los tres, ¿no lo creen?

Bárbara, con una sonrisa ingenua, dijo: —Sí, Selene, dinos.

Selene respiró hondo, con el rostro serio: —La Sultana Valide ha muerto.

Bárbara gritó, sorprendida: —¿Qué?

Elias también se quedó boquiabierto: —¿Cómo es posible?

¡Estaba bien!

Selene respondió apresurada: —No lo sé… acaba de fallecer hace unas horas.

Pero no fue por causas naturales.

La culpable es Mahidevram.

Franco frunció el ceño: —¿Por qué crees que es culpa de Mahidevram?

Selene lo miró con determinación: —No lo creo… lo sé.

Vi una visión del pasado, con mis propios ojos.

Ahora le devolveré lo mismo.

Y estoy más que segura de que tiene a Victoria como aliada.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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