El despertar de selene - Capítulo 108
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- Capítulo 108 - 108 capítulo 108El juramento de mahidevram
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108: capítulo 108:El juramento de mahidevram 108: capítulo 108:El juramento de mahidevram Siendo así, Selene abandonó el jardín y se dirigió al interior del palacio.
Caminó con paso firme hasta encontrar a Victoria, quien se hallaba tomando un baño refrescante.
Apenas Selene cruzó el umbral, las sirvientas que la atendían se retiraron inclinando la cabeza con respeto.
—¡Sultana Selene!
—exclamó Victoria, sorprendida—.
¿Qué haces aquí?
Selene sonrió con una arrogancia contenida.
—Victoria, temo que debo hablar contigo.
Imagino que ya sabes de la muerte de la Sultana Valide.
Victoria rodó los ojos con fingida calma.
—Por supuesto.
Todo el palacio lo comenta.
Mis condolencias, Sultana.
Selene entrecerró los ojos y su voz se tornó más fría.
—Sé que fuiste tú…
tú y Mahidevran.
No lo niegues ante mí, porque lo veo y lo sé.
Victoria se quedó inmóvil, el rostro empalidecido.
—No sé de qué me hablas —murmuró—.
Lo que dices son estupideces.
—No solo estupideces —replicó Selene con una mirada glacial, clavándole los ojos—.
Quiero que hagas algo por mí.
Así como tú mataste a la Sultana, tú pagarás por eso.
Victoria, asustada, se incorporó con un resorte de orgullo herido.
—No me ordenará qué hacer.
Yo soy la esposa del príncipe Mehmet, la heredera al trono.
Selene soltó una risa corta y amarga.
—Eres solo su esposa.
Yo soy la Sultana Selene.
—A partir de ahora —dijo Selene con voz solemne—, tu respeto hacia mí será absoluto.
No le darás un heredero al príncipe Mehmet, mi hermano, hasta que yo lo decida.
Porque, aunque te falte valor, Victoria, debes comprender tu lugar.
Victoria dio un paso atrás, la respiración entrecortada por la rabia y el miedo.
—¡No puede hacer eso!
—exclamó—.
No puede impedirme tener un heredero.
Selene no mostró titubeo.
Su mirada era como un filo.
—Sé muy bien lo que hago y lo que valgo.
No me verás suplicarle a nadie.
Te lo indigo: o obedeces, o cuento a todos lo que hiciste.
Le creerán más a mí que a ti.
Victoria palideció, buscando un argumento que no encontró.
La amenaza colgaba en el aire, fría e irreversible.
—Eso es todo —dijo Selene con frialdad—.
No quiero oír una sola palabra más tuya en mi contra.
Adiós.
Con una sonrisa enigmática, Selene se dio la vuelta y abandonó la estancia.
Mientras recorría los pasillos del palacio, sus dedos se cerraron en torno a una pequeña daga.
Caminó decidida, en busca de Mahidevran.
Al llegar a sus aposentos, se encontró con el silencio.
No había nadie… solo un objeto descansaba sobre la mesa: un collar con forma de serpiente, rodeado de esmeraldas.
Selene lo tomó con cautela.
La joya brillaba con una energía extraña, casi viva.
En el momento en que lo sostuvo entre sus manos, una llamarada se encendió repentinamente.
El fuego le rozó la piel, y soltó el collar, que cayó al suelo con un sonido secoAl observarlo más de cerca, notó que no era un simple adorno: tenía grabados antiguos, símbolos que reconoció de un viejo libro de hechizos.
Entonces lo comprendió.
Aquel objeto pertenecía a una bruja.
Y si el collar era de Mahidevran… eso solo podía significar una cosa: Mahidevran también era una bruja, igual que ella.
Pero no una cualquiera.
Selene había venido desde el pasado para detenerla, porque Mahidevran no era una bruja como Selene.
Era una bruja malvada.
En ese instante entró Mahidevran, con la mirada fría y los ojos enrojecidos.
Se plantó frente a Selene; su presencia llenó la estancia de una sombra inquietante.
Selene la miró sin titubear y dijo: —Sé tu secreto, Mahidevran.
Has matado a la Sultana.
Eres una bruja.
¿Cómo explicas esto?
Mahidevran esbozó una sonrisa dura, como un puñal.
Respondió con voz baja y afilada: —No es lo que usted cree, Sultana.
Sé muchas cosas que este palacio guarda en silencio.
Si voy eliminando a quienes se interponen, llegaré a ser Sultana y gobernaré junto al Sultán.
Mataré a cualquiera que se me ponga por delante, inclusive a usted.
Solo necesito arrancar un corazón de sangre pura como el suyo.
Y entregárselo a la noche.El aire pareció volverse más pesado; las palabras de Mahidevran resonaron como una profecía sombría.
Mahidevran hizo una pausa, su mirada se volvió más lúgubre, como si arrancara recuerdos de una tumba.
Dio un paso adelante y su voz, baja y grave, empezó a deslizarse por la estancia como humo.
—No nací bruja —dijo—.
Fui hija de una casa olvidada, una rama que el palacio descartó cuando el sultán decidió aliarse con otras familias.
Crecí en las sombras de estas piedras, aprendí a escuchar sus secretos: las grietas susurraban nombres, y las telas guardaban juramentos.
Me prometí no ser nunca más invisible.
Se acercó al collar que yacía en el suelo y lo acarició con los dedos, como quien toca una memoria.
—Al principio busqué poder en el saber: en libros vetustos, en rollos escondidos en bibliotecas clausuradas.
Aprendí lenguas muertas, descifré conjuros que la corte llamaba superstición.
Pero el poder del saber era lento y las coronas no esperan.
Necesitaba algo que cambiara mi sangre.
Fue entonces cuando encontré a quien me habló en lapenumbra.
Mahidevran clavó los ojos en Selene, y por un instante su rostro fue un mapa de heridas.
—Ella no tenía nombre para ustedes; para mí fue la que escucha en la noche.
Una figura encorvada que vendía favores y favores cobraba.
Me enseñó la verdad que los sabios niegan: que la noche no es hueca; es un precio.
Me ofreció un pacto.
No lo llamo ritual porque esterilizáis las palabras; fue un juramento con hambre.
Me dijo lo que debía ofrecer y qué pedir.
Me dijo que la sangre mueve lo antiguo, que la ira vale tanto como el dolor.
Su voz se hizo casi un susurro, y en ella se colaba algo que pudo ser arrepentimiento o triunfo.
—Acepté.
No por maldad primero, sino por necesidad: por la humillación que sufrí, por mi madre y por todas las sombras que me comieron la infancia.
Di cosas que dolieron —no hablaré de eso— y recibí a cambio la vista de aquello que los demás no querían ver: los hilos quesostienen el poder.
Aprendí a encender la serpiente en la joya, a leer nombres en sangre, a abrir puertas que jamás debieron abrirse.
Se detuvo, casi sonriendo, como quien enumera victorias.
—No vine a esto por capricho.
Vine porque el palacio me forzó a elegir: desaparecer o devorar.
Elegí devorar.
Y ahora, Sultana, prometo no detenerme hasta que mi nombre se diga con el mismo respeto con que se pronuncia el suyo.
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