El despertar de selene - Capítulo 111
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- Capítulo 111 - 111 capítulo 111Luz contra oscuridad
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111: capítulo 111:Luz contra oscuridad 111: capítulo 111:Luz contra oscuridad Después de las llamas, el suelo empezó a temblar.
Bárbara se asustó, y Selene también; ambas miraron al suelo, que comenzaba a abrirse.
—¡Corran!
¡Hay que ir al patio!
—gritó Selene.
Elías tomó a Leila en brazos, mientras Bárbara y Franco corrieron junto a Selene.
Corrían tan rápido como podían, pero Bárbara, por primera vez, decidió usar sus habilidades de vampira.
No le gustaba hacerlo, pero no tenía opción.
Aceleró, moviéndose más rápido que todos, mientras Selene tuvo que impulsarse volando un poco, al igual que Elías y Franco.
Cuando llegaron al centro del patio del palacio, Selene dijo rápidamente: —¡Rápido, tenemos que juntar los elementos para volver a casa!
Esa es la solución.
¡Por eso se está abriendo el suelo!
Lucifer no quiere que nos vayamos ahora.
—Yo pondré el fuego.
Bárbara, ¿no tienes un elemento?
¿O sí lo tienes?
—preguntó nerviosa.
Bárbara respondió de inmediato: —Solo puedo producir luz y aire, ¿sirve?
Selene asintió.
—Bueno, la luz no, pero el aire sí.
Franco tiene el elemento de tierra, Elías el del agua.
Ya están los cuatro elementos.
Luego miró a Leila.
—¿Tendrás una pluma negra?
—Claro —afirmó Leila, sacando una pluma de su abrigo—.
Aquí tienes.
Selene la tomó con cuidado y la colocó en el suelo.
—Perfecto.
Bárbara, haz un hoyo pequeño, rápido.
Bárbara, con agilidad, lo hizo en solo dos segundos.
—Gracias —dijo Selene—.
Ahora, a la cuenta de tres, formaremos los cuatro elementos.
Se volvió hacia Leila.
—Toma la mano de Elías para venir con nosotros, o te quedarás atrapada en el pasado.
Leila asintió con la cabeza.
—Elías, Franco, Bárbara…
¿están preparados?
—Como nunca —respondió Elías.
—Volvamos, ya es hora —dijo Franco.
—La luna llena caerá, pero estaremos allá —añadió Bárbara—.
¡Rápido, hay que hacerlo!
—Muy bien…
a la cuenta de tres —dijo Selene—.
¡Uno, dos, tres!
Primero, Franco unió las manos, concentrando la tierra hasta formar un círculo brillante entre ellas.
Luego Bárbara creó un pequeño remolino de aire, girando con fuerza.
Después, Elías hizo aparecer una esfera de agua que flotaba y se movía suavemente entre sus dedos.
Y, por último, Selene encendió fuego: dos llamas enormes brillaban en cada una de sus manos.
Entonces, cuando los elementos se juntaron entre sí, formaron un triángulo pequeño que luego se unió en una cruz.
La pluma negra comenzó a flotar en medio del círculo que habían formado los cinco.
El suelo temblaba cada vez más fuerte y, de pronto, el cielo se volvió completamente negro.
Algo descendía desde lo alto.
Un humo oscuro empezó a extenderse, cubriendo el aire con un olor a ceniza.
Entre los árboles, se escucharon pasos.
Algo —o alguien— vestido de negro y morado comenzó a caminar hacia ellos.
Selene lo supo al instante.
Era él.
Lucifer.
No sintió miedo, pero sí una intensa presión en el pecho.
Aun así, levantó la voz y advirtió a los demás: —¡No se detengan!
¡Ahí viene Lucifer!
Por nada del mundo lo miren a los ojos.
Solo yo puedo hacerlo.
¡No dejen de mantener los elementos!
Bárbara, temblando, murmuró: —¿No te da miedo ver a Lucifer…?
Selene la miró con calma y respondió: —No hay que temerle a nada.
No es inmortal… puede ser vencido, tarde o temprano.
Entonces él apareció por completo.
Caminaba lentamente, y con cada paso el suelo se agrietaba más.
Selene no pudo evitar mirarlo a los ojos.
Su rostro era una visión espantosa: una figura extraña, con garras largas y heridas profundas que cruzaban su cara.
Tenía la piel pálida, casi translúcida, y de sus ojos completamente negros descendían hilos de sangre oscura que se deslizaban hasta su cuello.
Lucifer sonrió, una sonrisa rota y vacía.
El aire se volvió más pesado.
Los cinco apenas podían mantenerse en pie, pero los elementos seguían girando, brillando, resistiendo el avance de la oscuridad.
El círculo brillaba con una intensidad cegadora.
Los cuatro elementos danzaban entre sí: fuego, agua, tierra y aire, formando un vórtice que parecía desgarrar el tiempo mismo.
Lucifer avanzó lentamente, arrastrando las sombras con él, su voz resonó como un trueno: —¿Creen que pueden escapar de mí?
Ustedes…
me pertenecen.
Selene levantó la cabeza, con fuego en las manos y el cabello flotando por la energía que la rodeaba.
—¡Jamás!
—gritó—.
¡Somos más fuertes que tu oscuridad!
Lucifer rugió, y el humo negro se levantó formando alas deshechas.
Sus garras chocaron contra la barrera de luz que los rodeaba.
Bárbara, Franco, Leila y Elías se esforzaban al máximo para mantener su poder estable, pero el temblor del suelo era cada vez más fuerte.
El fuego de Selene envolvió la cruz de elementos y, por un momento, la figura de Lucifer se desintegró entre las llamas.
Un grito retumbó por todo el bosque.
El aire se volvió frío.
Lucifer cayó de rodillas… pero seguía vivo.
Sus ojos se alzaron lentamente, aún ardiendo con furia.
—Esto…
no ha terminado —susurró con voz rasposa.
Se lanzó hacia ellos con una velocidad sobrehumana, pero antes de que pudiera tocarlos, la cruz de energía se elevó por los aires.
Un estallido de luz blanca cubrió todo.
Bárbara alcanzó a gritar: —¡Selene, está funcionando!
El tiempo pareció detenerse.
Todo se disolvió: el fuego, las sombras, los gritos.
Solo hubo silencio y una sensación de caída infinita.
Cuando Selene abrió los ojos, ya no estaba en el bosque.
Estaba sobre una cama, con las cortinas de color azul oscuro ondeando suavemente.
A su lado, Leila dormía profundamente.
Bárbara estaba sentada en el suelo, respirando agitada, mientras Franco y Elías miraban a su alrededor confundidos.
Afuera, se escuchaban las campanas familiares.
Noctem.
Su academia.
Selene se incorporó despacio, observando las paredes de piedra gris y los símbolos arcanos grabados en ellas.
—Lo logramos… volvimos al presente —susurró.
Franco sonrió, exhausto.
—Sí… pero algo me dice que Lucifer no se quedó allá.Un silencio pesado llenó la habitación.
Las llamas de las antorchas parpadearon como si una sombra invisible pasara frente a ellas.
Selene cerró los ojos y apretó el puño.
Sabía que la batalla apenas comenzaba.
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