El despertar de selene - Capítulo 122
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- Capítulo 122 - 122 capítulo 122Ecos del infierno
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122: capítulo 122:Ecos del infierno 122: capítulo 122:Ecos del infierno Quizás fue en la coronación cuando Selene se convirtió, verdaderamente, en una reina.
Aquella que todos recordarían por generaciones.
Y, aun así, seguía siendo una niña.
No había cumplido los dieciocho, ni mucho menos los veintiuno.
Apenas tenía trece años, y ya gobernaba sobre Lunaris.
Pasó el tiempo, y aunque mucho sucedió, la paz finalmente regresó.
Lucifer no volvió, y Selene gobernó junto a Franco.
Su amor fue puro, luminoso, casi perfecto.
Elías y Leila se fueron a vivir juntos, mientras que Azurre y Bárbara tuvieron un fugaz romance que no llegó a más, Adara se convirtio en la gobernadora de lunaris por ser una nydris de ves en cuando viaja a reyson.
Durante dos años, Lunaris floreció bajo el reinado de su joven soberana.
Con quince años, Selene era más madura, más fuerte… pero en lo profundo, seguía siendo aquella chica que soñaba con la luna.
Una noche, sin embargo, todo cambió.
Selene soñó con Lucifer.
Y no estaba solo.
Había otro nombre… uno extraño, casi ridículo: Pac-Man.
¿Quién era ese ser?
¿Por qué su nombre resonaba en su mente?
Se despertó agitada, con el corazón acelerado.
El palacio estaba en silencio, pero cuando salió al pasillo, las luces comenzaron a titilar una a una… como si algo oscuro estuviera despertando junto con ella.
Selene se frotó los ojos, intentando convencerse de que solo era un mal sueño.
Pero las luces seguían parpadeando, una tras otra, como si el palacio respirara nervioso.
El viento se colaba por las ventanas y las cortinas danzaban suavemente, murmurando secretos que solo la luna parecía entender.
—¿Franco?
—susurró con voz temblorosa.
Nadie respondió.
El eco de su propia voz rebotó en las paredes, devolviéndole una sensación de soledad que hacía tiempo no sentía.
Caminó por el pasillo principal, descalza, con el corazón golpeándole el pecho.
Las pinturas de los antiguos reyes parecían observarla, y un escalofrío recorrió su espalda.
De pronto, algo se movió al final del pasillo.
Una sombra.
Pequeña, rápida… y riendo.
Una risa aguda, distorsionada.
No era humana.
Selene retrocedió un paso.
—¿Quién está ahí?
—preguntó, intentando mantener la voz firme.
Silencio.
Luego, una voz grave, rota, respondió: —Pac-Man… El nombre resonó en su mente como un eco de su sueño.
La joven reina sintió cómo el aire se volvía más pesado, más oscuro.
La luna, que siempre brillaba por ella, se ocultó detrás de las nubes, dejando al palacio sumido en una penumbra espectral.
Entonces, lo vio.
Dos ojos amarillos, brillando entre las sombras.
Y detrás de ellos… algo más.
Una silueta conocida.
Lucifer.
Selene despertó sobresaltada.
El frío del amanecer rozaba su piel.
No estaba en su cama, sino en los jardines del palacio.
El rocío mojaba su cabello y, a su alrededor, todos la observaban con preocupación: Franco, su rey.
Bárbara y Azurre.
También Elías, Leila y, más atrás, Adara.
—¿Por qué estoy aquí?
—preguntó, aún aturdida—.
¿Qué ha pasado?
Azure cruzó los brazos, mirándola con seriedad.
—Franco te encontró tirada en el pasillo —explicó—.
Las simientes te vieron murmurar algo… un nombre, una y otra vez.
Pac-Man.
—¿Quién es Pac-Man, Selene?
—preguntó Bárbara, inquieta.
Selene se llevó una mano a la frente.
—No lo sé… —susurró—.
Solo tuve una visión.
No sé si fue real o un sueño, pero estoy segura de algo: Lucifer ha vuelto.
Y no está solo.
Trae consigo a una criatura… algo que se hacía llamar Pac-Man.
¿Conocen ese nombre?
Elías la miró confundido.
—No, jamás lo oí.
¿Tú, Bárbara?
Tú sabes sobre nombres antiguos y seres oscuros, ¿no?
Bárbara dudó.
Bajó la mirada.
—No… bueno, sí.
—Suspiró, nerviosa—.
No quería mencionarlo, es algo turbio.
Selene se inclinó hacia ella, con tono firme: —Dímelo.
Estoy preocupada.
No quiero que Lucifer vuelva a destruir Lunaris.
Bárbara tragó saliva.
—Pac-Man era un niño… de nuestra edad, más o menos.
No creía en Dios, ni en nada.
Se hundió en la oscuridad: drogas, alcohol, violencia.
Pero un día quiso más poder, algo que lo hiciera temido.
Lo invocó a él…
a Lucifer.
Y desde entonces se convirtió en su seguidor más fiel.
Mató a sus padres, a todo su pueblo.
Su nombre fue prohibido.
Dicen que si aparece en tus sueños… es porque quiere algo de ti.
Algo para volverse más fuerte.
Franco habló con tono frío: —No me sorprendería.
Selene es joven, poderosa… una bruja e Nidrys.
Perfecta para un trato demoníaco.
Adara, que había permanecido callada, dio un paso al frente.
Su expresión era tensa.
—Majestad… debo confesar algo.
Yo también he estado soñando con Lucifer.
Y… creo que también con Pac-Man.
Aunque nunca decía su nombre, lo sentía allí, observando.
Tal vez busque algo de las dos.
Azurre se pasó una mano por el cabello, frustrado.
—Esto es una locura.
¿Por qué volvería después de dos años?
¿Qué quiere ahora?
Franco apretó los puños.
—No lo sabemos.
Pero si Lucifer regresa con ese monstruo, el peligro será mayor que antes.
Adara asintió.
—Tenemos que protegerte, Selene.
No subestimes lo que puede hacer.
Selene se levantó con decisión, su voz firme y solemne: —Adara, reúne a toda la comunidad.
Llama a las guardias y ordena que vigilen cada rincón de Lunaris.
Tengo un mal presentimiento… algo se acerca.
El viento sopló con fuerza, haciendo que las flores del jardín se inclinaran.
La luna, aún visible entre las nubes, pareció temblar.
Y en algún lugar, más allá del reino, una risa distorsionada volvió a pronunciar aquel nombre prohibido: —Pac-Man.
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