El despertar de selene - Capítulo 126
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- Capítulo 126 - 126 capítulo 126La reina y la Guerrera
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126: capítulo 126:La reina y la Guerrera 126: capítulo 126:La reina y la Guerrera —Bien —dijo Selene, respirando hondo—.
Ahora sí… me siento lista.
—¿Lista para qué?
—preguntó Leila, confundida.
Selene sonrió de lado.
—Para esto.
Sin explicar nada más, Selene caminó con seguridad hacia los establos.
Todos la siguieron, sin entender.
En un solo movimiento ágil, se montó sobre un caballo oscuro y fuerte.
El animal relinchó, como si reconociera la determinación de su dueña.
—¡Selene!
¿Qué haces?
—gritó Franco.
Pero ella ya había presionado los talones contra el caballo, y salió disparada hacia las afueras del castillo.
El viento le golpeaba el rostro, pero no la detenía.
El resto del grupo, alarmado y sorprendido, tomó sus caballos y la siguió.
—¡Selene, espéranos!
—gritó Azure.
Selene no escuchó.
O no quiso escuchar.
— Al llegar a un claro amplio, Selene giró bruscamente el caballo, haciéndolo derrapar en la tierra.
Con una naturalidad que dejó a todos sin palabras, sacó el arco que llevaba a la espalda.
—¿Qué estás…?
—intentó decir Elías.
Pero Selene ya había tomado una flecha.
Montada aún en el caballo, dio media vuelta sobre la montura, quedando casi de espaldas, sosteniéndose solo con las piernas.
Todos observaron con el corazón acelerado.
—No… puede ser… —susurró Franco.
Selene apuntó hacia un punto lejano: un tronco marcado con un símbolo que apenas se veía.
Era el punto más difícil del entrenamiento, uno que ninguno había logrado acertar.
Ni siquiera Adara.
El caballo seguía moviéndose.
El viento soplaba.
El arco temblaba por la velocidad.
Pero Selene… estaba completamente en paz.
Soltó la flecha.
El silbido cortó el aire.
PUM.
El proyectil se clavó justo en el centro exacto —no solo el centro del símbolo, sino el punto intermedio perfecto donde la flecha debía llegar para demostrar un dominio absoluto.
Todos se quedaron quietos.
Silencio total.
Leila abrió la boca, impresionada.
Azure parpadeó tres veces.
Bárbara casi se cae del caballo.
Elías sonrió, maravillado.
Franco solo logró decir: —…No puede ser.
Selene giró hacia ellos, todavía sobre el caballo, respirando fuerte, la mirada firme.
—Creo que ya sé cómo vamos a ganar esta guerra.
Y nadie dudó de ella.
Ni por un segundo.
—Increíble… —murmuró Selene, aún con el arco temblándole en las manos—.
Nadie de los loreros del Diablo sabía hacer semejante cosa.
Franco sonrió apenas.
—Era la intención —respondió con seguridad.
—Ah, gracias, Franco —dijo Selene, soltando un suspiro de alivio.
—Lo sé —agregó él, sin perder la compostura.
Selene bajó el arco lentamente.
Era increíble.
Habían sobrevivido de puro milagro, justo en el punto perfecto.
—Maravilloso… —susurró—.
Fue maravilloso.
Pero su expresión cambió en un instante.
—¿Ya vieron quién está cerca?
Es… No alcanzó a terminar.
A unos metros, una figura avanzaba con elegancia inhumana.
Leila se giró al mismo tiempo que los demás, siguiendo la dirección de la mirada de Selene.
Franco dio un paso adelante, el brazo tenso, como si protegiera al grupo por instinto.
—Ariana —dijo con la voz firme—.
Has vuelto.
Ariana alzó la barbilla, sonriendo con esa expresión marcada que siempre anunciaba problemas.
—¿Me extrañaron, verdad?
—preguntó con un tono casi dulce—.
Espero que no me hayan extrañado demasiado.
He vuelto… y esta vez no me iré sin recuperar lo que me pertenece.
Ariana estaba impecable.
Demasiado impecable.
Llevaba joyas delicadas que brillaban con cada movimiento, un vestido sencillo pero perfectamente entallado, y sus rasgos afilados se veían más definidos que nunca.
El cabello naranja caía como fuego líquido sobre sus hombros, reflejando una sonrisa extrañamente emotiva.
Pero lo más perturbador eran sus ojos verdes: tan intensos que era difícil sostenerles la mirada.
Selene sintió un escalofrío recorriéndole la espalda.
Franco se adelantó otro paso.
—¿Qué buscas, Ariana?
Ella giró la cabeza con lentitud, saboreando cada segundo.
—Veo que se están preparando para competir… pero ninguno podrá superarme —dijo con aire triunfal—.
Yo llevo esto en la sangre.
Franco negó suavemente.
—Hay algo más que podemos hacer, además de la guerra.
No queremos pelear contigo.
No es la manera.
—¿No?
—Ariana entrecerró los ojos—.
Lo sé… pero a mí me encanta.
La sonrisa desapareció por completo cuando añadió: —Así como mi padre murió por su culpa, por usar esa maldita magia… ustedes también morirán.
Pero a mi manera.
¿Lo entienden?
Selene frunció el ceño.
—¿Qué tienes con la maldita magia, eh?
¿Cuál es tu problema?
—¿Mi problema?
—Ariana soltó una risa amarga—.
Es que toda mi familia nació con magia.
Todos.
Son lobos.
Mi padre era un lobo, un guerrero.
¿Y yo?
Yo nací sin nada.
Sin un don.
Sin magiaNi siquiera podía mover un objeto.
Soy pura.
Sana.
Como… una humana.
—¿Una humana?
—repitió Bárbara, con horror—.
¡Eso sí es terrible!
Ni siquiera eres una nidris.
Ariana sostuvo la mirada en silencio unos segundos.
—Lo sé —admitió—.
Patético, ¿no?
Siempre quise conocerte desde el principio, Bárbara, para invadirte de odio.
Fuiste reina tan joven.
Y ahora tienes quince años, al igual que yo.
La diferencia es que tú eres una nidris… y una bruja.
¿Y yo?
Solo una guerrera.
¿Qué más?
Es deprimente.
Y lo sabes.
El silencio cayó pesado entre todos.
La guerra acababa de comenzar.
Selene dio un paso adelante, alzando la barbilla con la autoridad que solo una reina podía tener.
—Suficiente —dijo, firme, sin temblar—.
Soy la reina, y no tienes derecho a hablarme así.
Mucho menos a declararme la guerra.
Ariana esbozó una sonrisa torcida.
—¿Ah, sí?
¿Y tú y cuántos?
—preguntó Selene, desafiante.
Ariana levantó la mano con orgullo.
—Yo… y todo mi pueblo.
Se oyó el eco de sus palabras en el viento.
—Nadie te quiere, Selene.
Mi gente está contra ti.
Y voy a destruirte.
Ganaré el reino.
Y algún día venceré la memoria de mi padre.
Me vengaré.
Clavó sus ojos verdes en Selene con una intensidad cruel.
—Ya lo verás.
Selene apretó el arco con fuerza, conteniéndose.
Ariana ladeó la cabeza, burlona.
—Y cuídate con el arco —susurró—.
No eres tan buena como yo.
Tú lo sabes.
Se acercó medio paso, lo suficiente para que su voz sonara como veneno.
—Yo nunca fallo.
El silencio se volvió espeso, peligroso.
—Cuando cumpla mi promesa —continuó Ariana— quiero ver tu rostro en la hoguera… porque te mataré.
Las palabras quedaron flotando como un golpe directo al corazón.
Selene sintió cómo su gente se tensaba detrás de ella.
Sabía que desde ese momento… ya no había vuelta atrás.
La guerra estaba declarada.
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