El despertar de selene - Capítulo 13
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13: capítulo 13:poder bajo la niebla 13: capítulo 13:poder bajo la niebla Después de que Selene se presentó ante todos en su nuevo colegio, no tardó en caerles bien.
Su forma de hablar, su sonrisa tímida y su aire misterioso hicieron que muchos quisieran acercarse a ella.
Sin embargo, aunque todos parecían amables, Selene no hablaba con todos.
A decir verdad, tenía pocos amigos…
pero los que tenía, los apreciaba de verdad.
Curiosamente, su círculo estaba formado principalmente por chicas, compañeras con las que se sentía más cómoda.
Pero había una excepción.
Un solo chico logró colarse en su corazón como un rayo inesperado: Felipe.
Ah, Felipe…
El chico de esos ojos..
Como decirlo hermosos inotisantes Había algo en él que resultaba hipnótico.
Sus ojos…
esos ojos tenían la capacidad de detener el tiempo, de dejar a cualquiera sin palabras.
Y Selene no era la excepción.
Cada vez que Felipe la saludaba, su corazón se aceleraba de tal forma que sentía que todos a su alrededor podían oírlo.
A partir de entonces, ella comenzó a seguirlo por los pasillos, sin que se notara demasiado, claro.
Fingía casualidad, como si simplemente estuviera ahí por coincidencia…
todo para evitar tener que saludarlo primero.
Porque, ¿cómo hacerlo sin que la voz le temblara o se le notara el rubor en las mejillas?
Le daba muchísima vergüenza.
Pero la vida, en sus misteriosas vueltas, los fue acercando más y más.
Contra todo pronóstico, se hicieron mejores amigos.
Sí, tal como suena.
Mejores amigos.
Se contaban chistes malos, se reían hasta que les dolía el estómago, y compartían bromas privadas que solo ellos entendían.
Entre risas, secretos y miradas cómplices, Selene supo, sin lugar a dudas, que conocer a Felipe fue lo mejor que le había pasado desde que llegó a ese colegio.
Todo transcurría con normalidad aquel día.
Selene, como siempre, compartía risas con sus amigas y disfrutaba de la compañía de Felipe, su adorable e inseparable compañero de aventuras.
La jornada escolar terminó entre bromas y promesas de verse mañana, como cualquier otra tarde.
Pero al llegar la hora de volver a casa, algo cambió.
Su padre, que usualmente la iba a buscar, no había llegado.
Después de esperar un rato, Selene decidió que no era gran cosa.
Podía irse caminando, total, no estaba tan lejos.
Conocía bien el camino.
Sin embargo, en su trayecto habitual, sus ojos se posaron en algo curioso.
A un lado del sendero, había un cartel oxidado, torcido entre los árboles, que decía: “CUIDADO CON MONSTRUOS” Selene entrecerró los ojos y soltó una risa suave.
—Debe ser alguna decoración de Halloween que se olvidaron de quitar —murmuró para sí misma.
No le dio mayor importancia.
Sabía que ese sendero cruzaba un pequeño bosque, y que saliendo del otro lado llegaría directamente a su barrio.
Era un atajo.
Rústico, tal vez, pero útil.
Así que, sin más, se adentró en el bosque.
Pero apenas dio unos pasos, se dio cuenta de que algo no encajaba.
El cielo, antes algo despejado, ahora estaba cubierto por nubes oscuras.
Una neblina espesa se enroscaba entre los árboles como si el bosque respirara.
El aire era pesado, húmedo, y el crujir de las hojas bajo sus pies sonaba demasiado fuerte en el silencio.
Selene tragó saliva.
Había algo extraño ahí dentro.
No sabía qué era… pero podía sentirlo.
Como si el mismo bosque la observara, como si sombras invisibles se movieran justo fuera de su campo de visión.
Presencias.
Eso era.
Sentía presencias.
Y, aunque no podía explicarlo, una parte muy dentro de ella susurraba que ese bosque no era como los demás.
Selene caminaba más rápido.
El sonido de sus propios pasos retumbaba en sus oídos, y el viento que soplaba entre los árboles parecía arrastrar susurros en un idioma que no comprendía.
Apretó los puños.
Sentía que algo la seguía.
—Vamos, Selene…
no seas tonta, no hay nada —se dijo, aunque ni ella misma lo creía del todo.
Y entonces, lo sintió.
Algo.
Una presencia densa.
Oscura.
Pegajosa.
Como si una sombra se deslizara entre los troncos, acechándola.
De pronto, el ambiente se volvió helado.
La neblina se espesó aún más, como si algo quisiera ocultar el cielo, aislarla del mundo.
Un crujido detrás de ella la hizo girar de golpe.
—¿Quién está ahí?
—preguntó en voz alta, con un hilo de valentía forzada.
No hubo respuesta.
Pero lo que vino después fue peor: un gruñido bajo, gutural, animal, casi humano…
casi.
Provenía de entre los árboles, a pocos metros de ella.
Su respiración se aceleró.
El corazón le latía con fuerza.
Y entonces sucedió: la sombra emergió, apenas visible, pero lo suficiente para que Selene sintiera el terror atravesarle la columna.
Aquello no era humano.
No del todo.
Tenía una forma disforme, con ojos brillantes y cuerpo cubierto de una niebla negra que parecía extenderse como tentáculos alrededor de los árboles.
Su instinto gritaba que corriera.
Pero otra parte de ella, más profunda, más antigua… despertó.
Algo dentro de Selene respondió al peligro.
Sus manos comenzaron a arderle, no de dolor, sino de energía.
Calor vibrante brotaba desde su pecho, como una llama que hubiese estado dormida mucho tiempo.
Recordó las palabras de su madre, Madea, una vez susurradas casi como un secreto: “Cuando llegue el momento, lo sabrás.
No pienses.
Siente.” Selene cerró los ojos.
Extendió una mano al frente, temblorosa al principio, pero luego firme.
Concentró esa energía que crecía dentro de ella, guiándola hacia sus dedos.
Respiró hondo y, con un grito que no supo de dónde salió, lanzó hacia la criatura una especie de ráfaga de luz azulada, chispeante, como si el cielo nocturno se hubiese desatado en su palma.
El impacto fue inmediato.
La sombra chilló, un sonido insoportable, agudo y lleno de ira.
Se desvaneció en la niebla, como si hubiese sido arrastrada por un viento invisible.
Todo quedó en silencio.
Selene se quedó de pie, jadeando, aún con la mano extendida, asombrada de lo que acababa de hacer.
Acababa de usar sus poderes.
Acababa de defenderse.
Ya no había vuelta atrás.
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