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El despertar de selene - Capítulo 130

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130: capitulo 130:En el pasado Es Iris 130: capitulo 130:En el pasado Es Iris —¿De qué viaje hablan?

—preguntó Selene incorporándose un poco, aún mareada.

Las tres jóvenes se miraron entre sí y luego soltaron una risita suave.

—¡Ay, señora!

¿A qué no le recuerda?

—dijo la primera, la de ojos ámbar—.

La nueva alianza… la alianza entre Egipto y Turquía.

Ambos países serán aliados y ya no habrá más peleas.

Y todo gracias a usted, mi señora.

Selene abrió la boca, confundida.

—Pero… no entiendo.

¿A dónde voy?

La chica que estaba en la esquina, sosteniendo una bandeja de frutas, habló con naturalidad: —Bueno, pues como el faraón no tuvo hijas, solamente hijos, le pidió a su padre, el sumo sacerdote, que usted fuera enviada como regalo sagrado.

Para la unión.

Para que ambos países estén en paz y nunca más haya guerras.

Así es, señora.

Selene sintió un vuelco en el estómago.

Intentó sonreír, pero su cara delató todo su desconcierto.

—Perdonen… —preguntó— ¿qué es este lugar?

Las tres chicas rieron al mismo tiempo, como si Selene hubiera dicho algo adorable en lugar de inquietante.

—¡Ay, señora!

Debe estar tan nerviosa que hasta tuvo una pesadilla —respondió la primera—.

Estamos en Egipto.

Y usted es la hija del sumo sacerdote más importante de todo Egipto.

Un escalofrío le recorrió la espalda.

Egipto.

Antiguo.

Recordó las palabras de Elías: “te llevará a otro mundo… pasado o futuro, donde el tiempo ya no funciona.” Sí.

Esto podía ser Egipto antiguo.

Todo encajaba.

—Oh… ya lo recuerdo —fingió Selene, intentando sonar convincente.

Luego, con una sonrisa tímida, preguntó: —Por curiosidad… ¿ustedes saben en qué año estamos?Las chicas se miraron otra vez, confundidas.

—¿En qué año?

—repitió una de ellas—.

Pues… no lo sé exactamente.

Según los profesores, estamos en el año mil ciento y algo.

Pero eso no importa, señora.

La otra dio un aplauso suave, emocionada.

—¡Debe ponerse preciosa!

Hoy llegan los mensajeros turcos y mañana, al amanecer, partirá hacia su destino.

Selene sintió que el mundo le temblaba debajo de los pies.

Había viajado al pasado… y ahora estaba destinada a convertirse en la clave de una.

Selen apenas tuvo tiempo de procesar lo ocurrido cuando la puerta se abrió de golpe.

Un guardia entró con evidente urgencia.

—Perdonen —anunció, inclinándose ligeramente—.

Preparen a la señorita Iris.

Los mensajeros turcos están aquí.

Están hablando con el faraón y desean verla.

Selen parpadeó, confundida.

¿Iris?

No comprendía a quién se refería.

Una de las muchachas que la acompañaban respondió de inmediato: —Por supuesto, enseguida bajamos.

Mientras la habitación se llenaba de movimiento, otra joven se acercó a ella con suavidad, como si temiera asustarla.

—Princesa… creo que los mensajeros turcos desean verla.

Quieren informar al sultán qué tan especial es usted, y sobre todo, hablar de su belleza.En ese instante, Selen lo entendió.

Iris.

Ese era el nombre que tenía en este mundo.

Recordó las historias de Egipto que tanto había estudiado y supuso que debía estar vinculada a algún dios o a un linaje importante.

Si realmente era hija de un sacerdote, tenía sentido que él hubiese escogido un nombre así.

Respiró hondo y fingió seguridad.

—Claro —dijo—.

Pónganme hermosa.

Lo que sea necesario.

Las muchachas sonrieron aliviadas.

—Perfecto, princesa.

Le pondremos un nuevo vestido, traído desde Turquía especialmente por el sultán.

Pero debemos cambiarla rápidamente.

En segundos comenzaron a moverse a su alrededor, abriendo cofres, extendiendo telas finas y preparando adornos que parecían brillar con luz propia.

Selen, o mejor dicho Iris, comprendió que estaba a punto de entrar en un mundo que no era el suyo… y que todos estaban esperando algo de ella.

—Listo, mi señora.

Por favor, mírese en el espejo para ver lo increíble que quedó con este maquillaje —dijo la muchacha, apartándose con orgullo.

Selen asintió lentamente.

Pero cuando su mirada se encontró con el espejo, un pequeño sobresalto le recorrió el cuerpo.

Lo disimuló de inmediato, aunque por dentro aún no comprendía del todo lo que estaba viendo.

No era la misma Selen de antes.

Su piel se veía más blanca, casi luminosa.

Sus ojos… eran azules.

No un azul común, sino un azul tan intenso que parecía imposible.

Ella sabía que el color de sus ojos dependía de sus emociones, pero jamás los había visto así.

Eran como dos gemas brillando en medio de un rostro perfecto.

Sus labios eran grandes y rojizos, suaves.

Su nariz pequeña y delicada.

Las cejas, delgadas pero rectas, enmarcaban sus ojos con una elegancia casi divina.

Su rostro fino, la sonrisa impecable, los dientes blancos, las pestañas largas y el rubor suave que adornaba sus mejillas la hacían ver… distinta.

Hermosa.

Tan hermosa que parecía una diosa.

Más hermosa que cualquiera en ese lugar.

Selen se quedó sin palabras un instante, admirando a esa mujer que, de algún modo, era ella misma.

El maquillador se inclinó un poco, esperando su reacción.

—¿Y qué tal, señora?

¿Le agrada su maquillaje?

Selen sonrió, recuperando la compostura.

—¡Por supuesto!

—respondió con seguridad—.

Estoy lista para ver a los mensajeros.

Acompañada por sus damas, Selen salió rápidamente de su habitación, avanzando por los pasillos hasta llegar al jardín donde la esperaban los mensajeros de Turquía.

En cuanto puso un pie afuera, todas las miradas se giraron hacia ella.

Era imposible no hacerlo.

Las damas murmuraron entre ellas mientras caminaban tras la joven.

—La señora Iris siempre deslumbra con su belleza… —susurró una de ellas, admirándola con los ojos entrecerrados—.

¿Por qué tiene esa belleza tan exótica y… diferente?

—¿Y por qué siempre hace eso?

—rezongó la otra en voz baja—.

Le pedimos que los mensajeros nos miren a nosotras también, no solo a ella.

Selen alcanzó a escuchar algo de esas palabras perdidas en el aire y bajó la mirada apenas un segundo, incómoda.

Pero enseguida recordó quién había sido antes: una reina.

Y como reina, sabía caminar, sabía presentarse.

Sabía imponerse.

Así que levantó el mentón, enderezó los hombros y avanzó con elegancia.

Delante de ella, los mensajeros turcos esperaban.

Eran jóvenes, vestidos con telas gruesas y bordadas, y al verla llegar, se quedaron completamente mudos, asombrados por su presencia.

Selen dio unos pasos más y, con una voz segura y suave, se dirigió a ellos: —Ustedes son los mensajeros de Turquía, ¿no es así?

Los hombres intercambiaron miradas rápidas.

Finalmente, uno de ellos dio un paso al frente.

—Sí… lo somos, mi señora —respondió, con un leve temblor en la voz.

No estaban acostumbrados a ver tanta belleza reunida en un solo lugar, y mucho menos a alguien como ella.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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