El despertar de selene - Capítulo 131
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131: capitulo 131:viaje al antiguo imperio otomano 131: capitulo 131:viaje al antiguo imperio otomano —Bueno —comenzó a explicar uno de los mensajeros—, como ya se acordó entre el faraón y nuestro sultán, usted llegará a Turquía como la concubina favorita.
Al ser hija de un sumo sacerdote, tendrá ciertos privilegios.
Es posible que su nombre sea cambiado una vez que llegue, ya que no compartimos la misma religión que Egipto.
Nuestra fe es distinta… se llama Kunalá.
¿De acuerdo?
Selen asintió con serenidad.
—Sí, lo entiendo.
¿Podrían decirme quién es el sultán?
Los mensajeros se miraron entre sí, confundidos.
—¿Cómo así?
—preguntó el que estaba adelante—.
Hace apenas unos días hablamos con usted sobre quién es el sultán.
Selen fingió pensar unos segundos y llevó una mano a su frente, actuando con naturalidad.
—Oh… estaba tan preocupada que olvidé su nombre.
Mis disculpas —dijo con una sonrisa suave—.
¿Cuál era su nombre?
—Bueno… nuestro sultán es Selim II —respondió uno de los mensajeros.
Selen abrió la boca sin poder evitarlo.
En su mundo, había estudiado mucho sobre la historia del Imperio Otomano: Selim II… hijo del gran sultán Suleimán y de la legendaria sultana Hurrem.
Uno de los herederos más importantes del sultanato.
Había tomado el trono del hombre más influyente de Turquía, su propio padre.
Y Hurrem… Selen la recordaba bien.
La sultana más astuta, poderosa y estratégica de todas.
Había sido humillada por el palacio, pero aun así aplastó a sus enemigos con inteligencia y encanto.
Selen fingió una sonrisa tranquila, como si todo aquello no la hubiera sorprendido.
—Oh, claro.
Lo siento… estoy algo nerviosa, pero sí recuerdo.
Sin duda —dijo, recuperando la compostura—.
¿De casualidad saben cuántos años tiene?
Creo que ese detalle no me lo mencionaron.
Los mensajeros intercambiaron miradas, alarmados.
—¡Oh, es verdad!
No se lo dijimos —respondió Qué descuido… Señorita, el sultán Selim tiene 37 años.
—¿treinta años?
—repitió Selen, casi en un susurro.
El número le cayó como un peso en el pecho… demasiado joven, demasiado poderoso, demasiado real.
—Bueno —dijo Selen con voz tranquila—, está todo acordado para el viaje de mañana, ¿no es así?
—Por supuesto, señorita —respondió el mensajero inclinándose—.
Mañana vendremos a buscarla con los guardias y partirá rumbo a Turquía al mediodía.
Saldremos del palacio a eso de las cinco de la mañana.
—Oh, claro… perfecto.
Que tengan un buen día.
Descansen.
Me retiro —dijo Selen, acompañada por sus damas.
Mientras caminaban por los pasillos, Selen se inclinó hacia una de ellas y susurró: —Ay, querida… me siento tan confundida.
¿Podrías decirme tú… qué edad tengo?
La dama la miró como si hubiera escuchado una locura.
Se quedó paralizada unos segundos.
—¿Mi señora?
Sí, claro… tiene dieciseis años.
Selen sintió cómo la realidad le golpeaba el pecho.
—Oh… claro —murmuró, disimulando la sorpresa.
Aceleró el paso hasta llegar a su habitación.
Cerró la puerta y revisó de inmediato entre sus ropas.
Aún tenía el collar que Elías le había entregado: la Virgen y Jesús abrazados, un objeto antiguo y santo… mágico.
Pero no encontró el libro.
Sin él, sería mucho más difícil comunicarse o recibir señales de su mundo.
Se dejó caer al borde de la cama, respirando hondo.
Tenía dos opciones: Volver usando lo poco que quedaba de sus poderes… para regresar a un mundo donde Ariana y Lucifer la esperaban.
Donde Franco y Azure peleaban para protegerla.
Volver… y probablemente perder.
O quedarse en Estambul.
Esperar.
Sobrevivir.
Tener un plan.
Y quizá, cuando el libro apareciera o cuando Elías lograra contactarla, volver con una verdadera estrategia.
No era el momento para luchar.
No aún.
Intentó concentrarse, cerrar los ojos, mover algo… cualquier cosa.
Pero apenas logró desplazar un pequeño frasco sobre el tocador.
Nada más.
Sus poderes casi no existían en ese tiempo.
El pasado la había convertido, prácticamente, en humana.
Selen apretó el collar entre sus dedos.
—Debo aguantar —susurró—.
Por ellos… y por mí.
Selen se durmió apretando el collar entre sus manos, orando con todas sus fuerzas para que Franco, Azure, Leyla, Elías… todos siguieran con vida.
A la mañana siguiente, una sirvienta la sacudió con suavidad.
—Mi señora, ha llegado el momento de su gran viaje.
Por favor, prepare sus cosas.
Los mensajeros y los guardias ya la esperan en el jardín.
El faraón y su padre estarán allí para despedirla.
Selen abrió los ojos lentamente, sintiendo el corazón acelerado.
—Claro… en un segundo.
No se preocupe —respondió.
Se vistió con rapidez, guardó lo necesario y escondió el collar entre las capas internas de su ropa para que nadie lo viera.
En ese tiempo, en ese Egipto, la adoración cristiana no existía como tal; un collar de la Virgen y Jesús podría levantar sospechas o, al menos, demasiadas preguntas.
Ese objeto debía permaneceroculto.
Una vez lista, salió hacia el jardín.
Allí estaban el faraón, rodeado de guardias, y a su lado un hombre vestido con joyas y telas sagradas: el sumo sacerdote, su supuesto padre en ese mundo.
El faraón la recibió con una sonrisa amplia.
—Querida mía —dijo con solemnidad—, has sido de gran ayuda para Egipto.
Eres hija del sumo sacerdote más respetado de estas tierras.
¿Qué mayor orgullo podrías tener?
Selen inclinó la cabeza con elegancia.
—Por supuesto, gran soberano de las Dos Tierras —respondió con voz suave—.
Ha sido un honor disfrutar de su presencia y servir a su reino.
El faraón asintió, complacido.
—Serás bien recibida en Turquía.
Estoy seguro de que el sultán sabrá valorar tu pureza y tu sabiduría.
El sumo sacerdote dio un paso adelante y tomó las manos de Selen entre las suyas.
—Hija mía, un nuevo destino comienza hoy —dijo con voz profunda—.
No olvides jamás tu verdadero deseo… lo que arde en tu corazón.
¿Me has entendido?
Selen tragó saliva.
Él no sabía nada.
Pero sus palabras… se sentían extrañamente cercanas a la realidad de su propio mundo.
—Por supuesto, padre.
Lo llevaré siempre conmigo —respondió con una pequeña reverencia.
Las despedidas continuaron entre sirvientes, guardias y algunas doncellas que intentaban no llorar.
Finalmente, los mensajeros turcos la escoltaron hasta un carruaje adornado con telas rojas y azules.
Las ruedas comenzaron a moverse lentamente.
Selen miró por última vez el palacio egipcio que ahora dejaba atrás… y el mundo que aún no sabía si recuperaría algún día.
El camino hacia el imperio Otomano apenas comienza.
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