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El despertar de selene - Capítulo 132

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132: capitulo 132:El inicio de la alianza 132: capitulo 132:El inicio de la alianza Durante el viaje, mientras el carruaje avanzaba por caminos polvorientos entre montañas y desiertos, Selen no pudo evitar preguntarse cómo sería Turquía.

Imaginaba palacios inmensos, mercados llenos de especias y telas brillantes, y un ambiente completamente distinto a Egipto.

Sin darse cuenta, el cansancio la venció y cayó profundamente dormida.

No supo cuánto tiempo había pasado hasta que un rayo de sol entró por la pequeña ventana del carruaje y le iluminó el rostro.

Parpadeó varias veces hasta que logró abrir los ojos.

Al mirar afuera, su respiración se detuvo.

Estaban frente a un castillo enorme, con torres doradas, muros blancos pulidos y banderas ondeando con símbolos otomanos.

Era hermoso… casi irreal.

El aire olía a rosas, a especias, a un mundo completamente distinto.

Entonces, la puerta del carruaje se abrió.

Un guardia turco, vestido con armadura ligera y turbante azul oscuro, se inclinó profundamente.

—Señorita —dijo con respeto—, hemos llegado al castillo.

Por favor, levántese.

El Sultán Selim II la espera… junto con la Sultana Nurbanu y su hijo, el príncipe Murad III.

El corazón de Selen comenzó a latir con fuerza.

Ahora todo era real.

Tan real como el peligro del que estaba escapando.

Tomó aire, acomodó su vestido y asintió con serenidad.

—Estoy lista —respondió.

Bajó rápidamente.

En su mente sólo quedaban los recuerdos de sus batallas como reina en Lunarith, y la misión que la había obligado a viajar a otra época del pasado para ocultarse… hasta el día en que estuviera lista para vencer a todo aquel que se interpusiera entre ella y sus amigos.

Ahora era una noble egipcia, formada para ser aliada del imperio turco, y pronto se convertiría en una de las concubinas favoritas del sultán.

Respetada.

Intocable.

Mientras caminaba por el pasillo principal, varias nobles del castillo y concubinas del sultán la observaron.

Todas quedaron impresionadas; bajaron la mirada y notaron su vestido egipcio, tan distinto a lo que estaban acostumbradas.

Algunas incluso se quedaron con la boca entreabierta.

Le indicaron que se quedara allí, pues el sultán llegaría enseguida.

Ella obedeció, mirando a su alrededor y analizando cada rincón del castillo con la calma de alguien que ya había vivido demasiadas vidas.

—¡Atención!

—anunció un guardia—.

El sultán Selim ha llegado.

Todas las mujeres se inclinaron.

Selene también lo hizo… y entonces lo vio.

El sultán avanzaba hacia ella.

Su cabello tenía un brillo cobrizo, casi pelirrojo, y a su lado caminaba una mujer de una belleza imponente, con el cabello oscuro y larguísimo.

Junto a ella, un joven de ojos verdes profundos la observaba con una mezcla de curiosidad y reconocimiento.

Los tres avanzaban directamente hacia Selene.

En cuanto Selen se inclinó al ver que el Sultán estaba frente a ella, él habló con una voz firme y cálida: —Señorita Iris, venida de Egipto… ahora será muy bienvenida en nuestro palacio.

Puede quedarse tranquila.

Selen alzó lentamente la cabeza, acomodó la tela de su camisa y lo miró directamente a los ojos.

—Muchas gracias, mi Sultán.

Estoy muy agradecida de estar aquí.

A su lado, la mujer que lo acompañaba llamó su atención.

Selen la observó con cierta inquietud y un destello de sorpresa.

Era evidente que aquella mujer poseía una belleza imponente.

Selen ya sospechaba quién era.

El Sultán continuó: —Quiero que conozca a mi esposa, la Sultana Nurbanu.

Selen volvió a inclinarse con respeto.

—El gusto es todo mío, mi Sultana.

Nurbanu sólo la miró con expresión fría pero educada.

—Igualmente —respondió ella.

Entonces el Sultán señaló al joven que caminaba detrás de ellos.

—Y este es mi hijo, Murat III.

Selen se inclinó por tercera vez, pero esta vez sus ojos se encontraron con los de él… y allí ocurrió algo.

Una chispa.

Un destello indescriptible, casi imparable, que la sorprendió tanto como a él.

—Es un placer, señorita Iris —dijo el Sultán.

Luego añadió—: Ven, acompáñame.

Necesito que te pongas cómoda.

Tendrás tus aposentos, como la noble que fuiste en Egipto.

Por favor, acompáñanos.

Selen asintió con la cabeza y lo siguió de cerca, caminando detrás de ellos.

Mientras avanzaba, lanzó una mirada de reojo hacia Murad.

Había algo en él que le recordaba un poco a Franco… pero decidió ignorar ese pensamiento y continuó con la cabeza en alto.

Al adentrarse más en el palacio, llegaron a una gran sala donde estaban las concubinas.

Abajo se encontraban las concubinas comunes; arriba, en un segundo nivel, estaban las favoritas del Sultán.

Algunas la miraron con evidente odio, otras con sorpresa por su belleza.

Mientras iba por el centro del pasillo, una chica rubia de ojos azules apareció de repente.

Llevaba un vestido elegante y se inclinó apresuradamente ante el Sultán.

—Sultán Selim, estaba preocupada por Murad.

No lo había encontrado en toda la mañana —dijo ella con tono dulce.

—Oh, Murad, aquí estás.

Qué bueno, me alegro —exclamó.

Murad respondió con calma: —Oh, sí, mi amor.

Te dije que recibiríamos a la noble de Egipto, ¿no es así?

La rubia miró a Selen con una mezcla de desdén y hambre de superioridad.

—Claro… —murmuró.

Pero no la observó más y se retiró con pasos firmes.

Nurbanu se adelantó y dijo: —Bueno, hemos llegado.

Estos serán tus aposentos.

Selen entró y quedó inmóvil por un instante.

Era una sala enorme, lujosa, decorada en tonos rosados y rojos.

Las cortinas eran de seda y la cama tenía dosel.

Y lo mejor de todo: una vista impresionante hacia el exterior, con un balcón amplio que dejaba entrar la luz dorada del atardecer.

—¿Qué te pareció?

—preguntó Nurbanu con un tono frío.

—Impresionante.

Lindo y limpio, mi Sultana.

Muchas gracias.

No tenía por qué hacerlo —respondió Selen con una pequeña inclinación.

Murad intervino: —Esperemos que tu visita aquí sea limpia y próspera.

La nueva alianza entre Egipto y Turquía apenas comienza.

Que estés en paz.

—Gracias —dijo Selen suavemente.

—Bueno —dijo el Sultán con voz firme—, ahora mi hijo y yo tenemos asuntos importantes que atender.

Nurbanu, ¿por qué no te quedas con la señorita en la habitación?

Y tráele unos sirvientes para que la ayuden a desempacar.

Nurbanu rodó apenas los ojos, muy sutil, casi imperceptible.

Lo disimuló con elegancia y respondió: —Por supuesto, esposo mío.

Enseguida.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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