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El despertar de selene - Capítulo 133

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133: capitulo 133:La belleza De Selen 133: capitulo 133:La belleza De Selen En cuanto quedaron solas en la habitación, Selen mantuvo la mirada fija, sin miedo.

Podía reconocer el odio desde cualquier distancia: pasado, presente o futuro.

Cuando la Sultana Nurbanu se dio la vuelta, su expresión cambió por completo.

Se acercó lentamente y dijo, con voz baja pero cargada de veneno: —Escúchame bien, niña egipcia.

¿De verdad crees que me impresiona tu belleza?

Durante años yo he sido la más bella del palacio… y la única que permanece a lado del sultán.

He derrotado a todas las que se atrevieron a mirarlo como no debían.

Todas.

Y si tú piensas hacer lo mismo, perderás.

Se acercó aún más, mirándola de arriba abajo.

—No te acerques a mi esposo.

Y tampoco a mi hijo.

¿Sabías que él ya tiene una concubina favorita?

Intentó ser más hermosa que yo… y fracasó.

Ahora me debe respeto.

Y lo mismo haré contigo si decides ignorarme.

El tono de Nurbanu se volvió más frío.

—No voy a tratarte bien solo porque seas parte de un acuerdo político entre Egipto y el Imperio.

Yo soy la Sultana Nurbanu.

Aquí, incluso los propios estados se inclinan ante mí.

Así que tú también lo harás… si sabes lo que te conviene.

Selen sonrió apenas y la miró con la cabeza en alto.

—No se preocupe, Sultana.

Si me ve como rival… nunca ganará.

Véame como amiga, y será invencible.

Nurbanu la observó confundida, casi descolocada por la seguridad de aquella joven.

Alzó la mirada con gesto tenso y, sin decir nada más, salió rápidamente de la habitación.

Cuando la puerta se cerró, Selen se sentó frente al balcón y contempló la vista del palacio.

Luego tomó el collar que Elías le había dado antes de partir al pasado: la pequeña figura de la Virgen abrazando a Jesús.

Suspiró.

No podía llevar ese collar a la vista; los turcos no permitían símbolos católicos o cristianos.

Pero aquel collar era más que un símbolo… era mágico.

Aunque en esta época sus poderes no funcionaban, su inteligencia seguía intacta.

Y aquí, en un palacio lleno de intrigas, mentiras, poder y belleza, Selen sabía algo muy claro: Para sobrevivir, tendría que usar su mente.

Y para ganar… también su belleza.

Entonces, después de que guardaran todas sus pertenencias egipcias, Selen se preparó para vestir como una verdadera turca: una concubina favorita… o incluso una futura sultana.

Las sirvientas trabajaban con delicadeza, peinándola, ajustando las telas y adornos, cuando Selen preguntó a una de ellas: —¿Puedes decirme qué edad tiene la Sultana Nurbanu?

La sirvienta levantó apenas la mirada y respondió: —Por supuesto, señorita.

La Sultana Nurbanu tiene treinta y cinco años… y el Sultán Selim, treinta y siete.

Selen asintió con naturalidad.

—Sí… lo recordaba del Sultán Selim.

Oh, ¿y qué hay del príncipe Murad?

¿Qué edad tiene?

La sirvienta respiró hondo antes de contestar: —Tiene diecisiete años, mi señora.

Selen sonrió con suavidad.

—Perfecto.

Y yo… dieciséis.

La sirvienta bajó la mirada de inmediato.

—Si desea acercarse a él, no tendrá mucha oportunidad —murmuró con respeto—.

La Sultana Nurbanu no acepta extranjeros para el príncipe… y además, ya tiene un rival.

—A mí nadie me vence —dijo Selen con una sonrisa tranquila pero peligrosa—.

Si lo has entendido… La sirvienta inclinó la cabeza de inmediato.

—Por supuesto, señorita.

Pero… él ya tiene una futura esposa.

La señorita Safiye.

Dicen que pronto se anunciará el compromiso, si es que el sultán así lo decide.

Selen frunció el ceño, confundida por un momento.

—¿Safiye?

¿Quién es Safiye?

—Es la joven rubia de ojos azules que pasó junto a usted cuando iban camino a su habitación —explicó la sirvienta.

—Oh… lo recuerdo —dijo Selen, acomodando ligeramente su postura—.

Perfecto.

Así que es ella.

Luego preguntó: —¿Tiene mi misma edad?

—Sí, señorita —respondió la sirvienta—, tiene la misma edad.

Pero también es extranjera… y la Sultana Nurbanu la odia.

Antes se llamaba Sofía.

La trajeron como esclava cuando era adolescente y, con el tiempo, enamoró al príncipe Murad.

Sin embargo, existe una gran rivalidad entre ella y la Sultana Nurbanu.

La Sultana cree que Safiye solo quiere aprovecharse del poder del príncipe.

—Muy bien… veremos quién es más fuerte: la Sultana Nurbanu… o yo —murmuró Selen con una sonrisa mientras se levantaba.

Después salió de sus aposentos.

Caminaba con elegancia por los pasillos del palacio; ya no llevaba ninguna ropa egipcia.

Su cabello, que antes seguía el estilo rapado de los nobles egipcios, ahora crecía ligeramente, lo suficiente para lucir “normal” ante los turcos.

Mientras avanzaba, doblando uno de los pasillos principales, se topó de frente con Murad.

—Oh, señorita Iris —dijo él sorprendido y con una sonrisa leve—.

Qué bueno que la encuentro.

—¿Pasa algo?

—preguntó Selen con calma.

—No, no —replicó él—.

Solo… quería verla.

Necesito conocerla un poco más.

Selen arqueó una ceja y respondió: —No me trates de “usted”.

Ambos tenemos casi la misma edad.

Murad sonrió de lado, como si aquello lo aliviara.

—Como prefieras, Iris.

Hubo un silencio corto pero intenso.

La mirada verde de Murad se posó en ella con curiosidad.

—¿Por qué no vamos a mi habitación?

—propuso él finalmente.

—Por supuesto, príncipe —respondió Selen con serenidad.

Ambos caminaron juntos hasta los aposentos de Murad.

Al llegar, Selen quedó impresionada: la habitación era incluso más grande y lujosa que la suya.

Murad observó su expresión y sonrió.

—Creo que muchos hombres te han dicho que eres muy bella —comentó él con naturalidad.

—Varios —respondió Selen, devolviéndole la sonrisa.

—¿Y tú lo crees?

—preguntó Murad, acercándose un poco.

—No lo creo —respondió Selen con calma—.

Lo soy.

Murat soltó una risa suave.

—Tienes razón.

Cualquier hombre estaría enamorado de ti.

¿No viste cómo mi padre se quedó asombrado con tu belleza?

—Oh, sí —dijo Selen, divertida—.

Lo noté.

Murad asintió.

—Antes de que llegaras, solo dos mujeres me parecían realmente hermosas en este palacio: mi madre, Nurbanu… y la gran Sultana Hurrem.

¿Has oído hablar de ella?

Selen sonrió con un brillo que solo alguien que conocía bien la historia tendría.

—Por supuesto.

La gran Sultana Hurrem… la Sultana de las Sultanas.

Incomparable entre todas.

—Exacto —dijo Murad, visiblemente emocionado—.

Mi madre siempre dijo que tenían una relación como de madre e hija.

Fue Hurrem quien eligió el nombre de mi madre, ¿sabes?

Y cuentan que era una mujer preciosa, única.

Por eso mi abuelo, Suleimán el Magnífico, rompió todas las reglas y se casó con ella por amor.

No hubo otra mujer como Hurrem.

Los ojos verdes de Murad se posaron en los de Selen.

—Pero… tú eres como ella.

Tienes la belleza de Hurrem.

Según los historiadores, serías una copia de la Sultana Selene, porque tu belleza es incomparable.

Selen inclinó levemente la cabeza, halagada, aunque en su interior sabía que él no imaginaba cuán literal era esa comparación.

—Muchas gracias, príncipe —respondió suavemente.

—¿Ya conociste a mi prometida?

—preguntó Murad entonces—.

La señorita Safiye.

—Claro que sí, Safiye —dijo Selen, recordando bien a la rubia de mirada altiva—.

Muy bonita.

—Pensamos casarnos… si mi padre lo permite —dijo Murad, aunque su tono dejaba en evidencia cierta duda.

—Interesante —respondió Selen con una sonrisa suave—.

Muy interesante…

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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