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El despertar de selene - Capítulo 135

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135: capitulo 135:Una última pelea 135: capitulo 135:Una última pelea De pronto despertó.

No estaba en el palacio.

El mármol, las cortinas, el incienso… todo había desaparecido, como si nunca hubiera existido.

El cielo era de un rojo oscuro, espeso, cargado de humo.

Grandes muros carmesí se alzaban a su alrededor y, frente a ella, un puente parecía construido con sangre ennegrecida.

El suelo estaba cubierto de grietas abiertas, como heridas vivas.

Todo era rojo: carne expuesta, sangre, dolor.

Su corazón latía con fuerza.

—¿Un sueño… o una pesadilla?

—susurró.

Instintivamente llevó la mano a su pecho y apretó el collar que le había dado el Díaz.

Ese pequeño objeto era lo único que sentía real.

Respiró hondo y comenzó a caminar, aunque sus piernas temblaban.

Entonces escuchó una voz.

—¿Selen?

—dijo, grave y burlona—.

¿Despertaste de la ilusión del palacio?

En ese instante, la verdad cayó sobre ella como una sentencia.

No había viajado al pasado.

No había sido una sultana.

Todo había sido una ilusión creada por Pacman.

Un engaño perfecto, diseñado para retenerla, para ganar tiempo, para debilitar su mente… y destruirla.

Selen cerró los ojos.

Comprendió todo.

Aun así, siguió caminando.

No lo hizo con miedo, sino con una claridad dolorosa.

Si quería acabar con ese sufrimiento, si deseaba que los mundos encontraran paz, debía aceptar una sola verdad: Tenía que sacrificarse.

A lo lejos distinguió figuras en el suelo.

Corrió, ignorando el dolor que sentía bajo sus pies.

Eran ellos.

Elías.

Bárbara.

Franco.

Leila.

Adara.

Estaban amarrados a un árbol hecho de carne palpitante, inconscientes… o muertos.

No lo sabía.

—Chicos… —susurró con desesperación, tomando el rostro de Franco.

Usó sus poderes.

La carne que los aprisionaba era dura, resistente, como si tuviera voluntad propia, pero Selen no se detuvo.

Gritó, luchó, sangró… y finalmente logró desatarlos.

Cayeron al suelo.

No despertaron.

Entonces el aire se volvió pesado.

Una sombra se alargó frente a ella.

Oscura, imponente.

Cada paso hacía temblar el suelo carmesí.

Selen levantó la mirada.

Era Lucifer.

Sonrió.

—Querida —dijo con voz suave y cruel—.

Tus poderes traerán nuevas eras.

Se inclinó ligeramente hacia ella.

—Y la mía… comenzará justo ahora.

De pronto despertó.

No estaba en el palacio.

El mármol, las cortinas, el incienso… todo había desaparecido, como si nunca hubiera existido.

El cielo era de un rojo oscuro, espeso, cargado de humo.

Grandes muros carmesí se alzaban a su alrededor y, frente a ella, un puente parecía construido con sangre ennegrecida.

El suelo estaba cubierto de grietas abiertas, como heridas vivas.

Todo era rojo: carne expuesta, sangre, dolor.

Su corazón latía con fuerza.

—¿Un sueño… o una pesadilla?

—susurró.

Instintivamente llevó la mano a su pecho y apretó el collar que le había dado el Díaz.

Ese pequeño objeto era lo único que sentía real.

Respiró hondo y comenzó a caminar, aunque sus piernas temblaban.

Entonces escuchó una voz.

—¿Selen?

—dijo, grave y burlona—.

¿Despertaste de la ilusión del palacio?

En ese instante, la verdad cayó sobre ella como una sentencia.

No había viajado al pasado.

No había sido una sultana.

Todo había sido una ilusión creada por Pacman.

Un engaño perfecto, diseñado para retenerla, para ganar tiempo, para debilitar su mente… y destruirla.

Selen cerró los ojos.

Comprendió todo.

Aun así, siguió caminando.

No lo hizo con miedo, sino con una claridad dolorosa.

Si quería acabar con ese sufrimiento, si deseaba que los mundos encontraran paz, debía aceptar una sola verdad: Tenía que sacrificarse.

A lo lejos distinguió figuras en el suelo.

Corrió, ignorando el dolor que sentía bajo sus pies.

Eran ellos.

Elías.

Bárbara.

Franco.

Leila.

Adara.

Estaban amarrados a un árbol hecho de carne palpitante, inconscientes… o muertos.

No lo sabía.

—Chicos… —susurró con desesperación, tomando el rostro de Franco.

Usó sus poderes.

La carne que los aprisionaba era dura, resistente, como si tuviera voluntad propia, pero Selen no se detuvo.

Gritó, luchó, sangró… y finalmente logró desatarlos.

Cayeron al suelo.

No despertaron.

Entonces el aire se volvió pesado.

Una sombra se alargó frente a ella.

Oscura, imponente.

Cada paso hacía temblar el suelo carmesí.

Selen levantó la mirada.

Era Lucifer.

Sonrió.

—Querida —dijo con voz suave y cruel—.

Tus poderes son fantásticos —¿Qué quieres conmigo?

—preguntó Selen, alzando la voz pese al temblor en su pecho.

Lucifer inclinó la cabeza, observándola con una sonrisa antigua.

—Siempre supe que eras única, Selen.

Desde el instante en que llegaste a este mundo, los ancestros más poderosos —magos, vampiros, monstruos— reaccionaron ante tu existencia.

Algunos te alabaron.

Otros te temieron.

Y otros… te admiraron.

Dio un paso hacia ella.

—Todos sabían que serías diferente.

Que algún día intentarías acabar conmigo.

Selen apretó los puños.

—Entonces suéltalos.

Déjalos en paz.

Yo no te he hecho nada.

Lucifer rió suavemente.

—Eso es imposible —continuó—.

Yo soy Lucifer.

Nadie ha logrado destruirme jamás.

Sus ojos brillaron con un rojo más intenso.

—Desde que creaste esta nueva especie de ser… una Nidris, el equilibrio cambió.

Tu poder es una era entera.

Y yo lo necesito.

El aire vibró.

—Con tu poder —prosiguió— destruiré a Dios y a todo lo que quede en pie.

—No puedes ser más fuerte que nadie —replicó Selen—.

No necesitas robar para existir.

Lucifer negó lentamente.

—Me equivocas.

Yo necesito ser más fuerte que tú.

Selen avanzó un paso.

—Deja a mis amigos en paz.

Lucifer miró hacia los cuerpos inconscientes y chasqueó los dedos.

—Están vivos.

No les pasará nada… si cooperas.

El suelo se enfrió bajo los pies de Selen.

—Entrégame tu alma.

El mundo pareció detenerse.

—Eso nunca —dijo Selen con firmeza—.

Jamás permitiré que te lleves mis poderes.

Lucifer sonrió.

—Entonces prepárate, Nidris —susurró—.

Porque esta era no se decidirá con palabras.

El cielo rojo comenzó a desgarrarse.

—Tú decides, Selen —dijo lucifer, con una calma que helaba la sangre—.

Puedo acabar con todo lo que amas y crear una nueva era donde solo yo reinaré.

Tu mundo desaparecerá: tu familia, tus amigos, tu pueblo… nadie volverá a pronunciar su nombre.

Sus ojos brillaban con una crueldad antigua.

—Nunca volverás a reinar.

Nadie te recordará, ni siquiera por haber luchado contra mí.

Serás borrada de la historia como si jamás hubieras existido.

Dio un paso al frente, y la oscuridad pareció inclinarse ante él.

—Así que elige.

O me entregas tus poderes… o mueres.

Y cuando caigas, yo me alzaré como el único y verdadero soberano.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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